EPÍLOGO
Septiembre.
Dos meses y medio después.
Gabi
—Te queda bien el bañador de... ¿Son gambas?
Locke asiente con una sonrisa orgullosa.
—Aunque... —Llega hasta donde estoy detenida, apenas mojándome los tobillos en la orilla de la playa por lo fría que está el agua—. Dices que me queda bien a mí... ¿Tú te has visto? —Rodea mis hombros con su brazo y me pega a su pecho no sin antes dejar un beso en mi coronilla.
Se me encienden las mejillas tontamente.
En menos de veinticuatro horas estamos de vuelta en Bruselas para la nueva temporada y mi último año de universidad.
He pasado la mayoría del verano en España.
En julio, al poco de regresar me fui con mis amigas a Granada.
Fueron cinco días de mucho calor, pero también risas y unos recuerdos inolvidables.
Más tarde, durante la primera semana de agosto, decidimos visitar Córdoba.
Fue una suerte que hubiese aire acondicionado en el piso, porque por poco, no contamos la experiencia.
Ya hemos decidido que para el verano que viene vamos a ir por lo menos una semana a Tenerife.
La primera quincena de septiembre, mis padres, mi hermano y yo, la hemos pasado en Bilbao, en la casa que mis abuelos tienen cerca de la playa de Arrigunaga y hace tres días, Locke, por invitación de mi padre —sí, de mi padre— se dejó caer por aquí.
Ha estado ocupado con el museo, las obras destinadas a la subasta —recaudación la cual ha alcanzado una cantidad más elevada de lo que había estimado—, creando sus propias, la empresa... En su constante de no parar quieto.
También se ha cumplido el año desde que nos reencontramos en Le Soleil. Quién iba a decirme que doce meses después estaría con ese mismo chico terminando de arreglar los papeles para mudarme a un piso en la capital de Bélgica a pocas calles de la Avenue des Azalées .
Antes de que pueda reaccionar, Locke me alza en vilo y comienza a caminar hacia el agua. Me agarro a su cuello en busca de equilibrio. Varias gotas salpican mis piernas y mi cuerpo se tensa de golpe.
Está helada.
—¿Sabes? Creo que prefiero quedarme en la orilla.
—No. Demasiado tarde, Gabs.
—Locke, está helada —protesto. El agua roza la parte posterior de mis piernas y se me escapa un grito. Pero, ¿cómo es que se está metiendo sin inmutarse?
—Dejas de notarlo enseguida. ¿Lista?
—Locke, está muy fría y... Locke, ¡ni se te ocurra! Tengo el pelo limpio... ¡Locke!
Un momento después, estamos los dos bajo la superficie.
Tan pronto como me deja escapar de sus brazos, cojo una bocanada de aire y sacudo las manos, agitada. Le salpico nada más emerge y sacude la cabeza en mi dirección. El parecido que acaba de tener con Luke me arranca una carcajada.
Aprovecho cuando me da la espalda para abalanzarme sobre él e intentar devolverle la ahogadilla.
—Te vas a arrepentir —le aseguro. Hago fuerza sobre sus hombros para hundirle. Pienso devolvérselo, sumergirle y...
Una risa irónica sale de él.
No ha cedido un singular centímetro.
De hecho, para recalcar lo poco que he conseguido hundirle, se incorpora conmigo enganchada en su espalda, el agua llegándole ahora hasta la mitad del torso, sin terminar de cubrir su tatuaje.
—Sí... —ironiza, mirándome por encima del hombro—. Me estoy ahogando, Gabriela. —Y de nuevo, se deja caer hacia atrás, llevándome con él.
◆◆◆
Nos hemos despedido de mis padres en la entrada del aeropuerto, después que se pasaran la noche insistido en acercarnos ellos mismos en coche a pesar de que nuestro vuelo saliese a las ocho de la mañana.
Mientras mi madre me estrujaba con fuerza, despidiéndose hasta, lo más seguro, Navidad, ha susurrado cerca de mi oído y muy, muy bajito: «Este chico es un sol».
Mi padre y el susodicho se han dado uno de esos abrazos-palmada-en-la-espalda que, cuanto más fuerte, más sentimiento parece llevar consigo y hemos aterrizado en tiempo, a las 10. 35h.
De vuelta en su coche, que dejó en el aparcamiento del aeropuerto cuando vino a Bilbao, nos dirigimos por la autovía en dirección a Schaerbeek.
Lo que más ilusión me hace de regresar es que hoy es, también, el cumpleaños de Amelie y ella cree que va a ser otro año en el que no vamos a poder celebrarlo juntas. Sé que para cuando lleguemos, tanto ella como Cass, van a llevar despiertas ya un par de horas, madrugadoras como siempre.
Al ser viernes, ya puedo imaginarme más tarde a los chicos en el piso, después de que pasemos el día las tres solas.
Es una costumbre que quiero mantener en el tiempo; la de los viernes de pizza de Caleb.
Porque, después de pasar el verano buscando un piso en el que vivir junto a Locke y Luke, creo que lo hemos encontrado.
Está en Schaerbeek, por supuesto, a unos diez minutos de la Avenue des Azalées, por lo que, al final, todas las ideas que escupí de forma acelerada van a tener lugar de verdad.
Me hace tanta ilusión… Tener una estantería enorme que llenar con libros que no he leído porque una cosa es comprar y otra consumirlos .
Y, bueno, vivir con Locke también, claro.
Tenemos pensado mudarnos para principios de octubre, así que hasta terminar la mudanza conservaré mi cuarto en el piso que he compartido este año con Cass y Amelie.
Recibo un mensaje de la pelirroja.
Cass:
Hola, hola. Sigo en el gimnasio.
Me encargo yo de ir a recoger la tarta cuando salga.
Le respondo con una afirmativa.
—Tenía ganas de volver —murmuro mirando por la ventana.
Locke lleva su mano a mi pierna y acaricia con su pulgar el interior de mi muslo. Entrelazo mis dedos con los suyos y me acomodo en el asiento.
Según entramos en la Avenue des Azalées, Locke se gira en mi dirección y alza una ceja ante el movimiento incesante de mi pierna.
—Bájate ya, anda. Ahora subo yo las maletas.
Suelto un chillido emocionado y me estiro para darle un beso rápido en los labios cuando detiene el coche frente a la puerta del edificio y enciende los intermitentes.
Ya no tengo que pelearme con la cerradura cuando ensarto la llave en el portón que recibe el edificio. La han cambiado y, ¡sorpresa! El puñetero ascensor también. Ahora que voy a irme han decidido renovarlo. Gracias. Muchas gracias.
Aunque, en realidad no va a suponer ningún cambio; voy a seguir subiendo por las escaleras.
Al llegar al cuarto, abro la puerta con una sonrisa nerviosa y un olor a café recién hecho llega hasta mí. Dejo caer las llaves en el mueble del salón y a pasos rápidos, avanzo hacia la cocina.
—¡Sorpresa! ¡Adivina quién está de vuelta! —canturreo.
Amelie alza la cabeza desde detrás de la encimera. Me encuentro con sus ojos verdes, que se han abierto con brusquedad.
Viste una camiseta de Pink Floyd que no creo haberle visto antes. Quizá se la ha comprado este verano.
—¡Feliz cumpleaños! —Le doy un abrazo emocionado, al que sin sorpresa alguna responde con algo menos de efervescencia.
—Gabi… —La sonrisa se tambalea en sus labios—. ¿Qué haces aquí? ¿No venías mañana?
—Era una pequeña mentira… ¿Cómo iba a perderme tu cumpleaños? —Suelto una risita.
Cuando bajo la mirada, me encuentro con que hay dos tazas encima de la encimera, una la de color morado y la otra siendo la de color rojo. Y con que creo que debajo de la larga camiseta que cubre el comienzo de las piernas de mi amiga, no hay ningún pantalón.
En ese mismo momento llega hasta mí el sonido del agua de la ducha repiqueteando contra el suelo.
—Oh. —Alzo la cabeza ante la realización—. No sabía que te estabas viendo con alguien…
—¿Qué? ¿Yo? ¿Viéndome con alguien? ¿Qué dices?
Alzo una ceja.
—¿Cuándo desayunas tú casi a medio día?
—Ya, bueno. ¿Cambio de rutina?
Pongo los ojos en blanco, sin poder evitar reírme ante el nerviosismo que se ha apoderado de ella.
—No te preocupes. Me voy al piso de los chicos.
Ya me contarás —digo mientras alzo sugerentemente las cejas.
Retrocedo sobre mis pasos al tiempo que escucho la puerta del baño ser abierta.
Vuelvo a coger las llaves del mueble y meto el dedo en una de las anillas y apunto a Amelie—.
Pero, cuenta con que nos vamos a comer para…
—Ojazos, ¿sabes lo que creo que le falta a la canción?
Mis ojos adoptan la misma expresión que los de Amelie.
A. Punto. De. Salir. Disparados. De. Las. Cuencas.
Ella empieza a negar con la cabeza.
Yo a abrir la boca progresivamente.
—¿Ese…?
—No —me interrumpe.
Pero ambas sabemos que sí .
Oh. Dios. Mío.
Su atención se dirige a la puerta del pasillo, a quien acaba de hablar y entiendo el gesto resignado que le dedica como algo parecido a un «Estamos jodidos».
—Mucho estábamos aguantando.
Su voz. Otra vez.
No necesito una nueva confirmación.
Giro la cabeza con lentitud, sabiendo perfectamente con quien voy a encontrarme y a pesar de eso, alargo el hacer este momento real todo lo posible.
¿Cómo…? ¿En qué momento…? ¿Desde cuándo lleva sucediendo esto? ¡Solo me he ido dos meses!
Se me acumulan tantas preguntas en la punta de la lengua que soy incapaz de pronunciar alguna.
Lo primero que veo son sus brazos cubiertos de tatuajes, después la toalla que rodea sus caderas y su mano a medio camino de sacudirse el pelo húmedo.
—Madre… Mía —murmuro sin aire en los pulmones.
Y él, en su usual actitud socarrona, me saluda como si nada.
—¿Qué pasa, rubia? —Caleb alza la barbilla en mi dirección—. Me alegro de verte.