Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

CAPÍTULO TRECE

Rachel se despertó temprano el viernes por la mañana.

Los días que no tenía que trabajar, Rachel no ponía el despertador, y solía despertarse sobre las diez u once de la mañana, demasiado agotada para levantarse antes.

El viernes por la mañana, sin embargo, estaba despierta antes de que sonara el despertador, comprobando y volviendo a comprobar que tenía todo listo para la acampada.

Estaba emocionada, dando vueltas por su apartamento mientras reunía los últimos cachivaches, antes de vestirse. Nunca antes había imaginado que se emocionaría por ponerse un par de botas de montaña, pero ahí estaba, calzándoselas e inspeccionándolas en el espejo de cuerpo entero de su apartamento.

—Perfecto —bromeó, girándose para poder verse desde todos los ángulos.

Había tenido razón sobre los kimbos desde el principio: eran horribles, ciñéndose a cada línea y recoveco de su cuerpo, marcando todas las partes de sí misma que habría preferido mantener ocultas.

Todo podría haberse perdonado, sin embargo, de no ser por lo incómodos que resultaron ser.

Había esperado que se sintieran algo así como una faja, y en su mayor parte así era.

Por desgracia, sin embargo, para unos pantalones que se suponía que hacían las veces de ropa interior, tenían un fallo grave: una cremallera.

Para ser del todo justos con quienquiera que hubiera diseñado los kimbos, habría sido bastante difícil hacer una cremallera que fuera amable contra la piel pero, como Rachel enseguida se dio cuenta, no había forma de que pudiera llevarlos en la excursión tal como estaban.

Así que, en lugar de llevarlos como estaba previsto, cogió algo de ropa interior del armario y se la puso debajo.

Claro, eso dejaba los pantalones prácticamente inútiles, pero al menos no se le rozaría la piel en carne viva ahí abajo.

Andy había prometido estar delante de casa de Rachel para el mediodía.

A las 11:52, Rachel ya estaba en la esquina de la calle con sus cosas, poniéndose de puntillas para buscar cualquier señal de la camioneta roja de Andy doblando la esquina de su calle.

Estaba allí, como había prometido, a mediodía en punto y, cuando se detuvo junto al bordillo, Rachel pudo ver su expresión de asombro a través de la ventanilla.

—¡Hostia, mírate! —Sonrió, bajándose de la camioneta para ayudar a Rachel con las bolsas—. Ahora pareces toda una superviviente, ¿eh?

—¿Qué te parece? ¿A la moda? —Rachel dio una vuelta con su conjunto, compartiendo la sonrisa de Andy. Tenía gracia; se había sentido ridícula en la tienda cuando estaba comprándolo todo pero, ahora, de pie junto a Andy, no sentía que tuviera una pinta tan tonta.

—Muy a la moda. Creo que el caqui va a estar el año que viene a la última. —Andy cogió la mochila de Rachel y la levantó con facilidad, echándosela a un hombro mientras caminaba hacia la parte de atrás de la camioneta y la colocaba junto a la suya—. Muy bien, ¿lista para salir?

—Del todo. —Rachel le sostuvo bien la mirada, y las dos compartieron una sonrisa—. Aunque creo que quizá esté compensando de más con todo lo que me he traído.

—¿Compensando de más? —Andy se subió al asiento del conductor, y Rachel la siguió.

—Sí. —Cerró la puerta tras ella y se abrochó el cinturón—. Sigo sin saber nada del aire libre. Más o menos espero que todas esas cosas ayuden a mantenerme con vida.

Andy sonrió, negando con la cabeza mientras arrancaba el motor y se apartaba del bordillo.

—Solo vamos a estar ahí fuera un fin de semana, ¿sabes? No creo que te vayas a morir.

—¿Has visto Hacia rutas salvajes ? No pienso dejar que esa sea yo. De ninguna manera voy a acabar así.

—No te preocupes, no dejaré que acabes así —le aseguró Andy, echándole un vistazo por el rabillo del ojo—. Ni aunque te pongas pesada.

Condujeron más lejos de la ciudad de lo que lo habían hecho para su primera salida. Esta vez estuvieron en la autopista mucho más rato, dirigiéndose al noroeste, y el paisaje de alrededor enseguida se convirtió en un panorama de postal, lleno de árboles y frondosos campos verdes.

Mientras conducían, alejándose cada vez más de la ciudad, Andy le prometió que su campamento merecería el viaje, aunque les costara un poco más llegar.

Admitió con una sonrisa irónica que quizá implicara también un poco más de senderismo, pero le aseguró a Rachel que disfrutaría de su campamento cuando llegaran allí.

Si esta hubiera sido la primera salida de Rachel ahí fuera con Andy, quizá no habría creído del todo a la otra mujer.

Probablemente habría estado un poco nerviosa por la excursión, sobre todo con las colinas alzándose muy por encima de ellas y fundiéndose con densos bosques.

Cuando bajaron por una serpenteante pista de tierra que llegaba a un callejón sin salida, con algún que otro coche disperso, quizá habría sentido los nervios burbujearle en la boca del estómago.

Pero no era así como se sentía. De hecho, cuando se detuvieron y Andy apagó el motor, Rachel se bajó del coche antes que ella, sonriendo cuando sus pies tocaron el suelo.

Solo estaban en el aparcamiento, pero esto ya prometía ser una excursión aún más bonita que la anterior.

Los árboles estaban más densamente apiñados, así que el bosque se veía más oscuro, y por todas partes Rachel oía una cacofonía de cantos de pájaros.

El aire hasta olía más dulce que en el sendero que había recorrido con Andy la última vez.

Cuando se giró de nuevo hacia el coche, pilló a Andy observándola con una sonrisa en la cara.

—¿Qué?

—Nada. —Andy sacó su bolsa de la caja de la camioneta, pero seguía sonriendo—. Ven a por tus cosas.

Rachel cogió su mochila, soltando un gemido al darse cuenta de lo pesada que era en realidad.

Unos momentos batalló por asegurársela a la espalda pero, una vez que la tuvo puesta y las correas bien tensadas, no parecía tan mala.

Andy todavía le sonreía, pero no era la sonrisa burlona que tan acostumbrada estaba a ver. Era cálida, genuina.

—¿De qué sonríes?

—Es que… —Andy hizo una pausa antes de sostenerle la mirada a Rachel—.

Me alegro de que estés emocionada. De verdad.

Si te soy sincera, cuando te invité a una excursión en el hospital y dijiste que sí, pensé que lo odiarías.

Y… luego pensé que no querrías volver a venir, que solo estabas siendo educada.

Pero de verdad te hace ilusión estar aquí fuera. Y eso… eso me gusta.

—Bueno, disfruto de estar aquí fuera, contigo.

—Un rubor le subió por las mejillas a Rachel y, en lugar de encogerse, siguió hablando sin más—: No pensaba que fuera a hacerlo, pero conseguiste que fuera divertido.

—Rachel le sonrió, antes de mirar hacia el sendero de tierra que serpenteaba hacia los árboles—. Vale, tú primera.

—Sí, señora. —Andy le lanzó un minisaludo militar a Rachel, antes de echar a andar por delante para adentrarse en el bosque.