Capítulo 17
Capítulo
Diecisiete
Brant observó la pálida expresión de su esposa mientras desviaba la mirada de él a la partera y de nuevo a él.
Vio la terrible conclusión a la que había llegado.
Sus dolidos ojos ambarinos se cerraron y su cuerpo se tambaleó sobre sus pies vacilantes.
Empezó a hablar, con la boca temblándole de ira, pero antes de que las palabras salieran de su boca se dio la vuelta y vomitó una vez más en la jofaina.
Brant le ordenó a Cedric que saliera de la habitación con un brusco asentimiento. El joven soldado observó a Della con impertinencia juvenil. Esperó a oír cerrarse la puerta para acercarse a su esposa.
—¿Della? —Le tocó los hombros con delicadeza.
—Aparta —jadeó ella—. Quítame tus manos traicioneras de encima.
Brant hizo lo que le ordenaba, observando impotente cómo ella vomitaba una bilis amarillenta en la jofaina. Poniéndose en pie, cogió una toalla de lino de Serilda y se la envolvió en la cintura. Luego, acercándose de nuevo a Della, dejó caer un paño junto a su cabeza.
—Serilda, ¿no hay nada que puedas hacer por ella? —Brant sabía lo que Della sospechaba que estaba haciendo con la mujer, pero no era el momento de dar explicaciones.
—Sí, mi señor. —Serilda dio un paso al frente—. Mi señora, por favor.
Della la fulminó con la mirada por debajo de los mechones de pelo rubio oscuro que se habían soltado del moño trenzado en la nuca. El sudor le perlaba la frente y se negó a levantarse. En su lugar, recogió la toalla que se le había caído y se limpió la boca.
—Mi señora, si fuera tan amable de tumbarse en la cama. —El tono empalagosamente dulce de Serilda contrastaba con su habitual brusquedad. Brant no prestó atención a la partera mientras se concentraba en su esposa.
—Sí, Della —la animó Brant—. Descansa.
—Saca a tu puta de nuestra alcoba —susurró Della—. ¿Cómo te atreves a traerla aquí? Llévala al pasto con el resto del ganado.
—Della. —Brant no pudo evitar el tono de advertencia en su voz.
—No. Si deseas acostarte con la puta, al menos llévala a un lugar más apropiado. Quizá los establos te acomoden más que el pasto. Allí habrá algo de intimidad. —Della se puso en pie con la ayuda del jergón de paja—. No te la llevarás a mi cama.
—No soy una puta —protestó Serilda.
—¡Silencio! —le ordenó Brant.
Della se tambaleó y se apoyó en el poste de la cama para sostenerse, como si le costara toda su energía mantenerse tan orgullosamente erguida ante él.
—Pero no lo soy —refunfuñó Serilda.
—He dicho que te calles —ordenó Brant. Se quitó la espuma de los ojos mientras se volvía hacia su esposa—. No es lo que piensas. Serilda me está aplicando emplastos curativos.
—¿Así es como quieres llamarlo? —Della rio débilmente y agitó la mano con desgana en el aire—. Bien, haz que te aplique sus emplastos curativos en el granero con los otros animales. Es a donde perteneces.
—Ignoraré eso, ya que obviamente estás enferma y deliras —razonó Brant con toda la paciencia que pudo reunir—. Túmbate para que Serilda pueda examinarte.
—No. —Della se dejó caer contra la cama—. No consentiré que las manos de tu mujer me toquen de nuevo. Ya me ha revisado y con eso es suficiente.
—Della, estás enferma. —Preocupado, hizo ademán de tocarla, pero vaciló.
—Sí, puede que lo esté —se apartó Della bruscamente—, pero no volveré a ser el hazmerreír.
—¿De qué hablas? —preguntó Brant, perplejo. Serilda se encogió de hombros con una ingenuidad poco convincente.
—¿No te lo ha contado? Tu mujercita le ha dicho a todo el mundo lo que me hiciste. —El rostro de Della palideció de nuevo y respiró hondo—. Toda Northumbria sabe de mi revisión y se están riendo de mí.
—Tonterías, Della, no se están riendo. Los resultados fueron satisfactorios.
Alabarían a una doncella por ello. —Brant frunció el ceño al volverse hacia Serilda.
De nuevo, la mujer lo miró con inocencia.
Suspiró. No era una conversación que quisiera tener delante de una sirvienta.
Acercándose a la tina, metió la cabeza bajo el agua y se enjuagó el resto del jabón. Cuando terminó, dijo—: Basta de esto.
Serilda se agachó a recoger sus braccas del suelo y se las entregó.
Della frunció el ceño ante el gesto familiar.
Brant refunfuñó irritado, pero se puso la lana limpia, contento de librarse por fin de los piojos y la suciedad de Blackwell.
Vio lo íntimo que le pareció el gesto a su esposa y se habría sentido complacido por sus celos si no estuviera tan enferma.
Se preguntaba qué le pasaba cuando por fin se le ocurrió una idea. De repente, sonrió.
—¿Qué te pasa, bárbaro? —siseó Della. Su voz era débil, pero sus palabras no por ello dejaban de ser venenosas—. Me parece que te has vuelto loco, Brant the Thorn .
Brant ignoró su ira, demasiado feliz en ese momento para prestarle mucha atención. esperanzado, preguntó:
—Serilda, ¿sabes qué aqueja a lady Blackwell?
La partera comprendió lo que quería decir e hizo un gesto con la mano hacia la cama.
—Della, me parece que deberías dejar que Serilda se ocupe de tu mal —dijo Brant cuando Della empezó a hablar—. Podemos discutir este malentendido más tarde.
—No. —Los rasgos de Della estaban tensos, como si intentara no tambalearse—. No consentiré que esa mujer me toque de nuevo. No me importa lo que hagas con ella, solo déjame en paz.
—Estate quieta, Della. —Hizo un gesto a Serilda para que se acercara a la cama, ocultando lo mucho que le dolían las palabras de Della—. No me iré hasta que lo hagas.
Della frunció el ceño.
—Bien, pero solo porque estoy demasiado cansada y con demasiadas náuseas para seguir discutiendo contigo.
—Se movió hacia la cama, solo para detenerse y agarrar con fuerza la mano de Serilda.
Retorciéndole los dedos, la amenazó—: Tráteme como la última vez y haré que le rompan los dedos y que arrojen su cuerpo maltrecho y desnudo al foso para el disfrute de todos los hombres.
—Sí, mi señora —fue la respuesta no demasiado sumisa de Serilda.
Brant sonrió ante aquello. Su esposa tenía mucho genio, incluso enferma. También parecía que no iba a permanecer tan callada como en su última revisión.
—Gírate —le dijo Della—. No quiero ver tu cara.
Brant asintió e hizo lo que ella quería, demasiado emocionado para no obedecer. En su cabeza contó los días desde la primera vez que hicieron el amor. No era demasiado pronto para saber si estaba encinta. De su hijo. Su heredero.
Tras unos instantes, oyó a Serilda levantarse de la cama y se giró con emoción. La partera se mordió el labio y le lanzó una mirada extraña a Della, que había cerrado los ojos y se había acurrucado en un ovillo.
En un susurro no demasiado bajo, la mujer dijo:
—Es solo un malestar de estómago. Pasará en una semana. Dele caldo para comer y déjela descansar.
—¿Estás segura? —La decepción se apoderó de él.
—Bastante segura, aunque podría ser demasiado pronto para saberlo. —Serilda retrocedió hacia la puerta—. Pero suelo acertar. No creo que sea eso.
—¿Qué? —preguntó Della sin abrir los ojos—. Me da vueltas la cabeza y no tengo tiempo para estas tonterías. ¿Qué pensabas que era? ¿La peste? ¿Un brote? ¿Ha habido noticias de otros? ¿Por eso parecías tan feliz? ¿Pensabas que iba a morirme?
—Mi señor pensó que podríais estar encinta —respondió Serilda sin miramientos.
Brant quiso abofetear a la impertinente mujer, pero en su lugar se pasó los dedos por el pelo mojado. Para su fastidio, descubrió que todavía tenía jabón para los piojos en el cabello. Mirando a Serilda con el ceño fruncido, se dio cuenta de que el jabón no le picaba en absoluto.
—Lo siento, mi señora. No lo estáis. —Serilda salió de la alcoba.
Brant vio cómo la puerta se cerraba silenciosamente tras la partera.
—Adelante. Ve tras ella. —Della lo miró con cansancio. Se apartó de él con asco.
A Brant no le gustó el tono abatido de su voz. Mientras hablaba, se inclinó para enjuagarse de nuevo el jabón del pelo.
—No ha pasado nada, Della. De verdad me estaba aplicando emplastos curativos.
—No, no lo llames así. Te vi con mis propios ojos. —Della se negó a incorporarse—. Llévate tus mentiras a otra parte, bárbaro.
—Della… —Brant se secó el pelo mojado con la toalla desechada y se acercó a la cama.
—Está bien —le interrumpió ella. Brant se acercó para oírla mejor—. Dije que podías irte a Blackwell y vivir allí con tu amante. Serilda es una buena elección. No puede tener hijos.
—No me voy de Strathfeld. —Brant se sentó en el borde de la cama. Alargó la mano para acariciarle la cadera con suavidad. Ella no se movió bajo su mano. Se preguntó si los celos que creyó haber visto eran imaginarios—. Tengo una razón para quedarme.
—Oh, sí, conozco tu razón. Deseas un heredero. —Della se apartó un poco de él. Su voz se convirtió en un murmullo—. ¿De verdad me harías cumplir con mis deberes maritales ahora? Es probable que te vomite encima.
—Della. No es eso lo que quería decir. —Brant retiró la mano y dejó escapar un largo y frustrado suspiro. ¡Por el martillo de Thor, mujer, eres de lo más irritante!
—Bien, entonces déjame en paz. —Tiró de la colcha a su espalda. Después de varios tirones bruscos, Brant se vio obligado a levantarse para que pudiera cogerla—. Ve con Serilda. He acabado de hablar contigo.
—Della —empezó Brant, inseguro. Sacudió la cabeza y volvió a pasarse los dedos por el pelo mojado.
Le agradó descubrir que el picor del cuero cabelludo había desaparecido.
La poción de Serilda había funcionado de maravilla, aunque hubiera mentido sobre su administración—.
No importa, he acabado de discutir contigo.
Su esposa no le contestó mientras él terminaba de vestirse y no lo miró mientras se sentaba en la cama para ponerse los zapatos. Era como si no le importara que él estuviera allí e imaginó que deseaba que no lo estuviera.