Segundas intenciones CAPÍTULO TRECE. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO TRECE. SEPTIEMBRE DE 2006.

LUNES

Llevaba ya más de quince minutos parada en la caravana con el aire acondicionado encendido y todas las ventanillas cerradas para que no entrara el polvo de la obra.

Si a esas horas hacía ya tanto calor, el día apuntaba hacia el infierno.

El dolor de cabeza con el que se había despertado, como recuerdo del par de copas de la noche anterior, no contribuía a mejorar su humor.

El martillo neumático que taladraba el asfalto le retumbaba directamente en el cerebro.

Sonó un aviso de mensaje en su móvil e inmediatamente se sintió culpable, seguro que era de Luis.

Lo tenía abandonado. Buscó el teléfono en su bolso, total, aquello no tenía pinta de ir a arrancar en breve.

El mensaje era de Mary Jo. Con su sentido práctico habitual le preguntaba:

—Si la amenaza la escribió Álvaro, ¿quién la borró?

Se enfadó consigo misma: ¿cómo se le había podido pasar por alto una cosa así?

Razonó todo lo que le quedaba del trayecto hasta el pueblo, pero no llegó a ninguna conclusión, más allá de estar casi segura de que Mariola no había sido.

En su despacho se quitó la chaqueta y la colocó en el respaldo de su silla.

Abrió de par en par el armario de las pruebas, con cuidado de que no se desencajara una puerta que estaba un poco suelta, y se puso manos a la obra a sacar fajos de papeles y ordenarlos para llevarlos al archivo.

El final de cada caso era como una limpieza general.

Pidió a Ángel que le llevara unas cajas de cartón y, mientras llegaba, aprovechó una barra de pegamento que encontró al fondo del armario para pegar la cantonera de madera que se había levantado del borde de su mesa.

Estaba ocupada colocando las pruebas ordenadamente en las cajas, a la vez que trataba de etiquetarlas de un modo coherente, cuando el hijo de Ramírez le llamó por teléfono para preguntarle si podía bajar para ver una cosa en su ordenador.

Buscó por todas partes la tapa del rotulador permanente hasta encontrarla debajo de la mesa y al salir cerró con llave la puerta del despacho para que nadie pudiera ver el caos.

—Tenemos al autor de los anónimos —dijo triunfal el muchacho en cuanto vio a Inmaculada entrar en su cuchitril—. Mejor dicho, la autora.

Ella se moría de impaciencia, pero no quiso arruinarle su momento de gloria.

—¿Se acuerda de este escritorio? —le preguntó mientras le mostraba la pantalla del ordenador. Aparecía, efectivamente, un escritorio con una sola carpeta sin título. Le sonaba haber visto antes esa pantalla e intentó hacer memoria con la sensación de estar a punto de recordarlo, pero no lo logró.

—Yo la he reconocido al instante —decía el hijo de Ramírez orgulloso—, pero, por si acaso, he ido al archivo a ver los papeles del caso de Lola.

Estaba segurísimo de que dejé apuntados los datos de la dirección IP de este ordenador.

Y sí —dijo mostrándole un papel con una serie de números y letras indescifrable—: es el de Sarah.

—¿Sarah? —repitió asombrada la jueza, a quien esa posibilidad no se le había pasado ni remotamente por la cabeza.

—Completamente seguro —dijo el muchacho—. Si quiere mi opinión, creo que lo único que pretendía era crear una pantalla de humo para proteger a Ana, porque las cosas que mandó, en realidad, no acusaban a la gerente.

—Tienes toda la razón —reconoció ella—. Yo también llegué a la conclusión de que esos documentos no incriminaban a Cayetana, pero no tenía ni idea de su intención oculta.

Subió de nuevo, despejó un poco el desorden apilando las cajas en un rincón y se sentó a escribir al ordenador. Ramírez se asomó a la puerta y ella aprovechó para  entregarle la citación para Sarah.

—Ahora mismo mando a un agente. Yo solo venía a decirle que han llamado los de la asociación de sordomudos y dicen que necesitan un CIF para hacer la factura.

Inmaculada lo miró perpleja.

—Perdóneme, sargento, ¿qué factura?

—No lo sé. Pensé que, igual, usted sabía algo. Tengo aquí el teléfono, les llamo y le cuento.

—No, traiga, ya les llamo yo —dijo ella amablemente con la mano tendida para coger el papel con el número.

Tardó unos minutos en aclarar con la secretaria de la asociación de sordomudos que no se trataba de un malentendido.

Alguien de ese juzgado había encargado la transcripción de un vídeo el sábado pasado y, aunque no había ningún problema porque lo habían pagado en el acto, necesitaban los datos para mandar la factura.

La jueza le dijo que se los facilitaría enseguida, pero necesitaba una copia de la transcripción y el nombre de la persona que la había encargado.

A los pocos minutos la tenía en el correo oficial del juzgado. Constaba en el encabezamiento que se había realizado el sábado a las 12,30  junto a la anotación: «Confidencial».

Cuando leyó el diálogo, cuyos participantes estaban identificados solamente como él y ella, Inmaculada no tuvo ninguna duda de que se trataba de la pelea entre Cayetana y David en la puerta de la iglesia.

Volvió a llamar inmediatamente a la secretaria, que, entre tanto, había contactado con el presidente de la asociación, autor de la transcripción.

Según él, el secretario del juzgado se la encargó el sábado; la había realizado aquel mismo día, a las pocas horas, porque le aseguró que era urgente; el secretario había estado presente todo el tiempo porque no le permitió quedarse con copia de la cinta; y al despedirse le pagó y le advirtió que era confidencial.

—¿Está usted segura de que el encargo fue del secretario del juzgado?

—Sí. El presidente no sabe su nombre, pero me ha dicho que era un joven altísimo, como un gigante.

Le dio los datos fiscales que necesitaba y se despidió agradeciéndole la gestión.

Inmaculada salió furiosa de su despacho y llegó con pasos enérgicos al de Julián. Abrió la puerta de golpe sin llamar y desde el umbral le gritó:

—¿Se puede saber a qué coño estás jugando? —Mientras agitaba en su mano el folio con la transcripción.

Julián, sobresaltado, se puso de pie inmediatamente. En todo el tiempo que la conocía nunca la había visto fuera de sí. Se acercó a ella y cogiéndole con suavidad de los brazos la hizo entrar y cerró la puerta.

Ella seguía gritando:

—¿Has tenido la desvergüenza de llamarme mentirosa?

—Cálmate y te lo explico —dijo, conduciéndola hasta una silla.

Ella se resistió y se quedó de pie. Luego le apartó las manos de sus brazos con un gesto brusco, para alejarlo.

—¿Qué me vas a explicar? ¿Que has ocultado pruebas de un caso de homicidio por despecho? ¿Dónde está tu profesionalidad? ¿En qué te has convertido?

—No he ocultado nada. Tranquilízate, así es imposible hablar.

Ella le hizo un gesto para que siguiera.

—Volví tardísimo el sábado y ya no estabas.

—¿Y no me podías haber llamado?

—Era muy tarde, no quería molestarte. Luego, ayer, con el shock del descubrimiento del suicidio, se me olvidó.

—Encima no me trates como a una imbécil.

—Si no me quieres creer, no me creas. No te trato como a nada, en realidad, ya no tiene ninguna importancia. Vale, Cayetana borró el mensaje. ¿Y qué? Seguramente lo hizo pensando que era una fanfarronada de Mariola, convencida de que era inocente. ¿Qué cambia eso las cosas?

Inmaculada salió dando un portazo.

Julián se sentó en la silla y respiró profundamente un par de veces. Aquello no tenía vuelta atrás, pero podía ser mucho peor: por lo menos ella daba por seguro que lo había hecho solo por fastidiarla.

Inmaculada se sentó en su despacho con los ojos llenos de lágrimas. Tuvo que sobreponerse al instante porque oyó que alguien llamaba a la puerta. Ramírez no abrió hasta que ella contestó, venía a avisarle de que había llegado Sarah.

Se secó los ojos y la hizo pasar.

—Al final ha resultado ser cierto lo que usted decía —le soltó en tono áspero en cuanto se sentó.

Sarah no respondió enseguida, parecía un poco extrañada y preguntó tímidamente:

—¿A qué se refiere?

—A lo que usted nos dijo —insistió Inmaculada, que sentía tanta ira que le costaba contenerse para no ponerse a gritar otra vez.

Sarah le miraba un poco desconcertada.

—No lo sabe, claro. Nos ha dicho tantas cosas que ya no sabe de qué le hablo, ¿verdad? Pues le comunico que Álvaro se suicidó. El caso está cerrado.

—Señoría, si me explica cuál es el motivo por el que me ha citado, podré responderle con más claridad —contestó Sarah con apariencia de estar realmente inquieta con aquella conversación.

—Mire, mandar anónimos no es un delito, pero hackear un ordenador sí. Y le aseguro que vamos a llegar hasta el fondo del asunto. Si lo que pretendía era ayudar a Ana derivando las sospechas hacia otra persona, tenía que haber investigado un poco más.

—No sé nada de esto de lo que me está hablando, pero, si me va a acusar de algo, exijo la presencia de un abogado.

—No, de momento no hace falta, puede marcharse. Y no se le ocurra volver jamás a este juzgado a contar tonterías para distraerme.

Sarah se levantó con toda la dignidad que pudo y salió sin decir nada. Su tez pálida, en ese momento era de un blanco casi transparente.

Entonces llamó Luis. Ella descolgó aliviada de poder hablar con alguien cercano y lo saludó con cariño.

—Hola, mi vida —contestó él con voz alegre—. Yo también te echo muchísimo de menos. Creo que te he tenido un poco desatendida esta última semana. Pero ya me he recuperado del catarro y hoy hemos cerrado el caso, así que tengo una sorpresita: mañana voy para allá.

Ella se echó a llorar

—Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué te pones así?

—Nada, es el estrés.

—Te comprendo, créeme que yo también lo he pasado fatal. Por eso nos merecemos un descanso. Cuando esté allí hacemos planes para el finde, ¿vale?

—Vale.

—Hay que ver cómo os afecta a las chicas esto de las bodas —comentó Luis como si estuviera de vuelta de todo—, no te agobies más y mañana me cuentas.