Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

París se rindió sin condiciones. La inauguración de L’Artiste de Thorne no fue una cena, fue un asedio de glamour.

La Rue du Faubourg Saint-Honoré tuvo que ser cortada al tráfico debido a la aglomeración de curiosos y paparazzi.

Dentro, el aroma de las alcachofas trufadas de Jasper se mezclaba con el perfume de las mujeres más ricas de Europa, que desfilaban entre mesas vestidas con la colección cápsula que Susan había rescatado de la aduana.

Susan, sin embargo, se sentía extraña. Llevaba un vestido de terciopelo verde bosque que acentuaba su figura, pero por primera vez en su carrera, el champán que le ofrecían le producía una náusea sutil y persistente.

Atribuyó el mareo al cansancio extremo, a las noches sin dormir en Normandía y al estrés de la batalla con los Roche.

—Estás radiante, Susan —dijo Jean-Luc Moreau, acercándose con una sonrisa de victoria—. El consejo está fascinado. Dicen que has traído la energía que le faltaba a esta ciudad.

—Gracias, Jean-Luc —respondió ella, forzando una sonrisa profesional mientras sentía que el suelo oscilaba levemente bajo sus pies—. Nueva York y París siempre fueron amantes destinados a encontrarse.

Jasper apareció entre la multitud, luciendo su chaquetilla de gala. Se acercó a Susan y le puso una mano en la cintura, un gesto que ya no ocultaban.

—¿Estás bien? Estás más pálida de lo normal, y eso es mucho decir para la mujer que inventó el blanco marfil —susurró él al oído de ella.

—Es solo el calor, Vane. Sigue cocinando. París tiene hambre de ti —replicó ella, aunque tuvo que apoyarse ligeramente en su brazo.

Al final de la noche, cuando los últimos invitados se retiraban y las críticas en redes sociales ya hablaban de "el evento del siglo", Susan se retiró al baño del local.

Se miró al espejo, limpiándose el sudor de la frente.

Su mente, programada para la lógica, empezó a repasar las fechas del calendario.

Sus ciclos siempre habían sido tan precisos como una colección de otoño, pero el último...

el último se había perdido entre el desfile del muelle de Chelsea y la huida al Hudson.

Con manos temblorosas, sacó de su bolso un pequeño sobre que había comprado en una farmacia de guardia de camino al restaurante, más por un impulso paranoico que por una certeza.

—No puede ser —susurró para sí misma, mirando la pequeña caja de cartón—. No ahora. No cuando el mundo es finalmente mío.

Se encerró en el cubículo de mármol, rodeada del lujo que ella misma había diseñado, sintiendo que su vida, tan meticulosamente planificada, estaba a punto de descarrilar.

Minutos después, los dos trazos azules en la pequeña ventana de plástico le confirmaron que el "giro final" no era un contrato, ni una traición de Julian, ni un sabotaje de Elena.

Era un latido. Un latido que compartía su sangre y, muy probablemente, la arrogancia de Jasper Vane.

Susan se sentó sobre la tapa del inodoro, con el test de embarazo en la mano y las lágrimas —lágrimas de verdad, calientes y aterradoras— empañando su maquillaje impecable.

Afuera, Jasper estaba brindando por su futuro.

Dentro, Susan Thorne acababa de descubrir que el futuro ya no le pertenecía solo a ella.

Susan permaneció inmóvil en el cubículo, con el pequeño objeto de plástico convertido en una sentencia de muerte para su antigua vida.

El ruido amortiguado de la fiesta —el tintineo de copas de cristal y las risas de la aristocracia francesa— le resultaba ahora una cacofonía lejana e insignificante.

Ella, la mujer que calculaba el gramaje de la seda y el impacto de un desfile con precisión milimétrica, no había previsto esto.

Se obligó a respirar. Una, dos veces. Guardó el test en lo más profundo de su bolso de mano de edición limitada y se retocó el labial con manos que se negaban a dejar de temblar.

—Control, Susan. Tienes el control —se mintió a sí misma frente al espejo.

Al salir, la luz del salón principal la deslumbró.

Jasper la estaba esperando junto a la barra, con dos copas de un champán rosado que costaba más que un alquiler en el Village.

Su rostro desbordaba una alegría cruda y contagiosa; era el hombre que acababa de conquistar la ciudad que una vez lo expulsó.

—¡Aquí estás! —exclamó Jasper, rodeándole la cintura con el brazo y ofreciéndole una copa—. Jean-Luc acaba de decir que el contrato para Londres está listo. Susan, lo hemos logrado. Todo lo que planeamos en aquel ático de Nueva York... está ocurriendo.

Susan miró la copa de champán. El aroma de las burbujas, que normalmente le recordaba a la victoria, ahora le revolvía el estómago.

—No tengo mucha sed, Jasper —murmuró, dejando la copa sobre la barra con un movimiento rígido.

—¿Estás bien? Estás más blanca que la caliza de la fachada —Jasper dejó su propia copa y la tomó por los hombros, su expresión cambiando de la euforia a una preocupación genuina—.

Es el cansancio, ¿verdad? Te has pasado de rosca con la logística.

Mañana nos iremos a la casa de campo de Moreau, a descansar.

Sin teléfonos, sin telas, solo nosotros.

—No puedo irme a ninguna parte, Vane —replicó ella, recuperando su máscara de Emperatriz por puro instinto de supervivencia—. Tenemos la rueda de prensa a las ocho y la reunión con los inversores textiles al mediodía. El éxito no duerme.

—Pues el éxito va a tener que tomarse una siesta —Jasper la atrajo hacia sí, besándole la frente—.

He reservado una suite privada en la planta de arriba del restaurante.

He preparado algo de comer... algo suave, solo para nosotros.

Quiero celebrar que, por fin, ya no tenemos que luchar contra nadie.

Susan sintió un nudo en la garganta. Jasper hablaba de paz, de un futuro de expansión y gloria, mientras ella sentía que un terremoto silencioso estaba agrietando los cimientos de su imperio.

Quería decírselo, quería soltar la carga allí mismo, pero ¿cómo le dices al hombre que vive para el fuego y la libertad que ahora están atados a algo que ninguno de los dos planeó?

—Sube tú —dijo ella, soltándose suavemente de su agarre—. Necesito terminar de cerrar los libros con Margot. Te veré allí en veinte minutos.

Jasper la miró con una ceja arqueada, detectando que algo no encajaba, pero atribuyó su actitud al agotamiento post-batalla.

—Veinte minutos, Susan. Ni uno más. Si no apareces, bajaré a buscarte y te cargaré al hombro delante de todo París.

Susan lo vio alejarse hacia la escalera. Se sentía pequeña, una sensación que detestaba. Caminó hacia el despacho de la parte trasera, pero no para buscar a Margot. Necesitaba estar sola con la noticia antes de que el mundo —y Jasper— se la arrebataran.

Susan se encerró en el pequeño despacho de la planta baja, el mismo que olía a pintura fresca y a éxito reciente.

Se dejó caer en la silla de diseño, sintiendo que el peso de su propio cuerpo era una carga extraña.

Antes de que pudiera procesar un solo pensamiento, su teléfono personal vibró sobre la mesa.

El nombre en la pantalla era el de la única persona que podía hacerla sentir como una empleada incluso en su propio reino: Victoria Hearst.

—Victoria, es tarde en Nueva York —dijo Susan, tratando de que su voz no delatara el temblor de sus manos.

—El éxito no tiene huso horario, Susan —la voz de Victoria era una mezcla de seda y veneno—.

He visto las fotos de la inauguración. París está a tus pies.

Pero he recibido una llamada de un contacto en una clínica privada de Manhattan.

Al parecer, alguien intentó acceder a tu historial médico hace dos días.

Julian Vane sigue buscando basura, Susan.

A Susan se le heló la sangre. Julian. Incluso derrotado, seguía siendo una hiena olfateando debilidades.

—No va a encontrar nada, Victoria. Mi salud es un asunto privado.

—Tu salud es un activo de la empresa, querida.

Si hay alguna "novedad" que pueda afectar a la imagen de la Emperatriz de Hierro, necesito saberlo antes que la prensa.

El mercado espera una mujer de acero, no una madre de familia.

Recuerda nuestra exclusiva con Bazaar. El compromiso debe ser el cierre de la temporada.

No dejes que la biología arruine tu mejor diseño.

Susan colgó sin despedirse. "No dejes que la biología arruine tu mejor diseño".

Las palabras de Victoria resonaron en la habitación como una bofetada.

Para el mundo, ella era una marca, un concepto estético.

Un embarazo no era una noticia feliz; era un defecto de fabricación en una línea de producción perfecta.

Salió del despacho y subió las escaleras hacia la suite privada.

Cada escalón se sentía como una montaña.

Al entrar, se encontró con una escena que, en cualquier otra circunstancia, la habría hecho sonreír.

Jasper había atenuado las luces y había servido una cena ligera: un consomé clarificado y unas tostadas de pan de centeno con mantequilla de trufa.

—Te he preparado algo que no te revuelva el estómago —dijo Jasper, acercándose a ella y ayudándola a quitarse el pesado abrigo de terciopelo—. Pareces una aparición, Susan. Siéntate.

Él se sentó frente a ella, mirándola con una ternura que le dolía más que el desprecio de Victoria.

—He estado pensando —continuó él, tomando su mano— que quizá después de Londres deberíamos tomarnos un tiempo. De verdad. No un retiro táctico, sino un tiempo para nosotros. Quizá volver a esa granja en el Hudson... o buscar algo aquí, en el campo francés.

Susan lo miró. Jasper estaba proyectando un futuro de paz, una vida compartida donde el fuego ya no era para la guerra, sino para el hogar. ¿Cómo podía soltar la bomba en mitad de ese momento de cristal?

—Jasper... —empezó ella, su voz apenas un susurro.

—¿Sí? —Él se inclinó, besando sus nudillos.

—Victoria ha llamado. Dice que Julian sigue husmeando. —Susan retiró la mano, incapaz de sostener el contacto—. El mundo nos está mirando, Jasper. Están esperando que cometamos un error. Están esperando ver una grieta en la armadura.

—Que miren —respondió él con desdén—. Ya no pueden tocarnos. Somos Thorne y Vane. Somos invencibles.

Susan bajó la vista hacia su vientre, todavía plano bajo el terciopelo verde.

Invencibles. La palabra sonaba a ironía cruel.

Quiso decírselo, quiso gritar que la grieta ya estaba allí, creciendo dentro de ella, pero el miedo a ver la reacción de Jasper —el hombre que amaba su libertad por encima de todo— la amordazó.

La cena quedó casi intacta sobre la mesa de caoba.

Susan fingió dar unos sorbos al consomé bajo la mirada atenta de Jasper, pero cada bocado se sentía como ceniza.

Él, convencido de que se trataba de un agotamiento extremo, no insistió.

La guio hacia la inmensa cama con dosel, donde las sábanas de seda negra esperaban como un abismo acogedor.

—Descansa, Susan —murmuró Jasper, desabrochando con delicadeza los ganchos de su vestido verde—. Mañana el mundo seguirá ahí fuera, pero esta noche no tiene permiso para entrar.

Se acostaron en una penumbra rota solo por el resplandor de las farolas de la Rue du Faubourg Saint-Honoré.

Jasper la rodeó con sus brazos, pegando su espalda a su pecho, y Susan sintió el calor de su piel, ese fuego que siempre la había salvado del frío de su propia ambición.

Pronto, la respiración de él se volvió lenta y rítmica, sumiéndose en el sueño profundo del guerrero que ha ganado su batalla.

Pero Susan permaneció con los ojos abiertos, fijos en las molduras del techo.

Llevó una mano a su vientre, apenas un roce sobre la seda de su camisón.

Allí, en ese espacio que siempre había pertenecido exclusivamente a su voluntad, algo ajeno a su control estaba reclamando su lugar.

Pensó en las palabras de Victoria: "madre de familia", "defecto de fabricación".

Pensó en la mirada de Jasper cuando hablaba de la libertad de París.

¿Qué pasaría cuando el mundo se enterara? La "Emperatriz de Hierro" se convertiría en un titular de prensa rosa. Julian usaría la noticia para cuestionar su capacidad de liderazgo ante el consejo. Y Jasper... ¿se sentiría atrapado en un diseño que no había elegido?

Una lágrima solitaria resbaló por su sien, perdiéndose en la almohada. Por primera vez en su vida, Susan Thorne no tenía un plan de contingencia. No podía despedir a este problema, ni comprarlo, ni rediseñarlo para la pasarela.

Se giró con cuidado para no despertar a Jasper y observó su rostro en la oscuridad.

Se veía tan joven, tan ajeno a la tormenta que ella llevaba dentro.

Se sintió tentada de despertarlo, de susurrarle la verdad y dejar que él decidiera por ambos.

Pero el orgullo, ese viejo aliado que la había llevado a la cima, le prohibió mostrar su miedo.

—Lo siento, Jasper —susurró para nadie, mientras cerraba los ojos intentando conciliar un sueño que no llegaría—. Pero este es un desfile que voy a tener que caminar sola durante un tiempo.

Afuera, París celebraba el nacimiento de un nuevo imperio gastronómico y de moda. Dentro, Susan empezaba a comprender que el precio del cielo era mucho más alto de lo que cualquier factura de hotel o contrato de exclusividad podría reflejar jamás.