Serendipia (Serie Casualidades 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Menos mal que iba a dejarlo atrás

Gabi

Si algo me ha mantenido en pie y ayudado a afrontar la semana con algo más de ánimo, desde luego no ha sido la universidad ni el cansancio acumulado de los entrenamientos en la academia junto a las casi tres horas diarias en la empresa.

Ese incentivo ha sido la fiesta a la que Kyle me invitó y que se celebra mañana.

Después de mi turno adecentando los despachos de la última planta de la SommeWhat Company, bajo los escalones que reciben el alto complejo de oficinas. Justo en la acera que conecta con los peldaños, Finn me espera. Está fuera del coche y charla con un hombre trajeado de pelo negro.

He recibido un mensaje suyo hace cosa de quince minutos. Se ha pasado por el centro de Bruselas para no-sé-qué recado y se ha ofrecido a recogerme. No me lo he pensado dos veces antes de decirle que sí. Lo prefiero mil veces antes que esperar al bus.

—Hola —les saludo a ambos,  tímida y me coloco al lado de Finn.

—Gabi, hola. —Señala al hombre—. Este es Marc.

—Hola —repito y acepto su mano cuando me la ofrece. No me cuesta asumir que tiene más años que mi amigo en cuanto se vuelve en mi dirección

—Marc Sommers. —Se presenta con lo que me da la sensación de ser orgullo.

Espera, ¿Sommers?

¿Ese no es el apellido de la familia a la que pertenece la empresa?

—Venías del edificio. —Señala el bloque a mi espalda con un vistazo rápido—. ¿Trabajas aquí? No me suena tu cara.

—Sí, pero es mi primera semana, así que imagino que es normal. —Intento sonreír con algo de gracia. Y por alguna razón, me veo en la necesidad de añadir—: Soy parte del servicio de limpieza.

Su ceño pasa a alzarse y, aunque quizá tan solo son imaginaciones mías, creo que la visión con la que estaba observándome varía. Tiene los ojos verdes, aunque infinitamente más fríos que los de mi amigo.

—Ya veo —murmura—. Entonces, nos veremos con frecuencia. Soy el propietario.

Lo sabía.

En el último piso —y la razón por la que me he visto en la obligación de utilizar el ascensor mínimo dos veces cada día que he venido— se encuentran los despachos de aquellos quienes tienen el rango más alto en la empresa, y asumo que, por su apellido, ¿le convierte eso en mi jefe?

—Me alegro de verte Flint —le dice a mi amigo a modo de despedida—. Si consigues dar con mi hermano y mencionarle lo que hemos hablado, te lo agradecería.

—Claro. —Finn frunce los labios en lo que creo que es un intento de ser una sonrisa. No se ha acercado a ello ni por asomo—. Nos vemos.

Tan pronto como el hombre de treinta y pocos se da la vuelta, le lanzo una mirada curiosa al chico a mi lado.

Este cierra los ojos y toma una profunda inspiración.

—Qué tío más gilipollas —farfulla entre dientes y en español.

Menos en las ocasiones en las que han estado sus amigos presentes, entre nosotros hemos mantenido nuestra lengua materna para comunicarnos—.

Qué encanto de jefe tienes, Gabi —ironiza.

Abre la puerta del coche y se acomoda en el asiento frente al volante.

Rodeo el vehículo y me dejo caer en el lugar del copiloto.

—¿De qué os conocéis? —Engancho el cinturón en la clavija.

—Es el hermano de un colega que se fue a España hace unos meses. —Gira la llave en el contacto y maniobra para salir del aparcamiento.

—¿Te ha llamado Flint?

—Sí —responde en una especie de gruñido—.

No sé si lo hace por joder o qué. Me sorprende que me haya reconocido, siquiera.

Qué cojones tiene para venir a preguntarme a mí si sé algo de su hermano.

¿No debería él saber algo de su hermano, joder?

—Niega con la cabeza y me da la sensación de que este cabreo que le ha conquistado no es nada novedoso en lo que a Marc Sommers respecta—.

Me pone enfermo. Joder, es que jamás podría comportarme con un pasotismo similar hacia Amelie.

Me mantengo en silencio mientras se desahoga.

Termina por soltar un suspiro resignado después de mascullar otro montón de protestas.

—¿Qué tal hoy? —se interesa en un tono más calmado—. ¿Al final vais mañana a la fiesta?

—Bien, todo bien. Y sí, vamos a ir.

—Tened cuidado, ¿vale? —Me lanza un vistazo rápido—. Las tres sois mayorcitas ya, pero es lo que te toca aguantar como tu hermano postizo que soy, así que...

Me arranca una risita.

—Lo sé. Lo tendremos —le aseguro—. ¿Vosotros vais a ir?

Tengo entendido que es de esas fiestas que van de boca en boca sobre todo entre los que pertenecieron a la misma promoción como es el caso de Finn y Kyle. El primero es en realidad dos años más mayor, me saca cuatro, pero al haber repetido curso dos veces coincidió con él así como con Caleb y Noah.

—Yo no, trabajo por la noche y ellos, la verdad que ni idea. Ah, por cierto, hoy no ceno en el piso. Voy a llevar a Charlotte a un restaurante.

Mis cejas se alzan al instante y aprieto los labios en una línea fina para no delatarme. Apenas le ha mencionado durante esta última semana más que ese comentario que hizo el día de mi llegada.

Miento si digo que no quiero que me dé detalles. Los quiero .

Sí, un poco —muy— cotilla por mi parte, pero es que hasta donde yo sabía, Finn vive con Amelie desde abril porque lo dejó con Charlotte y se marchó del piso que compartían. ¿No es contradictorio que esté diciendo esto ahora?

—Con que cita romántica, eh... —murmuro mientras arranco las bolitas que se han formado en la tela de mi pantalón de chándal—. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos? ¿Seis años?

—Si lo quieres ver así... Lo cierto es que llevamos unos meses en los que no hemos estado... —Su tono decae un poco—, bien, por así decirlo. Por eso me vine donde Amelie.

—Algo suponía —digo a pesar de que precisamente eso es lo único que conozco del tema.

—Para qué te voy a mentir, Gabi, hemos discutido mucho desde que nos conocimos y sí, cada vez que volvemos a intentarlo ocurre algo que hace que nos distanciemos.

—Repiquetea en un gesto incómodo los dedos en el volante al detener el coche ante un semáforo en rojo—.

También sé que desde fuera puede verse tóxico, pero es que...

Quiero a Charlotte con todo mi corazón. No puedo ni quiero ver mi futuro con una mujer que no sea ella.

Que Finn me esté permitiendo ver esta faceta vulnerable y tan contraria a la pasividad y actitud segura que le acompaña a diario me hace premeditar mis palabras antes de pronunciarlas.

Sé que él y Charlotte se conocieron al poco de que los Renard se mudaran a Bruselas; él en ese entonces tenía dieciséis. No fue hasta los dieciocho que comenzaron a salir de forma oficial y ya me pierdo en fechas de cuando se mudaron juntos.

—Estoy segura de que es una chica de lo más especial.

—Lo es, sí. Tiene sus... Cosas, pero lo es.

—Todos tenemos nuestras cosas.

—Ya, bueno, es que... A mis amigos les da miedo mi novia.

—¿Cómo dices? —No puedo tragarme la carcajada que sale de mí.

—Sí. —Y lo afirma con una sonrisa radiante, orgulloso—.

Mi chica es... No he conocido nunca a nadie así.

Si de aquí a unas semanas os digo que me mudo de nuevo con ella, que no te sorprenda.

¿Qué hay de ti? ¿No tenías novio? Como no me has mencionado nada esta semana no he querido sacar el tema, pero ya que estamos...

Fíjate tú que se me han quitado las ganas de hablar.

—Tenía, sí —respondo de todos modos; porque no me importa. Ya no tiene ningún tipo de efecto en mí más que una oleada de rencor automática—. Rompimos antes de que viniera aquí.

Finn me lanza una mirada inquieta.

—Perdona, no sabía que estaba tan reciente.

—No, no, si estoy bien. Genial, de hecho.

—¿Segura?

—Completamente —contesto, convencida. Lo estoy. Estoy bien.

No es hasta quince minutos después de haber llegado a la calle de nuestro edificio que Finn consigue encontrar aparcamiento.

Los dos chicos ya han llegado cuando entramos en el piso y charlan junto a Amelie y Cass, a quien la primera invitó para que de ahora en adelante asista también a cada viernes de pizza.

—Adivinad con quien he hablado. —Les dice Finn a Caleb y Noah según llega a la zona de los sofás—. El hermano de Sommers.

No me detengo a escuchar la conversación; dejo la mochila que llevo con mis cosas a la academia y la empresa a los pies de mi cama y voy directa al cuarto de baño. Necesito darme una ducha.

Al día siguiente rozando las ocho y tras haber asistido a la clase más larga de la academia de toda la semana, Cass está pululando por el salón mientras Amelie termina de ducharse y yo me seco el pelo con el difusor enchufado a uno de los enchufes de la cocina.

En tan solo una semana nos hemos compenetrado con una afinidad asombrosa.

Un rato después, estoy frente al espejo, debatiéndome entre si debería o no salir con este vestido que me ha prestado Amelie.

Es porque sé que lo odiaría que decido no cambiarme.

También sé que detestaría que fuese a esta fiesta y por eso, cuando cruzamos la puerta principal de la casa de Kyle, mis ganas por lo que sea que depara la noche solo incrementan.

Sé que no soportaría que bailase a mi aire y junto a mis amigas y por eso lo hago.

Sé que odiaría verme cerca de Kyle o que le respondiera con la misma coquetería que él está empleando en cada una de sus palabras, y es el mismo motivo por el que me aseguro de aletear las pestañas y atusarme el pelo como nunca hago para infatuarlo todo lo posible y más.

Y sé que me sentiría ridícula si me viese desde fuera.

En lo más profundo de mí, también sé que una vez más estoy actuando en base a él y su manera de pensar, no en lo que yo desearía hacer por mucho que sea esto que estoy haciendo.

Quiero bailar y disfrutar de la noche y estar con mis amigas y quiero hablar con desconocidos, echarme unas risas y que todo se quede en una anécdota.

Pero no puedo hacerlo sin dejar de pensar en él y él y él y lo odio.

Odio tener su imagen en mi conciencia recordándome sin descanso que no le parece bien.

Lo que desconozco es a qué hora regresamos al piso.