Capítulo 7 #2
—¿Esa es tu explicación?
—A mí me ha parecido convincente.
—Dante.
Suspiró, aunque conservó una leve sonrisa.
—Tengo fotografías, Sofia. Es solo que no las guardo aquí.
—¿Por qué no?
Se reclinó contra la encimera y miró hacia la ventana a oscuras.
—Porque ya paso bastante tiempo siendo un Vitale en todos los demás sitios.
Dejé de sonreír.
Dante pareció darse cuenta, pero siguió con la misma voz tranquila.
—En la finca, en Chicago, en cualquier reunión familiar, soy el hijo de alguien, el hermano de alguien o el hombre al que acude la gente cuando necesita que le resuelvan un problema. Aquí no tengo que ser nada de eso, a menos que quiera.
Lo observé.
Por una vez, no se estaba burlando de mí ni intentaba convertir la conversación en algo sugerente.
Simplemente respondía.
—¿Así que aquí es donde vienes a huir de todo el mundo?
—Más o menos.
—¿Incluso de Adrian?
—Sobre todo de Adrian, cuando decide que sabe lo que es mejor para mí.
Me reí por lo bajo.
—Eso me resulta familiar.
Dante me miró a los ojos.
—Supuse que lo entenderías.
Volví a mirar hacia el salón y pensé en lo tranquila que me había parecido la casa antes de que las fotografías y los mensajes amenazantes hicieran que todas las ventanas pareciesen sospechosas.
—Creo que sí —admití—. Solo que ojalá hubiera venido por decisión propia.
El humor se le borró de la cara.
—Me parece justo.
Agradecí que no intentara restarle importancia a lo ocurrido.
Al cabo de un momento, volví a mirarlo.
—Hay algo más.
Arqueó una ceja.
—Cómo no.
—Me dijiste que nunca habías traído a una mujer aquí.
—Lo recuerdo.
—Y, por lo visto, ni siquiera dejas que entren aquí las fotos de tu familia.
—Las fotografías respetan muy mal la intimidad.
Sonreí sin poder evitarlo, pero le mantuve la mirada.
—Entonces, ¿por qué me trajiste a mí?
La pregunta sonó distinta ahora que la había dicho en voz alta.
La sonrisa de Dante se apagó poco a poco y, durante un instante, se limitó a mirarme.
—Porque necesitaba un lugar seguro para ti.
Asentí.
Lo sabía.
Aquella casa era el escondite que había elegido después de sacarme de la finca de Adrian contra mi voluntad. Seguía enfadada por cómo había sucedido todo, y saber más cosas sobre Dante no lo borraba.
Pero sí me hizo preguntarme lo que le habría costado meter a alguien en el único lugar que había mantenido deliberadamente al margen del resto de su vida.
Antes de que pudiera preguntárselo, volvió a sonreír.
—Además, Sofia, ya te has quejado de mi ropa, has reorganizado media cocina y has intentado echarme de mi propia cama. Si trajera aquí a otra persona, seguro que exigirías una reunión de la comunidad de propietarios.
Solté una carcajada.
—Yo no he reorganizado tu cocina.
—Has cambiado las tazas de sitio.
—Porque estaban en un armario que no tenía ningún sentido.
—¿Lo ves?
Me reí aún más y me cubrí la cara con una mano.
Dante me observó un momento, todavía sonriendo, y luego entrecerró un poco los ojos.
—Tienes algo aquí.
Me señalé la boca.
—¿Dónde?
—En la comisura.
Me limpié con una servilleta.
—¿Ya está?
Soltó una risita.
—Ahora te estás limpiando el lado equivocado.
Puse los ojos en blanco, cogí otra servilleta y me limpié la comisura de los labios.
Seguía sonriendo.
—¿Mejor?
Asintió.
—Trágico. Ya empezaba a gustarme.
Negué con la cabeza.
Fue entonces cuando me fijé en una pequeña mancha de mostaza en la comisura de sus labios.
Empecé a reírme.
—Te estás burlando de mí, ¿y tú te has mirado la boca?
Dante arqueó una ceja.
—¿Qué le pasa?
—Mostaza.
Se limpió el lado equivocado con el pulgar.
—¿Ya está?
—No. En el otro lado.
Lo intentó de nuevo, pero la mostaza seguía allí.
Solté un suspiro exagerado.
—Ay, Dios mío, Dante.
Cogí una servilleta y me incliné por encima de la encimera.
Le apoyé los dedos con suavidad en la barbilla para que se estuviera quieto y le limpié la comisura de los labios.
El gesto me resultó tan natural que no me di cuenta de lo cerca que estábamos hasta que terminé.
Dante me estaba mirando.
La mano se me detuvo sobre su cara.
Sus ojos bajaron un instante hacia mi boca antes de volver a los míos, y sentí la leve presión de su mandíbula bajo las yemas de mis dedos.
No se apartó ni hizo ninguna broma; se limitó a esperar.
Se me aceleró el corazón.
Retiré la mano.
—Ya está.
Dante siguió mirándome un momento.
—Gracias.
Su voz sonó más baja que antes.
Dejé la servilleta sobre la encimera y retrocedí un paso.
—De nada.
Cogí el vaso de agua, aunque no tenía sed.
Dante se quedó callado mientras yo bebía un sorbo. Cuando levanté la vista, aquella sonrisa había vuelto.
—¿Sofia?
Cerré los ojos un instante.
—¿Y ahora qué?
—Solo quiero que sepas que no tienes que inventarte excusas para tocarme.
Me giré al instante.
—¡Tenías mostaza en la boca!
Su sonrisa se ensanchó.
—Solo digo que, si alguna vez te apetece volver a hacerlo, estoy disponible.
A pesar de lo avergonzada que estaba, me eché a reír.
—No tienes ni pizca de vergüenza.
—No mucha.
Dante cogió su vaso y fue hacia el fregadero.
Me quedé mirándole la espalda unos segundos antes de darme cuenta de que todavía tenía la servilleta usada en la mano.
La tiré a la basura justo cuando mi teléfono empezó a sonar.
Miré la pantalla.
Adrian.
Sonreí de inmediato.
—Hola, cariño.
La imagen tardó un segundo en estabilizarse.
Adrian estaba sentado en la cama, con una camiseta oscura y el pelo revuelto. La lámpara de la mesilla le iluminaba la mitad de la cara y hacía aún más evidente el cansancio que había intentado ocultar durante su visita.
Cuando me vio, sonrió.
—Por fin.
Me reí.
—¿Por fin qué?
—Empezaba a pensar que me habías dejado por tu trabajo.
Miré de reojo mi portátil, que seguía abierto en el salón.
—Casi.
Adrian ladeó la cabeza.
—Sofia.
—¿Qué?
—¿Tienes idea de qué hora es?
Miré el reloj.
—Las doce y veinte.
Alzó las cejas.
—¿Y sigues trabajando?
—Estábamos revisando un par de cosas del evento.
Su expresión cambió.
—¿Habéis encontrado algo?
Asentí y le expliqué rápidamente lo de la acreditación falsa y que alguien había utilizado mi tableta para autorizar el acceso.
Adrian escuchó sin interrumpirme, hizo dos preguntas y confirmó que hablaría con Lorenzo por la mañana.
—Ojalá estuviera allí —dijo cuando terminé.
Apoyé el móvil contra la encimera.
—Has estado aquí hoy.
—Y no ha sido ni de lejos suficiente.
Sonreí.
Adrian se acomodó mejor contra el cabecero.
—¿Qué tal el resto de la noche?
Pensé en el baile, la partida de billar y la derrota que Dante, sin duda, se pasaría el resto de la semana recordándome.
—Dante me ganó al billar.
Adrian empezó a reírse.
—¿Os jugasteis algo?
Miré hacia el techo.
—Puede.
Su sonrisa se ensanchó.
—Sofia...
—Era una apuesta inocente.
—Conociendo a mi hermano, lo dudo.
Me reí.
—Le debo un favor.
Adrian cerró los ojos un instante.
—Claro que sí.
—Todavía no ha decidido qué quiere.
Sacudió la cabeza entre risas.
—De verdad tienes que dejar de hacer apuestas con Dante.
—¡Iba a ganar!
—Esa frase suele preceder a una decisión desastrosa.
Volví a reírme.
Adrian me observó mientras su sonrisa se volvía poco a poco más afectuosa.
—Echaba de menos oírte reír así.
Una calidez se me extendió por el pecho.
—Me has visto hace unas horas.
—Lo sé.
Se pasó una mano por el pelo.
—Pero me gusta tenerte lo bastante cerca como para robarte un beso en mitad de una conversación.
Sonreí.
—Lo haces bastante a menudo.
—No lo suficiente.
Apoyé la mejilla en la mano.
—¿Intentas hacer que te eche de menos?
Adrian alzó una ceja.
—¿Está funcionando?
—Muchísimo.
Sonrió.
Estudié su rostro en la pantalla.
Lo conocía de memoria: la forma en que entornaba los ojos al reírse, la pequeña marca junto a la barbilla y su costumbre de pasarse los dedos por el pelo cuando estaba cansado.
Echaba de menos las cosas más ridículamente cotidianas.
Encontrármelo en la cocina por la mañana, pelearme por un poco de espacio en el baño y oírlo llamarme desde otra habitación solo para preguntarme dónde había puesto algo que tenía justo delante.
—Ojalá pudiera dormir a tu lado esta noche —susurré.
La expresión de Adrian se suavizó.
—Yo también, cariño.
Se inclinó un poco más hacia la cámara.
—¿Sabes qué echo de menos?
—¿Qué?
—Que te quejes de que te robo las mantas.
Me reí.
—¡Porque lo haces!
—Duermes prácticamente encima de mí. Nunca queda nada de manta.
—Eso es mentira.
Adrian alzó las cejas.
—Sofia, una vez me desperté con tu rodilla clavada en la espalda y la mitad de mi almohada en el suelo.
Me eché a reír, pero el recuerdo de haberme despertado abrazada a Dante aquella mañana me asaltó de pronto y mi sonrisa vaciló una fracción de segundo.
Adrian seguía hablando de nuestras discusiones sobre el aire acondicionado.
Me obligué a volver a la pantalla y lo observé imitar mi voz quejándose del frío.
Volví a reírme.
—Eres un imitador pésimo.
—Soy excelente.
—No lo eres.
Sonrió.
—Cuando vuelvas, te lo demostraré.
Aquellas palabras me encogieron el pecho.
«Cuando vuelvas».
Quería volver.
Quería mi piso, mi rutina y mi trabajo sin cámaras de seguridad ni llamadas amenazantes.
Y quería a Adrian.
—¿Crees que esto va a durar mucho más? —pregunté.
Se puso serio de inmediato.
—Todavía no lo sé.
Asentí.
Adrian se inclinó hacia delante.
—Pero cada vez estamos más cerca de encontrar respuestas. Y, cuando todo esto acabe, quiero pasar unos días a solas contigo.
Sonreí.
—¿Unos días?
—Al menos una semana.
—¿Sin trabajar?
Fingió sopesar la pregunta.
—Puedes contestar correos. Pero solo si llevas puesta una de mis camisas y estás sentada en mi regazo.
Me reí.
—Eso no suena muy productivo.
Su sonrisa se volvió pícara.
—La productividad no es precisamente mi prioridad.
Me ardieron las mejillas.
—¡Adrian!
Se echó a reír.
Seguimos hablando unos minutos más.
Adrian me contó que aquella tarde había tenido una reunión especialmente irritante, y aproveché para recordarle que tenía que dejar de tratar su agenda como si fuera una simple sugerencia.
Me respondió que, si quería, podía encargarme oficialmente de organizarle la vida.
Le dije que le cobraría una fortuna.
Adrian sonrió.