Señal oscura (Ataque sombra nº 1) 14
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HOLDEN

Seis meses después, ella todavía me deja sin aliento.

La luz del amanecer se filtra por las ventanas que dan al océano y lo tiñe todo de dorado y rosa.

Fallon duerme a mi lado, con el cabello castaño rojizo derramado sobre mi almohada, una mano acurrucada contra mi pecho como si necesitara confirmar que soy real incluso dormida.

Sus pecas están más oscuras ahora, tras meses de trabajo de campo bajo el sol, y dibujan patrones sobre sus hombros que he trazado con la lengua tantas veces que los tengo memorizados.

Podría observarla durante horas. La he observado durante horas a lo largo de los últimos meses, y he aprendido cosas como la forma en que arruga la nariz cuando trabaja en un problema, cómo habla consigo misma cuando analiza datos, el sonido concreto de su risa cuando algo la sorprende de verdad.

Ayer la pillé en plena discusión con un equipo particularmente obstinado, gesticulando y soltando palabrotas creativas que harían sonrojar a mi equipo.

Se mueve, abre los ojos verdes con un parpadeo y me encuentra observándola. Una sonrisa lenta le curva los labios.

—Buenos días, acosador.

—Buenos días, preciosa —le aparto el cabello del rostro y le acaricio la mandíbula con el pulgar—. ¿Has dormido bien?

—Siempre, cuando estás aquí —se estira como una gata, sin pudor alguno por su desnudez, con una naturalidad que todavía me asombra después de todo lo que Bruce le hizo—. ¿Qué hora es?

—Temprano. Tenemos tiempo de sobra antes de que tengas que estar en el yacimiento.

Su investigación se ha ampliado desde el arresto de Rexford y la recuperación de los datos robados.

La base por fin reconoció lo que tenía en la Dra.

Fallon McKay: una experta que protege en lugar de amenazar.

Ahora asesora a múltiples instalaciones militares, con un trabajo clasificado y crucial.

Lo que Rexford intentó convertir en arma se ha convertido en el escudo que protege contra futuros ataques.

—Café primero —murmura mientras se incorpora hacia el borde de la cama—. Luego ducha. Y luego quizá otra ronda de lo de anoche, si te sientes ambicioso.

—Cariño, contigo siempre soy ambicioso.

Se ríe, y el sonido llena el dormitorio, antes de desaparecer en el baño.

Corre el agua. Su voz tararea algo desafinado.

Me quedo ahí, empapándome de toda esta domesticidad.

Fallon vive aquí ahora. Oficialmente, por completo, con muestras de sedimentos en mi garaje, artículos de investigación esparcidos por la mesa del comedor y su presencia tejida en cada rincón de mi vida.

La casa ha cambiado desde que se mudó. Libros de biología marina junto a los míos de historia marítima.

Sus zapatillas de correr junto a la puerta, al lado de mis botas.

Tazas de café con horribles juegos de palabras sobre el océano que a ella le parecen hilarantes y que abarrotan el armario.

Su portátil en la mesa del comedor, rodeado de botellas de agua medio vacías y envoltorios de barritas de proteínas, porque se olvida de recoger cuando está trabajando.

Preparo café mientras ella se ducha, un ritual ya familiar.

Dos tazas: la suya con nata extra, la mía solo.

Tostadas con la mermelada artesanal que le gusta del mercadillo.

Fruta cortada y dispuesta en un plato, porque se olvida de comer cuando está trabajando y me he propuesto asegurarme de que lo haga.

Sale de la ducha envuelta en mi toalla, con la piel todavía húmeda y oliendo a su champú mezclado con el aire salado que entra por la ventana abierta. Antes de que pueda darle el café, me roba el mío y le da un largo trago.

—Gracias por preparar el desayuno.

—Ese era mi café.

—Era, tiempo pasado —sonríe sin arrepentimiento y me besa. Sus labios saben a mi café y la atraigo hacia mí, respirándola.

—Te quiero —digo, porque puedo, porque está aquí, es real y es mía.

—Yo también te quiero —me rodea la cintura con los brazos—. Incluso cuando me vigilas y te aseguras de que coma.

—Alguien tiene que cuidar de ti.

—Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma —pero lo dice con cariño, aceptando el gesto sin resentirlo.

Unos golpes en la puerta principal interrumpen el desayuno. Conozco esa forma de llamar: Griff, puntual e impaciente como siempre. Fallon se ríe y me indica con un gesto que vaya a abrir mientras ella termina de vestirse.

Griff y Thatcher están en mi porche, los dos con una sonrisa de imbéciles.

—Buenos días, Lange —dice Griff, entrando sin esperar invitación—. Nos hemos enterado de que estás preparando el desayuno. Venimos a supervisar.

—¿A supervisar o a gorronear?

—Las dos cosas —Thatcher lo sigue y saluda a Fallon con la cabeza cuando sale del dormitorio ya vestida—. Buenos días, Fallon.

—Buenos días —está relajada con ellos, estos hombres que se han convertido en amigos tras misiones compartidas y convivencia, en quienes confío plenamente—. Hay café si queréis.

—¿Veis? —Griff se deja caer en una de las butacas de cuero como si fuera el dueño del lugar—. Esto es lo que pasa cuando sientas la cabeza. Te domesticas. Antes de que te des cuenta estarás organizando fiestas en el jardín y eligiendo cortinas.

—Ya hemos elegido cortinas —le digo, impasible—. Fallon tiene opiniones sobre la luz natural.

Fallon me lanza un trapo de cocina.

—Tengo opiniones sobre no despertarme con el sol dándome en toda la cara a las cinco de la mañana.

—Buen punto —Thatcher acepta el café que ella le ofrece—. ¿Cómo va la investigación ampliada?

—Bien. Muy bien, la verdad —se sienta en el brazo de mi sillón, tan cerca que puedo tocarla—.

La base se está tomando en serio la seguridad costera.

Estamos implementando nuevos protocolos en varias zonas de entrenamiento.

Es el trabajo que siempre quise hacer, pero con mejor financiación y autoridad de verdad.

Irradia confianza cuando habla de su investigación. La pasión es evidente en cada palabra, en cómo mueve las manos para ilustrar lo que dice, en el brillo decidido de sus ojos. Hace seis meses miraba constantemente por encima del hombro. Ahora mira hacia delante.

—¿Y tú? —me pregunta Griff—. He oído que hay que felicitarte.

El ascenso llegó el mes pasado. De teniente comandante a comandante, en reconocimiento a la operación Rexford y al trabajo de nuestro equipo. Más responsabilidad, más supervisión operativa, pero también la autoridad para hacer cambios que llevo años queriendo implementar.

—La ceremonia oficial es la semana que viene —confirmo—. El almirante quiere montar todo un evento.

—Te lo has ganado —la aprobación de Thatcher significa algo. No reparte cumplidos a la ligera—. Esa intercepción en alta mar fue de manual. Kowalski dice que eres el mejor comandante con el que ha trabajado.

Mi equipo. Kowalski, Pike, Esposito, Reynolds. Hombres que me siguen hasta el peligro, a quienes traigo de vuelta sanos y salvos. Han aceptado la presencia de Fallon en mi vida con la camaradería natural de guerreros que entienden lo que importa.

—Hablando de operaciones —dice Griff, con un tono más serio—. La Comandante Hartwell quiere informarnos esta tarde. Algo sobre el caso Rexford y sus implicaciones más amplias.

El buen humor en la habitación se atenúa ligeramente. Rexford está ahora en una prisión militar, donde facilita información sobre la red a la que vendió datos a cambio de una sentencia reducida. La investigación reveló conexiones más profundas de lo que nadie había sospechado.

—Allí estaré —confirmo—. ¿A qué hora?

—A las catorce horas. Centro de mando de la base.

Thatcher apura su café.

—También va a traer gente de otras instalaciones. Sea lo que sea, es más grande que Tidewater.

La mano de Fallon encuentra la mía y la aprieta suavemente. Sabe lo que esto significa: más peligro, más operaciones, la posibilidad de que me destinen a otras bases. Pero también sabe que no puedo dar la espalda a esto.

—Lo afrontaremos —dice en voz baja—. Sea lo que sea, saldremos adelante.

Nosotros. No yo enfrentándome al peligro mientras ella se preocupa en casa. Nosotros, como compañeros que han conocido las aristas del otro y han decidido quedarse a pesar de todo.

Después de que Griff y Thatcher se marchan con la promesa de verme en la sesión informativa, me encuentro de pie junto a la ventana, contemplando el océano. Fallon se acerca por detrás, me rodea la cintura con los brazos y apoya la barbilla en mi hombro.

—¿Quieres visitar a Wade? —pregunta en voz baja.

Se me cierra la garganta. Sabe adónde va mi mente cuando miro el agua demasiado rato. Conoce el peso que cargo los días en que se avecinan misiones y la incertidumbre vuelve a colarse.

—Sí —logro decir—. Es hora de que lo conozcas.

El viaje al parque conmemorativo transcurre en silencio.

Fallon no llena el silencio con palabras vacías, solo me sostiene la mano mientras recorro caminos conocidos.

El parque da al océano, con esa paz propia de los espacios conmemorativos, que honran a los muertos mientras los vivos siguen adelante.

La lápida de Wade está donde la dejé hace años. Piedra simple. Nombre, rango, fechas, coordenadas que coinciden con el tatuaje de mi antebrazo. Hay flores frescas en el soporte, seguramente de la hermana de Wade, que vive cerca.

—Wade Garrison —digo mientras toco la piedra fría—. Mi compañero de buceo, mi amigo, el hermano que elegí. Murió en un accidente de entrenamiento porque el equipo falló y no pude llegar a él a tiempo.

Fallon permanece a mi lado, callada y solidaria, dándome espacio para encontrar las palabras.

—Me culpé durante años. Pensé que si hubiera sido más rápido, más fuerte, mejor, podría haberlo salvado.

Me vuelvo para mirarla.

—Pero tú me enseñaste algo. Que puedo echarlo de menos y aun así seguir adelante. Que vivir no es traicionarlo.

Mi mano encuentra la suya y entrelazamos los dedos.

—Creo que le gustarías. Habría apreciado a la bióloga marina gruñona que no me deja salirme con la mía.

Se apoya contra mí y me rodea la cintura con el brazo.