Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Sofia probó los huevos y sonrió con tanto entusiasmo que Adrian se inclinó de inmediato a besarle la mejilla.

—¿Están buenos?

—Muy buenos.

—¿Ves? —preguntó, mirándome—. Sé cocinar.

Cogí el tenedor.

—Has conseguido hacer huevos revueltos. Mandaré hacer una placa.

Sofia se echó a reír mientras Adrian me señalaba con el tenedor.

—Te has pasado diez minutos diciéndome que iba a incendiar la cocina.

—Sigo considerándolo una posibilidad.

—¡Dante! —protestó Sofia entre risas.

—¿Qué? Me preocupa mi propiedad.

Ella levantó la taza, todavía sonriente.

Un mechón de pelo le cayó sobre la cara y se lo recogió detrás de la oreja mientras se inclinaba para oír lo que Adrian le decía.

Mi hermano le cogió la mano por encima de la mesa.

—Estaba pensando que podríamos cenar temprano esta noche. Y luego abrir ese vino que traje.

—Me encantaría.

—Quizá por fin terminemos la conversación que empezamos ayer.

Sofia sonrió de una forma que me hizo prestar muchísima atención a mi plato.

—Quizá.

Adrian le besó los dedos.

Corté otro trozo de huevo y luego otro.

—¿Dante? —me llamó Sofia.

Levanté la vista.

—¿Mmm?

—¿Haces algo esta noche?

Adrian se rio.

—Cariño, seguro que tiene otros planes.

—Lo pregunto porque había pensado que podríamos cenar todos juntos.

La miré.

Sofia esperaba mi respuesta con la taza entre las dos manos.

—¿Los tres?

—Claro.

Adrian sonrió.

—Mientras no elija él el vino.

—¿Qué le pasa a mi vino?

—Compraste seis cajas de ese espantoso vino francés.

Sofia abrió mucho los ojos.

—¿Seis cajas?

Dejé el tenedor.

—Era una añada especial.

—Especialmente horrible —respondió Adrian.

Sofia se echó a reír.

—¿Lo probaste antes de comprarlo?

—Confié en la recomendación de un experto.

—De un vendedor —me corrigió mi hermano.

—Un experto en ventas.

Sofia casi se atragantó con el café.

Adrian seguía riendo cuando el teléfono vibró sobre la encimera: un nombre que reconocí. Me levanté.

—Ahora vuelvo.

Cogí el teléfono y salí por la puerta lateral.

El viento frío me golpeó la cara al cruzar el porche.

—Dime, Lorenzo.

—Hemos confirmado algo sobre el supervisor de Northline.

Bajé los dos escalones.

—Por fin, algo útil.

—El hombre que autorizó al sustituto recibió la llamada en su teléfono personal, no en la línea corporativa.

Me detuve junto al coche.

—¿Y?

—El número se activó tres días antes del evento. No aparece en ningún otro registro que hayamos podido encontrar.

Miré hacia la casa.

A través de la ventana de la cocina, vi que Sofia se levantaba a buscar algo.

Adrian la cogió de la mano al pasar y tiró de ella para darle un beso rápido.

Aparté la mirada.

—Quiero hablar con ese supervisor.

—Ya lo estoy organizando. Y, Dante...

—¿Qué?

—Voy a mandar a alguien para que examine en persona la carretera secundaria.

—¿Habéis encontrado algo?

—Todavía no. Prefiero que alguien compruebe el terreno.

—Manda a dos hombres. Quiero que uno de ellos cubra la entrada oeste.

—Entendido.

Colgué y me quedé mirando la valla.

Un pájaro salió volando de uno de los árboles y las hojas se agitaron.

La cámara más cercana cubría parte del camino que llevaba al garaje, así que abrí la aplicación de seguridad y vi cómo aparecían las imágenes una tras otra.

Satisfecho al ver que todo funcionaba, guardé el teléfono y volví a entrar.

Adrian había terminado de comer y Sofia estaba dejando los platos en el fregadero.

—¿Lorenzo? —preguntó mi hermano.

Asentí.

—Ha encontrado el número desde el que se solicitó al sustituto. Es una línea activada hace poco. Voy a hablar con el supervisor.

Adrian se puso de pie.

—Hablaremos con él.

Sofia se volvió de inmediato.

—¿Habéis averiguado quién metió a ese hombre en el evento?

—Todavía no —respondí—. Pero tenemos una pista sobre la persona que autorizó su acceso.

Se secó las manos con un trapo.

—Quiero saber lo que descubráis.

Adrian se acercó.

—Claro, cariño.

Sofia me miró a mí también.

—¿Dante?

Le sostuve la mirada.

—Lo sabrás.

Asintió, cogió su taza y se fue a por el portátil.

Adrian la siguió con la vista hasta que desapareció escaleras arriba.

Luego se volvió hacia mí.

—Quiero hablar con Lorenzo antes de que nadie vaya a ver a ese supervisor.

—De acuerdo.

Entrecerró los ojos.

—Has aceptado demasiado rápido.

Sonreí.

—¿Preferirías discutir?

—No.

—Entonces disfrútalo. Puede que sea tu única oportunidad hoy.

Mi hermano negó con la cabeza, cogió el teléfono y se fue al salón.

Lo seguí.

La mañana acababa de empezar y Lorenzo ya me había dado más problemas de los que nadie merece antes de las ocho.

Sofia apareció en el salón poco después de las nueve, con el portátil, una carpeta azul y una taza de café lo bastante grande como para mantener en pie a una oficina pequeña.

Adrian hablaba por teléfono junto a la ventana. Yo había desplegado sobre la mesa las fotografías que me había mandado Lorenzo, junto con una lista de los empleados que habían trabajado en el evento.

Dejó sus cosas en el otro extremo.

—¿Puedo trabajar aquí?

Miré las sillas vacías.

—No. Cobramos alquiler.

—Perfecto. Apúntalo a mi cuenta.

Apartó una silla, abrió el portátil y se puso a revisar la carpeta.

Volví a las fotografías.

Cinco minutos después oí un suspiro, y tres minutos más tarde, otro. Levanté la vista.

Sofia miraba fijamente la pantalla, con los labios muy apretados.

—Si suspiras una vez más, llamo al médico.

—Estoy intentando no matar a un proveedor.

—Por fin, algo que tenemos en común.

Se rio brevemente, pero volvió enseguida a teclear.

—El hombre insiste en que nunca recibió la modificación del contrato.

—¿Y la recibió?

—Sí. Tengo la confirmación del correo.

—Vuelve a enviársela.

—Ya lo he hecho.

—Llámalo.

—Ya lo he hecho.

Apoyé los brazos en la mesa.

—¿Quieres que me encargue yo?

Sofia levantó la cabeza despacio.

—¿Cómo?

—Tengo algunas ideas.

—¿Alguna incluye no amenazar a nadie?

Me lo pensé.

—Algunas incluyen amenazas moderadas.

Se echó a reír a carcajadas.

—No, gracias.

—Ni siquiera has oído mi propuesta.

—Me da miedo.

Sonreí y volví al portátil.

Sofia siguió trabajando; el repiqueteo del teclado se mezclaba con la voz grave de Adrian al otro lado de la habitación y con el tintineo ocasional de una taza contra la mesa.

Unos minutos después se agachó a recoger una hoja de papel que se había caído al suelo.

Al incorporarse, un mechón de pelo se le quedó enganchado en el cuello de la camiseta.

La observé mientras intentaba soltárselo.

Sofia se dio cuenta.

—¿Qué?

Miré el portátil.

—Nada.

—¿Tengo algo en la cara?

—No.

Entrecerró los ojos.

—Dante.

Levanté la cabeza.

—Sofia.

Nos sostuvimos la mirada hasta que al final se echó a reír.

—Eres imposible.

—Tengo referencias.

Negó con la cabeza, todavía sonriendo, y volvió al trabajo.

Acerqué una de las fotografías, decidido a acabar de examinarlas.

El problema era que ahora sabía exactamente cuánto tardaba Sofia en recogerse el pelo cuando se concentraba.

Y empezaba a desear que lo llevara suelto.

Maravilloso. Absolutamente maravilloso.

El móvil vibró e interrumpió aquel ataque de estupidez con otro documento de Lorenzo. Abrí el informe.

Contenía el registro de actividad de la tableta de Sofia, incluida una transferencia de datos que no aparecía en los hallazgos anteriores.

Amplié la página.

La exportación había comenzado unos minutos después de que Michael Turner entrara en su agenda.

Lorenzo había añadido una nota.

Aún no hemos identificado el destino.

Dejé el móvil en la mesa y empecé a escribir una respuesta.

—¿Han encontrado algo?

Levanté la vista.

Sofia me observaba.

—¿Sobre qué?

—Has puesto esa cara.

—¿Qué cara?

Me señaló.

—Esa.

Sonreí.

—Es mi cara de siempre.

—No, tu cara de siempre lleva una sonrisa porque acabas de fastidiar a alguien.

Me reí.

Sofia cerró el portátil a medias.

—¿Tiene que ver con el hombre del evento?

Miré a Adrian, que seguía al teléfono de espaldas a nosotros, antes de volver a mirarla.

—Hemos encontrado algo en tu tableta.

Se enderezó al instante.

—¿Qué?

Le di la vuelta al portátil y abrí el informe.

—¿Recuerdas que Turner entró en tu agenda después de conseguir la acreditación?

—Sí.

—Hay registro de una transferencia de archivos. Puede que hiciera copias.

Tiró del portátil hacia sí.

—¿Copias de qué?

—Aún lo están comprobando.

Sofia estudió la pantalla.

—¿Consiguió toda mi agenda?

—Todavía no lo sabemos.

Se quedó callada un momento y luego señaló una de las entradas.

—¿Esto es de cuando estuvo en la zona de servicio?

Asentí.

—Según la grabación.

Sofia fue recorriendo la pantalla con el dedo mientras seguía los registros.

Vi cambiar su expresión al llegar a la hora de la transferencia.

—Dios mío.

Acerqué la silla.

—¿Qué?

Alzó la vista.

—Mi agenda no solo tiene citas de trabajo.

Esperé.

—Hay direcciones de proveedores, contactos de clientes, números de teléfono privados e información sobre eventos que todavía no se han anunciado. Según a qué haya conseguido acceder, puede haberse llevado mucho más que mi itinerario.

Cogí el móvil.

—Le diré a Lorenzo que revise los demás archivos.

—Puedo ayudar.

La miré.

—¿Cómo?

—Conozco mis carpetas, Dante. Sé qué información contienen y qué documentos estaban disponibles en esa aplicación. Puedo decirte qué puede haber encontrado.

Por un momento, estuve a punto de decirle que no hacía falta.

Sofia siguió mirándome.

—¿Puedo?

Aparté la silla de al lado.

—Siéntate aquí.

Se acercó enseguida con el portátil.

Llamé a Lorenzo y puse el altavoz.

—¿Dante?

—Sofia está conmigo. Va a ayudar a identificar los archivos.

—Genial. Sofia, ¿recuerdas qué aplicación estaba abierta ese día?

Empezó a explicarlo.

Seguí la conversación mientras Lorenzo hacía preguntas y Sofia buscaba registros en su ordenador.

En menos de diez minutos había localizado dos carpetas a las que el intruso podía haber accedido y una tercera que pedía una contraseña aparte.

—Esa no habría podido abrirla —explicó.

—¿Segura? —preguntó Lorenzo.

—Si lo hizo, me encantaría saber cómo. Esa contraseña no la sabe ni Maya.

Sonreí.

—Y yo que pensaba que no tenías secretos.

Sofia me miró.

—Tengo muchos.

—Interesante.

—Ninguno que piense compartir contigo.

Lorenzo se rio al otro lado de la línea.