Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

DANTE

El motor zumbaba bajo mis pies mientras estudiaba el almacén por tercera vez.

Antiguos edificios industriales se alineaban a ambos lados de la calle, encajonados entre talleres cerrados y camiones aparcados. El asfalto estaba manchado de aceite y una hilera de ventanas recorría la fachada del almacén, demasiado altas para dejarnos ver lo que ocurría dentro.

Eran poco más de las diez de la mañana. Llevábamos allí un buen rato, pero Turner no había dado señales de vida.

Adrian iba en el vehículo de delante con Lorenzo, pendiente de las imágenes que Nico enviaba desde su posición. Yo iba en el todoterreno de atrás, con Enzo y otros dos hombres que conocían el barrio.

Otra parte del equipo vigilaba la calle desde un taller de reparación al otro lado de la manzana.

La camioneta oscura usada en el ataque seguía donde la habíamos localizado en las fotografías de vigilancia, medio oculta detrás de una furgoneta.

Ver tan cerca la camioneta de aquel cabrón me hizo apretar los dedos en torno a la radio.

—¿Algo nuevo, Nico?

—Hace diez minutos salieron dos hombres. Uno ha vuelto a entrar. El otro se ha ido en un coche plateado.

—¿Turner?

—Todavía nada.

Clavé la mirada en la puerta metálica lateral del almacén.

Si llegaba a echarle el guante a ese hijo de puta, quizá por fin descubriéramos quién estaba dispuesto a perseguir a Sofia hasta nuestra propia casa.

La voz de Adrian llegó por la radio.

—Dante, todavía no sabemos cuántos hombres hay dentro. Que nadie se acerque hasta que lo confirmemos.

—Estoy esperando, Adrian.

—Perfecto. Sigue así.

Enzo intentó aguantarse la risa a mi lado.

Lo miré de reojo y volví a fijarme en la calle.

—Lo dices como si fuera algo nuevo —respondí.

—Porque lo es —replicó mi hermano.

Hasta yo sonreí.

Un camión cruzó pesadamente la intersección y me tapó la puerta durante unos segundos. En cuanto pasó, volví a examinar el edificio en busca de algo que no encajara.

El móvil me vibró en el soporte.

Nico había enviado otra fotografía.

Un hombre con una gorra de béisbol negra había salido por una puerta estrecha de la parte trasera del edificio. Llevaba una chaqueta gris y una bolsa colgada de un hombro.

No me hizo falta ampliarle la cara para reconocerlo de las grabaciones del evento.

Pulsé el botón de la radio.

—Nico, tengo a Turner.

—Acaba de salir por detrás.

Lo observé acercarse a una furgoneta blanca.

Miró por encima del hombro antes de abrir la puerta del acompañante y lanzar la bolsa sobre el asiento.

—Se va —dijo Enzo, y echó mano a la manilla de la puerta.

—Que nadie se mueva todavía —ordenó Adrian por la radio—. Quiero confirmar que está solo.

Turner rodeó la parte delantera de la furgoneta, pero el teléfono le sonó justo cuando llegó a la puerta del conductor.

Miró la pantalla, se apartó del vehículo y volvió la vista hacia el almacén.

Algo en su manera de esperar me dio mala espina.

La puerta del conductor seguía abierta y él no hacía ademán de subir. No le quitaba ojo a la entrada lateral, como si lo que pasaba dentro le importara más que largarse de allí de una puta vez.

—Está esperando a alguien —dije.

Enzo se inclinó hacia mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la puerta está abierta y no se ha ido.

Turner se guardó el móvil en el bolsillo.

Antes de que pudiera decir nada más, la puerta del almacén se abrió y salió otro hombre con un sobre en la mano.

Lo reconocí casi de inmediato.

Era el mismo tipo que Sofia había identificado en las fotografías.

El que ella había visto en el pasillo de servicio de su evento sin placa.

—Los tenemos a los dos —informé.

—Confirmado —respondió Adrian—. No les quitéis los ojos de encima.

El segundo hombre le entregó el sobre a Turner.

Turner lo rasgó allí mismo y examinó el contenido, visiblemente alterado.

Empezó a gesticular con el papel, que sostenía a un palmo de la cara del otro hombre.

El hombre fue a agarrarlo del brazo, pero Turner lo apartó de un empujón.

Incluso a través del parabrisas le vi cambiar la cara: la rabia dio paso a la urgencia.

—Esa conversación no ha ido muy bien —murmuró Enzo.

Alcé la radio.

—Adrian, están discutiendo. Turner vuelve a la furgoneta.

—Lo estoy viendo.

El hombre del sobre se quedó junto a la puerta del almacén mientras Turner llegaba a la furgoneta y extendía la mano hacia el asiento del conductor.

Entonces un cristal se hizo añicos.

Una de las ventanas del almacén estalló hacia fuera en una lluvia de esquirlas y, a continuación, sonó un disparo.

Turner se dobló junto a la furgoneta y cayó al asfalto, con una mano apretada contra la camisa.

—¡Disparos! —gritó Enzo.

Ya había sacado el arma cuando otra bala impactó en el lateral de la furgoneta.

El hombre del sobre volvió corriendo al interior.

Turner intentó incorporarse agarrándose al neumático. Una mancha oscura le crecía en el abdomen, pero seguía estirando el brazo hacia algo del interior del vehículo.

—Han disparado a Turner —informé mientras abría la puerta.

—¡Dante, no avances! —espetó Adrian de inmediato.

Otra bala impactó en la pared, apenas unos centímetros por encima de la cabeza de Turner.

Volvió a caer y se acurrucó junto a la rueda.

—¡Puede ser nuestra única pista directa hasta quien va tras Sofia!

—Tenemos hombres cubriendo la calle. ¡No te muevas sin cobertura!

Miré a Enzo, que ya se disponía a salir.

Si Turner moría allí mismo, todas las respuestas que necesitábamos podían morir con él.

—Vienes conmigo.

Corrimos hacia un camión aparcado en la esquina.

La carrocería nos protegía de la línea de fuego y pegué la espalda al metal caliente mientras intentaba localizar al tirador.

Al otro lado de la calle, Nico apareció con otro de los hombres de seguridad; los dos agachados detrás de un coche.

—¡Los disparos vienen del interior del almacén! —gritó.

Miré por la estrecha abertura entre los vehículos.

Turner estaba en el suelo, a unos metros de la furgoneta, todavía intentando alcanzar la bolsa del asiento del copiloto.

Se le resbaló el brazo en la puerta abierta y, cuando volvió a intentarlo, el movimiento fue notablemente más débil.

—¡Tenemos que sacarlo de ahí!

Nico me hizo una señal de que lo había entendido.

La radio crepitó antes de que ninguno de los dos pudiera moverse.

—Dante, voy hacia tu posición —advirtió Adrian—. ¡No entres en ese edificio!

—¡No voy a entrar!

Esperé a que cesaran los disparos.

Cuando por fin la calle quedó en silencio, eché a correr.

Mis zapatos golpeaban el asfalto mientras Nico salía por mi derecha, agachado.

Llegamos a la furgoneta casi al mismo tiempo.

Turner me vio la cara cuando me agaché a su lado y enseguida intentó arrastrarse para alejarse y arañó el suelo con los dedos.

—Vitale...

Mi nombre le salió a medio camino entre el miedo y la incredulidad.

—¿Michael Turner? —pregunté, agarrándolo por la chaqueta antes de que pudiera meterse a rastras debajo del vehículo—. Tú y yo tenemos algunas cosas que hablar.

Soltó una risa ronca que se convirtió en tos.

La sangre le corría por la comisura de los labios.

—No deberías haber venido.

Algo en su voz me hizo fijarme en su cara: no era una amenaza.

En sus ojos había una desesperación auténtica.

—Nico, ayúdame a levantarlo.

Nico se agachó al otro lado de Turner y lo sujetó por debajo del brazo.

Entonces oí un leve chasquido metálico dentro de la furgoneta y me volví.

Bajo el salpicadero, una luz roja parpadeaba en un pequeño dispositivo conectado a varios cables.

Durante una fracción de segundo, se me olvidó cómo respirar.

—¡Nico, aléjate de la furgoneta!

Solté a Turner, agarré a Nico por la chaqueta y lo arrastré lejos de la puerta abierta.

Tropezó y lo llevé a rastras unos pasos más hacia la protección del camión aparcado.

No lo conseguimos; la explosión nos alcanzó antes.

Una fuerza brutal me arrancó del suelo.

Se me llenó la vista de luz blanca y de metal volando, y ni siquiera me di cuenta de que había salido despedido hasta que me golpeé el hombro contra el asfalto.

El impacto me sacó todo el aire de los pulmones.

Intenté respirar, pero tenía la garganta llena de polvo y del sabor amargo del humo.

Cuando conseguí abrir los ojos, la furgoneta se había convertido en una masa de llamas.

Las ventanas del taller de al lado habían desaparecido y un trozo de metal retorcido se había incrustado en la pared.

El mundo parecía moverse en un silencio absoluto, salvo por el pitido agudo que me taladraba la cabeza.

Busqué a Nico.

Yacía a varios metros, moviendo los brazos como si no supiera dónde poner las manos.

—¡Nico!

Apenas oía mi propia voz.

Me arrastré por el asfalto, con un dolor ardiente atravesándome la espalda, y lo agarré del brazo.

—Mírame. ¿Puedes levantarte?

Nico parpadeó varias veces.

Le sangraba un corte cerca de la frente, pero consiguió apoyarse en un codo.

—Estoy bien... —murmuró.

Apenas lo oí.

—Pues desde luego no lo parece.

Le pasé un brazo por debajo y lo ayudé a incorporarse.

La radio crepitó en mi cintura.

Tuve que acercármela al oído para distinguir la voz de Adrian entre el pitido.

—¡Dante! ¡Respóndeme!

Pulsé el botón.

—¡Estoy aquí!

—¿Dónde estás?

—Cerca de la furgoneta. Nico está conmigo.

—¡Salid de ahí! ¡Ahora!

Miré por encima del hombro.

La puerta lateral del almacén seguía abierta, pero el hombre del sobre había desaparecido.

Las llamas ocultaban el lugar donde había caído Turner y no veía ningún movimiento entre los restos.

Si había sobrevivido, ya no había manera de llegar hasta él.

—¡Ya salgo! —respondí.

Levanté a Nico y le pasé el brazo por encima de los hombros.

Apenas habíamos empezado a avanzar cuando una puerta se cerró de golpe a nuestras espaldas.

Dos hombres armados aparecieron entre los vehículos aparcados en la zona de carga.

Empujé a Nico detrás del camión más cercano justo cuando la primera bala impactó contra la carrocería.

El disparo atravesó el pitido que tenía en los oídos.

Me agaché detrás de una rueda y busqué un hueco entre los vehículos.

Enzo devolvió el fuego desde algún punto a mi izquierda.

Uno de los hombres retrocedió hacia el almacén; el otro se quedó tras una camioneta, disparando sin exponerse.