Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
Habían pasado dos días desde la boda. Zack y Nathan iban de camino a Cancún, diez días para celebrar su luna de miel, y Rachel estaba ocupada rellenando papeleo.
Había sido una tarde emocionante para ella, asegurándose de tenerlo todo en regla, al menos sobre el papel, para su primer día completo en el City General.
Desde que se había licenciado en la facultad de medicina, el City General era uno de los hospitales en los que Rachel aspiraba a trabajar.
El hospital y sus urgencias eran célebres por su labor progresista, cuando no innovadora, así que fue el primer sitio al que Rachel echó la solicitud cuando supo que volvía a Estados Unidos.
Aunque su experiencia en traumatología era buena, la oferta de trabajo que llegó después no dejó de ser una sorpresa, al menos para ella.
Todos los demás parecían darlo por hecho.
Tara Hunter, la jefa de urgencias, le había ofrecido un recorrido por el hospital y las urgencias el día que aceptó la oferta de trabajo, que fue también el día del ensayo de la boda.
Rachel había supuesto que terminarían el recorrido con tiempo más que de sobra para llegar al ensayo pero, según resultó, se había equivocado de lleno.
Solo llevaban unos minutos en urgencias cuando las puertas se abrieron de golpe, y una camilla tras otra fueron entrando.
Tres víctimas con heridas de bala: dos hombres y una mujer que estaba en estado crítico.
Los sanitarios que los habían traído sospechaban que había sido un robo que había salido mal, y la joven había estado a punto de morir en la parte de atrás de la ambulancia.
En lugar de quedarse de brazos cruzados esperando a que otro médico llegara a la escena, Tara había lanzado a Rachel al ruedo allí mismo y, para cuando los tres estuvieron lo bastante estabilizados como para llevarlos a un quirófano, el ensayo ya había empezado.
Fue un primer día interesante, se dijo. Pero el lunes, sabía que empezaría el verdadero primer día, con todos los nervios del primer día que siempre la dejaban sintiéndose como si volviera a estar en primaria.
Solo esperaba que Tara no la hiciera plantarse en medio del servicio y decir: «Hola, me llamo Rachel, ¡aquí van tres cosas sobre mí!
». Sería demasiado humillante de soportar.
El móvil le vibró en la mesa de centro de al lado, y Rachel aprovechó la oportunidad de distraerse del papeleo aunque fuera unos momentos. Cuando cogió el móvil, medio esperaba que fuera un mensaje de Nathan desde el aeropuerto, o una foto del interior del avión, pero era de un número desconocido.
¿Alguien del hospital? , pensó Rachel. Los únicos dos sitios en los que había estado desde que había vuelto a Estados Unidos eran el hospital y la boda, y no recordaba haberle dado su número a nadie en la fiesta.
Quizá era un mensaje de su nueva jefa, preparándola para su primer turno.
Cuando abrió el mensaje, le sorprendió ver quién lo enviaba.
Hola, soy Andy. Nathan me pasó tu número.
Rachel se quedó mirando el mensaje unos momentos, desconcertada.
¿Por qué le escribiría Andy? Después de que Rachel pusiera aquella excusa y saliera corriendo a la barra, había hecho un trabajo bastante bueno evitando a Andy, y en realidad no habían conseguido hablar mucho antes de que todos se fueran a casa.
Un segundo mensaje entró unos segundos después.
Me preguntaba si te interesaba mi oferta. Hay un montón de sitios para hacer senderismo por aquí, y estoy más que encantada de hacerte una visita guiada.
Otros pocos segundos, y luego:
Si te interesa, claro ;)
Rachel se quedó mirando el móvil. Casi se le había olvidado por completo el ofrecimiento de Andy de enseñarle las rutas de senderismo de la zona y su respuesta sumamente azorada, por no decir vergonzosa.
Era una completa patosa a la hora de tratar con mujeres atractivas.
Ponle una hemorragia subaracnoidea o una contusión pulmonar por una lesión por onda expansiva y Rachel lo llevaba sin despeinarse, pero que mantuviera una conversación de adultos con una mujer preciosa que mostraba algo más que un interés pasajero y se convertía en un manojo tembloroso.
¿Seguro que, después de dos días, Andy no podía seguir pensando en ella?
¿Estaba… coqueteando con ella?
Rachel titubeó ante la idea y se quedó mirando la carita del guiño que Andy había usado para cerrar el mensaje.
Eso tenía que ser coqueteo, ¿no? No había ningún contexto sin coqueteo en el que le mandaras a una casi desconocida una carita de guiño, ¿verdad?
Su primer impulso fue hacer una captura del mensaje y mandársela a Nathan pero, sin duda, eso acabaría llegando a Zack, y la idea de que él supiera que su tía coqueteaba con ella le daba…
repelús. No había mejor forma de describirlo.
Se quedó ahí sentada en el suelo de su sala de estar con el móvil en las manos más tiempo del que quería admitir. Era médica, por el amor de Dios. Había tenido vidas humanas en sus manos, ¿y un solo mensaje de texto le dejaba la mente en blanco?
Este es el problema , se dijo, dándose golpecitos con el móvil en el muslo. Este era el problema en la fiesta.
Andy era demasiado. Era demasiado avasalladora, demasiado intensa. Acaparaba toda la energía y el aire de una sala y no dejaba nada para nadie más. Quizá eso les valiera a los demás, pero a Rachel ya le costaba bastante hablar con gente nueva, así que no era de extrañar que Andy la aterrara.
Tienes que decir algo , se dijo con severidad. Di lo que sea.
Rachel se subió a gatas a sentarse en el sofá y se llevó las rodillas al pecho mientras volvía a abrir el mensaje. Pulsó en la casilla de la parte de abajo de la pantalla para redactar una respuesta y se detuvo.
Hola, Andy , tecleó, antes de detenerse de nuevo y comprobar la hora de los mensajes de Andy. Tres minutos. Le había costado tres minutos enteros dar con «Hola, Andy».
—¿Por qué soy así? —gimió, mordisqueándose el labio inferior antes de teclear lo primero que se le pasó por la cabeza.
Hola, Andy, gracias por preguntar por mí. Ahora mismo estoy muy liada mudándome a mi nuevo piso e instalándome, así que lo tendré que dejar para otro momento, ¡perdona! Espero que te vaya bien.
Rachel se lo leyó en voz alta una vez, y luego dos, y luego una tercera solo para asegurarse.
Sí, ese mensaje le parecía correcto. Era amistoso, informal.
Había rechazado a la otra mujer con delicadeza, que era lo más importante.
Envió el mensaje, y luego tiró el móvil en el sofá a su lado con un suspiro.
No debería haberle costado tanto mandar ese mensaje. ¿Qué era, una cría de secundaria?
Con otro suspiro, Rachel se levantó del sofá y se sentó de nuevo en el suelo delante de la mesa de centro, para poder terminar de repasar el papeleo. Justo cuando alargaba la mano hacia la hoja con todos sus datos bancarios, el móvil pitó de nuevo.
¿Es Andy otra vez? ¿Ya? , se preguntó Rachel, girándose en el sitio para agarrar el móvil. En efecto, cuando lo desbloqueó y miró la pantalla, tenía otro mensaje del mismo número desconocido.
No pasa nada, lo entiendo perfectamente. Avísame si quieres que te ayude a despejar la mente, de todos modos ;)
—Vale —murmuró Rachel—. Definitivamente está coqueteando conmigo.
¿Cómo se suponía que debía responder a eso?
Si mandaba un mensaje de vuelta, sin duda Andy lo vería como que ella le seguía el coqueteo, y seguiría haciéndolo hasta que Rachel se hiciera un lío.
Si decía «no, gracias, estoy bien», eso sería una grosería, sobre todo porque Andy no había sido más que amable con ella desde que se habían conocido.
Al final, Rachel optó por no decir nada, y volvió a dejar el móvil en el sofá detrás de ella.
Seguro que, si no respondía, Andy captaría el mensaje.
Y, además, se recordó a sí misma mientras volvía a mirar el papeleo que cubría su mesa de centro, ahora mismo tengo cosas más importantes de las que preocuparme.
Cuando llegó la mañana del lunes, Rachel tenía el mismo cosquilleo en el estómago que había tenido al empezar la universidad.
Oleadas de náusea la recorrían y las manos se le ponían asquerosamente sudorosas mientras se preparaba para el día que tenía por delante.
Para cuando llegó al hospital, las manos casi le temblaban.
Tara Hunter salió a recepción y la recibió con una sonrisa y los brazos abiertos.
Las cosas ya parecían ajetreadas, aunque apenas eran las nueve, así que hubo poco tiempo para presentaciones.
Los dos médicos que sí conoció, Marcus Phelps y Gabby Ellis, le parecieron los dos bastante majos.
Solo aparentaban ser unos años más jóvenes que Rachel, así que esperaba que quizá le dieran algo más de comprensión sobre cómo funcionaban las cosas en el servicio.
Cada urgencias tenía sus propias manías y camarillas, y eso antes de acercarse a la política interna.
Apenas tuvieron tiempo de intercambiar nombres y darse la mano, sin embargo, porque las puertas de urgencias se abrieron de golpe, y Rachel tuvo un paciente.
Era un hombre de casi sesenta años, había tenido un infarto esa mañana y había tardado mucho en llegar a un teléfono y pedir ayuda.
Rachel sabía que, en urgencias, tenías que arrancar a toda máquina.
No había tiempo para cortesías, nada de la suave introducción gradual que venía con otros trabajos.
Así que, a menos de diez minutos de su primer turno, se colocaba el pelo detrás de las orejas, se llevaba a una enfermera para que la ayudara y corría las cortinas para atender a su primer paciente.
La primera mañana fue frenética, pero así era como le gustaba a Rachel. Los turnos ajetreados pasaban rápido, y dejaban poco tiempo para preocuparse o cuestionarse las decisiones. Lo único que importaba era asegurarse de que la persona que tenía delante no muriera.