CAPÍTULO 17
El regreso a Manhattan a las seis de la mañana fue un despliegue de intenciones.
Susan no entró en su ático; se dirigió directamente al taller de la Avenida Madison.
Vestía la misma ropa con la que había regresado del campo, pero su mirada había recuperado el brillo del acero templado.
Jasper, a su lado, sostenía una caja de madera con ingredientes frescos recolectados en la granja: el arma secreta para la ejecución de esa noche.
—Margot —llamó Susan, entrando en su oficina como un huracán—. Convoca a Arthur, a los miembros del comité de ética y, sobre todo, asegúrate de que Julian Vane esté presente. Dile que tengo una propuesta de "rendición" que no podrá rechazar.
—¿Rendición? —Margot parpadeó, ajustándose las gafas—. Susan, Victoria Hearst está en la línea dos. Está furiosa por lo de la gala de anoche. Dice que has arruinado meses de estrategia de imagen.
—Dile a Victoria que si quiere una historia de amor, se compre una novela barata. Esta noche vamos a darle una historia de poder —sentenció Susan—. La cena será en el ático. A las nueve. Jasper se encarga del menú. Yo me encargo del espectáculo.
Durante todo el día, el ático de Susan fue un campo de batalla logístico.
Jasper se instaló en la cocina, transformando el espacio aséptico en un laboratorio de aromas intensos y texturas salvajes.
Ya no había rastro del hombre que cortaba leña; volvía a ser el chef que dominaba el fuego.
Susan, por su parte, se encerró con su equipo legal y con el USB de París.
Había llegado el momento de usar el veneno que Julian mismo había destilado.
A las nueve en punto, los invitados llegaron.
El ambiente en el salón era de una incomodidad palpable.
Arthur y los consejeros se sentaron a la inmensa mesa de cristal, evitando mirar a Susan, que lucía un vestido negro de seda mate que parecía absorber la luz de la habitación.
Julian Vane entró el último, con una sonrisa triunfante, convencido de que Susan lo había llamado para negociar su salida de la empresa tras el escándalo de las fotos.
—Susan, querida. Me alegra que hayas recuperado el sentido común —dijo Julian, sentándose frente a ella—. París es una ciudad demasiado grande para que una mujer sola intente gobernarla. Un retiro temporal te vendrá bien para... reflexionar sobre tus elecciones personales.
—París es perfecta, Julian —respondió ella, apoyando sus manos sobre la mesa—. Pero antes de hablar de mi retiro, creo que deberíamos disfrutar de la hospitalidad de Jasper. Ha preparado algo que, sospecho, te resultará muy familiar.
Jasper salió de la cocina portando la primera bandeja.
No llevaba el uniforme de chef; vestía una camisa negra impecable con las mangas remangadas.
Se detuvo ante su hermano y dejó un plato pequeño con una sola ostra servida sobre una cama de sal negra y una perla de vinagre balsámico que brillaba como un ojo oscuro.
—"La Traición del Mar" —anunció Jasper, su voz resonando en el silencio del ático—. Una ostra que parece pura por fuera, pero que ha sido macerada en un amargor que solo se detecta cuando ya es demasiado tarde para escupirla.
Julian frunció el ceño, pero la presión social de los consejeros le obligó a probarla. Al tragar, su expresión cambió de la suficiencia a la confusión. El sabor era metálico, punzante, casi agresivo.
—¿A qué viene esto, Jasper? —preguntó Julian, limpiándose los labios con una servilleta de lino—. Si esto es un intento de arte culinario, es tan desagradable como tu conducta en París.
—No es arte, Julian —intervino Susan, sacando un pequeño mando a distancia y activando la pantalla gigante del salón—. Es el aperitivo. Jasper, ¿podemos pasar al segundo plato? El que tiene sabor a... grabaciones de hotel.
El silencio que siguió a las palabras de Susan fue tan pesado que el tintineo de la lluvia contra los ventanales sonó como disparos.
Julian dejó la copa de vino sobre la mesa, sus dedos temblando apenas un milímetro, lo suficiente para que el ojo clínico de Susan lo registrara como una confesión de culpabilidad.
—¿Grabaciones? —Julian soltó una risa nerviosa, buscando apoyo en la mirada de los consejeros—. Susan, el agotamiento te está haciendo delirar. Este espectáculo es indigno de tu posición.
—Lo que es indigno es usar los fondos de un bufete para pagar a un extorsionador en Queens —respondió ella.
Susan pulsó el mando. La pantalla de alta definición, que normalmente mostraba desfiles de moda, se llenó de ondas de sonido blancas sobre un fondo negro. El audio comenzó a reproducirse, llenando el salón con la acústica perfecta que Jasper tanto apreciaba.
"... Julian ya tiene el documento listo, Jasper. Si no firmas la exclusividad ahora, él registrará la carta que ya hemos preparado con tu firma digital. Nadie creerá que es falsa una vez que las acciones de Thorne intentaste robarle a Susan su vida delante de sus propios socios.
—Julian Vane —dijo Arthur, su voz temblando de indignación—, mañana a primera hora nuestro departamento legal presentará una demanda por fraude, conspiración y difamación.
Y te sugiero que renuncies a cualquier cargo en tu bufete antes de que el Colegio de Abogados reciba una copia de este "aperitivo".
Julian miró a su alrededor, buscando una salida, una grieta, un aliado. Pero solo encontró los ojos gélidos de Susan, que lo observaba con la misma indiferencia con la que se mira a una mancha de aceite en una pasarela.
—Jasper —dijo Susan, sin apartar la vista de Julian—, creo que nuestro invitado ya no tiene apetito. Acompáñalo a la salida. Y asegúrate de que no se lleve nada de los cubiertos de plata; sospecho que va a necesitar hasta el último centavo para pagar su fianza.
Susan permaneció de pie mientras escuchaba el sonido lejano de la puerta principal cerrándose tras su cuñado.
Se tomó su tiempo para alisar una arruga inexistente de su vestido y luego, con una parsimonia aterradora, volvió a sentarse en la cabecera de la mesa.
Los cinco consejeros, hombres que sumaban siglos de experiencia en Wall Street, parecían ahora niños pequeños sorprendidos rompiendo un jarrón caro.
—Susan... —empezó Arthur, carraspeando para aclarar su voz—. Todos estamos... profundamente conmocionados. Julian nos manipuló. Nos presentó pruebas que parecían legítimas y nosotros, velando por la estabilidad de la marca...
—No hablabais de estabilidad en esta misma mesa hace tres días, Arthur —lo cortó Susan. Su voz no era alta, pero tenía la vibración del acero—. Hablabais de moralidad. Hablabais de mi "distracción". Hablabais de mi dimisión como si fuera un activo amortizado.
Jasper regresó al salón. No fue a la cocina. Se colocó detrás de Susan, apoyando una mano en el respaldo de su silla, en un gesto de apoyo que esta vez nadie se atrevió a cuestionar.
—El consejo ha sido negligente —continuó Susan—. Habéis permitido que un agente externo interfiriera en la dirección estratégica de Thorne estaba dictando los términos de su rendición. Uno a uno, tomaron la pluma de platino y firmaron su salida de la historia de la empresa.
—Gracias, caballeros —dijo Susan, recogiendo los documentos con una sonrisa triunfante—. Jasper, creo que el plato principal ya está listo. Aunque sospecho que nuestros invitados ya no tienen estómago para más.
El último de los consejeros abandonó el ático con la rapidez de quien huye de un naufragio.
Susan escuchó el eco del ascensor y, por primera vez en horas, sus hombros se relajaron.
Dejó la carpeta con las firmas sobre la mesa de cristal y exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a dar paso a un cansancio triunfante.
Jasper se acercó a ella por detrás, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro.
—Ha sido una masacre preciosa, Susan —susurró él, besando la curva de su cuello—. Nunca había visto a cinco tiburones de Wall Street encogerse tanto de hombros.
—No eran tiburones, Jasper. Eran solo hombres que creían que podían controlar lo que no entendían —ella se giró entre sus brazos, entrelazando sus dedos en la nuca de él—. Pero ahora ya no hay obstáculos. El consejo es nuestro, París es nuestro y Julian... Julian está acabado.
Jasper la levantó en vilo, apartando las copas de vino vacías para sentarla sobre la mesa de cristal que acababa de ser el escenario de su victoria legal. La luz de Manhattan, al otro lado de los ventanales, parecía rendirles pleitesía.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Jasper, recorriendo con sus labios la línea de su mandíbula—. Que ahora, cuando el mundo nos mire, ya no verá a una "Emperatriz" y a su "distracción". Verán a los dueños del juego.
—Eso suena a que tienes planes muy ambiciosos para nuestra nueva división, socio —sonrió ella, permitiendo que la máscara de frialdad se derritiera por completo bajo el calor de su mirada.
—Tengo planes para toda la noche, Susan. Y ninguno incluye hablar de negocios.
Jasper la besó con una pasión que sellaba mucho más que un contrato.
Ya no había dudas, ni secretos, ni pasados que pudieran alcanzarlos.
En la soledad del ático, rodeados por el silencio de una ciudad que acababan de poner a sus pies, se entregaron el uno al otro con la certeza de que su alianza era, por fin, inquebrantable.
Las puertas del dormitorio se cerraron tras ellos, dejando la mesa de cristal y los documentos firmados como los restos de una batalla ganada.
Mañana el mundo amanecería con una nueva jerarquía en la Quinta Avenida, pero esta noche, la Emperatriz y el Artista solo celebraban que, contra todo pronóstico, habían logrado mantener el fuego encendido sin quemarse las manos.