Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 20 #4
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CAPÍTULO 20 #4

—¿Haces algo mañana? —pregunta Locke detrás de mí—. Bueno... Dentro de unas horas.

—No —respondo. Mañana, hoy, al ser Año Nuevo, es una de esas fechas en las que no se trabaja en la mayoría de los puestos—. ¿Por qué?

—Este fin de semana no estoy en Bruselas por una convención que hacemos en Lieja. —Subimos a paso lento cada peldaño. Una especie de tensión parece envolvernos o al menos, yo no puedo evitar percibirla.

—Podemos ver la película mañana —confirmo—. Pero elijo yo.

—¿Y eso por qué? Has elegido tú Cuando Harry encontró a Sally .

—Comodín de Año Nuevo —me limito a responder.

—¿Ya sabes cuál va a ser? —Llegamos a la tercera planta.

—Sorpresa.

—¿Sorpresa? —Me echa un vistazo, ceja alzada—. Estoy empezando a pensar que dices que va a ser sorpresa porque ni tu misma tienes claro cual vamos a ver.

Aprieto los labios.

Locke suelta una risa por la nariz y sus labios se ladean con gracia.

—Lo sabía.

Cuando ponemos un pie en el último nivel del edificio y por ende el nuestro, nos encontramos con el rellano vacío. Quizá hemos subido las escaleras con demasiada lentitud como para habernos encontrado a nuestros amigos todavía aquí.

Comienzo a desabrocharme el abrigo. Me freno justo delante de mi puerta. Locke hace lo mismo. Me sostiene la mirada y me encuentro con decenas de cosas que escupir y ninguna que saber pronunciar.

Mis ojos descienden por su figura, recorriéndola. Debería ser ilegal que una camisa pueda quedarle a un tío tan bien como ocurre con él.

—Me ha gustado bailar contigo —pronuncio, sucumbiendo a ese «quiero decir algo y no sé el qué y para qué voy a pensarlo antes».

Algo cambia en sus ojos. El negro de sus pupilas parece consumir parte del verde que protagoniza sus iris. Se relame los labios al tiempo que me doy cuenta de que está pendiente de mi propia boca.

Trago saliva, conmovida por la usual intensidad que baña su mirada y con mi corazón acelerándose.

—A mí también, Gabriela.

—Buenas noches, Locke. —Gracias a las botas, me cuesta menos estirarme para dejar un beso en su mejilla. El de hoy es más lento en comparación al de otras noches; mucho más en sintonía con aquel que hemos estado a punto de darnos en el pub .

¿Debería darle más importancia de la que he querido darle cuando he hablado de esto con Charlotte en el baño?

Es... Hace tiempo que no siento ese burbujeo en el pecho o esas cosquillas en los dedos como me ha estado ocurriendo con Locke durante las últimas semanas.

Es mi amigo; eso es lo que somos. Amigos que se ven cada semana para ver una película, sí. Y amigos que regresan del trabajo juntos cada día y hablan por mensaje diariamente, también. Y, bueno, sí, amigos que han estado a escasos segundos de besarse en Pleine Lune...

—Buenas noches, Gabriela.

Con un conflicto en mi interior, me aparto de él.

Abro la puerta y me cuelo dentro con las mejillas ardiéndome y una sonrisa que no puedo evitar. Aprieto los labios para suprimirla y con los ojos cerrados, apoyo la espalda en la superficie de madera. Cuando los abro, me encuentro de lleno con los rostros de Amelie y Cass.

—Tú, ¿qué? —Me alza la barbilla Cass.

—¿Yo? —cuestiono—. Yo nada.

—Ya... ¿Estás segura?

—Completamente. —Carraspeo y aparto la mirada—. Buenas noches, chicas.

Termino de quitarme el abrigo, lo cuelgo en el perchero y voy directa al baño para desmaquillarme. Me quito las lentillas, me pongo el pijama y entro en mi habitación. Me cuelo en la cama donde Whiskey hace un rato que me espera y me acomodo bajo el edredón.

No me sorprende que a pesar de estar exhausta y con un dolor de pies estratosférico me cueste conciliar el sueño; es lo mismo de todas las noches.

Lo que se diferencia a esa incapacidad de dormirme es el pensamiento incesante de Melissa.

Me apena saber que actúa así impulsada por esa misma inseguridad que a mí me causaba Iván.

Mientras él y yo estuvimos juntos y coincidíamos día sí y día también los tres en el estudio, nunca le dirigí una palabra despectiva.

Es la exnovia de quien ese momento era mi novio, pero ¿y qué?

Después de tres meses lejos de casa, a pesar de haber tenido su recuerdo presente, he actuado como yo deseaba.

Sin tener que dar explicaciones que no merece, sin tener que pensar en qué opinaría al verme vestir de un modo u otro, al no sentir culpa por bailar con un compañero distinto a él o al tener amistades con chicos.

Sé que Melissa no.

Y lo sé del mismo modo que sé que Iván no merece mi tiempo pero tengo tanto guardado que queda poco para que el espacio se acabe.

Estoy cansada de no ser capaz de dejar ir.

Me levanto de la cama y ocupo la silla frente a mi escritorio. Arranco una página de una de mis libretas sin preocuparme de si se arruga o no, tomo un bolígrafo y comienzo a escribir.

Mi mente va a mucha más velocidad que mi mano y los pensamientos se atropellan unos con otros, pero con cada trazo de tinta que plasmo en el papel, esa sensación de vacío que tanto tiempo me lleva acompañando parece dejar de pesar.

Y una vez siento esa oquedad ácida desaparecer de entre mis costillas, escribo mi nombre al final del texto y pliego el papel. No me molesto en releerlo, me aterra que de hacerlo vaya a arrepentirme de lo que he escrito; de sentirme mejor.

A la mañana siguiente, me hago con un sobre y un sello. Escribo su dirección y dejo caer la carta en el oscuro y profundo fondo de un buzón.  Durante largos segundos me quedo ahí, como si el sobre fuese a flotar y colarse por la ranura por la que lo he introducido y regresar a mis manos.

No ocurre. Por supuesto que no.

Tampoco me siento mejor, pero tampoco me siento vacía.

Lo que estoy es, por primera vez, en paz con no sentir nada.