54. Fer
Fer
Estoy cabreado. Y me jode mucho. Maite acaba de decirnos que está embarazada y no he podido disfrutar del momento tanto como me gustaría porque echo de menos a Sofía, y empiezo a asimilar que este va a ser mi estado de ánimo a partir de ahora.
Sé que vendrán meses mejores, sé que tendremos días buenos y días perfectos, pero también sé que tendremos días de mierda y días en los que se nos haga cuesta arriba separarnos.
Y también que habrá que tomar una decisión en algún momento que ninguno de los dos está preparado para tomar.
Y lo que más me jode es que no paro de buscar excusas para que sea ella la que tenga que mudarse aquí y me siento como un puto egoísta.
—Pensaba que hoy podría conocer a Sofía por fin —dice Aitana apoyando su codo en mi hombro, no sin antes pasar su mano llena de pintura negra por toda mi camiseta blanca.
Estamos en la plaza esperando la llegada del Cascamorras, aunque nosotros hace rato que ya vamos negros—.
Ya sabes. Esa amiga especial que tienes.
—No va a venir —escupo y Aitana se pone recta.
—¿Ha pasado algo? ¿Te ha dejado?
—No, es solo que tiene que trabajar.
—Ah, eso es una mierda, sí. —Chasquea la lengua—. Es mejor ser rico. Pero bueno, ya sabes cómo va eso, no es tu primera relación a distancia.
—Y mira lo bien que salió —digo sin pensar y me arrepiento al momento. Sé que con Sofía no será así—. No me hagas caso, estoy frustrado con la situación.
—Múdate a Granada y manda a tomar por culo a tus hermanos.
—No creas que no lo he pensado —admito en un susurro, porque no quiero que mis hermanos lo sepan. Al menos de momento.
—¿Y qué te lo impide?
No contesto, porque la lista es interminable.
Y, pese a ello, me lo he planteado. Mandarlo todo a la mierda por Sofía.
Sin embargo, creo que es demasiado pronto para eso.
O no, no lo sé. Primero tengo que quitarme de encima esta sensación que me embriaga, que me dice que me está apartando.
Sé que no es así y que no se pueden tomar decisiones en caliente, así que me voy a dar tiempo.
Aunque tenga que estar luchando contra mis pensamientos a cada segundo.
—¿Estás bien? —me pregunta Juanma, ahora que Aitana está hablando con Lucía y Maite.
—No tengo ganas de hablar.
—Lo acabaréis consiguiendo —me asegura con una sonrisa—. No será fácil, pero valdrá la pena.
—¿De verdad lo crees?
—Nunca te había visto tan feliz como este verano, así que no lo creo, lo sé. —Mira por encima de mi hombro y sonríe—. Mamá acaba de llegar.
Avisamos a Óscar y Maite para ir a llenar de pintura a nuestra madre.
Esta es nuestra fiesta favorita desde que nuestro padre nos traía de pequeños y la que más disfrutamos.
A mi madre le encanta que la persigamos para llenarla de pintura y quejarse por ello.
Es nuestra tradición. Paco la distrae mientras nos acercamos por la espalda y, cuando menos se lo espera, los cuatro nos lanzamos hacia ella.
Se retuerce, se queja y se ríe mientras la manoseamos y dejamos su camiseta como si fuera negra.
En cuanto nos separamos, Mar, Cristo y César se lanzan y la manchan, aunque con menos intensidad que nosotros.
El corazón me da un pellizco, pero lo trato de ignorar mientras disfruto del momento.
—Estos agregados son unos ingratos —suelta mi madre toda indignada, pero se le escapa una sonrisa cuando Cristo alza una ceja—. Eres un traidor, te has pasado al otro bando.
—Eso no es verdad —se defiende mi cuñado. Parece que va a decir algo más, pero se calla cuando se fija en alguien que está al lado de Juanma.
—Hola —saluda la recién llegada con su dulce voz y un deje de timidez, pero se acerca a mi madre con seguridad y se presenta después de carraspear—: Hola, soy Sofía. La novia de Fer.
Mi madre la mira atónita y empieza a alternar la vista entre Sofía y yo. Mis hermanos empiezan a mirarse extrañados, pero cuando voy a dar un paso hacia ella, mi madre abraza a mi novia con todas sus fuerzas.
—Así que tú eres la razón de que mi hijo sea tan feliz —dice cogiendo las mejillas de Sofía para mirarla, sin darse cuenta de que la está incomodando—. Estoy encantada de conocerte. —Y vuelve a abrazarla.
—No me parece justo —se queja Mar riendo—. A mí me hizo pasar un examen visual.
—Fue mucho más suave que el mío, te lo aseguro —añade César.
—A mí también me abrazó —se burla Cristo.
—Eso es porque te quiere más que a sus hijos —aporta Juanma y todos asentimos—. Si la empezaras a llamar mamá, nadie se extrañaría.
—Mamá —la llamo, creo que le está susurrando cosas a Sofía—. ¿Me la devuelves?
—Pero mañana la quiero en casa para comer —exige soltando por fin a mi novia.
—No sé si…
—Allí estaré —contesta Sofía con una sonrisa y viene hacia mí. La envuelvo entre mis brazos y la beso mientras me sonríe—. Hola.
—Hola. ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?
—Estoy genial, porque estoy donde tengo que estar.
Voy a preguntarle a qué se refiere, pero Juanma nos interrumpe:
—Cuñada, ¿a qué debemos este honor? ¿No estabas trabajando?
—Pues debería, sí, pero me han despedido —explica con una sonrisa de oreja a oreja que nos deja a todos alucinando—. Así que he recogido todas mis cosas, las he cargado en el coche y me he venido hasta aquí, que era donde quería estar.
—¿Sabéis que? Creo que deberíamos irnos a ver si viene el Cascamorras —dice Juanma y les insta a todos a dejarnos solos a Sofía y a mí.
—¿Estás bien?
—Estoy genial —repite con la misma sonrisa, que no ha perdido en ningún momento—. En serio, Fer. Me siento liberada. Además, ya tengo otro trabajo.
—¿De verdad?
—Esta mañana, cuando salí de casa, estaba muy enfadada, pensando en lo injusto que era todo y que no quería estar allí.
¿Y sabes qué ha pasado? Que me di cuenta de que no quería estar allí, y es la primera vez que me pasa.
Es decir, jamás me ha importado ir al trabajo, aunque cayera granizo, siempre he ido feliz y contenta, y hoy no ha sido así.
La gota que colmó el vaso fue que me encontré a mi compañero, al que iba a sustituir, borracho.
Llamé a mi jefe y le dije que tenía una emergencia familiar y ¿sabes qué me dijo?
Que si no iba, me despedía. Y le respondí que preparase los papeles.
—Pero… —No sé ni qué decirle. Es una gran noticia, pero me da miedo que no haya pensado bien las consecuencias.
—No me voy a arrepentir. —Se ríe—. He tenido una hora entera para pensar en la decisión que acababa de tomar.
He vuelto a casa, me he tomado un café en el sofá mientras pensaba en los cuatro años que llevo en la empresa, y me he dado cuenta de que no lo echaré de menos.
Claro que echaré de menos a mis chicos, pero no el trabajo.
Lo que me gustaba era interaccionar con ellos, y eso también lo puedo hacer aquí.
—¿Te mudas? —La ilusión me llena el pecho y no puedo evitar esbozar una sonrisa tan radiante como la suya.
—Pues eso espero, porque tu casa está llena de cajas con mis cosas.
—Técnicamente es tu casa, yo solo la alquilo.
—Nuestra casa está llena de cajas porque vamos a vivir juntos —rectifica y me lanzo a sus labios—. Te quiero.
—Yo también te quiero.
—¿Sabes? Ya he descubierto por qué Juanma pintó las rosas negras.
—¿Y por qué fue? —pregunto, quiero saber su respuesta.
Se acerca a mí y una sonrisa de oreja a oreja se me forma en la cara cuando me lo susurra. Quiero a esta mujer con toda mi alma.