CAPÍTULO 21
Te sientan bien los veintidós
Locke
—He conseguido concretar una cita para dentro de una semana, justo antes de la reunión con los inversores —pronuncia mi tía a través de la línea.
—Al menos una buena noticia —musito en una especie de resoplido.
Han transcurrido tres semanas desde la noche en la que me enteré de que quién está detrás de la inversión que no nos permite avanzar con el museo viene de manos de mi hermano. He pasado cada día desde entonces inmerso en todo tipo de mínimo detalle que pueda afectar al desenlace de este proyecto.
Marc tiene decidido llevar a cabo la demolición del Museo de Fenses y yo tengo claro que algo así no va a ocurrir. Me niego a permitirlo. Me da igual tener que trabajar más horas aún y tener el Proyecto de Fin de Grado cada vez más cerca. Ese museo va a seguir en pie.
—Sí... Eso ya lo sé, Aída —musito con el móvil pegado a la oreja ante la misma insistencia usual en que descanse y me tome lo que queda del día libre—. Lo sé, créeme.
—Locke, cielo... —Su voz es una clara súplica—. No me digas eso para colgar y quedarte en la oficina hasta las mil y quinientas.
Suspiro con pesar.
Escucho unos golpes al otro lado de la puerta de mi despacho.
—Tengo que dejarte. Te prometo que termino esto y me voy al piso.
De verdad —le aseguro con sinceridad. Tampoco tengo muchas ganas de seguir aquí.
Hoy ha sido un día de esos que te exprimen la energía hasta la última gota.
No quiero hacer más que terminar el trabajo e irme al piso, dejarme caer en la cama y poder responder a los mensajes de Gabriela nada más recibirlos.
Eso es lo único que me apetece—. Descansa.
—Igualmente. Y disfruta de lo que queda de tu día.
Después de articular un «gracias», cuelgo la llamada.
Son pasadas las ocho de la tarde, hace un largo rato que las calles se han sumido en la oscuridad nocturna y la lámpara sobre mi escritorio es lo único que ilumina el despacho.
—Adelante —pronuncio en dirección a la puerta. Me centro de nuevo en la pantalla del ordenador y pretendo continuar redactando el correo que he dejado a la mitad cuando Aída me ha llamado.
—Hola —dice una voz en español y en un murmullo. No me hace falta volverme en su dirección para saber quién es. El rostro de Gabriela se cuela en el hueco entre el umbral y la puerta, sonriente—. ¿Puedo pasar?
—Sí, claro. —Le echo un vistazo rápido al reloj en mi muñeca para confirmar que no me he equivocado con la hora hace un momento.
No lo he hecho. Y tengo bastante claro que es miércoles; el día de la semana junto a los sábados y domingos que ella libra.
Lleva una sudadera holgada de color azul marino junto con unos vaqueros de un tono más oscuro. Al darse la vuelta para cerrar la puerta, veo que en la parte posterior se lee «Worldwide 12», el nombre de su grupo de baile.
Deja el abrigo sobre la silla frente a mi escritorio.
Pienso que va a tomar asiento como cada vez que entra, pero en vez de eso, continúa hasta estar frente a mí con una sonrisa traviesa que hace poco por disimular.
Me levanto al creer comprender su intención. Alza la barbilla, la pillería en sus labios se vuelve más pronunciada y envuelve sus brazos alrededor de mi cuello, donde también esconde su rostro.
El roce de su nariz contra mi piel me hace coger más aire.
—Feliz cumpleaños —musita cuando le correspondo el abrazo. Al apartarse, se pone de puntillas para dejar un beso en mi mejilla.
No podría darle un desequilibrio súbito o algo así, ¿verdad? Tropezarse y acercarse un poco más a mi boca, ¿no? Ya sabes, como regalo de cumpleaños y esas cosas.
—Gracias. ¿Qué haces aquí? —pregunto según recupero mi asiento—. Hoy no trabajas.
—Venir a recogerte.
—¿Te has sacado el carné de conducir de ayer a hoy?
—Ah, no. Sigues siendo mi chófer personal.
—¿Tu chófer personal?
—Exacto, señor Sommers. —Se sienta en el borde del escritorio y sus piernas se balancean—. ¿Te queda mucho? Puedo apagar el ordenador yo por ti.
—Aún me falta terminar de redactar unos correos.
—¿Te molesto si me quedo aquí?
El vistazo cargado de obviedad que le lanzo es más que respuesta suficiente.
Se mantiene en silencio, sacudiendo en un ritmo marcado las piernas de hacia delante hacia atrás mientras yo intento continuar con el correo de...
¿De qué coño iba este correo? Hacer como que no estoy más pendiente de tener su atención que de pulsar las teclas correctas es algo complicado.
¿Era de…? Ah, sí. La propuesta sociocultural.
Según pulso el botón de enviar, tres nuevos correos de la empresa se cuelan simultáneamente en la bandeja de entrada. Resoplo ante la infinidad de mensajes que he recibido a lo largo del día y los tropecientos que recibiré antes de que llegue al piso.
No quiero ni pensar en cuantos tendré mañana por la mañana.
—¿Todo bien?
—No —me sincero. Me paso llevo ambas manos a la nuca. Noto la tela de la camisa más tensa y como los ojos de Gabriela se desvían durante una fracción de segundo a mis brazos.
—¿Qué estás haciendo? —carraspea y señala el ordenador con un movimiento de cabeza.
—Intentar solucionar lo del museo —digo sin entrar en más detalle. Aunque no sepa el qué, sabe por dónde van los tiros gracias a haber presenciado la conversación con mi hermano.
Desde que regresamos de las vacaciones de Navidad, no se ha molestado en mirar a Marc en los momentos en que ha entrado al despacho y ella estaba también ahí. Tampoco ha vuelto a tocar el tema, cosa que agradezco, porque odio recordar lo vulnerable que me mostré ante ella.
Si lo hago, recuerdo también su reacción; lo bien que me comprendió sin necesidad de usar palabras, las caricias de sus dedos entrelazados en el pelo de mi nuca y el silencio que se estableció entre ambos hasta que conseguí relajarme.
—¿Cómo está yendo? —pregunta de todos modos con tacto.
—Ahí va. —Lo cierto es que las cosas no van a nuestro favor en absoluto.
—¿Sabes? —Apoya las manos en el borde del escritorio, sus dedos se pliegan con este y se inclina en mi dirección—. Te sientan bien los veintidós.
—¿Tú crees?
—Mmmh. —Engancha la punta de su dedo en la cadena plateada que cuelga de mi cuello. Tira de ella lo justo como para que se estire y yo tenga el impulso de acercarme—. ¿Por qué hay días que sí y otros que no llevas corbata?
—Solo me la pongo para las reuniones. —No sé qué está haciendo. No sé por qué lo está haciendo, pero no dudo en arrimarme con cada centímetro que recorta.
Gabriela se relame los labios con sus ojos clavados en los míos y mi mirada se imanta a ellos de manera irremediable. ¿Es este mi regalo de cumpleaños? ¿Se va a cumplir lo que he pedido antes? Porque como sea un beso suyo juro que...
—Nos podemos ir.
Pestañeo un par de veces para salir del trance en el que había entrado. Se baja del escritorio después de soltar la cadena .
Miro la pantalla del ordenador. Lo ha apagado.
Escucho el sonido del manillar de la puerta y le veo abandonar el despacho sin detenerse a esperarme.
No queriendo perderle de vista, me levanto de la silla y estoy siguiendo sus pasos nada más cojo la americana y el abrigo del perchero.
Acelero el ritmo hasta llegar a su lado y entrar en el ascensor. Me he fijado en que en este no se tensa tanto. Supongo que le proporciona más confianza que el del edificio en el que vivimos.
Por si acaso no voy a decirle que este, sobre todo los días en los que hay tormenta, también ha fallado alguna vez.
—¿Qué tal en baile? —me intereso.
Hoy tampoco tiene clase, pero me ha dicho en un mensaje que iba a pasar por la academia para practicar parte de una coreografía. Aún le quedan varias semanas hasta la fecha de la competición a finales de febrero que tendrá lugar en Dunkerque, pero ya está mostrando su nerviosismo.
—Bien —alarga las vocales—. La coreografía está quedando genial. Hoy hemos empezado con una inspirada en El cisne negro . ¿¡A que mola!?
—Suena muy bien —digo. Sé que es una de sus películas favoritas.
—Suena mejor que bien. Créeme. Cuanto te la enseñe vas a flipar.
Le miro de reojo.
Me gusta que me incluya en cosas así y que quiera hacerme partícipe de lo que le ilusiona. Es reconfortante.
Hace un par de días me enseñó una coreografía con la que creo que era la canción de Dangerous Woman de Ariana Grande. ¿Hace falta que diga lo rápido que me quedé sin aire en los pulmones?
La película con la que inauguramos el 2025, tal y como me dijo que haría, la eligió ella: El sueño de mi vida , un drama romántico protagonizado por Jennifer Garner y Mark Ruffalo. A la semana siguiente, fui yo quien decidió que debíamos ver 2001: Una Odisea En El Espacio.
Este sábado le toca de nuevo a Gabriela y estoy cruzando los dedos porque no sea otra comedia romántica, pero sé que va a ser en vano .
Me acomodo el abrigo después de ponerme la americana y abandonamos el edificio. Llegamos al coche y antes de terminar de sentarme, ya está trasteando en la pantalla del vehículo. La canción Embrace It de Caleb Thys empieza a sonar.
—¿Cuántas veces la has escuchado ya?
—He perdido la cuenta —se sincera.
Caleb lanzó su nuevo sencillo y primera canción con la discográfica hace cosa de diez días.
Y, aunque hacía tiempo que la había escuchado por primera vez —beneficios de ser su mejor amigo, qué puedo decir— ha estado resonando en mi mente sin descanso.
Cuando no, ha sido Gabriela quien se ha encargado de reproducirla en el coche al regresar de la empresa.
Es una mezcla de rock con alternativa, influenciada al completo por esos cantantes y grupos con los que ha crecido.
Si ya Caleb era un artista al que Gabriela ha estado escuchando de manera recurrente desde que se conocieron, con Embrace It su fanatismo no ha hecho más que aumentar.
Gracias a toda la promoción que lleva haciendo los últimos meses con la ayuda de la discográfica, ha sido un completo éxito a nivel mundial. Se ha situado desde el mismo día del lanzamiento entre las diez más reproducidas globalmente y yo no puedo estar más orgulloso de él.