Capítulo 12
CAPÍTULO DOCE
Antes incluso de que Rachel hubiera cruzado la puerta de su apartamento, el móvil ya le vibraba con mensajes de Nathan, que quería saberlo todo de la excursión.
Nathan: ¿Y bien? ¿Qué tal ha ido?
Nathan: No te habrás perdido, ¿verdad? Podemos mandar a un equipo de rescate si lo necesitas.
Rachel sonrió, negando con la cabeza con suavidad mientras entraba y cerraba la puerta tras ella de un empujoncito con el pie. Tras quitarse las zapatillas de una patada y mover los dedos de los pies, decidió que por fin era hora de darles a los pies un descanso que buena falta les hacía.
Rachel: ¡Ha ido bien! La verdad es que me lo he pasado muy bien.
Le dio a enviar al mensaje, antes de dejarse caer en la cama con un gemido grave.
No era mentira, se lo había pasado bien.
Pero, mientras se hundía en el edredón y se relajaba, se dio cuenta de lo mucho que le dolía el cuerpo.
Al pasar casi cada día de pie, Rachel nunca había imaginado que acabaría tan agotada de solo andar por las colinas y, sin embargo, ahí estaba.
Los músculos de las piernas los notaba tensos y forzados de haber trabajado tanto durante todo el día, y fue entonces cuando Rachel se dio cuenta de que probablemente no estaba en tan buena forma como podría haber estado.
Y palidecía en comparación con Andy, que prácticamente había ido dando saltos por delante de ella como una adolescente desde el momento en que salieron del coche.
Rachel se giró boca arriba con una sonrisa.
La emoción de Andy había sido de verdad contagiosa; ¿quizá fuera por eso por lo que se lo había pasado tan bien?
No podía imaginar que nadie no se lo pasara bien teniéndola a ella de guía.
Llevándose la rodilla izquierda al pecho, y sin mirar hacia abajo, alargó la mano hacia el pie para masajearse los dedos con delicadeza, igual que hacía al final de un turno doble.
Un dolor familiar empezaba en el arco del pie y, aunque resultaba un poco incómodo, también había algo satisfactorio en ello.
Era como un premio por haberse exigido todo el día.
Andy tenía razón. Por primera vez en mucho tiempo, Rachel se sentía relajada.
O quizá solo se sentía demasiado cansada para darle demasiadas vueltas a todos los estreses de su trabajo.
En cualquier caso, fuera lo que fuese, le daba igual.
Sentaba bien quedarse ahí tumbada un rato, sin nada que hacer.
Y pensar que casi me eché atrás en el último momento. Se alegraba de no haberlo hecho.
Rachel era casera. Le gustaban sus comodidades.
Las cosas familiares la reconfortaban y, dado que su única gran aventura había sido viajar al centro de un levantamiento político para tratar heridas de bala, había saboreado la rutina que le ofrecía estar de vuelta en casa.
O al menos, eso era lo que había pensado.
Para Rachel, relajarse era ponerse su pijama más feo, ver los peores programas de telerrealidad de Netflix, y comer demasiado helado.
Pero hoy había salido de su zona de confort y, a pesar de dar miedo, también había sentado…
bien. Sentía que había logrado algo. Y no tendría eso si Andy no hubiera sido tan insistente.
Alargó la mano a ciegas hacia el móvil, y se giró de nuevo boca abajo, volviendo a abrir sus mensajes.
Nathan le había respondido y, por la vista previa, parecía que estaba a punto de enfrentarse a toda una andanada de bromas sobre ser la próxima Bear Grylls.
En lugar de responderle, sin embargo, se desplazó a otro contacto.
Andy.
Rachel abrió su conversación de mensajes y se apoyó en los codos para mandar un mensaje.
Gracias.
Hizo una pausa, con el pulgar suspendido sobre la tecla de enviar. No podía mandar solo eso, ¿verdad? Un simple gracias no parecía ni de lejos suficiente. Con un suspiro, Rachel borró el mensaje y lo intentó de nuevo.
Rachel: Oye, quería darte las gracias por lo de hoy.
Sé que esquivé tus mensajes cuando me invitaste al principio, y supongo que fui bastante grosera contigo, pero me alegro de que no te rindieras.
Me lo he pasado muy bien ahí fuera contigo hoy, y tenías razón sobre el senderismo.
De verdad que es relajante, e incluso ahora que estoy de vuelta en casa, me siento mejor de lo que me sentía esta mañana.
Creo que quizá nuestra conversación también ayudó un poco. Desde que volví a casa, he sentido que nadie me entendería si les contaba cómo me siento. Está bien saber que no estoy sola, así que gracias por eso también. ¡Tengo ganas de la próxima salida!
Le dio a enviar, y estaba a punto de tirar el móvil en la mesilla cuando se lo pensó mejor, y mandó un último mensaje.
Rachel: ¡Perdona por el mensaje tan largo!
Con eso, Rachel dejó a un lado el móvil y volvió a dejarse caer para descansar la cara en las almohadas.
En algún momento sabía que tendría que quitarse la ropa sudada, y desde luego debería haberse duchado antes siquiera de pensar en acercarse a la cama pero, mientras estaba ahí tumbada, le daba igual.
Un cansancio le impregnaba todo el cuerpo, pero no era el mismo agotamiento que le calaba hasta los huesos después de un turno largo.
Era el tipo de cansancio que recordaba haber sentido de niña, en las largas tardes de verano cuando se iba de vacaciones a la playa.
Tenía esa misma sensación cálida por todas partes, igual que había sentido cuando se acurrucaba en el asiento de atrás del viejo Volkswagen de su padre y se quedaba dormida en el viaje de vuelta a casa.
Al cerrar los ojos, Rachel se sintió como una niña otra vez, sin preocupaciones ni responsabilidades que pudieran llamar a su puerta.
Así que, en lugar de levantarse y ducharse y cambiarse de ropa como una adulta responsable, se quedó dormida así sin más, todavía vestida con la camiseta y los pantalones cortos. Y fue la mejor noche de sueño que había tenido desde que había vuelto a casa.
¿Por qué he accedido a esto?
Por supuesto, no tardó mucho en volver a inundarle el estrés el organismo a Rachel.
La tarde después de la excursión, se pasó un rato mirando unas cuantas webs para comprar equipo de acampada.
Si iba a estar haciendo senderismo dos días seguidos, en realidad no le apetecía hacerlo con unas zapatillas viejas y sus pantalones de pintar.
Y también iba a necesitar otras cosas, como un saco de dormir y una tienda de campaña.
Se imaginaba que sería bastante sencillo comprar lo que necesitaría.
Al fin y al cabo, solo había una cantidad limitada de cosas que cupieran en una mochila, así que seguro que eso significaría que no habría tantas cosas que comprar.
Fue unos diez minutos después de empezar a mirar equipo de acampada cuando Rachel se sirvió una copa de vino para hacerle compañía.
Al parecer, había un montón enorme de cosas que podía comprar.
Fue pasando páginas y páginas de cuchillos, kits de iniciación y cuerdas, sin saber muy bien por qué las necesitaría alguna vez en una excursión de fin de semana y, cuanto más avanzaba por la web, más frustrada se sentía.
A Rachel no le gustaba comprar por internet ni en el mejor de los casos.
A todas sus amigas les encantaba darse un capricho con un vestido nuevo o algo de lencería sexi el día de cobro, pero a ella siempre la hacía sentir incómoda.
¿Y si algo no le quedaba bien, y tenía que pasar por el engorro de devolverlo?
Entonces tendría que comprar la misma cosa en la talla siguiente, ¿y si esa no le quedaba bien? Era más fácil no molestarse.
Comprar equipo de acampada se parecía mucho a eso. El único problema era que ahora Rachel tenía el problema añadido de no entender muy bien qué estaba comprando, ni por qué iba a necesitar tenerlo consigo alguna vez.
Estoy tan fuera de mi elemento.
Podía pedirle ayuda a Andy. Y, conociendo a Andy, probablemente aprovecharía la oportunidad al vuelo, y le pasaría una lista entera de cosas que Rachel necesitaría.
Resultaba tentador coger el teléfono sin más y admitir que estaba completamente sobrepasada, pero Rachel se resistió.
No quería parecer inútil. Pero, por otro lado, de verdad no tenía ni idea de qué hacía y, si se presentaba a otra excursión sin nada del equipo adecuado, eso sería aún peor que si pedía ayuda.
Pero no tengo por qué pedírselo a Andy.
Claro que no tenía por qué pedírselo a Andy. Tenía a su propio guía personal de senderismo y acampada: Nathan.
Rachel: Necesito ayuda, ya. Estoy intentando comprar equipo de acampada y no sé qué necesito. ¡POR FAVOR!
Podía contar con Nathan para cualquier cosa, y siempre había podido. No fue ninguna sorpresa cuando le respondió ofreciéndose a quedar al día siguiente en una tienda de acampada para equiparla, después de mandar una serie de emojis de risa, claro.
El jueves después de su primera salida con Andy, Rachel se encontró dentro de una tienda de artículos de acampada, escudriñando una selección de navajas suizas en una vitrina de cristal.
Las diminutas navajas de bolsillo tenían todo tipo de accesorio que pudiera desear, incluidos una lima de uñas y un sacacorchos.
—Tranquila, Rambo. —Nathan la apartó de la vitrina con una mano en el hombro—. Empecemos por lo básico, ¿eh?
—Es que no sé ni por dónde empezar aquí. —Rachel señaló alrededor de la tienda, apuntando al traje de camuflaje ghillie que colgaba de un perchero cercano—. O sea, ¿necesito todo esto?
—¿Vas de senderismo o de caza?
—De senderismo.
—Entonces dejamos el camuflaje por ahora. —Nathan le dio una palmadita en el hombro—. ¿Qué tal botas, eh? ¿Tienes un buen par de botas de montaña resistentes?
—Tengo… zapatillas. —Rachel vio cómo se le descomponía la cara a su amigo—. ¿Ves? ¡Por esto te necesito! Dime qué comprar. —Alzó las manos, exasperada.