Capítulo 13
Capítulo
Trece
El suave resplandor azul del cielo iluminado por la luna bañaba el suelo con su esplendor, alimentando el aislamiento del alma de Della.
Se estremeció sin poder controlarse. A lo lejos, oyó las risas de los soldados mientras jugaban en el campo de entrenamiento.
Sus vítores de emoción subían y bajaban en medio de la algarabía.
Della no sentía ningún deseo de unirse a sus juegos y prefirió quedarse sola.
Sin embargo, saber que estaban cerca era extrañamente reconfortante.
No podía creerse la excesiva competición de Brant y Stuart por ella. Aunque halagada por la atención, odiaba ver enfrentados a los dos hombres que le importaban. Se preguntó si debería haberlos dejado solos. Era muy probable que se mataran el uno al otro antes de que acabara la noche.
Della paseó junto a su jardín en silencio, disfrutando de la intimidad que le brindaba la noche.
Dio una patada a una mala hierba que osaba asomar por la fértil tierra.
Cansada de las luchas, deseó por una vez que la tierra pudiera estar en paz, sin guerras, sin derramamiento de sangre y sin muertes de familiares.
Más aún, deseaba que su corazón pudiera estar en paz, sin dolor, sin noches en vela, sin una soledad que lo consumía todo.
El chirrido de la verja principal captó su atención.
Solo podía significar que Stuart se marchaba.
Una parte de ella quería ir tras él para decirle que sentía sus duras palabras; la otra parte seguía demasiado enfadada.
Su pobre y querido primo había sufrido tanto…
Su madre había sido una mujer cruel que solía pegarle.
Una vez, lo encerró en una habitación durante tres días, sin comida ni agua, porque afirmaba que estaba demasiado apegado a ella.
El dolor de Della había sido intenso y había durado solo una noche terrible.
El de Stuart no había sido tan concentrado, pero se había prolongado durante muchos años.
A menudo, solo encontraban consuelo en la compañía del otro.
Stuart había vivido en Strathfeld durante un corto periodo de tiempo tras la muerte de su madre, más o menos en la misma época del fallecimiento de la suya.
Se detestaba por no haberle mostrado a Stuart más consideración, pero ¿cómo podía hacerlo?
Se había comportado de forma tan irracional durante la partida.
Y dar a entender que ella había hecho algo indebido con él era inexcusable.
Se había adentrado en un terreno muy peligroso y podría haberle hecho mucho daño con su descuido.
Brant no se quedaba atrás, casi diciendo con todo detalle lo que había ocurrido entre ellos.
La mortificaba la sola idea de hablar en voz alta de lo que había sucedido.
Era una especie de doble rasero, pues ella le había dicho a Stuart que habían consumado el matrimonio.
La diferencia era que se lo había dicho como amiga leal. Brant lo había usado como una pulla.
Se sentía fatal. ¿Por qué hacían esto? No era como si Stuart estuviera locamente enamorado de ella y él siempre había dicho que no quería el título que se le otorgaba a su marido.
—¿En qué estás pensando ahora mismo?
Della sintió la voz de Brant llegar hasta ella como el calor de una llama tibia. Había presentido que estaba cerca antes de que hablara. Al bajar la vista, vio que la mala hierba a la que había dado una patada estaba deshecha en varios trozos, pero seguía arraigada en la tierra.
—No estaba suspirando por Stuart, si es eso lo que insinúas —espetó, incapaz de controlar su lengua descarriada.
—No he dicho eso. —Brant dio un paso hacia ella.
Della se volvió para examinarlo a la luz de la luna.
Su pelo refulgía con destellos plateados, excepto el mechón que llevaba, como de costumbre, recogido en una trenza.
La barba incipiente de su mandíbula relucía bajo la luminiscencia de la luna.
Era una figura imponente y se preguntó si, en el caso de que envejecieran juntos, él seguiría dejándola sin aliento cada vez que lo viera.
De algún modo, pensó que bien podría ser.
Si todo lo que sentía era un hechizo pagano, no estaba segura de querer que lo deshiciera.
Jugueteó brevemente con su anillo, haciéndolo girar en su dedo.
Dios la ayudara, estaba enamorada de él y no sabía si quería que ese sentimiento desapareciera.
Pero con el amor venía un dolor agridulce; el dolor de que él pudiera no sentir lo mismo, de que tal vez nunca llegara a verla como algo más que un premio que se le había concedido por su leal servicio a un rey.
—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo? —Brant no se movió.
—Es demasiado tarde para preguntar eso —respondió Della evasivamente. ¿Cómo podía responder sin delatar sus emociones?—. Estamos unidos.
—No, esa no es una respuesta. —Brant le escrutó el rostro, como si intentara leerla en vano—. Lamento que pensaras que pretendía faltarte al respeto. No era mi intención.
Della asintió. En realidad, ya lo sabía. Contempló la luna por un momento, disfrutando de su serenidad. Era tan grande y llena en el cielo aterciopelado, como si la tierra la hubiera acercado para pasar la noche. Luego, volviéndose hacia Brant, esperó pacientemente a que prosiguiera.
—¿Dónde aprendiste a jugar al hnefa-tafl con tanta maestría? —preguntó él.
—Aprendí por mi cuenta, probando diferentes estrategias hasta que dominé un plan para cada una. El juego no es tan difícil una vez que se estudia.
—Sí, a veces olvido que el día tiene muchas horas para ti.
—¿Me lanzaste un hechizo pagano? —No pretendía decir esas palabras en voz alta, pero no intentó retractarse.
Lo observó pensativa. Una sensación de anhelo ahora familiar la invadió al mirarlo.
Su penetrante mirada azul se encontró con la de ella, firme.
Cada poro de su piel se esforzaba por sentirlo—. Dime la verdad.
—No. —Brant se rio—. No sabría cómo. Atribuyes demasiadas habilidades a un pagano. Además, no es realmente una doctrina que yo practique.
A Della le entristeció esa confesión, pues significaba que el anillo había estado destinado de verdad a otra mujer. —¿Quién es Lynnea? ¿Fue un gran amor para ti? ¿La echas de menos?
—¿Lynnea? —Las cejas de Brant se alzaron en su frente antes de que su rostro se ensombreciera un poco—. ¿Quién te ha hablado de ella?
—Solo responde a la pregunta. —Della intentó endurecerse ante su hermoso rostro. Sintió que las lágrimas la amenazaban y su visión se volvió borrosa, pero mantuvo el rostro inquietantemente inmóvil—. ¿La amabas?
—Sí. —Su expresión confirmó la verdad—. Supongo que sí, tanto como un hombre puede admitir tales emociones.
Sintió como si le hubieran arrancado el corazón del pecho. Mantuvo su cuerpo tan quieto como una piedra. —¿Está muerta?
—Sí —dijo él de nuevo—. Lo está.
Un anhelo intenso y unos celos profundos nacieron en su estómago. El corazón le dio un vuelco y la nariz le escoció por las lágrimas contenidas. Amar a un hombre que no correspondía a sus sentimientos era peor que el miedo con el que había vivido toda su vida. —Siento tu pérdida.
—Della, ¿de qué estás hablando? —La miró con cansancio—. Murió hace mucho tiempo, cuando yo era joven.
—¿Cómo?
¿Por qué me torturo a mí misma?
Porque tengo que saber la verdad.
—Se quitó la vida. —El rostro de Brant se endureció y ella imaginó que no era algo de lo que le gustara hablar—. No le gustaban las amantes de mi padre.
—No lo entiendo. ¿Por qué le importaría que tu padre tuviera amantes?
—Creo que era porque lo amaba de verdad. No todo el mundo es como tú, Della. A algunas mujeres les importa que sus hombres se acuesten con otras.
—Espera. —Levantó las manos, deteniéndolo—. Entonces, ¿por qué su nombre está grabado en el anillo que me diste? ¿La amabas? ¿Y ella amaba a tu padre?
—Della, Lynnea era mi madre. Ese era su anillo. —Su rostro se suavizó—. Es todo lo que tengo de ella. Me lo dio el día antes de quitarse la vida y me pidió que se lo entregara a mi esposa. Esperaba que a mi matrimonio le trajera más suerte que al suyo. Era su bendición, en cierto modo.
—¿Tu madre? —se atragantó Della, de repente abrumada por lo mucho que él había pensado en el regalo—. Creía que era tu amor, tu mujer. Creía que tal vez aún suspirabas por ella.
—No, tontita. —Brant dio un paso más y le ahuecó la mandíbula. Estaba a un cabello de distancia de ella—. Tú eres mi mujer ahora. Mi única mujer.
Intentó sonreír y sacudió la cabeza. La suave presión de la mano de él la giró hasta que quedó frente a él. En esencia, tenía razón. Había reclamado su alma, pero no había dicho que la amara.
—Te lo pregunto de nuevo —dijo él cuando ella encontró su mirada firme—. ¿Te arrepientes de nuestro matrimonio?
El viento soplaba suavemente a su espalda, empujando mechones sueltos de su pelo hacia él.
Las finas hebras golpearon su pecho, acariciándolo como ella deseaba hacer.
Della se negó a responder. Le dolía el cuerpo de incertidumbre.
Si respondía, solo conseguiría avergonzarse a sí misma.
Su amor tendría que seguir siendo su propio secreto.
Levantando la mano hasta la barbilla de él, frotó su palma contra el pelo áspero de su mandíbula. Era tan grande, su marido. Sus hombros le tapaban la luna. El resplandor de esta creaba un halo alrededor de su pelo y los mechones plateados flotaban en la brisa.
Levantó la otra mano, sabiendo que él esperaba una respuesta que ella no podía darle.
Acercó los labios de él a los suyos y lo besó ligeramente.
Era la primera vez que ella iniciaba un beso voluntariamente y se alegró de que Brant no la rechazara.
Su boca firme se movió con constancia, dándole lo que buscaba.
El calor de él la atrajo hasta que se fundió contra su cuerpo.
Ahora que sabía qué esperar de su manejo, no tenía miedo.