Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 16
100%

CAPÍTULO 16

La primavera llegó a Seattle con esa timidez habitual que hacía que nadie se fiara del todo del sol hasta que llevaba varios días seguidos apareciendo, y con ella llegó también una noticia que sacudió, de manera mucho más agradable que la anterior, la rutina que Lark y Emory habían construido durante los meses de invierno: el horno industrial grande de la panadería, el mismo que llevaba averiándose con regularidad preocupante desde antes incluso de que Lark conociera a Emory, finalmente colapsó de manera irreparable un martes por la mañana, a mitad de la producción diaria.

—Se acabó —anunció Emory por teléfono, con una mezcla de resignación y alivio en la voz—. Ha muerto en combate, después de una vida larga y honorable de quemar más pan del que jamás horneó bien.

—¿Qué vais a hacer?

—Louisa ya está en ello. Dice que un horno nuevo es una inversión razonable para un negocio que, según sus propias palabras, «finalmente ha dejado de darle motivos de estrés cada tres semanas».

El nuevo horno llegó dos semanas después, un modelo moderno de acero inoxidable con capacidad para el doble de bandejas que el anterior, y su instalación se convirtió en una excusa más para una pequeña celebración improvisada, con Cora insistiendo en que había que bautizarlo de alguna manera antes de encenderlo por primera vez.

—Necesita un nombre —declaró, plantada frente al horno con los brazos cruzados, como si estuviera evaluando a un recién nacido—.

Todos los hornos importantes tienen nombre.

El horno viejo se llamaba Bertha, en honor a la tía abuela de mi abuela, que según todos los relatos familiares tenía un carácter tan volátil como el propio aparato.

—¿Y este cómo lo llamamos? —preguntó Peyton, que ya se había ganado un puesto fijo en aquellas discusiones familiares improvisadas a pesar de llevar apenas unos meses trabajando allí.

Lark, que había llegado a la panadería directamente desde el despacho, todavía con el maletín colgado del hombro, levantó la vista de los documentos que estaba revisando en una de las mesas altas y sonrió.

—¿Qué tal Fresa? —sugirió, con una expresión de fingida inocencia que hizo que Emory soltara una carcajada inmediata.

—Perfecto —dijo él, sin ninguna duda—. Fresa se queda.

Aquella tarde, mientras el nuevo horno, ya bautizado, producía su primera tanda de pan, Emory le pidió a Lark que lo acompañara al piso de arriba, al pequeño estudio donde habían pasado su segunda noche juntos meses atrás, un espacio que en los últimos tiempos había ido cambiando poco a poco, con algunos de los libros de Lark apilados junto a los cuadernos de recetas de Ruth, y una manta que ella había traído de su propio apartamento doblada sobre el respaldo de la única silla.

—Quiero enseñarte algo —dijo, sacando de un cajón de la pequeña cómoda uno de los cuadernos de recetas de su abuela, el más reciente de los diecisiete, el que contenía las últimas anotaciones que Ruth había hecho antes de enfermar.

Lo abrió por la última página escrita, donde la letra, ya más temblorosa que en los cuadernos anteriores, describía una receta incompleta de un pastel de bodas, con varias líneas tachadas y reescritas, y al margen, una nota final que decía simplemente: Terminar cuando encuentre a la persona adecuada para probarlo.

—Nunca entendí del todo esa nota —dijo Emory, con la voz cargada de una emoción contenida—.

Pensé que se refería a algún cliente específico que había pedido esta receta y que ella nunca llegó a conocer.

Pero hace poco releí el cuaderno entero de cabo a rabo, y me di cuenta de que esta es la única receta de todo el libro que no lleva ningún nombre asociado, ninguna fecha de encargo, nada. Solo esa frase.

—¿Y qué crees que significa?

—Creo que no estaba pensando en ningún cliente.

Creo que estaba dejándome una receta a medio terminar a propósito, para que yo la completara el día que encontrara a alguien que mereciera la pena.

—Cerró el cuaderno despacio y lo dejó sobre la cómoda, girándose hacia ella con una expresión que mezclaba nervios y una certeza tranquila—.

Y llevo semanas pensando que ese día ya ha llegado.

Lark sintió que el corazón le daba un vuelco, consciente de hacia dónde apuntaba aquella conversación, pero sin atreverse todavía a nombrarlo en voz alta por miedo a que se tratara de un malentendido.

—Emory...

—No voy a pedirte que te cases conmigo esta noche —se apresuró a aclarar él, con una sonrisa nerviosa que le suavizó la tensión de los hombros a Lark de inmediato—.

Sé que solo llevamos ocho meses juntos, y sé que después de lo de Grant necesitas tiempo, espacio, la certeza de que nadie va a intentar recortarte los bordes para que quepas en un molde que no es el tuyo.

Pero quiero que sepas que esa receta sigue esperando, y que el día que tú quieras, la vamos a terminar juntos.

—¿Me estás pidiendo que me mude contigo?

—Te estoy pidiendo que pienses en ello. Sin prisa. El apartamento de Fremont es pequeño, pero este estudio de arriba tiene más espacio del que parece, y ya tiene la mitad de tus libros ocupando estanterías que en teoría eran mías.

Lark miró a su alrededor, fijándose de verdad, quizás por primera vez, en cuánto de sí misma había ido dejando en aquel pequeño espacio sin darse cuenta: los libros, la manta, un par de tazas de las que solo ella bebía, una fotografía de Theo y su hermano pequeño pegada con un imán en la puerta de la pequeña nevera.

—Ya vivo aquí un poco, ¿verdad? —dijo, con una risa suave.

—Un poco bastante, sí.

—Entonces supongo que lo único que falta es hacerlo oficial.

La sonrisa que se dibujó en la cara de Emory le iluminó todo el rostro, ese hoyuelo del lado izquierdo marcándose más profundo que nunca, y cruzó la distancia que los separaba para envolverla entre sus brazos, levantándola del suelo un instante antes de dejarla de nuevo sobre sus pies y besarla con una ternura que llevaba dentro toda la gratitud de los últimos ocho meses.

—Bienvenida a casa, entonces —murmuró contra sus labios—, aunque técnicamente todavía tengas que traer tus cajas.

—Dame dos semanas y un camión pequeño, y estaré instalada del todo.

—Fresa estará encantado de tenerte cerca a todas horas.

—Fresa es un horno, Emory, no tiene sentimientos.

—Eso es lo que tú te crees. Yo lo he visto funcionar mejor los días que tú estás por aquí.