Secuestrada por el hermano del don (La tentación del don nº 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

SOFIA

—Maya, no le dejes entrar.

Me salió la voz más alta de lo que pretendía.

Al otro lado de la videollamada, Maya se volvió hacia la puerta de su despacho y se pasó una mano por el pelo, algo que hacía siempre que empezaba a ponerse nerviosa.

—No lo he dejado, Sofia. Está en recepción.

—Entonces llama a la seguridad del edificio.

—Ya lo he hecho. La recepcionista ha dicho que ya viene alguien de camino.

La reunión que llevábamos preparando se me borró de la cabeza.

Tenía una presentación abierta en el portátil, tres contratos pendientes de aprobación y una taza de café que había dejado enfriar mientras revisábamos los proveedores.

Hasta hacía dos minutos, Maya se había estado quejando de un fotógrafo que había cambiado el presupuesto por segunda vez.

Y entonces un hombre se había presentado en nuestro despacho a decir que necesitaba confirmar mi agenda en nombre de la familia Vitale.

—¿Qué nombre te ha dado?

Maya echó un vistazo a un papel que tenía junto al teclado.

—Ninguno. Ha dicho que formaba parte del equipo de seguridad de Adrian.

—¿Y le has dicho que no podías facilitarle esa información?

—Claro que sí. Me ha preguntado si seguías pensando dar la presentación del viernes en persona y ha dicho que necesitaba saber qué empleados tendrían acceso al espacio del evento.

Me agarré con fuerza al borde del escritorio.

Conocía bien ese tipo de peticiones. Los clientes exigentes hacían preguntas parecidas a todas horas, pero los hombres de Adrian tenían acceso directo a Lorenzo. Ninguno de ellos necesitaba presentarse en mi despacho sin identificarse.

—Maya, escúchame. No respondas a más preguntas. Cierra con llave y espera a que llegue seguridad.

—Sofia, no estoy loca. La puerta ya está cerrada con llave.

Oí unos pasos en el pasillo y alcé la vista.

Dante apareció con una taza en la mano, el pelo aún húmedo de la ducha y una camiseta negra que parecía del todo inadecuada para la temperatura que hacía.

Se detuvo al ver mi expresión.

—¿Qué ha pasado?

Le hice un gesto para que esperara, pero Maya ya estaba hablando otra vez.

—Está hablando con la recepcionista. Espera, creo que se marcha.

—No salgas de ese despacho.

Cogí el móvil y abrí los mensajes.

Dante se acercó al escritorio, echó un vistazo al nombre de Maya en la pantalla del ordenador y después me miró.

—Hay un hombre en mi despacho que dice trabajar para tu familia. Está intentando conseguir información sobre mi agenda.

La taza se le quedó a medio camino de la boca.

—Ponla en altavoz.

Dudé solo lo justo para encontrar la opción.

—Maya, Dante está aquí. Dile exactamente qué te ha preguntado.

Repitió las preguntas.

Dante dejó el café sobre el escritorio y escuchó sin interrumpir, pero la expresión relajada que traía al entrar en la habitación había desaparecido.

—¿Estaba solo? —preguntó.

—Por lo que he podido ver, sí.

—¿Ha pedido hablar con alguien más?

—Solo conmigo. Ha dicho que necesitaba la agenda de Sofia.

Dante sacó el móvil.

—Quédate en el despacho. Voy a enviar a alguien para que eche un vistazo.

—Ya he llamado a seguridad —le recordé.

—Bien. También quiero que haya allí alguien capaz de reconocer a los hombres que de verdad trabajan para nosotros.

Empezó a buscar un número.

Miré el portátil, donde Maya seguía intentando ver a través de la ventanilla de la puerta de su despacho.

—Maya, aléjate de ahí.

Ella retrocedió de inmediato mientras Dante se llevaba el móvil a la oreja.

—Lorenzo, necesito que envíes a alguien al despacho de Sofia. Ahora.

Su tono hizo que Maya dejara de moverse al otro lado de la pantalla.

Explicó la situación en unas pocas frases, le dijo a Lorenzo que mandara revisar las grabaciones de recepción y se apartó para escuchar la respuesta.

Mientras tanto, oí abrirse una puerta de fondo en mi llamada con Maya.

Ella se volvió.

—Un segundo.

Se me encogió el estómago.

—¿Quién es?

—Seguridad del edificio.

La imagen tembló cuando recogió el portátil y salió del encuadre.

Oí a un hombre preguntar si el visitante tenía cita y después a Maya explicar que se había presentado como empleado de uno de nuestros clientes.

Otra voz respondió desde el pasillo.

—El caballero ya se ha marchado.

Cerré los ojos un instante.

Maya volvió a colocarse frente a la cámara.

—Se ha ido, Sofia. Los de seguridad están comprobando si su coche sigue en el aparcamiento.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Solo cabreada.

Su respuesta me permitió por fin soltar el aire.

—Yo también.

Dante colgó con Lorenzo y se acercó.

—Maya, alguien va de camino al edificio para hablar con la dirección y revisar las grabaciones de seguridad. No hace falta que lo esperes en recepción. Si ese hombre vuelve, no intentes hablar con él.

—Entendido.

Me miró.

—Sofia, ¿quieres que cancele la reunión de las diez?

Comprobé la hora en el portátil.

Faltaban once minutos.

—No. El cliente lleva esperando esta presentación desde la semana pasada. Únete a la llamada y diles que asistiré a distancia.

—¿Estás segura?

—Sí. Tú solo mantén la puerta cerrada con llave.

Maya asintió.

Parecía más tranquila, aunque no dejaba de lanzar miradas hacia la entrada de la oficina.

—Lo prepararé todo.

La llamada terminó y me quedé un momento mirando mi reflejo en la pantalla apagada.

Dante estaba a mi lado.

—Deberías haberme llamado en cuanto te enteraste —dijo.

Giré la silla hacia él.

—Intentaba averiguar qué pasaba.

—¿Y lo has averiguado?

—He averiguado que un desconocido se ha presentado en mi oficina a preguntar por mi agenda.

Apoyó una mano en el respaldo de mi silla.

—Sofia...

—No empieces.

Alzó una ceja.

—¿Que no empiece con qué?

—No empieces a decirme que tengo que dejar de trabajar, cancelar mis citas o hacer que Maya cierre la oficina.

Dante me estudió durante unos segundos.

—Iba a preguntarte si en recepción hay cámaras que enfoquen el aparcamiento.

Abrí la boca, pero volví a cerrarla cuando una pequeña sonrisa, increíblemente irritante, apareció en su rostro.

—Por favor, continúa. Me lo estoy pasando muy bien con esta discusión.

Me levanté y fui a por el café a la encimera.

—Consigues ser insoportable incluso cuando estás ayudando.

—He tenido mucha práctica.

—Eso no lo dudo.

Cogí el café, di un sorbo y torcí el gesto al notar lo frío que estaba.

Dante se dio cuenta.

—¿Quieres que te prepare otro?

Lo miré.

—Sí.

Me quitó la taza de la mano.

—¿Ves? Estamos aprendiendo a convivir.

—No te adelantes.

Dante sonrió y salió de la habitación. Yo volví al ordenador.

La presentación seguía abierta exactamente donde la había dejado, pero tuve que leer el mismo párrafo tres veces antes de poder entender lo que decía.

La voz de Maya, la imagen de la puerta de su oficina cerrada con llave y la idea de un desconocido preguntando dónde estaría el viernes no dejaban de repetirse en mi cabeza.

Cogí el móvil y abrí la conversación con Adrian.

Alguien se ha presentado en mi oficina preguntando por mí. Estoy bien. Dante ya ha hablado con Lorenzo.

Le di a enviar antes de poder darle más vueltas al mensaje, justo cuando Dante regresó con una taza de café recién hecho y la dejó junto a mi portátil.

—¿Le has puesto azúcar?

—Lo tomas sin azúcar.

Miré el café y después a él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te quejas cada vez que alguien te lo pone.

No se me ocurrió ninguna respuesta que no le diera la razón.

Dante se inclinó hacia mí para ver la presentación en la pantalla.

—¿Este es el evento del viernes?

—Sí.

—¿Vas a hacerlo en persona?

—Lo presentaré desde aquí. Maya se encargará de todo lo demás.

Asintió.

—Vale.

Esperé alguna objeción.

Dante se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

La sonrisa volvió a aparecer en su rostro.

—Te vuelves desconfiada cuando te doy la razón.

—Todavía me estoy acostumbrando.

Se rio y se dirigió hacia el porche.

El móvil vibró sobre el escritorio.

Adrian: Te llamaré en cuanto salga de esta reunión. Por favor, no te muevas de ahí.

Leí el mensaje dos veces.

Después miré hacia la puerta por la que acababa de salir Dante.

Ninguno de los dos necesitaba recordarme que estaba muy lejos de casa.

Ya estaba haciendo un esfuerzo considerable por no pensar en ello cada cinco minutos.

La reunión empezó con cuatro minutos de retraso.

Maya estaba en la oficina con la puerta cerrada con llave, y nuestro cliente apareció en pantalla junto a dos miembros del equipo de organización de eventos.

Ajusté la cámara, compartí la presentación y empecé a explicar los cambios en el espacio del evento.

Durante los primeros minutos, mi voz se mantuvo lo bastante firme como para que nadie hubiera podido adivinar lo que había ocurrido poco antes.

Les enseñé la nueva distribución de las mesas, expliqué por qué necesitábamos acercar la barra a la terraza y repasé con ellos los cambios recomendados por el equipo de iluminación.

Cuando uno de los proveedores cuestionó el espacio que habíamos destinado a la circulación, abrí el plano de distribución en otra ventana y amplié la sección correspondiente.

—Si mantenemos esta distribución aquí, los camareros tendrán que cruzar la zona de los invitados para llegar a la cocina. Podemos hacerlo, pero el servicio será más lento y necesitaremos al menos dos personas más.

El cliente pidió ver otra opción.

Abrí el archivo correcto y empecé a comparar las distribuciones.

No me di cuenta de que Dante había vuelto hasta que lo vi pasar detrás de mi portátil.

Se mantuvo fuera del encuadre de la cámara, pero reconocí sus movimientos junto a la estantería. Llevaba una caja de herramientas y se dirigió sin hacer ruido hacia el porche trasero.

Continué con la presentación mientras Maya anotaba los cambios aprobados.

—Sofia, ¿podemos mantener la altura original de los arreglos florales de la mesa presidencial? —preguntó el cliente.

Localicé la imagen correspondiente.

—Podemos hacerlo, pero tendremos que reducir la estructura central. De lo contrario, los invitados sentados frente a frente no podrán conversar sin asomarse por encima de las flores para verse.

Él se rio.

—Mi mujer agradecerá esa observación.

Sonreí.

—Es una de las primeras cosas que compruebo. Una mesa bonita sigue teniendo que funcionar como mesa.