Capítulo 7
SOFIA
Encontré el portátil debajo de una blusa que todavía no había guardado y desenchufé el cargador antes de salir del dormitorio.
Dante me esperaba en el pasillo, apoyado contra la pared con el móvil en la mano. Levantó la vista cuando aparecí y la paseó por todo lo que intentaba cargar.
—¿Piensas llevarte el dormitorio entero?
—Me llevo el ordenador.
—¿Y esa carpeta?
—Documentos.
Señaló el cuaderno que llevaba debajo del brazo.
—¿Y eso?
—Notas.
Dante se guardó el móvil en el bolsillo y me quitó la carpeta de la mano.
—¿Sabes que los ordenadores se inventaron para que la gente no tuviera que ir cargando con todas esas cosas?
—¿Sabes que los modales se inventaron para que la gente no sintiera la necesidad de hacer comentarios innecesarios?
Sonrió de inmediato.
—Me alegra saber que sigues de tan buen humor.
Pasé por delante de él hacia las escaleras. Dante me siguió con la carpeta que me había quitado y esperó hasta que llegamos al salón para apartar nuestras copas de vino de la mesa.
Eran casi las once y media.
Llevábamos horas despiertos y aún me duraba en la boca el sabor del vino que habíamos compartido después de cenar. Nuestra partida de billar había terminado con Dante celebrando una victoria que, para mí, solo había conseguido porque se había pasado media partida intentando distraerme.
Pero ahora teníamos la fotografía de un hombre que quizá nos seguía desde el evento de la familia Vitale.
Me senté en el sofá y abrí el portátil.
Dante acercó una silla.
—¿Cómo se llamaba la empresa?
—Northline Lighting. Se encargaron de parte del montaje de la iluminación.
Encontré la carpeta del evento y abrí la lista de proveedores. El archivo se cargó enseguida y mostró los nombres de los equipos contratados, los horarios de montaje y las autorizaciones de acceso.
—Seis empleados —dije mientras recorría la lista—. Northline tenía seis técnicos registrados.
Dante se inclinó hacia delante para ver la pantalla.
—¿Reconoces alguno de los nombres?
—No, pero recuerdo que hubo un problema en la entrada de servicio. Apareció un hombre diciendo que venía a sustituir a un empleado que no se había presentado.
—¿Y le dejaste pasar?
Miré a Dante.
—Autoricé una acreditación temporal mientras verificaban su documentación.
Encontré el registro de la sustitución y abrí los detalles: Michael Turner, un nombre que no me decía nada.
Su entrada se había registrado a las 17:58, pero otro detalle me llamó la atención. Dieciséis minutos después, alguien había cambiado su acreditación temporal por una permanente.
Y, según el sistema, yo misma había autorizado el cambio.
—Esto no está bien.
Dante arrimó más la silla.
—¿Qué pasa?
Giré el portátil hacia él.
—Yo no autoricé esto.
Estudió el registro.
—Ahí aparece tu nombre.
—Lo sé. Pero yo no lo hice.
Volví a la página anterior y busqué el dispositivo con el que se había aprobado el cambio.
Cuando encontré el número de identificación, se me encogió el estómago.
Era mi tableta, la misma que había dejado en el mostrador de producción mientras resolvía un problema con los arreglos florales.
Dante se fijó en mi expresión.
—¿Sofia?
—Alguien usó mi tableta para autorizarse el acceso.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de coger el móvil.
—Voy a enviárselo a Lorenzo.
Asentí y reenvié los registros.
Mientras Dante explicaba lo que habíamos descubierto, abrí la carpeta con las fotografías del evento y empecé a revisar las imágenes tomadas cerca de la entrada de servicio.
No tardé en encontrar una en la que aparecía parte del mostrador donde había dejado la tableta.
El hombre estaba justo allí.
Salía de perfil, con una acreditación temporal amarilla, de pie junto a la impresora de acreditaciones.
Le enseñé la fotografía a Dante en cuanto colgó.
—Es él.
Dante cogió el portátil, amplió la imagen y estudió el rostro del hombre.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Me miró.
—Entonces tenemos pruebas de que ese cabrón estuvo allí.
Sentí alivio y rabia a la vez.
La fotografía explicaba por fin aquel recuerdo difuso de haber visto a ese hombre dando vueltas por el salón de baile. Pero saber que había usado mi propio equipo para colarse en el evento me hacía hervir la sangre.
—Voy a pedir todas las grabaciones de seguridad —añadió Dante—. Lorenzo se encargará del resto.
Alargué la mano hacia el portátil.
—Quiero comprobar una cosa más.
Me lo devolvió sin discutir.
Volví a revisar el registro, pero ya había enviado todo lo que podía servir. La lista de proveedores, la hora de entrada, el nombre falso y la fotografía ya los tenía Lorenzo. Lo demás dependería de las cámaras o de que la empresa lo confirmara.
Cerré la última ventana.
Dante me observaba.
—¿Has terminado?
—Por ahora.
—Excelente.
Se levantó y se dirigió a la cocina.
—¿Adónde vas?
—A comer.
Miré el reloj.
—Dante, cenamos hace unas horas.
Abrió la nevera.
—Ya lo sé.
—¿Tienes algún problema con la comida?
Dante miró por encima del hombro.
—Sí. Siempre se me acaba.
Solté una carcajada.
Sacó queso, pan y algunas cosas más que no supe identificar, y lo dejó todo sobre la encimera.
—¿Quieres un poco?
—No tengo hambre.
—Entonces, ¿te vas a quedar mirándome?
—Probablemente.
Volvió a sonreír.
—En ese caso, intentaré dar un buen espectáculo.
Acabé acompañándolo en la cocina.
Dante había puesto una sartén en el fuego y estaba preparando algo con pan, queso y jamón. La música que habíamos dejado puesta en el salón aún se oía, ahora más baja, mezclada con el chisporroteo de la mantequilla.
Me senté en uno de los taburetes.
—¿Siempre comes en plena noche?
—Cuando estoy despierto.
—Muy esclarecedor.
Le dio la vuelta a uno de los sándwiches.
—Intento evitar las preguntas difíciles después de las once.
Apoyé los codos en la encimera.
—Eso explica por qué nunca respondes a nada sobre tu vida personal.
Dante alzó la vista.
—¿Quieres saber cosas de mi vida personal?
—Solo hago una observación.
—Pregunta lo que quieras, Sofia. Soy un hombre sorprendentemente interesante.
Me reí.
—Sobre todo en tu opinión.
Apagó el fuego y pasó los sándwiches a un plato. Después cortó uno por la mitad y deslizó un trozo hacia mí.
Miré el pan.
—He dicho que no tenía hambre.
—Te he oído.
—Entonces, ¿por qué has puesto eso ahí?
Dante dio un mordisco a su propio sándwich.
—Porque llevas dos minutos mirando fijamente el mío.
Abrí la boca para protestar, pero el olor del queso fundido me hizo cambiar de opinión.
Cogí la mitad que había apartado.
Dante sonrió.
—Impresionante. Otra victoria.
—Eres ridículamente competitivo.
—Y tú pierdes a un ritmo alarmante.
Lo señalé con el sándwich.
—Respecto a la partida de billar, quiero dejar una cosa muy clara. Hiciste trampas.
Se echó a reír.
—¿Cómo?
—No parabas de distraerme.
—Sofia, estaba de pie junto a la mesa.
—Exactamente.
Dante arqueó las cejas.
—¿Mi presencia te distrae?
Reconocí la trampa un segundo demasiado tarde.
Su sonrisa se ensanchó al ver mi expresión.
—Qué interesante.
—Eso no es lo que he dicho.
—Casi lo mismo.
Negué con la cabeza y mordí el sándwich.
Estaba delicioso.
Dante observó mi reacción con la expresión satisfecha de un hombre que ya conocía la respuesta.
—¿Está bueno?
—Aceptable.
—Deberías buscarte un cumplido nuevo.
—Y tú deberías dejar de sonsacarlos.
Se acercó para coger la botella de agua del estante que había detrás de mí. Su brazo pasó junto a mi hombro y tuve que girar un poco la cara para dejarle espacio.
Percibí el aroma de su colonia antes de que se apartara.
Bergamota y cedro, una combinación que empezaba a reconocer con una facilidad cada vez más inoportuna.
Dante dejó la botella sobre la encimera y me miró.
—¿Qué?
—Nada.
Sonrió.
—Sofia, pones una cara muy interesante cuando intentas fingir que no ha pasado nada.
—Estaba comiendo.
—Claro.
Di un sorbo de agua para no tener que responder.
Dante volvió al otro lado de la encimera, todavía sonriendo, mientras yo terminaba el sándwich y lo observaba.
Resultaba asombroso lo cómodo que parecía sentirse en casi cualquier situación. Podía pasarse una hora hablando de amenazas con Lorenzo y, unos minutos después, estar en la cocina bromeando como si no estuviera ocurriendo nada especialmente preocupante.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto vayas a arrepentirte de la respuesta.
Me reí.
—¿Eres capaz de mantener una conversación normal?
—Claro. Es que no le veo mucho sentido.
Apoyé la barbilla en la mano.
—¿Por qué compraste esta casa?
Dante dejó de limpiar la encimera y me miró.
—¿Tanto te gusta?
—Es una casa preciosa. Pero está a kilómetros de todo, no hay vecinos y está claro que no pasas mucho tiempo aquí.
—¿Ahora investigas mis propiedades inmobiliarias?
—Dante.
Sonrió, tiró el papel de cocina usado a la basura y se apoyó en la encimera, frente a mí.
—Me gusta tener un sitio donde la gente no pueda presentarse sin invitación.
—¿Tu familia invade tu espacio personal tan a menudo?
Dante se rio.
—Has conocido a Adrian. Ya sabes la respuesta.
Sonreí.
Cogió el agua y dio un par de sorbos.
—En la ciudad siempre hay alguien que quiere algo. Un favor, una reunión, una firma. Aquí puedo apagar el teléfono y pasar dos días sin oír a nadie quejarse de mis decisiones.
—Acabas de describir el paraíso.
Dante arqueó las cejas.
—Por fin empiezas a apreciar mi excelente gusto.
Eché un vistazo a la cocina.
Como el resto de la casa, estaba decorada con mucho gusto. Todo parecía escogido con cuidado, desde la iluminación hasta las obras de arte de las paredes.
Sin embargo, había algo en aquel lugar que me incomodaba desde que llegamos, y de pronto me di cuenta de qué era.
—Hay algo extraño en esta casa.
Dante miró a su alrededor.
—¿Aparte de la mujer que no deja de insultar a su dueño?
Lo ignoré.
—No hay ni una sola fotografía.
Su sonrisa se apagó un poco cuando señalé hacia el salón.
—Ni fotos de familia, ni de amigos, nada personal. Parece que alguien dedicó mucho tiempo a hacer que todo quedara precioso, pero no quiso dejar ningún rastro de sí mismo.
Dante me observó un instante.
—Quizá me gustan más los muebles que la gente que conozco.
Arqueé una ceja.