Capítulo 3
CAPÍTULO TRES
Resultaba un poco abrumador estar entre una multitud de este tamaño.
Desde que Rachel había vuelto a Estados Unidos, no había ido a una fiesta como esta.
De hecho, desde que había vuelto, apenas había visto a nadie.
Nathan y Zack la habían ayudado a mudarse a su apartamento, y había visitado a unos cuantos amigos de la facultad de medicina que habían migrado de vuelta a esta zona pero, aparte de eso, había estado sola.
Una vez terminada la ceremonia, la multitud había desfilado hacia los preciosos jardines de la finca para dar comienzo a la comida y al banquete.
Una carpa enorme adornada con colgaduras de seda y lucecitas de feria era donde todos se congregaban.
A medida que la noche había caído a su alrededor, el cenador se transformaba en algo sacado de un cuento de hadas.
Con el primer baile, la comida y los discursos ya despachados, la mayoría de la gente se había dividido en grupos.
Rachel no era una de ellos, aunque eso no la sorprendía demasiado.
Había sabido, al aceptar la invitación de boda de Nathan, que en realidad no conocería a nadie en la boda, y sabía que habría ese momento incómodo de la velada en que se sentiría como una pieza suelta y fuera de su elemento.
Las personas a las que sí reconocía eran viejas amigas del instituto, gente de lo que parecía otra vida.
Con el tiempo, se habían convertido en poco más que contactos de su lista de amigos de Facebook.
Cuando se había ido del pueblo después del instituto para ir a la facultad de medicina, Rachel también había dejado atrás la mayor parte del pueblo, y no había vuelto la vista atrás realmente.
Estaba a gusto vagando por el borde de la fiesta, charlando de vez en cuando con quienes se le acercaban, pero se sentía un poco como una intrusa.
Tras coger una copa de la barra libre, Rachel se movió entre la multitud y volvió a dirigirse al borde de la carpa, donde podía apoyarse en la barandilla y asomar la cabeza al cielo nocturno.
Cuando habían llegado unas horas antes para la ceremonia, el jardín había estado precioso, un rico tapiz de flores magníficas en plena floración salpicadas entre los setos.
Ahora que se había puesto el sol, sin embargo, no veía mucho más allá del camino de grava que serpenteaba hacia la casa principal.
Las delicadas luces de arriba no eran lo bastante fuertes para iluminar mucho más.
Rachel soltó un suspiro inaudible, apoyando todo su peso contra la barandilla de madera. Estaba muy lejos de Haití ahora, eso era seguro.
—¿No eres muy de bailar?
La cabeza se le alzó de golpe al oír una voz a su izquierda, y se giró para ver a la misma mujer que le había hablado durante las fotos de grupo.
La tía de Zack, Andy. Se había desanudado la pajarita, y le colgaba suelta alrededor del cuello.
Rachel echó un vistazo detrás de ella. La pista de baile estaba concurrida y, en medio del grupo, apenas alcanzaba a distinguir a Nathan, envuelto en los brazos de su nuevo marido.
No había parado de sonreír en toda la noche.
—Con estos zapatos no. —Estiró una pierna, y las dos bajaron la vista hacia los tacones plateados que había elegido para el día. Le hacían las piernas y el culo espectaculares pero, tras un año sin ponerse nada más que zapatillas, era todo un ajuste volver a llevar tacones de aguja como estos.
—Son impresionantes —concedió Andy, con la mirada demorándose en las piernas de Rachel un segundo, solo un segundo más de lo apropiado.
Rachel recogió la pierna, de repente un poco incómoda.
Ya no estaba acostumbrada a arreglarse así, y desde luego no estaba acostumbrada a la atención que venía con ello.
Al sentir la mirada de Andy sobre ella, Rachel giró la cabeza y se distrajo mirando de nuevo hacia el jardín.
Las dos se sumieron en el silencio unos momentos, limitándose a ver el resto de la fiesta transcurrir ante ellas. Andy no paraba de lanzarle miradas a Rachel por el rabillo del ojo, pero Rachel se conformaba sobre todo con observar a los demás invitados.
—Zack ha dicho que eres nueva en el pueblo —dijo Andy, rompiendo por fin el silencio.
—Ajá —asintió Rachel con un murmullo—. Me mudé aquí hace solo unas semanas.
—Pero Nathan y tú fuisteis juntos al instituto, ¿no? Entonces vivías en… ¿Gardner?
—Sí. —Rachel dio un sorbo a su copa de champán, echándole un vistazo a Andy.
La mujer mayor estaba apoyada en la barandilla con desgana, con los tobillos cruzados por delante.
Y contemplaba a Rachel con intensidad a través de párpados entornados.
Había una sonrisa bailándole en los labios, alzándole un poco las comisuras, cuando sus miradas se encontraron.
—Entonces, si esta fuera tu boda… ¿cómo la harías? —Andy arqueó una ceja—. Has dicho que no te habrías molestado con nada de esto.
—Yo… —Rachel dejó la frase en el aire, ladeando la cabeza. Nunca le había dado muchas vueltas a una boda propia, ni siquiera cuando Nathan y Zack habían empezado a planear su gran día—. ¿Cómo la harías tú?
—Si fuera a casarme… y ese «si» es muy grande… querría algo sencillo. Algo informal. Traeos vuestra propia caja de cervezas y nos vemos en el juzgado.
—Una boda en el juzgado parece más fácil —concedió Rachel con una pequeña sonrisa.
La boda de Nathan y Zack era magnífica, sobre todo ahora que se había puesto el sol, y contemplaban un jardín iluminado por cien lucecitas centelleantes.
Sabía cuánto trabajo había costado asegurarse de que la boda quedara así de bien, sin embargo, y solo con pensar en el proceso se sentía cansada—.
Además, si no tengo que volver a ponerme zapatos como estos, eso es un plus.
—Bueno, pues yo creo que te quedan genial. —Andy le dedicó otra sonrisa.
El cumplido pilló a Rachel por sorpresa, y se le abrió la boca, pero no se le ocurrió ninguna respuesta. En lugar de eso, simplemente titubeó, tartamudeando un momento antes de soltar con un hilillo de voz un quedo «Gracias».
No estaba acostumbrada a sentirse guapa.
Pasaba la mayor parte de su vida con el pijama sanitario, y el resto del tiempo con unos pantalones de chándal y una camiseta vieja.
Y, tras el año que había tenido, Rachel no había tenido muchas ocasiones ni de arreglarse el pelo, y mucho menos de ponerse de punta en blanco y calzarse unos tacones.
Le había resultado raro embutirse en el ceñido vestido azul tras meses y meses sin llevar nada más que ropa holgada e informe, y le había sorprendido ver que en realidad tenía cintura.
—Tú también estás guapa —dijo por fin. No era mentira, Andy estaba estupenda, pero Rachel estaba tan nerviosa que el cumplido no sonó sincero al oírse pronunciar las palabras.
Andy era atractiva, y quizá fuera eso lo que ponía a Rachel tan nerviosa.
Tenía los pómulos altos de una modelo de pasarela, de esos tan marcados que podían cortar el cristal y, cuando giraba la cabeza, las luces le proyectaban sombras profundas en la cara.
Hacía que parecieran aún más pronunciados.
Las cálidas luces de arriba se reflejaban en la piel bronceada de Andy, dándole un resplandor y, ahora que estaba más cerca, Rachel se dio cuenta de que no llevaba maquillaje, ni siquiera una fina capa de rímel.
La belleza era natural. Rachel estaba cautivada y envidiosa a partes iguales.
No podía estar segura de qué edad tenía Andy.
Había alguna que otra cana, pero no muchas.
Unas cuantas líneas finas alrededor de la boca y los ojos se le arrugaban al reír pero, de nuevo, no eran tan profundas.
Si tuviera que adivinar, Rachel habría dicho que quizá rondaba los cuarenta y pocos.
Pero se conducía con la seguridad de alguien mayor, alguien con aún más experiencia.
¿Quizá era mayor pero tenía una rutina de cuidado de la piel milagrosa y una genética afortunada?
—¿Así que no conoces bien la zona? —Andy siguió hablando, lo cual era bueno, porque Rachel no tenía ni idea de qué decir.
—Yo, eh… O sea, la verdad es que no.
—Es una pena. Cuando sales de la ciudad, es impresionante. —Andy señaló detrás de ellas hacia los jardines intrincadamente decorados de la finca rural, que ninguna de las dos alcanzaba ya a ver muy bien—. Como esto, pero mejor.
—Suena bien. —Rachel nunca había sido muy exploradora y, en su adolescencia, nunca se había alejado mucho más allá de los límites de su pueblo natal.
Sabía que estaban enclavados entre algunos de los paisajes más pintorescos de Estados Unidos, pero en realidad nunca había visto gran cosa de ello en persona.
—Si te apetece, estaré más que encantada de hacerte una visita guiada —ofreció Andy, ladeando la cabeza mientras recorría a Rachel de arriba abajo con la mirada.
Sus ojos se movían despacio, con desgana, asimilando cada detalle de ella, y Rachel sintió que las mejillas se le acaloraban bajo el escrutinio.
Se estaba arrepintiendo de haberse puesto un vestido tan ceñido.
No dejaba casi nada a la imaginación, y era evidente por la forma en que Andy la miraba que estaba sacándole todo el partido.
Su seguridad rozaba la arrogancia y, normalmente, eso habría hecho que Rachel pusiera los ojos en blanco y siguiera adelante, pero había algo… irritantemente atractivo en ello. No lograba precisar qué era, pero le gustaba; era intimidante, estimulante y abrumador todo a la vez.
Le recordaba a alguien. A otra persona por la que había sentido esa atracción molesta.
Había habido otra mujer que la ponía acalorada y nerviosa a la vez.
Por un momento, bajo las suaves luces de arriba, la cara de Andy cambió.
Su piel bronceada se aclaró, solo un poco.
Su pelo oscuro era rubio, y le caía en ondas sueltas alrededor de la cara.
Aquellos cálidos ojos castaños eran de un azul sobrecogedor que atravesaba a Rachel como un cuchillo.
Cassie.