Capítulo 12
DANTE
El móvil vibró por tercera vez antes de las seis y media de la mañana.
Alargué la mano para cogerlo, tiré el reloj de la mesilla y maldije cuando el puñetero móvil se me escurrió entre los dedos.
Lorenzo.
Respondí mientras buscaba el reloj por el suelo.
—Más vale que alguien se esté muriendo.
—Buenos días a ti también.
—Son las seis y veinte de la mañana.
—Me dijiste que te llamara en cuanto tuviera algo.
Encontré el reloj debajo de la cama y me levanté.
—Pues suéltalo.
—Tenemos el informe completo de actividad de la tableta de Sofia.
Crucé el dormitorio y descorrí las cortinas. El cielo seguía gris y la lluvia del día anterior había dejado charcos a lo largo del camino que llevaba al garaje.
—¿Y?
—Ese cabrón no se limitó a mirar la agenda. Después de acceder a los archivos hubo una operación de exportación.
Interrumpí la búsqueda de la camiseta que había dejado en una silla.
—¿Lo copió todo?
—Todavía no sabemos exactamente qué se transfirió. El registro muestra que la exportación se completó, pero aún hay que identificar los archivos.
—¿Cuánto tardaréis?
—Voy a poner a dos personas con eso ahora mismo.
Cogí la camiseta.
—¿Y la empresa de iluminación?
—Northline confirmó que no tenían programado a ningún Michael Turner para ese evento. El supervisor recibió una llamada en la que le decían que uno de los técnicos estaba enfermo y que enviarían a un sustituto.
—¿Quién llamó?
—El número no pertenece a la empresa.
—Qué oportuno.
Lorenzo soltó una risa breve.
—Lo mismo pensé yo.
Me puse la camiseta y busqué las llaves del coche.
—Quiero saber quién hizo esa llamada.
—Estamos en ello. Pero hay algo más.
Me detuve junto a la puerta.
—Sigue.
—Uno de nuestros hombres, que vigila las carreteras de los alrededores, vio una camioneta oscura pasar dos veces anoche por la misma intersección.
—¿Qué intersección?
—La de la carretera secundaria, unos cuatro kilómetros antes del desvío hacia tu propiedad.
Me quedé con la mano en el pomo.
—¿A qué hora?
—A las diez y diecisiete. Y otra vez a las diez y cuarenta.
—¿La matrícula?
—La cámara no pudo captarla. Estaba lloviendo y el conductor iba demasiado rápido.
—¿Qué hacía por allí?
—Dante, es una carretera pública. Puede ser alguien que viva cerca.
—Entonces averigua quién vive cerca y comprueba si alguno conduce una camioneta oscura.
—¿Tienes idea de la cantidad de camionetas que hay en el campo?
—Menos que en Chicago. Míralo por el lado positivo.
Lorenzo suspiró.
—Te mando las imágenes.
—Y pon a alguien a vigilar esas carreteras de acceso.
—Ya está hecho. ¿Crees que podrás pasar una mañana sin meterte en líos?
—Depende de cuánto tardes en volver a llamarme.
Colgué.
Las fotografías llegaron mientras bajaba las escaleras.
Abrí la primera y amplié la imagen del vehículo hasta que empezó a perder definición.
La camioneta parecía negra, aunque podía ser azul oscuro. El barro cubría la parte inferior de la carrocería y parecía haber algo sujeto cerca de la parte trasera.
En la segunda fotografía circulaba en dirección contraria.
Guardé el móvil y entré en la cocina.
La cafetera seguía donde Sofia la había dejado la noche anterior, junto a tres tazas limpias y una lata de galletas que no recordaba haber comprado.
Abrí la lata, encontré dentro unas pastas de mantequilla y cogí dos.
Sofia solo llevaba unos días en aquella casa y ya había reorganizado la mitad de los armarios, había separado mis utensilios de cocina de las herramientas que de verdad servían para arreglar algo y había convencido a alguien de la tienda de alimentación para que le llevara productos que normalmente no se encontraban en la zona.
Ahora había galletas en una lata sobre mi encimera.
Dejé la lata destapada y puse el café.
Mientras la máquina trabajaba, llevé el portátil a la mesa y abrí las imágenes de las cámaras de seguridad.
El garaje estaba vacío, igual que la entrada principal. Cerca de la valla oeste, uno de los árboles se mecía con el viento y soltaba gotas sobre la grava.
Amplié la imagen en busca de algo fuera de lo normal, pero no encontré nada y pasé a la cámara siguiente.
—¿Siempre te levantas tan temprano?
Levanté la vista.
Adrian estaba en el umbral de la cocina, descalzo, con una camiseta blanca y unos pantalones de chándal oscuros. Tenía el pelo revuelto, y la expresión satisfecha de su cara me hizo considerar en serio la idea de volver a la cama.
—Solo cuando tengo invitados insoportables.
Sonrió y se acercó a la cafetera.
—Entonces debes de levantarte temprano todos los días.
—¿Quieres café?
—Por favor.
Cogí otra taza.
Adrian abrió la lata de galletas, inspeccionó el contenido y cogió una.
—¿Las has comprado tú?
—Tu novia.
—Claro.
Dio un mordisco y echó un vistazo a mi portátil.
—¿Hay novedades?
Le serví café.
—Lorenzo ha encontrado un registro de exportación en la tableta de Sofia. Puede que Turner haya copiado los archivos.
Adrian dejó la galleta sobre una servilleta.
—¿Qué archivos?
—Todavía lo están comprobando.
Sacó una silla y se sentó a mi lado.
—Enséñamelo.
Abrí el informe que me había enviado Lorenzo.
Adrian repasó la información, amplió la pantalla y señaló la hora registrada.
—Esto ocurrió después de que consiguiera la acreditación permanente.
—Cinco minutos después.
—¿Y nadie se dio cuenta de que usaba la tableta de Sofia?
—Las imágenes muestran a dos miembros del equipo metiendo material al mismo tiempo. Todo el mundo estaba ocupado.
Adrian volvió a desplazarse hasta el principio del documento.
—Quiero los nombres de todos los que estaban asignados a esa entrada.
—Lorenzo ya los está consiguiendo.
Asintió y pasó a la página siguiente.
Señalé las fotografías de la camioneta.
—Y también está esto.
Adrian examinó la primera imagen.
—¿Dónde?
Se lo expliqué.
Amplió una fotografía y luego la otra.
—Esa carretera da acceso a otras propiedades.
—Lorenzo ha dicho lo mismo.
—Porque es verdad.
—También es verdad que se supone que nadie sabe dónde está Sofia.
Adrian estudió la pantalla.
—¿Hay alguna conexión con los Rinaldi?
—Todavía no.
—Entonces no convirtamos en una invasión que una camioneta pase por una carretera pública.
Me eché hacia atrás en la silla.
—Claro. Esperemos a tener la matrícula, el nombre del conductor, su partida de nacimiento y las notas del instituto.
Mi hermano soltó el aire por la nariz.
—Eres especialmente irritante antes de las ocho.
—Y tú eres especialmente lento cuando estás de buen humor.
Adrian me miró.
Entonces se echó a reír.
—¿Celoso porque he dormido bien?
Cogí mi taza.
—Tengo envidia de cualquiera que consiga dormir más allá de las seis y media con Lorenzo trabajando para nosotros.
Volvió a concentrarse en el informe, sin dejar de sonreír.
Adrian envió un mensaje y, unos segundos después, su teléfono vibró.
—Lorenzo me está reenviando los registros de acceso al evento.
—Excelente. Ahora puede fastidiarnos a los dos por igual.
Mi hermano se levantó y se acercó a la nevera.
—Sofia todavía está durmiendo. He pensado prepararle algo para desayunar.
—Tenemos huevos.
—Ya lo he visto.
—También hay pan.
Abrió un cajón.
—Dante, sé buscarme la comida.
Lo observé mientras buscaba una sartén.
—¿Qué vas a preparar?
—Huevos revueltos.
—Qué ambicioso.
Adrian puso una sartén en los fogones.
—¿Vas a comer o vas a seguir hablando?
—Puedo hacer las dos cosas.
Abrió el cartón de huevos.
—Entonces corta el pan.
Lo miré.
—¿Llegaste ayer y ya estás dando órdenes en mi cocina?
—Ajá.
—Asombroso. Está claro que se te está pegando algo de Sofia.
Adrian se echó a reír.
Saqué una tabla de cortar del armario y empecé a cortar el pan.
Cascó dos huevos en un cuenco y se puso a rebuscar por la encimera.
—¿Dónde está la sal?
Señalé el armario.
—La segunda puerta.
Lo abrió.
—Aquí no hay nada.
—Detrás del aceite de oliva.
Apartó la botella y encontró la sal.
—¿Por qué guardas la sal detrás del aceite de oliva?
—Pregúntaselo a tu novia.
Adrian se dio la vuelta con la sal en la mano.
—¿Te ha reorganizado la cocina?
—Tu novia me ha reorganizado la existencia entera. Llevo desde el martes buscando mis cosas.
Se echó a reír.
—Te lo advertí.
—Podrías haber sido más específico.
—Hizo lo mismo con mi dormitorio. Un día llegué a casa y descubrí que me había ordenado todas las corbatas por colores.
—Comportamiento inquietante.
—Lo inquietante fue descubrir que me gustaba.
Negué con la cabeza.
—No tienes remedio, hermanito.
Adrian sonrió mientras removía los huevos.
—Ninguno.
Puse otra rebanada de pan en la cesta.
Unos pasos en la escalera nos hicieron levantar la vista casi al mismo tiempo.
Sofia apareció en la puerta de la cocina con unos pantalones suaves de estar por casa y una camiseta clara que se le resbalaba por un hombro.
Llevaba el pelo suelto y un poco enredado, y se frotaba un ojo con el dorso de la mano.
Se detuvo al vernos junto a los fogones.
—Ay, Dios mío.
Adrian sonrió.
—Buenos días, cariño.
—¿Estáis cocinando?
—Yo sí —respondió él.
Señalé hacia la cesta del pan.
—Yo superviso.
Sofia se echó a reír y fue directa hacia Adrian.
Él dejó la cuchara, la rodeó por la cintura y la besó.
Ella se acurrucó contra su pecho, murmuró algo que no llegué a oír y recibió otro beso.
Cogí el café y me lo bebí a pesar de lo caliente que estaba.
—¿Pensáis desayunar hoy o mañana?
Sofia se apartó de Adrian, todavía sonriente.
—Buenos días, Dante.
—Eso ya lo he dicho yo. Dos veces. Nadie escuchaba.
Miró hacia la mesa.
—¿Has cortado el pan?
—Una contribución revolucionaria a la gastronomía local.
—Estoy impresionada.
—Como debe ser.
Adrian volvió a los fogones mientras Sofia se dirigía a la cafetera.
Antes de que pudiera coger una taza, cogí la que había apartado y se la puse delante.
—Cuidado. Está caliente.
Cogió el asa.
—Gracias.
Sofia probó un sorbito, hizo una mueca y dejó la taza.
—Está muy caliente.
Sonreí.
—Exactamente lo que he dicho.
Me lanzó una mirada.
—Podrías haber esperado a que se enfriara antes de servírmelo.
—¿Y perderme la oportunidad de oírte quejarte?
Abrió la boca para responder, pero Adrian se acercó con los platos.
—Venid a comer antes de que se enfríen los huevos.
Nos sentamos.