Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 26 La explosión del brezo rudo
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Capítulo 26 La explosión del brezo rudo

El entumecimiento que congelaba mis piernas comenzó a disiparse bajo el peso abrumador del feileadh-mór de lana gruesa, pero la opresión en mi pecho solo se volvió más densa, más asfixiante.

Estábamos allí, atrapados en la negrura absoluta del rincón inferior de la cabaña de pastores abandonada, donde el silbido del viento del norte colándose con fuerza por las rendijas de la turba rústica actuaba como el único fondo de nuestra reclusión forzada.

Sintonizaba cada crujido de la paja vieja bajo nuestras cuerpos unidos; la tempestad helada seguía ululando en los páramos exteriores de Skye, decorando las vigas rotas con agujas de escarcha que se derretían antes de tocar el jergón.

El frío hostil de las Highlands continuaba acechando más allá de los listones, pero el jergón estrecho había dejado de ser una balsa de salvación para transformarse en una pira febril.

El roce constante de nuestros cuerpos desnudos y embarrados transmutó la cruda necesidad de abrigo en una atracción ruda, gélida y puramente instintiva que barrió la cordura de mi mente.

La tela de lino liso de mi vestido, desgarrada por los espinos del desfiladero, apenas se interponía entre mi piel expuesta y la rigidez granítica de su cuerpo.

No quedaba espacio para las réplicas verbales afiladas ni para los broqueles del orgullo heráldico; las defensas de sangre que habían sostenido mi linaje frente a su apellido se disolvieron por completo ante la proximidad salvaje de su boca, que buscaba la mía en la penumbra con el celo territorial de un depredador alerta.

Alasdair se movió con una parsimonia letal, atrapando mis muñecas inflamadas con la presión dolorosa de sus manos de hierro. Me inmovilizó contra la aspereza de la paja rústica, triturando los restos de lodo seco de mis brazos contra el lecho.

—No huyáis, MacKenzie —me exhaló al rostro, y el vaho cálido de su respiración agitada golpeó mis labios con una contundencia que me arrancó un gemido sordo. —En mis tierras no hay promesas para las fugitivas, y vuestra carne me pertenece hasta que el invierno se consuma.

—Vuestra ley es una cadena de tiranos, MacLeod —le respondí en un hilo de voz ronca, forzando a mis dedos entumecidos a arañar las correas de su jubón mojado, que yacía tirado en el suelo. —Pero no me encogeré ante el acero de vuestro linaje aunque la ciénaga nos trague a ambos.

—Vuestra única ley soy yo —dictaminó él con una concisión fría que rasgó la oscuridad, incrementando el plano de su peso feudal sobre mis costillas heridas.

La tensión acumulada durante semanas de cautiverio e insultos públicos explotó en una entrega posesiva y salvaje, desprovista por completo de declaraciones melosas o de la ternura cortesana de las Lowlands, que tanto despreciaban los montañeses.

Mis manos, libres finalmente de las ataduras de cuero rasposas, buscaron las cicatrices limpias y precisas de su espalda, recorriendo las marcas que el acero enemigo había grabado en su torso.

Acepté la dominación ruda de su musculatura masiva como mi único anclaje en mitad de la tormenta, hundiéndome en su abrazo salvaje para no despenarme en el abismo de la congelación.

El desprecio inicial que había guiado mis pensamientos mental se transformó en una dependencia instintiva, una entrega gótica y pecaminosa que me unía a su destino de forma irreversible, quebrando las líneas de enemistad de mi linaje.

Su mirada, dos puntos claros color granito en la penumbra, reflejaba una posesividad territorial que excedía con creces los activos de cualquier contrato político o deuda de sangre.

El calor sofocante que irradiaban nuestros torsos unidos disipó la escarcha de mi lino, saturando el habitáculo angosto con un olor penetrante a sudor amargo, cuero viejo mojado y el aroma rústico de la lana pisoteada del plaid.

Cada embate de su presencia indómita enviaba una pulsación carnal directa hacia mi vientre, mientras el brezo rudo que Chisholm había ordenado recolectar se clavaba con un dolor agudo en mis piernas desnudas, tiñendo el jergón de una pulsación física intolerable.

Estábamos suspendidos en el clímax de la entrega, devorándonos en mitad de la intemperie hostil, ajenos a la carnicería que desmembraba los valles bajos.

Entonces, el presagio oscuro de las Highlands quebró nuestro aislamiento.

Los tablones de la puerta de turba exterior crujieron bajo una presión exterior ruda y violenta, un impacto sordo que hizo tambalear los puntales de madera de la entrada.

Un eco nítido de herraduras exhaustas y el crujido del brezo rudo siendo aplastado con fuerza fuera de la cabaña rebotaron contra las paredes asfixiantes.

Alguien buscaba nuestro refugio en los páramos desolados.

El ruido del acero al desenvainarse en la retaguardia de la ladera me obligó a ahogar un grito de pánico contra la dureza de su hombro herido, sintiendo el sabor salobre de su piel en mis labios.

Alasdair se tensó de inmediato de forma macabra.

Congeló su cuerpo sobre el mío, manteniéndose suspendido en una inmovilidad absoluta y letal, con los músculos del abdomen rígidos como el granito de Skye.

Su mano callosa voló hacia el suelo, buscando el pomo de su dirk largo en mitad de la paja vieja, mientras sus ojos claros fijos en la entrada prometían que nuestra sangre pagaría el daño de aquella interrupción antes de que la bruma cubriera el desfiladero.