Capítulo 4
HERIDAS ABIERTAS
Claudia salió de la librería con el corazón completamente desordenado.
El abrazo seguía allí.
Como si todavía pudiera sentir los brazos de Gabriel rodeándola.
Como si todavía pudiera escuchar los latidos de su corazón. Subió al automóvil.
Cerró la puerta.
Y permaneció inmóvil durante varios segundos. Intentando recuperar la calma.
Intentando convencerse de que aquello no había significado nada.
Pero era inútil.
Porque sí había significado algo.
Mucho.
Demasiado.
Apoyó las manos sobre el volante.
Y cerró los ojos.
De inmediato volvió a recordar aquel instante.
La seguridad que sintió.
La tranquilidad.
La sensación de pertenecer a algún lugar.
Era absurdo.
Después de todo lo ocurrido, debería sentirse más confundida que nunca.
Sin embargo, por primera vez desde la revelación, sentía algo diferente.
Algo que llevaba días sin permitirse sentir.
Esperanza.
Aquella palabra apareció en su mente y casi le dio miedo. Porque la esperanza era peligrosa.
La esperanza llevaba a las ilusiones.
Y las ilusiones podían terminar rompiéndote el corazón. Lo sabía mejor que nadie.
Durante años había aprendido a protegerse.
A no esperar demasiado.
A no confiar demasiado.
A no entregar demasiado.
Y ahora Gabriel había aparecido para derribar cada una de esas defensas.
Sin siquiera proponérselo.
Encendió el automóvil.
Y comenzó a conducir.
Las calles pasaban frente a ella mientras sus pensamientos seguían atrapados en él.
En su mirada.
En sus palabras.
En aquella confesión que todavía resonaba en su cabeza. "Porque te amo."
El corazón volvió a acelerarse.
Había sido la primera vez que lo decía.
La primera.
Y no había sonado forzado.
No había sonado impulsivo.
Había sonado sincero.
Profundamente sincero.
Y eso era precisamente lo que más la afectaba. Porque sabía que Gabriel decía la verdad.
Siempre lo había sabido.
Llegó a casa poco después.
Entró en silencio.
Dejó las llaves sobre la mesa.
Y caminó lentamente hasta la sala.
La casa seguía siendo la misma.
Pero ella no.
Algo había cambiado.
Algo pequeño.
Pero importante.
Ya no sentía aquella desesperación que la había acompañado los últimos días.
Ya no sentía aquella necesidad de huir.
Todavía tenía miedo.
Todavía tenía dudas.
Todavía existían demasiados problemas.
Pero por primera vez comenzó a preguntarse si realmente eran problemas imposibles.
Se sentó en el sofá.
Tomó el teléfono.
Y abrió la conversación con Gabriel.
El último mensaje seguía allí.
Esperándola.
"No voy a rendirme contigo."
Una sonrisa apareció en sus labios.
Pequeña.
Involuntaria.
Pero real.
Y al darse cuenta de que estaba sonriendo, sintió algo parecido a la vergüenza.
Porque hacía apenas unos días estaba convencida de que todo había terminado.
Y ahora...
Ahora ya no estaba tan segura.
Volvió a leer el mensaje.
Después observó la fotografía de perfil de Gabriel. Y permaneció varios minutos contemplándola.
Pensando.
Recordando.
Sintiendo.
Finalmente apoyó el teléfono sobre su pecho.
Y dejó escapar un largo suspiro.
Laura tenía razón.
Tal vez había pasado demasiado tiempo permitiendo que el pasado dirigiera su vida.
Tal vez había entregado demasiado poder a heridas que debieron quedar atrás hace años.
Tal vez estaba permitiendo que una historia terminada destruyera una historia que apenas comenzaba.
Aquella idea la acompañó durante toda la noche. Mientras cenaba.
Mientras ordenaba la casa.
Mientras se preparaba para dormir.
Y cuando finalmente se acostó...
Comprendió algo que ya no podía seguir negando. Algo simple.
Pero absolutamente aterrador.
No quería perder a Gabriel.
No quería alejarse.
No quería decir adiós.
Porque lo amaba.
Y por primera vez desde que todo se derrumbó... Se permitió admitirlo.
Aunque fuera solo para sí misma.
Aunque fuera en la oscuridad de su habitación. Aunque nadie más pudiera escucharlo.
—No quiero perderlo.
Susurró.
Y aquella verdad cambió algo dentro de ella.
Algo que ya no tenía vuelta atrás.
Gabriel llevaba varios días pensando en lo mismo. Demasiados días.
Desde la conversación con Claudia.
Desde el encuentro en la librería.
Desde aquel abrazo que le había devuelto una esperanza que creía perdida.
Había comprendido algo importante.
Si quería construir un futuro con ella, necesitaba entender completamente el pasado.
No una parte.
No una versión.
Toda la verdad.
Porque cada vez que alguien hablaba del divorcio de Claudia aparecían nuevas piezas.
Nuevos detalles.
Nuevas contradicciones.
Y comenzaba a sospechar que todavía había cosas ocultas. Aquella tarde encontró a su madre en la cocina. Preparando café.
El ambiente entre ellos seguía siendo extraño.
Mejor que días atrás.
Pero todavía frágil.
Todavía lleno de heridas.
—¿Podemos hablar?
Preguntó Gabriel.
Su madre levantó la vista.
Y algo en el tono de su voz le indicó que aquella no sería una conversación sencilla.
—Claro.
Respondió.
Gabriel tomó asiento frente a ella.
Y fue directo al punto.
—Quiero que me cuentes todo.
La mujer permaneció inmóvil.
—Ya te conté lo que pasó.
—No.
Gabriel negó con la cabeza.
—Me contaste una parte.
Pero no toda la historia.
El silencio se instaló inmediatamente.
Su madre bajó la mirada hacia la taza que sostenía entre las manos.
Como si necesitara tiempo.
Como si estuviera buscando las palabras correctas. —Gabriel...
—Por favor.
La interrumpió suavemente.
—Ya no soy un niño.
No necesito que me protejas.
Necesito entender.
Aquellas palabras parecieron derribar algo dentro de ella. Porque durante años había evitado aquella historia. Durante años había intentado enterrarla.
Pero ahora era imposible seguir haciéndolo.
Respiró profundamente.
Y comenzó a hablar.
Le contó cómo conoció al exesposo de Claudia.
Cómo se acercaron.
Cómo las cosas se complicaron.
Cómo tomaron decisiones equivocadas.
Gabriel escuchó en silencio.
Sin interrumpir.
Sin juzgar.
Porque necesitaba conocer los hechos.
No las emociones.
No las excusas.
Los hechos.
Sin embargo, a medida que avanzaba el relato, empezó a notar algo.
Algo que no esperaba.
Había detalles que nunca había escuchado.
Detalles que cambiaban el contexto.
No el resultado.
Pero sí el contexto.
—¿Qué quieres decir con que ya estaban separados? Preguntó.
Su madre levantó lentamente la mirada.
—Eso.
Que cuando nuestra relación comenzó...
Ellos ya no vivían realmente como una pareja. Gabriel frunció el ceño.
—Claudia nunca mencionó eso.
—Porque probablemente nunca quiso hablar de ello. Respondió la mujer.
—Y porque el dolor terminó eclipsando todo lo demás. Gabriel permaneció en silencio.
Procesando aquella información.
No justificaba nada.
Ni la traición.
Ni las mentiras.
Ni el daño causado.
Pero sí hacía que la historia pareciera más compleja. Menos simple.
Menos clara.
—¿Estás diciendo que el matrimonio ya estaba roto? La mujer tardó varios segundos en responder.
—Estoy diciendo que las cosas llevaban mucho tiempo mal. Mucho antes de que yo apareciera.
Aquella respuesta dejó a Gabriel pensativo.
Porque durante todos aquellos días había imaginado una historia sencilla.
Un culpable.
Una víctima.
Un único desastre.
Pero la realidad rara vez era tan simple.
Y quizá esta historia tampoco lo era.
Su madre tomó aire nuevamente.
Parecía nerviosa.
Incómoda.
Como si todavía no hubiera terminado.
—Hay algo más.
Gabriel levantó la vista.
—¿Qué cosa?
La mujer dudó.
Y aquella duda hizo que el corazón de Gabriel se acelerara.
Porque comprendió inmediatamente que aquello era importante.
Muy importante.
—Durante años pensé que era mejor no decir nada. Confesó.
—Pero ahora creo que fue un error.
Gabriel se inclinó hacia adelante.
—Mamá...
¿Qué pasó?
Ella cerró los ojos unos segundos.
Y cuando volvió a abrirlos, la culpa era evidente en su rostro.
—Hay cosas que Claudia nunca supo.
El silencio cayó sobre la cocina.
Pesado.
Inquietante.
Gabriel sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Porque aquellas palabras cambiaban todo.
Y por primera vez comenzó a sospechar que el pasado todavía guardaba secretos.
Secretos capaces de alterar la vida de todos.
Incluida la de Claudia.
Incluida la suya.
Y en ese instante supo que no iba a detenerse hasta descubrir la verdad.
Dos días después del encuentro en la librería, Claudia volvió a reunirse con Laura.
Habían quedado para almorzar en un pequeño restaurante que frecuentaban desde hacía años.
Un lugar tranquilo.
Familiar.
Uno de esos sitios donde siempre terminaban teniendo las conversaciones más importantes.
Laura llegó primero.
Y en cuanto vio entrar a Claudia, notó algo diferente. Algo sutil.
Pero evidente.
Ya no parecía tan derrotada.
Todavía había tristeza en sus ojos.
Todavía existían dudas.
Pero también había algo más.
Algo que no había visto la semana anterior.
Esperanza.
Claudia tomó asiento frente a ella.
Y durante unos minutos hablaron de cosas sin importancia. Del trabajo.
De la rutina.
Del clima.
Hasta que Laura dejó el tenedor sobre la mesa. Y fue directamente al punto.
—Lo viste, ¿verdad?
Claudia levantó la mirada.
Sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
Laura sonrió.
—Porque te conozco.
Y porque tienes la misma cara que tenía mi hija cuando estaba enamorada.
Claudia soltó una pequeña risa.
La primera risa genuina en días.
—Sí.
Lo vi.
—¿Y?
La pregunta quedó flotando entre ellas.
Claudia bajó la mirada hacia su vaso.
Intentando organizar sus pensamientos.
Pero era imposible.
Porque cada vez que pensaba en Gabriel terminaba sintiendo demasiadas cosas al mismo tiempo.
—Hablamos.
Respondió finalmente.
—¿Solo hablaron?
Aquella pregunta hizo que Claudia sonriera nuevamente. Y Laura arqueó una ceja.
—Ah.
Entonces no solo hablaron.
Claudia sintió que las mejillas se calentaban.
Algo que no le ocurría desde hacía años.
—Nos abrazamos.
Confesó.
Laura sonrió de inmediato.
—Por fin.
—Laura...
—¿Qué?
Alguien tenía que hacerlo.
Porque ustedes dos parecen expertos en complicarse la vida.
Claudia negó con la cabeza.
Pero en el fondo sabía que tenía razón.
Demasiada razón.
Laura tomó un sorbo de agua.
Y después la observó atentamente.
—Todavía lo amas.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación.
Una verdad.