Epílogo
EPÍLOGO
Era un martes cualquiera de finales de otoño.
Erik había salido a pasear a Sherlock. Jerónimo se inclinó sobre la encimera para sacar los platos del armario alto y, al levantar la vista, algo al otro lado del cristal le hizo contener el aliento.
Y tuvo un déjà vu . Un coche azul metalizado, largo y elegante, giraba al final de la calle. ¿Un Porsche Panamera?
Tragó saliva, incómodo consigo mismo. Le habían dicho que era normal. Que el cerebro, ante una pérdida, se aferraba a cualquier sombra familiar. Era la forma en que lidiaba con la ausencia.
Echaba tanto de menos a Christian.
Suspiró, cerró el armario con un golpecito seco y continuó poniendo la mesa para el almuerzo.
Entonces lo vio. Desde la ventana, vio al cartero meter las cartas en el buzón. Salió en zapatillas, cruzó el jardín y recogió la correspondencia: dos recibos y un sobre grueso con remite de Copenhague. No tenía sello ni matasellos.
Frunció el ceño al ver que el sobre tenía su nombre, escrito a mano, con la caligrafía de Christian.
Entró en casa con el corazón acelerado.
Rasgó el borde y dentro encontró una tarjeta de felicitación.
Pero no era como las que se venden en las papelerías.
Era artesanal, impresa sobre papel algodonado de color marfil, con un barniz sutil.
La portada mostraba una ilustración en acuarela de un soldadito de plomo, erguido y con una rosa roja pintada en el pecho.
A su lado, una bailarina de papel extendía sus brazos como si estuviera a punto de volar.
En la esquina inferior, en letra manuscrita dorada, una cita:
«El amor verdadero no se quema. Solo cambia de forma».
Hans Christian Andersen
Jerónimo rozó la ilustración con la yema del dedo. Conocía ese cuento: «El soldadito de plomo».
Un niño distinto.
Solo.
Roto de fábrica.
Una llama que consume. Y una última mirada, antes de desaparecer.
Abrió la tarjeta. No había nada escrito, solo un módulo de voz pegado con precisión en el interior y un botón con forma de estrella.
Lo pulsó y la voz de Christian cobró vida:
—Si estás escuchando esto… es porque ya no estoy. Y no voy a disfrazarlo con metáforas. Estoy a punto de encontrarme contigo en el restaurante D’Angleterre… y creo que voy a llegar tarde. Lo elegí porque guardo muy buenos recuerdos. Cené allí muchas veces con Mikkel… En fin.
[Pausa. Se oye una respiración lenta.]
—Te prometí muchas cosas, Jerónimo. Algunas las cumplí. Otras no tuve el valor. Esta… esta es una de esas. La noche que Teodoro Montenegro murió, tú estabas allí. Drogado. Atado. Expuesto. Y yo fui quien lo mató.
[La voz se quiebra un instante, pero se recompone.]
—No fue por justicia. Tampoco fue por ti. Fue por Adrian. Porque él estaba muerto… y Teo seguía respirando. Fue venganza. No heroísmo.
[Pausa.]
—Y tú estabas allí. Tú no tenías que haber estado allí. Pero lo estabas. Y eso lo cambió todo.
[Se oye apoyar un vaso.]
—Usé la navaja. La misma que luego puse en tu mano para que cargaras con la culpa cuando llegase la policía.
Lo sé. Algo bastante mezquino, pero así son las reglas de la organización para la que trabajaba.
Te dejé allí. Inconsciente. Vulnerable. Con el arma en la mano.
Nunca supe si me viste. Si me reconociste.
He vivido con esa duda. Y también con la culpa.
[Christian suspira.]
—Fui tu sombra. Tu cómplice. Tu amigo. Mentí para protegerte. Y en el intento… me perdí.
[La voz baja un tono.]
—No te pido perdón por lo que hice. Te pido perdón por no habértelo contado antes. Por no haber confiado en ti… como tú confiaste en mí.
[Silencio.]
—Solo quería que supieras la verdad. La que callé. La que transformé en cuidado, en amistad, en fidelidad. Mentí con ternura, Jerónimo. Y esa es la peor clase de mentira. La que suena como un abrazo. Y ahora ya no puedo decírtelo a la cara. Pero al menos puedo cumplir lo último que te prometí.
[Pausa breve.]
—La canción. La que querías para tu boda. La he pensado mucho.
[Una risa breve, apagada.]
—No es Nina Simone. Ni una de esas cursis. Es Here Comes the Sun , de George Harrison. Porque después de tanta oscuridad… te mereces el sol. Porque eso eres tú. Después de todo. Después de mí. Después del pasado. Luz.
[Pausa más larga.]
—Y si alguna vez dudas… recuerda que mi silencio fue amor. Cobarde. Pero amor. Y esta vez… cumplí mi promesa.
[Comienza a sonar la canción, en versión instrumental.]
Jerónimo apretó los labios. No lloró. No pudo.
Solo apoyó la frente en la puerta, con la tarjeta aún en la mano.
Cuando se incorporó y fue a dejarla sobre la mesa, reparó en el sobre.
Lo cogió con ambas manos. Lo giró. No había sello ni matasellos.
Solo su nombre escrito con la letra inconfundible de Christian y un remite impreso con una dirección en Copenhague, pero sin código de envío ni rastro de servicio postal.
Y entonces recordó al cartero. Lo había visto meter cartas en el buzón.
¿Todas las cartas?
¿Y si…?
No podía ser…
Oyó la puerta. Erik entró en casa con Sherlock, sacudiéndose la bufanda. Un rayo de sol se coló entre las nubes bajas, iluminando fugazmente el recibidor entre ellos. Jerónimo alzó la vista. El calor le tocó la mejilla.
— Here Comes the Sun —susurró.
Apoyó la tarjeta sobre la mesa, respiró hondo y solo entonces, sin darse cuenta… sonrió.