Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

El sabor de la indiferencia

Gabi

Coloco mis manos alrededor del cuello de Locke.

No hace falta que le pida que me rodee de vuelta; las suyas encuentran mi cintura y dejo que mi rostro descanse en el lado izquierdo de su pecho cuando el primer verso se hace hueco entre nosotros.

Él apoya su barbilla en mi cabeza y se une al movimiento pausado de mi cuerpo, siguiendo mis pasos desde el primero que doy.

Según avanza la canción, me hace girar sobre mí misma y hace que se me escape una risa antes de volver a pegarme a él. Alzo la cabeza para encontrarme con sus ojos y perderme en ellos una vez más.

Cada vez que le miro siento que las cosas a nuestro alrededor se paran. Cuando me roza la mano o me da un beso en la sien. Cuando se queda en silencio, prestando atención a lo que sea que está saliendo de mí, por muy banal que sea. Cuando en sí, está a mi lado.

Porque, si hay cosas que están hechas para ser así, quizá Locke y yo somos una de esas.

Una lágrima se desliza por mi mejilla.

—¿Por qué lloras?

—Porque no he podido evitarlo, Locke. —Me relamo los labios, llevándome conmigo el sabor salado que los ha bañado—. No he podido evitar enamorarme de ti.

En sus ojos hay un torbellino de emociones que estoy segura, reflejan las mías a la perfección. Y mientras se acerca el final de la canción, me mantengo junto a su cuerpo con el mismo deseo de los últimos meses; detener el tiempo, queriendo que tome mi mano y mi vida al completo con él.

Las últimas notas de la canción de Elvis Presley resuenan por el amplio silencio que se ha extendido por el anfiteatro y cuando las primeras de Fix You de Coldplay toman el relevo, se aglomeran tantas palabras en la punta de mi lengua que no soy capaz de hablar en un ritmo relajado cuando empiezo a hacerlo.

—Locke, necesito decirte algo —balbuceo.

Y ahí está.

Esa sonrisa cómplice de entendimiento.

Asiente y no busca cerrar el espacio que abro entre nosotros. Ambos sabemos que voy a gesticular con velocidad, a ponerme nerviosa sin remedio alguno. Así que permanece frente a mí, con las manos a cada lado de su cuerpo.

Cojo una bocanada de aire.

Y entonces, empiezo.

—Locke, he pasado los últimos meses sintiendo que estaba en una burbuja; sintiendo que estaba protegida de todo porque estar contigo me ha ayudado a comprender muchas cosas, entre ellas que te necesitaba aunque no tenía ni idea.

Te necesitaba a ti, a mis amigas y los tuyos y necesitaba empezar de cero para poder encontrarme de una vez por todas.

Y ahora que me marcho, me da igual tener que enfrentarme a la despedida porque me he enamorado de ti y al igual que tú me dijiste que no importa donde esté porque me voy a quedar aquí.

—Le doy unos toquecitos justo encima de su corazón—.

Contigo ocurre lo mismo. Estás en el mío.

»Sé que no soy igual de detallista que tú.

No te regalo flores todas las semanas ni digo cosas como las que tú me dices de vez en cuando que me hacen cuestionar si me has quitado el e-book para leer alguno de mis libros.

Y sé que hablo mucho; muchísimo y a veces me cuesta entender cómo es posible que no me pidas que cierre la boca, pero ese es precisamente el punto.

Te has enamorado de todo lo que una vez me hizo dudar.

Porque tú, Locke, me haces sentir segura y especial. Muy especial.

»Y todo esto me da miedo desde el principio.

Desde que hicimos esa lista con películas que aún no hemos terminado porque no dejamos de añadir nuevas.

Desde que me empecé a dar cuenta de que había algo que me hacía ponerme nerviosa a tu lado.

Pero también me he dado cuenta de que prefiero hacerlo con miedo a quedarme con las ganas.

Cojo aire por la nariz y lo dejo salir antes de continuar.

Locke lleva sus manos a las mías, deja un beso en mis nudillos.

—Hace unos meses me preguntaste qué era algo que me daba miedo y yo te dije que la soledad aparte de, bueno, los ascensores.

Ahora puedo asegurarte que nunca nada me ha aterrado tanto como perderte.

Y teniendo en cuenta que me voy es un poco contradictorio, pero los dos sabemos que no suelo decir cosas con mucho sentido.

—Gabs...

—Y siento muchísimo si alguna vez te he hecho pensar que no estaba enamorada de ti.

Siento si después de la forma en la que tú te has abierto conmigo yo no he sabido reaccionar.

Pero, es que... Es que nunca pensé que podría querer a alguien tanto como te quiero a ti.

Y estoy completamente segura de ello. Al completo, Locke.

Incluso las partes de ti que tú crees que tienen menos luz, esas son las que más.

Porque estás lleno luz, de colores y de amor. Y yo... Te quiero.

Tan pronto como suelto todo el aire que retenía en el pecho, sus labios están sobre los míos. El sabor salado de mis lágrimas se entremezcla con el movimiento de su boca y sus dedos se entrelazan con los rizos de mi nuca.

Pego mi frente a la suya, nuestras narices enfrentadas.

—Te quiero, Locke. Mucho. Muchísimo. Jolín, te quiero, te quiero, te quiero —repito mientras reparto besos por su rostro.

La sonrisa que me dedica es de las que más brillo han tenido.

—Gabriela, me di cuenta de que ibas a hacerme algo aquí —dice llevando mi mano a su pecho, encima de su corazón—, desde el día que me obligaste a ir al piso y cada uno que ha pasado desde entonces no has salido de ahí. Creo que he hecho más que enamorarme de ti.

—Tendría que habértelo dicho mucho antes. —Tuerzo el labio.

—No —me contradice—. Has mantenido nuestra promesa. Lo has hecho cuando has estado segura. Lo has hecho cuando lo has sentido. Ah, y sí. Te he cogido el e-book . Sigo pensando que tienes una línea muy fina entre ser una romántica empedernida y subrayar frases guarras...

—No. —Le tapo la boca con la mano y abro los ojos. Muevo de lado a lado la cabeza, negada al completo—. No vamos a tener esa conversación otra vez.

Locke se ríe antes de que retire mi mano de sus labios. Después, vuelvo a abrazarle, vuelvo a besarle, vuelvo a sentirme en mi sitio; entre sus brazos.

Nunca habría esperado al subirme a aquel avión en octubre que, en realidad, no me marchaba de mi hogar, sino que estaba a punto de reencontrarme con él.

—¿Y ahora qué hacemos? —susurro.

—Seguir bailando, Gabs.

◆◆◆

Tras ocupar una serie de mesas en el restaurante, no lo abandonamos hasta pasadas las diez y media.

Charlamos entre todos, nos reímos, hablamos de esto y lo otro respecto a la competición y los meses que han quedado ahora detrás y el orgullo que es portar la medalla de plata por mucho que no equivalga a la del primer puesto.

Para las once, llego al garito donde Amelie, Cass y Locke están tomando algo hasta que decidamos dirigirnos a la discoteca. Está en la misma calle en la que vivo y en la que hace unos ochos años vivió Amelie también.

Ahí durmió con la pelirroja cuando llegaron el día previo a la competición y será donde duerma yo mañana para que pasemos la noche las tres juntas antes de regresar a Bruselas, porque hoy, la única en la que se queda Locke antes de coger el vuelo de vuelta a Florencia, va a pasarla en mi casa.

—Bueno —digo según me siento en la silla a su lado—, tengo que ducharme, pero...

—¿Y piensas quedarte aquí? —cuestiona Amelie a mitad de darle un trago al botellín de cerveza que sujeta.

—¿Sí...? —dudo, sin terminar de sentarme.

—Luego dirás que no te da tiempo —dice Locke por lo bajo.

—Solo se me van unos tres cuartos de hora...

—Y ¿has visto que hora es? —pregunta la pelirroja.

—Sí. Las... Once. —Me pongo de nuevo en pie—. Voy a ir subiendo...

Cuando regreso, es vistiendo un vestido con la espalda al descubierto que hace unos meses ni me hubiese planteado llevar.

La forma en la que Locke me recorre con la mirada al verme me hace comprender que ha sido la opción correcta y ese vestigio de duda que podía quedar en mí se esfuma en un abrir y cerrar de ojos.

Llegamos a la discoteca alrededor de la una menos cuarto. Vuelve a tener la decoración veraniega alejada de los veranos de Madrid. Vuelve a estar atestada de gente.

Al cruzar la puerta de la sala principal, Locke aprieta un par de veces mi cintura para llamar mi atención.

—¿Hoy también vas a tirarme el cubata?

—Hoy no. —Le robo un beso con una sonrisa que no puedo evitar—. Pero, sí que puedes invitarme a uno.

Entrelazo mi mano con la suya y nos abrimos paso hasta llegar a la zona exterior. Al detenerme, me encuentro con Amelie, Cass y Laura riéndose a carcajadas entre ellas y, aunque no tengo la menor idea de cuál es el motivo, una risita sale de mí, feliz de verlas tan contentas.

Cuando quiero darme cuenta, son las cuatro de la mañana y tengo los pies más que cansados, pero no dejo de bailar, de reírme de las tonterías de Carlos o de disfrutar junto a mis tres amigas.

Al menos hasta que las manos de Locke rozan peligrosamente el final de mi espalda y sus labios encuentran mi cuello con disimulo.

No nos hace falta más que una mirada para encontrar una zona ajena a ojos curiosos y más alejada del sonido de la música que se oculta tras una pared que separa la zona de la piscina.

Antes de que Locke pueda decir algo, llevo mis manos a su rostro y junto su boca a la mía. Un calambre electrizante me recorre nada más me corresponde. Tiro con sutileza del pelo de su nuca cuando su lengua se abre paso entre mis labios.

—Joder, te echaba de menos. —Sus manos llegan a la parte posterior de mis piernas y me alza en brazos para encajonarme contra la pared.

—¿Sí?

—Mmmh.

Me pierdo tanto en el anhelo de los últimos días en los que no nos hemos visto que por un momento me olvido de que no estamos solos, de que hay más gente a nuestro alrededor.

—¿Y si nos vamos ya? —murmuro. La idea es cuanto menos tentadora.

—No me digas eso —farfulla entre dientes, como si acabase de darle a elegir entre las dos opciones más complejas del planeta.