Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Thompson
100%

Thompson

—Es el padre de Noa.

—Creen que ha podido suicidarse.

—Todavía es demasiado pronto para pensar algo así, Amelia, quizás haya sido un accidente. Una desafortunada casualidad. Estas cosas pasan.

Amelia ha negado con un gesto como si estuviera en posesión de la verdad mientras, incapaz de controlar sus manos, guardaba el móvil en el bolsillo de la chaqueta de punto color azufre y aparecían en sus ojos las primeras lágrimas.

Ha tenido que ser substituida en la clase siguiente por una profesora libre.

Al director le disgustan las faltas del profesorado porque no mejoran la imagen del centro, pero no ha podido obligar a Amelia Recoder a cumplir su horario.

Lloraba como si acabara de perder a un familiar.

En su mente se ha abierto camino la relación entre la muerte de Noa y la de su padre, así como su responsabilidad al dejar sola a su alumna a la salida del concierto.

Thompson ha preferido invitarla a regresar a casa y a tranquilizarse.

De hecho, la ha acompañado él mismo hasta la salida antes de que sonara el timbre y los alumnos cambiaran de clase y ha pedido un taxi para ella.

Si Amelia lo sabe, también lo sabe todo el profesorado y buena parte del alumnado.

Ni él ni el Saint Michael necesitan más llanto.

Tras deshacerse de la desconsolada profesora, Thompson ha preparado la oferta de empleo detallando las cualidades que deben adornar al futuro conserje que se incorporará cuando acaben las vacaciones escolares de Navidad.

Ha atendido el correo, ha hecho un par de gestiones pendientes y dado instrucciones al secretario del centro.

Le sorprende no haber recibido todavía llamadas de periodistas entrometidos preguntando por la relación entre el accidente y la muerte de Noa.

Gabriel, en la centralita, debe de estar cumpliendo a rajatabla la orden de no pasarle a nadie, piensa. Mejor así.

Ha destinado la última hora de la mañana a preparar la inminente celebración de Navidad con Ewan Murphy, profesor de tecnología y coordinador de eventos.

Piensa recordar brevemente a Noa. Aunque no lo reconocerá públicamente, sabe que retirar de la entrada cuanto pudiera recordarla fue un error.

Un grave error. Así se lo han señalado algunos profesores, también Ewan, y alguna madre indignada por su falta de sensibilidad.

De nada han servido las excusas. Debe volver a recordarla, corregir la equivocación en lo posible.

Por otra parte, sabe que Sofía está agitando a las masas y prepara una performance reivindicando su memoria y condenando el machismo opresor.

Detesta a la chica, no la soporta, no puede con su afán de notoriedad. Compadece sinceramente a los Velarde.

Suena el timbre que señala el fin de las clases de la mañana y Murphy se pone en pie, ha quedado para comer con Amanda Saldaña y Clara Dalmau. Ignora que Clara ha decidido no abandonar su despacho.

—Espera un momento.

Murphy disimula su disgusto y vuelve a sentarse.

Unos golpes en la puerta sobresaltan al director. Es Amanda la que asoma la cabeza y anuncia:

—La verja está cerrada. Gabriel no se ha acordado y los alumnos no pueden salir.

—¿Puedes abrirles tú misma la puerta lateral?

Amanda asiente y antes de retirarse dirige a Ewan una mirada compasiva.

—Si te parece seguimos esta tarde —rectifica el director para alivio de Murphy.

Es Thompson el que ahora se pone en pie. Piensa en Gabriel y por un momento lo imagina apareciendo cabreado y ebrio en mitad del patio. Casi dos metros de hombre borracho es mucho más de lo que el Saint Michael puede sobrellevar.

Ewan se apresura a salir del despacho antes de que cambie de opinión. Sigue los pasos de Amanda y abandona el edificio.

Gerald Thompson comprueba que no hay nadie en la conserjería y que nadie coge el teléfono que debe de llevar sonando toda la mañana. Resopla indignado y se aproxima a buen paso a la casa del conserje. Si tuviera alguien que pudiera reemplazarle hoy mismo estaba en la calle.

Golpea la puerta y grita:

—Gabriel. Gabriel. ¿No has oído el timbre?

No hay respuesta. Tampoco oye ruido en el interior.

Insiste.

Nada.

Amanda observa mientras espera a que los alumnos que salen a comer abandonen el centro. A su lado Ewan Murphy consulta el móvil. Comprueba que no hay más noticias relativas al accidente.

Thompson regresa al edificio central y busca en el tablero de la conserjería del que cuelgan las llaves de todo el centro la de la casa del conserje.

Sabe que una copia permanece allí por si Gabriel extravía la suya.

De la anilla cuelga la llave y una etiqueta roja en la que puede leerse G.

Roberts. Apenas tarda unos segundos en volver a cruzar el patio.

Amanda, que cierra ya la puerta lateral, daría lo que no tiene por saber qué es lo que ocurre.

Nunca antes Gabriel ha faltado a sus obligaciones.

Golpea de nuevo antes de abrir. Echa un vistazo alrededor, comprueba que no hay alumnos cerca.

Abre.

Nadie ha subido las persianas y la casa entera está en penumbra. No oye ningún ruido. Preferiría no adentrarse completamente solo en una vivienda ajena, quizás sería mejor llamar a alguien. No lo hace. La discreción aconseja que afronte el enojoso asunto en solitario.

Huele a cerrado y hace frío cuando cruza el breve pasillo y se adentra en el salón que es como un puño.

El televisor está encendido y siguen sobre la mesa los restos de la cena que nadie ha retirado junto a una botella vacía y volcada de Jameson.

Arruga la nariz, le desagrada el desorden y el volumen excesivamente alto del aparato.

En una butaca roja, cerca de la ventana y frente al televisor, Gabriel parece dormir con la boca abierta y la cabeza vencida sobre el pecho en una postura desmadejada y aparentemente dolorosa.

Tiene los brazos sobre los reposabrazos y las piernas como abandonadas a su suerte.

Se diría que lo han dejado caer desde una gran altura.

No le sobresaltan los pasos del director ni su voz cuando intenta despertarlo.

Tampoco reacciona cuando Thompson cierra los dedos en torno a su antebrazo y lo sacude ni cuando su cabeza oscila violentamente mientras su superior grita su nombre.

El director del Saint Michael’s School acerca el rostro al de Gabriel. Supone que está borracho y que ralla la inconsciencia. No piensa tolerar algo así, aunque tenga que ejercer él mismo de conserje durante unos días. Lo quiere fuera de inmediato.

Comprueba que huele a whisky barato que parece haberse derramado sobre su ropa. Está tan indignado que no advierte la extrema palidez de su piel ni el color malva de sus labios.

—Gabriel. Ha sonado el timbre —insiste—. ¿No lo has oído? ¿Qué haces aquí?

No hay respuesta.

Tampoco pulso, ni aliento. Ni vida.

—¡ Shit !

Thompson da un paso atrás. Siente la respiración acelerada y una súbita debilidad en las rodillas.

Nunca antes ha estado tan cerca de un cadáver.

Tarda unos segundos en advertir sobre una mesita auxiliar varios botes completamente vacíos de benzodiacepinas y mucho más tiempo en decidir qué es lo que conviene hacer.

Todo puede siempre empeorar.