Capítulo 36
Desde que se marchó el hombre de negro con el pasamontañas, Marcos se había mantenido en un estado suspendido entre la vigilia y el sueño, solo interrumpido por oleadas de dolor de distinta intensidad.
Estaba boca abajo, inmóvil. Cualquier intento de moverse le provocaba un dolor insoportable.
Parpadeó con el único ojo que podía abrir y vio el plato con su orina a menos de medio metro, invitándole a beber.
Se lo imaginó como cerveza. Una lata de cerveza fría y refrescante, como las que solía disfrutar en las tardes de verano en la terraza de uno de sus restaurantes.
Sintió la tentación de reír, pero esta se transformó en un gruñido de dolor al sentir un pinchazo en el abdomen. Mientras yacía allí, se preguntaba si alguien lo echaría de menos.
Se arrepentía de haberle comunicado a la prima de Silvia que era incapaz de asistir al entierro de su esposa, pero sabía que alguien lo estaba buscando y tuvo que escapar, aunque al final la huida no le sirvió de mucho.
Había tantas cosas que le hubiera gustado explicar a Silvia, pero sabía que ella jamás las entendería. Le hubiera gustado darle las gracias a Jerónimo y contarle algo que desconocía sobre aquella noche en la que huyó. Estar con su suegro en la muerte de su hija.
Se arrastró hasta el plato. Había perdido el sentido del olfato. Lamió el líquido con la desesperación de un animal. Luego, parpadeó al ver otro cuerpo tendido en el suelo, destrozado como un saco de cebollas roto.
Su corazón dio un salto. Su mente le estaba jugando una mala pasada. Estaba delirando.
Era el cuerpo de una mujer.
Levantó las manos atadas y lo rozó con la cautela con la que un niño tocaría una araña peligrosa. Aquello era real. La mujer había recibido la misma brutal paliza que él.
—¿Hola…? —intentó hablar, pero no hubo respuesta.
El cuerpo de esa mujer estaba boca abajo y en la penumbra no podía ver si respiraba.
Le retiró el pelo y vio su rostro hinchado. Como si una roca hubiera caído en su cabeza, sintió un dolor más intenso que cualquier otro al reconocer aquel cuerpo inerte. Fue un golpe tan fuerte que sintió que las costillas rotas eran solo un rasguño.
Aquel cuerpo era Valentina.
A Marcos le faltó el aire.
No podía ser ella.
Tenía que ser una jugarreta de su mente atormentada. Esa atrocidad era la peor de las pesadillas hecha realidad.
—Va… lentina. —El miedo hizo que su voz sonara irreconocible. El dolor, el horror, la incredulidad. Todo convergía en un punto insoportable—. ¡Valentina! —gritó entre sollozos.
Pero Valentina no reaccionaba.
Un charco de sangre se extendía desde su vientre.