CAPÍTULO 21
Nueva York en diciembre era un monstruo de cristal envuelto en escarcha.
Susan Thorne observaba el tráfico de la Quinta Avenida desde su ventanal, sintiendo que el cristal blindado era lo único que la separaba de un colapso público.
Habían pasado tres semanas desde la noche de París.
Tres semanas de náuseas matutinas camufladas como "problemas gástricos por el cambio de agua" y de ajustar los patrones de su ropa para que las faldas de talle alto y las chaquetas estructuradas ocultaran lo que su mente aún se negaba a procesar del todo.
—Susan, la junta de inversores para el proyecto de Londres está en la sala de espera —dijo Margot, entrando con un fajo de documentos—. Y Victoria Hearst ha enviado el borrador final de la exclusiva del compromiso. Quiere que confirmes la fecha para la sesión de fotos en el ático.
Susan se giró lentamente. Llevaba un traje sastre en color gris carbón, con hombreras tan marcadas que parecían una armadura. Su palidez ya no era aristocrática; era casi traslúcida.
—Dile a Victoria que espere. Y dile a los inversores que hoy no habrá café, solo resultados —sentenció Susan, aunque tuvo que agarrarse al borde de su escritorio cuando un mareo repentino la golpeó.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Margot, bajando la voz—. Jasper ha llamado dos veces. Dice que no has probado bocado en la cena de los últimos tres días y que si no te presentas hoy en el restaurante para probar el nuevo menú, vendrá a buscarte con un médico.
—Jasper se preocupa demasiado por los ingredientes y poco por los plazos —respondió Susan con dureza, intentando ocultar el nudo en su garganta—. Dile que estoy ocupada con Londres.
Lo que Susan no sabía era que Julian Vane, herido y humillado en París, no se había retirado a lamerse las heridas.
Estaba sentado en un despacho oscuro del Downtown, frente a un detective privado que le entregaba un sobre con un sello de una farmacia francesa y un informe de laboratorio obtenido de forma ilícita.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Julian, con una sonrisa que era puro veneno.
—Los residuos encontrados en la papelera de la suite del Crillon no mienten, señor Vane —respondió el hombre—. La señora Thorne está esperando un heredero. O, como dirían sus accionistas, un "riesgo biológico no declarado".
Julian se reclinó en su silla de cuero, sintiendo el calor de la venganza recorrer sus venas.
Susan Thorne se creía la dueña de la narrativa, la mujer de acero que no podía ser tocada.
Pero ahora tenía un punto débil, una grieta en su seda que él pensaba ensanchar hasta que todo su imperio se desmoronara.
—No vamos a ir a la prensa todavía —murmuró Julian—. Vamos a esperar a la firma del contrato de Londres. Quiero que el golpe sea tan público que ni siquiera Jean-Luc Moreau pueda salvarla. La Emperatriz va a caer, y esta vez, el Chef no podrá cocinar nada para salvarla del hambre.
En ese mismo instante, en la cocina de L'Artiste, Jasper contemplaba una salsa de frambuesa con una sospecha creciente.
Susan había cambiado. Su paladar, antes infalible, parecía haberle dado la espalda.
Evitaba los sabores fuertes, rechazaba el vino y sus ojos tenían un brillo de secreto que él conocía demasiado bien.
Jasper no era un hombre de negocios, pero era un hombre de sentidos, y sus sentidos le decían que Susan le estaba ocultando la receta más importante de su vida.
La reunión con los inversores de Londres fue un ejercicio de equilibrismo extremo. Susan Thorne desgranaba proyecciones de ventas y costes logísticos con la precisión de un relojero, pero cada vez que el aroma del café recién hecho de la sala inundaba sus fosas nasales, el mundo se tambaleaba.
—¿Señora Thorne? —preguntó uno de los banqueros ingleses—. ¿Se encuentra bien? Ha dejado de hablar en mitad de la previsión del margen bruto.
Susan apretó los bordes de la mesa de caoba hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color. El sudor frío perleaba su nuca bajo el moño impecable.
—Solo... un momento de reflexión, caballero. Como decía, el mercado del lujo en Mayfair exige...
No pudo terminar. La habitación dio un giro violento de trescientos sesenta grados. Susan cerró los ojos, sintiendo que la gravedad la abandonaba. El murmullo de los inversores se convirtió en un zumbido sordo.
De repente, la puerta de la sala de juntas se abrió de golpe.
No fue una apertura protocolaria; fue el estruendo de alguien que no pensaba esperar a ser anunciado.
Jasper Vane entró en la sala, todavía con su chaqueta de cuero negra y el aroma a lluvia de Manhattan pegado a la piel.
Su mirada ignoró a los hombres de traje y se clavó directamente en el rostro ceniciento de Susan.
—Se acabó la reunión —sentenció Jasper, caminando hacia la cabecera con una autoridad que no admitía réplica.
—¡Vane, no puedes entrar así! —intentó protestar Arthur, poniéndose en pie—. Estamos cerrando Londres.
—A la mierda Londres —gruñó Jasper. Llegó al lado de Susan justo cuando ella se desplomaba hacia un lado. La atrapó en sus brazos antes de que su cabeza golpeara el cristal de la mesa—. ¡Margot, fuera todo el mundo! ¡Llama a un médico privado, ahora!
Los inversores, escandalizados y confundidos, abandonaron la sala bajo la mirada asesina de Jasper. Cuando la puerta se cerró, él depositó a Susan en la silla, arrodillándose frente a ella. Le tomó el rostro entre las manos, obligándola a centrar la vista. [1]
—Susan, mírame. Respira. —Jasper le desabrochó el primer botón del traje gris, el que parecía estar asfixiándola—.
Se acabó el juego de las escondidas. Llevas dos semanas comportándote como una desconocida.
No comes, no duermes y ahora te desmayas en mitad de una junta.
¿Qué está pasando? ¿Es Julian? ¿Es el estrés de París?
Susan recuperó el aliento poco a poco, pero las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas finalmente desbordaron sus ojos gélidos. No era la Emperatriz la que lloraba; era la mujer que se sentía aterrada por primera vez en su vida.
—No es Julian, Jasper —susurró ella, con la voz rota—. Ojalá fuera él. Ojalá fuera algo que pudiera solucionar con un abogado o un desfile.
Jasper le apartó un mechón de pelo de la frente con una ternura que la hizo sollozar.
—Entonces, ¿qué es? Dímelo. Lo que sea, lo arreglaremos.
Susan tomó aire, llevó la mano de Jasper hacia su vientre, presionándola contra el tejido rígido de su traje sastre. El contacto quemaba.
—Es un diseño que no elegí, Jasper. Estoy embarazada.
El silencio que siguió fue absoluto. Jasper se quedó inmóvil, con la mano sobre ella, mirando a Susan como si acabara de decirle que el sol no volvería a salir. El chef, el hombre de las reacciones rápidas y el fuego constante, se quedó sin palabras.
Jasper no retiró la mano. Sus dedos, callosos por el trabajo en la cocina, se cerraron levemente sobre el vientre de Susan a través de la lana del traje.
Sus ojos recorrieron el rostro de ella, buscando una señal de que era una broma, de que era una de sus frías tácticas de negociación.
Pero solo encontró una vulnerabilidad tan pura que le dio miedo tocarla por si se rompía.
—Embarazada —repitió Jasper, y su voz no sonó a pánico, sino a una extraña forma de asombro—. ¿En París? ¿Aquella noche después de la aduana?
Susan asintió, apartando la mirada hacia los rascacielos que empezaban a encender sus luces de advertencia para los aviones.
—Lo supe la noche de la inauguración. Mientras tú brindabas por el éxito, yo estaba en un baño de mármol descubriendo que mi carrera tal como la conozco se había terminado.
—¿Terminado? —Jasper se puso de pie, pero no se alejó. La levantó con suavidad para que ella también se pusiera en pie, manteniéndola sujeta por los hombros—. ¿De qué estás hablando, Susan? Esto no es una quiebra.
—Para Victoria Hearst lo es. Para el consejo de administración, también —replicó ella, recuperando un destello de su acidez—.
Victoria me dijo que el mundo espera una "Emperatriz de Hierro", no una madre.
Si se enteran, Julian usará la cláusula de incapacidad temporal para arrebatarme la dirección durante la expansión de Londres.
Dirán que mis hormonas nublan mi juicio. Dirán que he perdido el filo.
Jasper soltó una carcajada ronca, una que no tenía nada de gracia.
—Que lo intenten. Que intenten decirle a la mujer que salvó una colección del humo y una cena de un sabotaje de gas que "ha perdido el filo". Susan, a la mierda Victoria y a la mierda Julian.
—No es tan fácil, Jasper —dijo ella, acercándose al ventanal—.
He pasado años construyendo una imagen de perfección absoluta.
No hay espacio para un niño en la pasarela de Thorne era el búnker donde se estaba fraguando la mayor ofensiva de sus vidas.
Jasper no se había separado de Susan desde que salieron de la oficina.
Él mismo le preparó una cena ligera, ignorando las llamadas incesantes de Victoria Hearst que Susan había decidido silenciar.
—Tienes que comer, Susan —dijo Jasper, dejando un plato de pasta fresca con limón y albahaca frente a ella—. No es solo por ti ahora. Es por el "pequeño socio" que ha decidido boicotear nuestras reuniones de inversores.
Susan sonrió débilmente, tomando el tenedor. La náusea había remitido, sustituida por una extraña calma. Miró a Jasper, que la observaba con una mezcla de orgullo y una protección feroz que nunca le había visto antes.
—Si Julian tiene esas pruebas, las filtrará mañana —comentó Susan, volviendo al modo estratégico—. Esperará a que el mercado abra para maximizar el daño.
—Pues que las filtre —replicó Jasper, sentándose a su lado y tomando su mano—.
Pero para cuando lo haga, nosotros ya habremos contado nuestra versión.
He hablado con Alistair Vance. Le debo una por la crítica de París, y él nos debe otra por el soplo del sabotaje.
Va a publicar una pieza corta en su blog personal esta noche.
No será un reportaje de moda, será una declaración de principios.
Susan arqueó una ceja.
—¿Qué tipo de declaración?
—Una que dice que la Emperatriz y el Artista no solo están conquistando ciudades, sino que están construyendo un legado —Jasper se levantó y la guio hacia el ventanal, donde la nieve empezaba a caer con suavidad sobre Central Park—.
Victoria quería un compromiso de marketing.
Julian quería un escándalo de debilidad.
Les vamos a dar la verdad: que estamos juntos, que vamos a tener un hijo y que quien intente usar eso en nuestra contra se enfrentará a todo el peso de Thorne & Vane.
Susan se apoyó en él, sintiendo por primera vez que el peso de su imperio ya no la aplastaba.
—Va a ser un terremoto, Vane. Mañana todo el mundo hablará de nosotros.
—Que hablen —susurró él, rodeándola con sus brazos y apoyando la mano, con una reverencia casi sagrada, sobre su vientre—. Mientras nosotros tengamos el control de la cocina y de la pasarela, que se queden con los titulares.
Esa noche, bajo las sábanas de seda que tantas batallas habían presenciado, no hubo estrategias ni planes de expansión.
Solo hubo dos personas descubriéndose en una nueva dimensión de su amor, aceptando que el diseño de sus vidas había cambiado para siempre y que, por primera vez, el resultado final no dependía de un patrón o de una receta, sino de la fuerza de lo que habían creado juntos.
Jasper apagó la luz, y en la oscuridad del ático, Susan se permitió llorar de nuevo, pero esta vez fue de alivio. La guerra seguía ahí fuera, pero dentro, el fuego estaba más vivo que nunca.