Seducida por el Vecino Mafioso (Secretos Eróticos Prohibidos 16) Capítulo 4
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Capítulo 4

La Llamada Que No Contesto

Lorenzo

El móvil vibra en la mesita de noche como una serpiente. Las cuatro y diecisiete de la mañana. Solo un número guardado en la agenda como “D.S.”. Don Salvatore. Mi padre.

Laura duerme sobre mi pecho, desnuda, con la respiración lenta y caliente contra mi piel.

Su espalda está roja por mis manos, marcas de dedos que le dejé mientras me corría dentro de ella por tercera vez.

Suspira dormida, se acomoda mejor, una pierna echada sobre la mía.

No me muevo. No quiero despertarla. No quiero alterar este momento perfecto.

El teléfono vuelve a vibrar. Tercera vez. Sé lo que es. Sé que él no llama a las cuatro de la mañana para preguntarme si he comido bien.

Estiro el brazo despacio, cojo el aparato, aprieto el botón lateral y lo silencio. La pantalla se ilumina: 7 llamadas perdidas. Todas de él.

Dos segundos después llega el mensaje de voz. Pulso reproducir con el volumen lo más bajo posible.

Su voz en italiano entra en la habitación como humo de cigarro caro:

— Lorenzo. Basta ya de esta payasada de vacaciones.

Te necesito en Reggio mañana por la noche.

Hay un cargamento en Gioia Tauro que solo tú sabes manejar.

Los albaneses están presionando y yo no voy a perder respeto por culpa de tu capricho de niño mimado.

Llama. Ahora. O iré yo mismo a buscarte a ese agujero donde te has escondido. Y entonces vendrás, quieras o no.

Lo apago antes del final. El corazón me late fuerte, no de miedo, porque ya he pasado por esto, sino de rabia. Rabia de saber que todavía cree que puede darme órdenes como si yo fuera un soldado cualquiera. Rabia de saber que, hasta hace dos meses, habría ido.

Laura se mueve. Abre los ojos despacio, siente mi tensión.

— ¿Quién era? —pregunta, con la voz ronca de sueño y sexo.

— Nadie importante —miento, besándole la frente.

Ella levanta el rostro y me mira. Sabe que es mentira, pero no insiste. Solo pasa la mano por mi pecho, traza una de mis antiguas cicatrices.

— Estás tenso —susurra—. Vuelve dentro de mí. Solo así te relajas.

Me río bajo, a pesar de todo.

Se sienta sobre mi regazo, todavía mojada de los dos, guía mi polla de vuelta dentro de ella con una lentitud que me mata. Empieza a cabalgar despacio, mirándome a los ojos.

— Quédate aquí, Lorenzo —dice entre gemidos suaves—. Quédate aquí conmigo.

Le agarro las caderas, embisto desde abajo, hondo, intentando olvidar la voz de mi padre.

Pero en el fondo lo sé: él no amenaza en vano. Si no aparezco, vendrá. Y si viene, intentará llevarse todo lo que ahora es mío. Incluida ella.

Cierro los ojos, aprieto a Laura contra mí y me corro dentro de ella una vez más, como quien marca territorio. Porque por primera vez en mi vida tengo algo que no voy a entregar. Ni a él. Ni a nadie.