Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 1
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Senderos del Corazón (City General Series 5)

Senderos del Corazón (City General Series 5)

Por Ruby Scott

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Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

Andy se enroscaba el pelo oscuro alrededor de los dedos mientras deambulaba por su habitación de hotel por enésima vez esa mañana.

Nunca en la vida se había sentido más como la típica chica de instituto en la noche del baile de graduación, ni siquiera cuando fue a su propio baile, y eso parecía haber sido hacía una eternidad ya.

¿El pelo recogido? ¿Suelto? ¿Recogido o suelto?

Se sacó el móvil del bolsillo para mirar la hora. Habían pasado diez minutos desde la última vez que había mirado la pantalla. Se había pasado diez minutos atormentándose por si recogerse el pelo en un moño como siempre, o dejárselo suelto. Diez minutos.

Esto es lo que las bodas les hacen a las personas. Hacen que una cuestione cada pequeña decisión, hasta con cosas en las que nunca había tenido que pensar demasiado. Le había pasado a todos los demás del cortejo nupcial al menos una vez a lo largo de los últimos meses, y ahora le tocaba a ella.

Andy se detuvo frente al espejo de cuerpo entero del otro extremo de su habitación. Como todo lo demás en este hotel de cinco estrellas donde se celebraba la boda, lo habían adornado con pedrería y bajo el sol de media mañana relucía. Tenía que ser el espejo más lujoso que había mirado en su vida.

—Recogido —le dijo a la habitación vacía, enroscándose el pelo oscuro hacia arriba en el moño que llevaba casi a diario. Giró la cabeza despacio de un lado a otro, entornando los ojos mientras se estudiaba el perfil.

—Suelto. —Soltó el moño improvisado que se sujetaba contra la nuca y dejó que el pelo le cayera de nuevo alrededor de los hombros con soltura.

Una cortina de pelo espeso le ocultó los pómulos altos, y su mandíbula angulosa se suavizó al caer en sombra.

¿Estaba mejor así? ¿O simplemente le estaba dando demasiadas vueltas?

Desde luego le estaba dando demasiadas vueltas. Aunque, para ser justos con ella, no era de extrañar, dado que esta boda había sido el único tema de conversación durante los últimos nueve meses y ni siquiera era la suya. Por qué alguien querría casarse escapaba a toda razón.

Recogido, decidió, apartándose el pelo de la cara otra vez. Recogido es mejor. Recogido es cómodo y, se dio un pequeño asentimiento a sí misma, recogido va mucho más conmigo.

La decisión sobre su pelo era (por suerte) la última decisión que tendría que tomar respecto a la boda de Zack.

Lo único que quedaba por hacer era asistir a la ceremonia y, tras todos aquellos meses de planificación minuciosa que habían tenido que soportar, esta era probablemente la parte menos estresante de todo el proceso.

Se miró una última vez en el espejo antes de ponerse en marcha a buscar a Zack y al resto del cortejo, tomándose un segundo para examinar su conjunto. Era solo un esmoquin sencillo en blanco y negro, con botines de poco tacón, pero le quedaba bien.

—Muy bien. —Andy volvió a sacar el móvil para mirar la hora.

Tenían cuarenta y cinco minutos antes de que la boda empezara, lo que significaba que era hora de dirigirse a la habitación de su sobrino y ver cómo iba.

Móvil. Tarjeta de la habitación. Anillo.

Andy repasó su lista mental, palpándose los bolsillos para comprobar que lo llevaba todo, antes de salir de su habitación y recorrer el pasillo hasta donde su sobrino se preparaba.

Zack estaba en el baño poniéndose su propio esmoquin cuando Andy se coló en su suite. Su madre, Christine, estaba posada en el borde de la cama, con una copa de champán en una mano y el móvil en la otra.

—Ay, mírate —arrulló—. Creo que nunca te había visto de esmoquin.

—Creo que nunca me he puesto uno —admitió Andy con una risa.

Cuando no iba de uniforme, Andy era estrictamente una mujer de vaqueros y sudadera.

O, si se arreglaba para impresionar, quizá le añadía algo de cuadros escoceses.

Cogiéndole la copa de champán a Christine, se dejó caer en una de las sillas libres que no estaba apilada de ropa descartada.

—¿Cómo está el novio?

—Nervioso a más no poder. —Christine sonrió, antes de llamar a su hijo—. Zack, más te vale quedar bien con ese traje, o tu tía te va a dejar en evidencia.

La puerta del baño se abrió una rendija, y luego un poco más. Zack asomó la cabeza por el hueco, mirando fijamente a su tía.

—No tienes permitido estar más guapa que yo el día de mi boda. Es ilegal.

—Sí, sí. —Andy lo espantó con la mano—. Venga, termina de arreglarte.

—Lo digo en serio. —Zack entornó los ojos—. Si sales más guapa que yo en esas fotos de boda, te repudio.

—No funciona así. Vístete.

Zack retiró la cabeza para terminar de arreglarse en el baño, y Andy se reclinó en la silla para relajarse, dedicándole una sonrisa a Christine al hacerlo.

Eran más como hermanas que como primas, debido a lo unidas que habían estado al crecer.

Cuando nació Zack, ella era la tía Andy en lugar de la prima Andy y luego, después de que Christine y el padre de Zack se separaran, había acabado convirtiéndose en algo más parecido a un segundo progenitor suplente.

Ayudar a planear la boda venía con el lote sin más.

Pero poco sabía Andy lo estresante que sería todo el proceso.

Siempre había oído a la gente hablar de las presiones de planear una ceremonia, y era una trama secundaria de un montón de sitcoms cutres de los noventa pero, dado que ella nunca se había casado, ni siquiera había tenido el deseo de hacerlo, siempre había pensado en cierto modo que era una exageración.

Un drama desproporcionado. Le costó cerca de un día descubrir que no lo era.

Planear una boda era tan exigente como todos lo habían pintado y, tras los meses de planificación meticulosa que había hecho, se alegraba de que estuviera llegando a su fin.

Por mucho que quisiera a Zack y a su futuro marido, Nathan, Andy se alegraba de que ya no tendría que pasar horas atormentándose por los colores de las servilletas ni por los centros de mesa con ellos.

Planear bodas, había descubierto, no era lo suyo.

Se alegraba de que no tendría que averiguar qué aspecto tenían las fresias ni intentar distinguir entre dos tonos casi (pero no del todo) idénticos de glaseado de mantequilla.

La puerta del baño se abrió de nuevo, y esta vez Zack salió a la suite, vestido con su traje de boda, hecho a medida para la ocasión, por supuesto. No corría peligro alguno de que nadie lo eclipsara el día de su boda, señaló Andy con una sonrisa.

Su pelo oscuro había sido cortado y peinado a la perfección para el día.

Era del mismo tono de marrón que el de Andy, un marrón oscuro que parecía negro hasta que le daba la luz del sol y relucían los ricos matices de chocolate.

Iba bien afeitado y, salvo por la pajarita que le colgaba suelta alrededor del cuello, parecía listo para el día que tenía por delante.

—Mírate. —Andy sonrió, poniéndose de pie—. Todo un hombre hecho y derecho.

—Madre mía, no digas eso. —Christine hizo una mueca, acercándose a Zack para arreglarle la chaqueta del traje. A Andy le parecía perfecta, pero eso no impidió que Christine tirara un poco de la tela, alisando arrugas imaginarias—. Me hace sentir vieja.

—Queda bien, ¿verdad? —Zack sonrió, nervioso, mirando de la una a la otra. Andy no podía imaginar lo ansioso que estaba ahora mismo. Vamos, hasta ella se sentía un poco ansiosa, y no estaba a punto de comprometer el resto de su vida con nadie.

—Queda perfecto —le aseguró—. ¿Champán?

—Ya se ha tomado una copa. —Christine alargó la mano para hacerle la pajarita a Zack. Mientras su madre no miraba, Zack cruzó la mirada con Andy con una sonrisa, y articuló con los labios: «¡Me he tomado dos!».

—Ah, Rachel ha llamado a Nathan mientras te arreglabas —dijo Christine, todavía juagándole con la pajarita—. Está de camino, ya está vestida. Y ha vuelto a disculparse por lo de anoche.

—Como era de esperar. —Zack se rio—. Mamá, para. La pajarita está bien. Como sigas toqueteándola, me vas a asfixiar.

Christine lo ignoró.

—Tiene que estar muy ligeramente descentrada. Solo un poco torcida, pero no demasiado. Si no, quedará descuidada.

—Déjala que se preocupe —aconsejó Andy, dejándose caer de nuevo en su propia silla—. La hace feliz.

—Sí, ya lo sé. —Zack negó con la cabeza con una pequeña sonrisa.

—Y, oye, a lo mejor consigo conocer a esta misteriosa Rachel de la que los dos no habéis parado de hablar antes de que os caséis de verdad.

Andy solo bromeaba a medias al decir eso.

A pesar de que Rachel era una de las mejores amigas de Nathan del instituto, no la había conocido en ningún momento durante los nueve meses que habían pasado planeando la boda.

Por lo que decía Zack, había seguido hasta la facultad de medicina después de graduarse, y ahora tenía mucho éxito.

Llevaba el último año trabajando en el extranjero así que, aunque había estado al tanto de todos los preparativos de la boda desde la distancia, Andy no había tenido ocasión de hablar con la otra mujer que se les uniría en el altar.

—Se sintió fatal por no poder venir anoche. —Zack se encogió de hombros—. No sé cuántas veces se disculpó con Nathan por no aparecer.

Anoche había sido la cena de ensayo, y al grupo le había faltado una persona.

Si hubiera sido cualquier invitada normal, quizá no habría sido para tanto pero, dado que Rachel era la madrina de Nathan, todos habían comentado su silla vacía.

A pesar de sus disculpas y del hecho de que todo había salido sin ningún contratiempo, era evidente que Nathan había echado en falta tenerla para apoyarse.

—Hablando de eso, ¿has hablado con Nathan hoy? —preguntó Andy, cambiando de tema. Al oír el nombre de su futuro marido, Zack se puso a sonreír de oreja a oreja.

—Sí, lo llamé después de despertarme. Aunque no pudimos hablar mucho, apareció su madre y tuvo que arreglarse. —Exhaló despacio, negando con la cabeza con incredulidad—. Es que no me puedo creer que pueda llamarlo mi marido dentro de solo unas horas.

—¡Ah! —Christine se levantó de un salto de la cama—. Acabo de acordarme. Tu flor de solapa.

—El boutonnière —corrigió Zack. Christine lo ignoró, cogiendo la caja de la cómoda. Dentro había dos conjuntos idénticos de flores, uno de los cuales fue para Zack, y el otro para Andy.

Madre del amor hermoso , pensó Andy mientras Christine le prendía la flor en la solapa del traje.

¿Hay algo más que necesite un complemento?

Las flores eran preciosas, eso no se podía negar.

Encajaban a la perfección con la temática azul pastel y marfil de la boda y, según le informó Zack, harían juego con el vestido de Rachel.

Por suerte, un golpe en la puerta interrumpió los remilgos de Christine, antes de que empezara a lamerse el pulgar y a frotarle motas imaginarias de suciedad de la cara a su hijo.

Zack se agachó bajo los brazos de su madre y corrió a la puerta a ver quién había al otro lado y, cuando la abrió, Andy lo oyó hacer un ruido que se acercaba a un gritito.

—¡Rachel! —Zack la metió de un tirón en la habitación y la rodeó con los brazos con fuerza—. Ay, madre, cuánto me alegro de que estés aquí.

—Como si me fuera a perder tu boda. —Se rio, con la voz un poco amortiguada. Zack relajó el abrazo, y ella dio un paso atrás para mirarlo bien—. Mírate, guapo.

—Y tú te has arreglado bastante bien —señaló Zack—. No te voy a mentir, me preocupaba un poco que aparecieras con el pijama sanitario puesto.

—Al menos pegaría con la temática. —Rachel dejó el bolso sobre la cama, antes de girarse a mirar a Andy—. Ah, hola. No nos conocemos.

—Andy. —Le tendió una mano a Rachel para que se la estrechara—. La tía de Zack.

—Rachel.

Rachel no era lo que Andy había esperado.

Para nada. Había conocido a muchos médicos a lo largo de los años pero, de algún modo, se había fabricado una imagen mental muy distinta de Rachel.

Había esperado a alguien… con más acero.

Quizá no alguien curtido, como los jefes de servicio con los que se había cruzado, pero sí alguien de aspecto más duro.

Esta chica parecía más una maestra de infantil que alguien que había sostenido la vida en sus manos.

Tenía un aire a chica de al lado y una belleza sencilla que Andy siempre había encontrado hermosa.

No tenía una cara angulosa y cincelada con pómulos que trepaban kilómetros, ni una mandíbula que cortara el cristal, pero había una…

suavidad en su rostro. Todo en ella parecía delicado, desde el pelo negro a lo bob que le enmarcaba la cara redonda, hasta los grandes ojos castaños de cervatilla, hasta su diminuta nariz respingona.

—Es un placer.

Rachel le sonrió antes de disculparse.

—Tengo que irme. Perdón por que sea tan fugaz, pero le prometí a Nathan que me pasaría a veros antes de la ceremonia. —Luego soltó una risita—. Creo que quería asegurarse de que no habéis salido corriendo todavía.

—Si por Zack fuera, se habrían casado antes del desayuno —bromeó Andy—. No hay peligro de que se eche atrás.

—Bueno, pues entonces supongo que os veo abajo en la ceremonia. —Rachel volvió a sonreírle—. Me alegro de conocerte por fin.

—Igualmente.

Rachel miró de la una a la otra, antes de posar la mirada en Zack.

—Debería irme. Nathan está perdiendo la cabeza ahí atrás. Creo que voy a tener que calmarlo un poco. Os veo a todos en la ceremonia.

Con eso, les dedicó a todos un gesto de despedida con la mano y volvió a salir de la suite, llevándose consigo los pocos momentos de paz que había traído de los remilgos de Christine.

—Mamá —advirtió Zack mientras su madre empezaba a arreglarle el cuello—. Te quiero, pero como vuelvas a tocarme el traje, te repudio.