Capítulo 17 #3
Alcé las caderas para recibirlo y él apoyó la frente contra la mía.
—Dante, voy a...
La voz me falló mientras buscaba su boca, luchando por recuperar el aliento.
—Voy a correrme.
Mantuvo los ojos clavados en los míos y le apreté los dedos mientras el placer me arrollaba y me dejaba respirando a sacudidas.
Dante me besó y, poco después, sentí su cuerpo temblar contra el mío.
Cuando lo rodeé con los brazos, hundió un instante el rostro en mi cuello y recuperó el aliento sin soltarme la mano.
Después permanecimos abrazados un largo rato.
No había prisa por separarnos ni necesidad de inventar una excusa para que yo volviera a mi habitación.
Dante me acarició la cara y sonrió; no era ninguna de las sonrisas traviesas que solía dedicarme y, de algún modo, aquella me gustó todavía más.
Más tarde me quedé tumbada con la cabeza en el pecho de Dante, viendo moverse las sombras de los árboles sobre las cortinas.
Sus dedos me recorrían el pelo despacio.
Bajo mi palma, los latidos de su corazón habían adoptado un ritmo constante, y había algo inesperadamente maravilloso en no sentir la necesidad de huir cuando por fin llegaba el silencio.
—¿Intentando calcular cómo salir por la ventana? —preguntó.
Levanté la cabeza.
—En realidad, estaba pensando que tu cama es más cómoda de lo que esperaba.
—Intentaré tomármelo como un cumplido.
Me incliné para examinar la pequeña cicatriz que tenía junto a la ceja.
A la luz tenue también distinguí el vendaje que aún le cubría parte del hombro.
Cuando le rocé el borde, Dante siguió mi mano con la mirada.
—Mañana vas al almacén —dije.
—Sí. Adrian está coordinando al equipo y Lorenzo sigue vigilando a Turner. Si todo sale según lo previsto, no estaremos allí mucho tiempo.
—Eso no me tranquiliza nada.
Me rozó el hombro con el pulgar.
—Entonces no voy a mentirte diciendo que no hay ningún riesgo.
Esa sinceridad me hizo un nudo en la garganta.
Pensé en Adrian y en la promesa que me había hecho de no usar mi seguridad como excusa para retenerme a su lado.
Los hermanos podían exasperarme de maneras completamente distintas, pero reconocía la seriedad con la que los dos se tomaban las promesas que hacían.
—Cuando vuelvas, quiero que hagamos algo normal —dije, y cambié de postura para poder mirarlo a la cara—. Salir a tomar un café, ir a una librería, caminar por la calle sin mirar cada coche que pasa.
—Lo del café parece factible. Lo de salir sin seguridad quizá requiera cierta negociación.
—Dante...
—Hablo en serio. Quiero saber qué se siente al llevarte a algún sitio sin tener que explicar por qué todas las puertas necesitan cerraduras reforzadas.
Su voz sonó tan sincera que sonreí antes de besarle el pecho.
Busqué su mano bajo la sábana y nuestros dedos encajaron con naturalidad.
—Buenas noches, Dante.
—Buenas noches, Sofia.
La luz de la mañana se coló por los resquicios de las cortinas antes de que sonara la alarma.
Estiré la mano por el colchón en busca de Dante, pero solo encontré un hueco vacío, hasta que el sonido de un botón al abrocharse me hizo levantar la cabeza.
Estaba de pie junto a la ventana, poniéndose la camisa oscura que había dejado preparada la noche anterior.
Al darse cuenta de que estaba despierta, dejó lo que hacía y se acercó a la cama.
—Lo siento. No quería despertarte.
—¿Ya te vas?
—En media hora, más o menos. Lorenzo ha confirmado que Turner sigue en el almacén y el equipo ya se está colocando.
Me incorporé y me tapé las piernas con la sábana mientras Dante se sentaba a mi lado.
Había una intimidad nueva en el simple gesto de colocarle bien el cuello de la camisa y, durante unos segundos, olvidé mis preocupaciones al comprobar lo natural que resultaba tenerlo tan cerca.
—No hagas ninguna estupidez solo porque estés impaciente por acabar con esto hoy.
—Intentaré limitar mis estupideces al mínimo imprescindible.
—Dante.
Me cogió la mano y me besó los dedos, y la sonrisa se le fue apagando.
—Haré todo lo que esté en mi mano para volver de una pieza. Y no hace falta que te pases el día entero sentada esperándome.
—No te preocupes. Maya ya me ha mandado una lista de tareas tan larga como tu ego.
Dante se rio, se inclinó hacia mí y me besó despacio.
La despedida no tuvo el peso dramático que me temía: se levantó sin más, se puso la chaqueta y consultó el móvil como si saliera para una reunión cualquiera.
Al llegar a la puerta, las ganas de llamarlo pudieron más que mi empeño en parecer tranquila.
—¿Dante?
Se volvió con una mano en el pomo.
—¿Qué?
—Cuando vuelvas, hablaremos de ese café.
La sonrisa le afloró entera, sin el menor intento de disimularla.
—Considéralo una cita.
Cuando la puerta se cerró, me quedé sentada mirando el sitio donde había estado, hasta que otro mensaje de Maya hizo vibrar el móvil y empecé a escribir la respuesta.
Había una presentación que sacar adelante, una investigación aún en curso y un hombre que había prometido volver para tomarse un café. Por primera vez, Dante no era solo una posibilidad que imaginaba a solas.
La almohada de al lado aún conservaba su calor, y eso hacía que la espera fuera muy real.