Capítulo 4 #2
Pero luego llegó la hora de comer, y se tomó su descanso a la vez que Phelps.
Rachel lo encontró en la cafetería, y él le hizo señas con ganas para que comiera con él.
Rachel se dejó caer en el asiento, agradecida; claro, se le daba mal la charla trivial, pero de verdad que no le apetecía tener que preocuparse por sentarse sola a una mesa como si volviera a estar en el instituto.
La conversación fue distendida, la típica charla trivial para ayudarles a conocerse… familia, amigos y aficiones. Pero, por supuesto, no tardó mucho en volver a girar hacia sus trabajos. A partir de ahí, fue solo cuestión de minutos que saliera su año en el extranjero con la ONG MSF.
Lo sacó Phelps. Lo mencionó con naturalidad, como si no fuera para tanto, pero era evidente por la forma en que miraba a Rachel de reojo que sentía una curiosidad morbosa por todo el asunto.
No mencionó el nombre de Tara durante la conversación, pero Rachel supuso que debía de ser de ahí de donde lo había oído; era la única persona del City General que sabía del año que Rachel había pasado en Haití.
—He oído que trabajaste para MSF, Médicos Sin Fronteras —dijo, ladeando la cabeza—, un año, antes de venir aquí.
En cuanto lo dijo, Rachel sintió una familiar sensación de temor acumulándosele en la boca del estómago. Por favor, no preguntes por eso…
—Eso tuvo que ser bastante guay, ¿no? —Phelps arqueó las cejas en señal de pregunta.
Por favor. No quiero hablar de ello. Por favor , suplicó Rachel en silencio.
No le importaba hablar de su trabajo en su mayor parte.
De hecho, estaba en su terreno respondiendo preguntas sobre operaciones que había hecho o personas que había conocido pero, cuando se trataba de su tiempo en Haití, sentía que se le secaba la boca solo con pensar en lidiar con preguntas.
Cuando la gente preguntaba por su año con MSF, no querían saber del día que fue al museo nacional y escuchó a una apasionada joven hablar de Toussaint Louverture o de Naomi Osaka.
No les importaba el cirujano de primer año que había irrumpido en el hospital para anunciar el nacimiento de su primera hija, Fabienne.
No eran esas historias las que buscaban.
Querían oír los peores recuerdos, los que los horrorizarían.
¿Qué la mantenía despierta por las noches, qué recuerdos la atormentaban más?
¿Cuánto había sufrido exactamente mientras estuvo allí?
Era natural, suponía. Querían saber todos los detalles espeluznantes de la misma forma que cualquier transeúnte de la calle se pararía a mirar boquiabierto las secuelas de un accidente de coche.
Pero, solo porque fuera la respuesta natural para ellos, no significaba que ella tuviera que lanzarse a la oportunidad de contarles todo lo duro de su tiempo con MSF.
—¿Cómo era aquello por allí? —preguntó Phelps, pinchando su ensalada de pollo con el tenedor.
Rachel bajó la vista hacia su propia comida, haciendo una mueca ante la idea de poner al desnudo una de sus historias.
No es que no tuviera todo un fichero de ellas a su disposición.
Lo tenía. Tenía una docena de historias de niños que fueron daños colaterales y acabaron con balas rozándoles los muslos.
Había estado dentro del centro de traumatología cuando habían oído el disparo que mató a un paciente al que habían dado el alta solo minutos antes.
Y eso ni siquiera era lo peor. Eso no era nada comparado con la constante angustia por la falta de material médico para su flujo constante de pacientes.
Material secuestrado, vendido en el mercado negro mientras Rachel y las personas con las que trabajaba intentaban desesperadamente mantenerlo todo a flote.
Aquí, ahora mismo, no quería hablar de nada de eso.
Ya había hablado bastante de Haití, había compartido bastante con amigos y familia, solo para ver cómo sus caras se contorsionaban en muecas horrorizadas.
Solía seguir un cambio rápido de tema, permitiendo que el horror y el asco se desvanecieran, como si nunca hubieran estado ahí.
—Era MSF —dijo con un encogimiento de hombros evasivo—. Fue… difícil. Más duro que cualquier otro hospital en el que haya trabajado.
—Un amigo de la facultad trabajó para MSF una temporada. Dijo que lo dejó después de que un tío le apuntara con una pistola a la cara y lo amenazara con apretar el gatillo. —Phelps negó con la cabeza y se estremeció con dramatismo—. No sé si yo podría pasar por eso.
—No todo era malo —recalcó Rachel, poniéndose a la defensiva de inmediato—. Haití es un país precioso.
—Ya, una vez que dejas atrás todos los disturbios y saqueos.
Ya, porque aquí la gente no hace eso , pensó con amargura, negando con la cabeza.
Cuando el huracán Katrina golpeó y la gente intentaba desesperadamente encontrar comida para sus familias, nadie pintó todo Estados Unidos como un páramo sin ley.
Entendían que, bajo la anarquía de lo que estaba pasando, había personas de verdad que lo estaban pasando muy mal, y solo hacían lo que podían.
Pero, cada vez que sacaba su año en Haití, era lo único que le importaba a nadie.
La sangre, la violencia. No las personas.
Nunca las personas.
Lo dejó estar. En el tiempo que llevaba de vuelta en Estados Unidos, Rachel había aprendido por las malas que era más fácil elegir no discutir con la gente sobre este tipo de cosas. No puedes ganarte los corazones y las mentes de la gente cuando no están listos para oír lo que tienes que decir.
—Bueno, ¿dónde estudiaste medicina?
La conversación se alejó de Haití y, cuando Phelps empezó a hablar de la facultad de medicina, Rachel se sintió relajarse un poco.
Estaba más que encantada de hablar de esto, más que encantada de hablar de cualquier otra cosa.
Solo que no de Haití. Sabía que iba a tener que lidiar con preguntas al respecto una temporada, sobre todo de otros médicos.
Parecía que todo el mundo tenía a un amigo de un amigo de un amigo que había trabajado con MSF, o con una organización como ella.
Todo el mundo tenía una historia que había oído por ahí y que quería compartir, y siempre era descabellada y dramática y sangrienta (y Rachel sospechaba que algunas de las historias que oía estaban exageradas para darles efecto dramático pero, como sabía demasiado bien, no todas lo estaban).
Pero eso no impedía que la gente quisiera oír hasta el último detalle sangriento.