19 Ash
Me despierto con el murmullo de voces bajas que llegan desde la sala de la cabaña y una cama vacía. Las tripas se me retuercen de instinto protector. Aparto la sábana, me levanto y me visto. Después salgo del dormitorio.
Lila está charlando con mi padre. No me gusta ver a nadie cerca de ella, ni siquiera a él, y mi presencia corta en seco la conversación. —Buenos días —gruño, mirando de Lila a mi padre.
—Tu padre me estaba explicando lo bonito que es el lugar donde ha construido su casa —dice Lila, con la mirada yendo de uno a otro.
—Sí, pero será mejor que comáis algo. —Señala con la cabeza una sartén con beicon y unas tortitas en un plato—. Mi padre carraspea para llamar mi atención—. Tenemos un viaje muy largo por delante.
No está bromeando. Alaska está a treinta y cinco horas de viaje como mínimo, y no creo que su casa esté justo pasando la frontera. —Ya, ¿y cómo va a funcionar eso exactamente?
Aprieta la mandíbula. —Llevaremos mi camioneta y la tuya. Las dos deberían tener depósitos grandes que nos permitan ir de gasolinera en gasolinera cuando entremos en zonas más remotas. Llevaremos bidones de reserva en la parte de atrás.
Bien. Me alegro de no tener que ir en el mismo vehículo que él.
—Tendremos que hacer bastantes paradas. Supongo que ya has hecho el viaje y conoces los mejores sitios para parar, ¿no?
Mi padre asiente. —Sí, tengo un mapa con todas las paradas marcadas. Serán cinco o seis días duros en total.
—Que quede claro: no te estoy perdonando por abandonarme. Acepto porque es más seguro para Lila y para mí. —Lo fulmino con la mirada mientras la rabia por haberme abandonado me consume. Le clavo los ojos en los suyos. Unos ojos idénticos a los míos. No me puedo creer lo mucho que me parezco a él.
Asiente. —Lo entiendo.
Desayunamos y después cargamos las camionetas con los suministros necesarios para el viaje. Veo a mi padre coger varias cosas: comida enlatada, mantas, linternas, todo lo esencial para sobrevivir en plena naturaleza. Lila guarda nuestras pertenencias con esmero.
—¿Lo tenéis todo? —pregunta mi padre mientras examina las camionetas cargadas.
—Sí —respondo, aferrándome a la correa de mi bolsa.
—Bien. Pues en marcha —dice mi padre con un brillo de determinación en los ojos.
Cuando estamos a punto de subir a las camionetas, un hombre sale de entre los árboles.
Lo reconozco de inmediato. Un exrecluso que compartió celda conmigo durante unos años.
Freddy. Fue mi amigo dentro y le mencioné este lugar, pero el problema con los presos es que actúan por impulso y codicia.
La amistad no significa nada cuando hay dinero de por medio.
Lo sé de primera mano. Sus ojos recorren el lugar con nerviosismo hasta posarse en mí.
Empuña una pistola y me apunta directamente.
—¡Hay una recompensa de cincuenta mil dólares por tu cabeza, Ash! ¡Vivo o muerto! —grita. La voz le tiembla de desesperación y los ojos le brillan ante la perspectiva del dinero.
Me crujo el cuello. —¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas matarme exactamente, Freddy?
Agita la pistola. —¿Tú qué coño crees?
De repente, algo se mueve en el rabillo del ojo. Mi padre se lanza sobre Freddy desde un lado, intentando quitarle la pistola. Un estruendo ensordecedor. El corazón me da un vuelco cuando mi padre se desploma en el suelo, agarrándose la pierna.
—¡Joder! —grita Freddy mientras retrocede un paso, con los ojos desorbitados. Pero en su mirada no hay arrepentimiento, solo miedo.
—¡Mierda! —gruño y corro a su lado a pesar de seguir jodidamente cabreado con él. Tiene el rostro pálido, en marcado contraste con la mancha roja que se extiende por sus vaqueros.
—Coge la pistola —jadea mientras me agarra del brazo. Con la otra mano se aprieta la pierna, intentando frenar la hemorragia.
Miro hacia Freddy, con el rostro desencajado por el miedo y la incertidumbre. He visto esa mirada antes. Es la mirada de un animal acorralado, desesperado y peligroso.
Miro a Lila, desprotegida, y la adrenalina me inunda. Sin pensarlo dos veces, me lanzo sobre Freddy y lo derribo al suelo. La pistola sale disparada lejos de su alcance y le doy puñetazo tras puñetazo.
Descargo toda mi ira en su cara. Forcejea debajo de mí, pero poco a poco deja de resistirse y el cuerpo se le queda flácido. No me detengo. Sigo golpeándolo incluso cuando ya no respira.
—¡Ash! ¡Para! —grita Lila, y su voz horrorizada atraviesa mi rabia frenética.
Pero no puedo, no puedo parar. Todavía no.
Una mano se posa en mi brazo, con un agarre firme pero suave. Lila. La miro a través de la neblina de rabia y veo el miedo en sus ojos. Su voz, ahora un susurro, atraviesa la nube de furia. —Para, Ash, ya no está.
Sus palabras me calan como una hoja fría y me arrancan del estupor. Suelto el cuerpo sin vida de Freddy. Esto es lo que soy. Cualquiera que venga a por mí muere. A estas alturas, ella ya debería saberlo.
La mirada de Lila se desplaza hacia mi padre, y la preocupación se le marca aún más en el rostro. —Ash —le tiembla la voz—, tu padre está perdiendo demasiada sangre. Necesita un hospital.
Ni hablar de hospitales. —Tendré que intentar vendarle la pierna aquí. —Me acerco a él—. ¿Puedes ir a la pata coja si te apoyamos?
Asiente con una ligera mueca de dolor. —Sí.
Con delicadeza, Lila se acerca para ayudar a mi padre. Le pasa un brazo por la cintura. Yo hago lo mismo por el otro lado y entre los dos lo llevamos de vuelta a la cabaña.
Tiene el rostro pálido y gotas de sudor le perlan la frente mientras reprime un gemido.
El trayecto es lento y tortuoso, pero finalmente conseguimos tumbarlo con cuidado sobre los cojines desgastados del sofá. Su vida pende de un hilo y cada segundo cuenta. Y me sorprende que me importe.
Rebusco en los armarios deteriorados buscando material médico. Encuentro un botiquín viejo, pero sellado. Despliego su contenido. Los pantalones de Papá están empapados de sangre, y cuando corto la tela, la gravedad de la herida queda a la vista: es peor de lo que pensaba.
La presencia de Lila me tranquiliza; tiene las manos firmes mientras le pasa una petaca de whisky.
—Toma, esto te aliviará el dolor —dice con suavidad.
Papá da un buen trago, el rostro se le contrae de dolor, pero asiente agradecido.
Limpio la herida con agua; Papá se estremece, pero no grita.
—Esto va a doler —advierto mientras me preparo para lo que viene. Entonces agarro un viejo cojín—. Muerde esto, ¿entendido?
Me sostiene la mirada y asiente.
Extraigo la bala con precisión y rapidez. Papá muerde el cojín con fuerza y un gemido ahogado llena la habitación. Por fin, la bala tintinea contra el suelo. Ya está.
La sutura es tosca, pero necesaria. Enhebro la aguja con manos firmes y lo coso con puntos irregulares. La sangre se filtra, pero el flujo disminuye con cada puntada que aprieto.
Lila susurra palabras de aliento; su voz es un contrapunto tranquilizador a la respiración pesada de él. Está hecho. Vendo la herida lo mejor que puedo, con la esperanza de que aguante, de que baste para mantenerlo con vida.
Me siento sobre los talones y la adrenalina empieza a disiparse mientras el agotamiento se apodera de mí. Miro al hombre que yace ante mí. Este desconocido es mi padre.
No puedo evitar preguntarme por qué no me temblaron las manos, por qué me importó lo suficiente como para salvar a un hombre que ha sido más una ausencia que una presencia en mi vida.
Pero entonces me doy cuenta de que la sangre tira más que el rencor.
De alguna manera, a pesar de todos los años perdidos, no puedo dejarlo morir así.
—No estamos a salvo aquí —afirmo mientras me froto la nuca—. Tendremos que trasladar todo a una sola camioneta e ir juntos.
Lila carraspea.
—Yo podría conducir una de las camionetas —sugiere.
Niego con la cabeza.
—Ni hablar.
Me fulmina con la mirada y se pone las manos en las caderas.
—¿Por qué? ¿Porque soy mujer?
Doy un paso hacia ella y la atraigo hacia mí.
—No, lucero, porque la distancia entre las camionetas es demasiado jodidamente grande. Te necesito a mi lado.
—Eso es ridículo. Necesitamos las dos camionetas por si una se avería —replica Lila, clavando en mí una mirada de feroz determinación. Tiene razón, por supuesto. Me froto el puente de la nariz.
La estrecho con más fuerza; las palabras se me atascan en la garganta.
—No puedo respirar cuando no estás cerca —admito, y la cruda verdad brota sin resistencia. Es una vulnerabilidad que no sabía que podía expresar.
La mirada de Lila se suaviza, y es como si el mundo se desvaneciera.
—Estaremos cerca, en convoy todo el tiempo.
Aprieto la mandíbula.
—Eso no es lo bastante cerca para tocarte, ¿verdad?
Entreabre los labios.
—Ash, te estás comportando como un loco —susurra; su voz es como el roce de hojas en un bosque silencioso, pero corta la tensión.
Le rozo la mejilla con el pulgar y mi voz se vuelve un gruñido.
—Puede que sí, pero prefiero estar loco a perderte. El mundo se ha ido al infierno. Ahí fuera —señalo con la cabeza hacia el bosque más allá de nuestro escondite— cada salvaje va a lo suyo, y no pienso jugármela con tu seguridad.
Alza la mano, firme, y sostiene la mía para apartarla de su rostro.
—Y no voy a dejar que me asfixies con tu locura. Sé cuidarme sola, y necesitas confiar en eso. No soy una damisela en apuros.
Resoplo; la admiración bulle dentro de mí.
—Escucha, no estoy... —me interrumpo y busco algo en su expresión decidida—. Está bien —cedo con voz tensa—, pero usamos las radios, contacto continuo, y a la primera señal de problemas, abandonamos una camioneta y nos reunimos. Lo digo en serio, a la primera maldita señal.
—De acuerdo —dice Lila, y mira a mi padre.
Asiente, con las arrugas de preocupación marcadas en el rostro. Conoce este mundo mejor que nosotros, el mundo donde la fina capa de civilización se ha resquebrajado.
—Llevadme a mi camioneta y Lila puede conducirla. Yo la guiaré y tú puedes seguirnos —saca un trozo de papel del bolsillo y me lo pasa—. Estas son las coordenadas por si nos separamos.
Cojo el papel y me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta. Luego lo ayudamos a levantarse y a salir cojeando de la cabaña hasta el asiento del copiloto de su camioneta. Una vez cerrada la puerta, aparto a Lila de la vista y la aprieto contra la pared de la camioneta.
—Ten cuidado, lucero.
Me mira con fiereza.
—Siempre —susurra, con el atisbo de una sonrisa en los labios. Gira la cabeza, me besa rápidamente en la mejilla y se aparta.
Extiendo la mano, la agarro del brazo y tiro de ella antes de que pueda escabullirse.
Nuestros cuerpos chocan y, sin pensarlo dos veces, le sostengo el rostro con las manos y la atraigo hacia un beso duro y profundo, alimentado por una tormenta de emociones que apenas he contenido.
Cuando por fin me aparto, no puedo evitar gruñir la promesa que ha estado ardiendo dentro de mí:
—Eres mía, Lila, ahora y para siempre.
Me mira a los ojos y asiente.
—Tuya. Deberíamos ponernos en marcha.
Mientras la miro, sé que la amo con todo mi corazón. Un amor desquiciado y arrollador que me vuelve loco.
Retrocedo y la observo subir a la camioneta; agarra el volante con esas manos delicadas. Papá ya parece más tranquilo.
Ahuyento el enjambre de mariposas que revolotea en mi pecho y me dirijo al otro camión.
Enciendo el motor, cuyo rugido me resulta un consuelo familiar en estos tiempos inquietantes. Echo un último vistazo por el retrovisor y vislumbro la cabaña de papá, que se va quedando atrás: un refugio en su momento, pero ahora vulnerable.
No estaré tranquilo hasta que estemos a salvo en Alaska, me digo, aferrándome al volante hasta que los nudillos se me ponen blancos.
Cruzar la frontera hacia Canadá es peligroso, pero es el único camino hacia un futuro real con mi lucero.
Es un riesgo que debemos asumir. Cada kilómetro que nos aleja de la cabaña nos acerca un paso más a la salvación, o eso espero.