Capítulo 3 #2
La conversación se prolongó otros quince minutos.
Cuando terminamos, Maya se quedó en la llamada para repasar los siguientes pasos, pero, antes de que pudiera empezar, le entró otra llamada.
—Es recepción —dijo.
Asentí.
Respondió y desapareció de la cámara durante varios segundos.
Volví a ordenar mis archivos e intenté ignorar el impulso de preguntarle en ese mismo instante qué pasaba.
Cuando Maya regresó, algo había cambiado en su expresión.
—Sofia, seguridad ha encontrado algo.
Dejé de teclear.
—¿Qué?
—El hombre ha dejado un sobre en recepción.
—¿Qué hay dentro?
—No lo han abierto. Va dirigido a ti.
Me quedé mirando la pantalla.
«¿Mi nombre estaba escrito por fuera?»
—Maya, no lo toques.
—No pensaba hacerlo.
Respiró hondo.
—Lorenzo ya ha enviado a alguien. La recepcionista ha dicho que se lo entregará directamente a él.
Asentí, aunque seguí mirando a Maya, incapaz de formular la siguiente pregunta.
—¿Reconociste algo en ese hombre? —pregunté por fin.
—No. Traje oscuro, pelo corto, unos cuarenta años. Hablaba con normalidad. Si no hubiera empezado a hacer preguntas raras, habría pensado que era un cliente.
Me froté la frente.
—Vale.
Maya se inclinó hacia la cámara.
—Sofia, no empieces a pensar que deberías estar aquí. He hecho exactamente lo que habrías hecho tú.
—Lo sé.
—Entonces deja de poner esa cara.
La miré.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando crees que tienes que solucionarlo todo tú sola.
Solté una risa sin ganas.
—Pasas demasiado tiempo conmigo.
—Trece años. A estas alturas, lo considero un riesgo laboral.
A pesar de mi preocupación, sonreí.
Terminamos de revisar los archivos y colgamos.
Me quedé unos segundos delante del ordenador antes de levantarme.
Tenía que contarle a Dante lo del sobre, pero no tenía ni idea de dónde se había metido.
Lo encontré en el porche trasero, arrodillado junto a una pequeña caja metálica fijada a la pared.
Tenía las herramientas desplegadas sobre un paño y un cable negro atravesaba una abertura cerca del rodapié.
—¿Qué haces?
Alzó la vista.
—Intento mejorar la conexión antes de que le declares la guerra al equipo.
Me acerqué.
—Internet ha ido bien durante la reunión.
—Bien.
—Maya acaba de decirme que el hombre ha dejado un sobre con mi nombre.
Dante dejó de ajustar el cable.
—¿Dónde?
—En recepción. Lorenzo ha enviado a alguien a recogerlo.
Cogió el teléfono que había dejado en una silla y miró la pantalla.
—Nadie me ha dicho nada todavía.
—Lo acaban de encontrar.
Dante empezó a escribir y esperé mientras enviaba el mensaje. Luego se puso de pie, guardó una de las herramientas y recogió el cable.
—No quiero que Maya se quede hoy sola en esa oficina —dijo.
—Yo tampoco.
—Lorenzo puede encargarse de que alguien se quede con ella.
—Primero voy a hablar con ella.
Dante alzó la vista.
—Sofia, esto no es una cuestión de orgullo.
Noté que la irritación me subía al instante.
—No he dicho que lo fuera.
—Pues no lo conviertas en una discusión conmigo. Alguien fue a tu oficina preguntando por ti y dejó un sobre con tu nombre. Necesito saber si piensan usar a la gente cercana a ti para averiguar dónde estamos.
Me cruce de brazos y sentí la brisa fría recorrer el porche.
—Estoy preocupada por Maya, Dante. Es mi amiga. Lleva años trabajando conmigo y ahora se presentan desconocidos en nuestra oficina por problemas que empezaron con tu familia.
Me sostuvo la mirada.
—Lo sé.
—No sabes lo que es estar aquí sentada, viendo cómo pasa todo esto sin poder hacer nada.
Su expresión se endureció un poco.
—¿Crees que no lo sé?
La pregunta me hizo vacilar.
Dante dejó la herramienta sobre la mesa de trabajo y se acercó sin apartar los ojos de los míos.
—Tienes todo el derecho a estar furiosa. Lo que no necesitas es gastar energía en convencerme de que esto es grave.
Abrí la boca para discutir, pero no se me ocurrió nada que no fuera repetir lo que ya habíamos dicho.
Cogió el teléfono.
—Habla con Maya. Dile que alguien la acompañará cuando se marche. Hablaré con Lorenzo en cuanto reciba el sobre.
Eché un vistazo a las herramientas esparcidas por el suelo.
—¿Vas a terminar esto?
Dante siguió mi mirada.
—Probablemente. A menos que pienses sabotear internet para librarte de la próxima reunión.
Solté el aire con fuerza por la nariz.
—Qué gracioso.
—Lo intento.
Pasé junto a él y volví dentro.
Antes de llegar a la puerta, oí otra vez su voz.
—Sofia.
Me volví.
Dante estaba recogiendo el cable, con las mangas subidas hasta los antebrazos.
—Hiciste bien en contarme lo de esa llamada. No esperes a que pase algo más para avisarme.
Asentí.
—De acuerdo.
Entré antes de que pudiera añadir nada más.
El sobre llegó a manos de Lorenzo poco después del mediodía.
Me enteré cuando Dante apareció en la cocina mientras yo intentaba prepararme algo de comer.
Tenía el teléfono en la mano y el gesto sombrío.
—¿Han encontrado algo? —pregunté.
Se detuvo al otro lado de la encimera.
—Todavía lo están examinando. Lorenzo no quiere que nadie lo abra hasta que hayan revisado el sobre en sí.
Apagué el fuego.
—¿Crees que hay otra fotografía?
—Podría ser.
—¿Mía?
Dante vaciló.
Eso bastó para irritarme.
—No hagas eso.
Alzó la vista.
—¿El qué?
—Esa cara. ¿Sabes algo?
—No sé qué hay dentro.
—Entonces deja de mirarme como si estuvieras a punto de anunciar una tragedia.
Dante dejó el teléfono sobre la encimera.
—Sofia, estoy intentando averiguar quién envió a un desconocido a tu oficina. Si prefieres que sonría mientras lo hago, puedo intentarlo.
Me quedé mirándolo.
Y entonces, sin poder evitarlo, me eché a reír.
—Eres idiota.
Le tembló la comisura de la boca.
—¿Mejor?
Negué con la cabeza y volví a los fogones.
—Estoy haciendo huevos.
Dante echó un vistazo a la sartén.
—¿Intentas vengarte por lo del desayuno?
—Intento comer.
Se acercó, examinó lo que había echado en la sartén y arqueó una ceja.
—¿Con eso?
Miré los huevos.
—¿Qué les pasa?
—Nada. Si estás haciendo un experimento científico, lo estás bordando.
Me aparté para que los viera mejor.
—Pues hazlos tú.
Dante cogió la espátula, apagó el fogón y examinó el fondo de la sartén.
—¿Les has echado sal?
—Sí.
—¿Cuánta?
—La suficiente.
Probó un poco, masticó y me miró.
—Sofia.
—¿Qué?
—¿Piensas conservar estos huevos para el invierno?
Le arrebaté la espátula de la mano.
—Sal de mi cocina.
Sonrió de inmediato.
—¿Tu cocina?
Miré la encimera.
Luego a él.
—Sabes a qué me refiero.
Dante se rio y abrió el frigorífico para buscar otra cosa.
En cuestión de minutos, había puesto una sartén limpia en los fogones y reunido los ingredientes para una tortilla.
Lo observé cortar los tomates.
—Te lo estás pasando demasiado bien.
—¿Bien con qué?
—Con descubrir cosas que no sé hacer.
Alzó la vista.
—Sofia, ya sabía que no sabes cocinar.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Le contaste a todo el mundo en la comida del domingo que habías conseguido quemar el agua, no sé cómo.
—Estaba bromeando.
—Ahora ya no estoy tan seguro.
Le lancé un paño de cocina.
Dante lo atrapó antes de que le diera en la cara y se lo echó al hombro entre risas.
Me aparté para sacar los platos del armario.
Cuando regresé, se había desabrochado los primeros botones de la camisa.
Pasé la mirada de los botones abiertos de la camisa a los fogones.
¿De verdad era necesario?
Dante me pilló mirándolo.
—Hace calor aquí.
—Hay una ventana.
—También tengo botones.
Se desabrochó otro.
Solté una risa incrédula.
—Lo estás haciendo a propósito.
Dante ladeó la cabeza.
—¿Desabrocharme la camisa?
—Provocarme.
No borró la sonrisa, pero tardó en responder.
—Ayer me dijiste que no querías que coqueteara contigo.
Sentí que me ardía la cara.
—Lo recuerdo.
Volvió a centrarse en la sartén.
—Entonces no estoy coqueteando. Estoy cocinando.
Miré su camisa abierta.
—Qué conveniente, la verdad.
Dante se rio entre dientes.
—Sofia, si quisiera coquetear contigo, lo sabrías.
Lo dijo con tanta naturalidad que tuve que apartar la mirada.
Cogí los platos y empecé a poner la mesa.
La tortilla estuvo lista unos minutos después. Dante apagó el fuego y llevó la sartén a un salvamanteles.
Al pasar junto a mí, me llegó el aroma de su colonia.
Bergamota y cedro.
El mismo aroma que se había quedado impregnado en la chaqueta que me había prestado la noche anterior.
Apreté un poco más los platos que sujetaba.
Dante se estiró por delante de mí para alcanzar los cubiertos que había a mi espalda.
La camisa se le abrió un poco más al estirar el brazo y dejó al descubierto parte del pecho y las líneas definidas del abdomen.
Mi mirada siguió el movimiento hasta que se detuvo y sus ojos gris verdosos encontraron los míos, sin rastro de su sonrisa habitual.
Me quedé inmóvil, con los platos entre los dos, mientras Dante bajaba la vista hacia mis manos.
—¿Vas a ponerlos en la mesa o piensas usarlos de escudo?
Bajé la mirada.
Se me escapó una risa breve, más por nervios que por diversión.
—Qué satisfecho estás contigo mismo, ¿no?
Cogió los cubiertos.
—Muchísimo.
Pasé junto a él y dejé los platos sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Lo que más me irritaba era lo mucho que parecía disfrutar de lo fácil que le resultaba arrancarme una reacción.
Dante se quedó junto a la encimera unos instantes, probablemente esperando a ver si le daba otra, antes de acercarse y ocupar la silla frente a la mía.
Se sirvió tortilla y empezó a comer con una calma exasperante, como si el intercambio anterior no hubiera existido.
Intenté hacer lo mismo, pero su tranquilidad solo me daba más ganas de volver a quejarme.
Casi habíamos terminado cuando sonó su teléfono.
Dante miró la pantalla y se levantó de inmediato; la expresión relajada se le borró de la cara.
—Lorenzo.
Lo observé acercarse a la ventana mientras se llevaba el teléfono a la oreja.
Escuchó unos segundos, hizo dos preguntas rápidas y luego se quedó callado.
Dejé el tenedor.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Dante levantó una mano para pedirme que esperara.
Oía la voz de Lorenzo al otro lado de la línea, pero sonaba demasiado débil para distinguir las palabras.
La expresión de Dante cambió.
—¿Estás seguro?
Se me encogió el estómago.
Escuchó un poco más.
—Mándame la foto.