Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 25 El refugio de la roca viva
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Capítulo 25 El refugio de la roca viva

La tempestad de aguanieve se transformó en un muro blanco y denso que se desplomó desde las cumbres, borrando de un plumazo los desfiladeros y los peligrosos caminos de herradura de Skye.

El viento norte ululaba con una ferocidad salvaje, azotando nuestras ropas húmedas con una violencia tal que el rastro de la columna militar quedó sepultado bajo el manto gélido en pocos minutos.

Estábamos completamente desgajados del grueso del ejército defensivo y de la retaguardia que coordinaba Chisholm.

La montura de batalla, exhausta por la marcha forzada y el barro negro, avanzaba a ciegas, dando bandazos ciegos al borde del abismo.

Mis manos congeladas se aferraban con debilidad a las crines del animal, sintiendo la presión asfixiante del pecho de Alasdair MacLeod contra mi espalda baja.

Su brazo de hierro rodeaba mi cintura con un agarre rígido e inalterable, manteniéndome unida a su montura mientras los cascos del caballo resbalaban en la rigidez del granito húmedo.

—No hay senda, MacLeod —le provoqué en un hilo de voz ronca, forzando a mis labios agrietados a hablar en mitad de la ventisca helada. —Vuestro linaje os encontrará congelado en la cresta antes de que vuestros enemigos MacDonald alcancen el patio.

—Skye no perdona a los débiles, escocesa —replicó el Laird junto a mi oído, y el vaho cálido de su aliento cortó el aire plomizo con una concisión gélida que no requería alzar la voz para imponer su estricta autoridad.

—Apretad las piernas o la llanura desértica será vuestra tumba antes de que la bruma cubra el risco.

—Prefiero que la tormenta me desgarre la carne antes que someterme a vuestras leyes de hierro —le espeté con una ironía despectiva, aunque mis miembros tiritaban incontrolablemente bajo el lino grueso y manchado de cieno de mi vestido.

—Vuestra vida me pertenece bajo amenaza de muerte —sentenció él con frases cortas, espoleando al animal exhausto una última vez hacia la penumbra de la ladera occidental. —Callad y buscad el abrigo de la roca ruda.

El jadeo violento del caballo cesó de golpe cuando Alasdair detuvo las riendas entre dos formaciones rocosas puntiagudas.

Entre la bruma densa que bajaba hasta tocar las cumbres, divisé una estructura abandonada hundida en la pendiente: una cabaña de pastores hecha de turba negra y paja rústica.

El Laird desmontó de un salto, hincando las botas en el barro podrido, y me tomó de la cintura con un tirón rudo, arrastrándome hacia el interior del habitáculo asfixiante.

Al cerrarse el tablón de la entrada, la oscuridad absoluta nos sepultó, rota únicamente por el destello blanquecino de la escarcha que cubría las esquinas de piedra maciza.

No había leña seca en los rincones desolados, ni brasas moribundas en el hogar de la tierra batida. El aire se sentía estancado, denso, y el frío hostil actuaba como un elemento físico implacable que amenazaba con detener nuestros corazones antes del alba si permanecíamos inmóviles.

El desprecio inicial que guiaba mis pensamientos hacia mi captor se transformó en un pavor primitivo de supervivencia; mis muñecas inflamadas latían con punzadas calientes bajo el nudo apretado de las ligaduras de cuero, y mis dedos heridos estaban tan entumecidos que apenas respondían.

Alasdair aplicó las leyes de la intemperie más extrema de las Highlands sin pedir mi consentimiento.

Se despojó de su jubón de cuero endurecido al fuego, que cayó sobre las lajas con un sonido pesado y sordo, revelando la anchura imponente de sus hombros y el vendaje de lino grueso que cubría el tajo ensangrentado de su torso.

Me tomó de los hombros fríos y me empujó con una fuerza medida hacia el jergón de paja vieja que ocupaba el fondo del habitáculo. El aroma rústico a lana empapada de su capa y el olor penetrante a tierra empapada inundaron el angosto espacio, anulando mi capacidad de raciocinio.

—¿Qué pretendéis, Señor del Granito? —le desafié, pegando la espalda contra los listones de turba húmeda, obligando a mi mente estratega a buscar una línea defensiva en mitad de las sombras. —Vuestro código de honor prohíbe que forcéis a una prisionera de guerra desarmada.

—Mi ley eres tú, MacKenzie —susurró el Laird, reduciendo el escaso espacio a menos de un palmo, arrodillándose en el jergón hasta que sus muslos aprisionaron los míos.

—El hielo quebrará vuestro orgullo antes de que el Chisholm encuentre nuestro rastro.

Compartiréis el calor corporal o el cieno os reclamará antes del amanecer.

Extendió su gran feileadh-mór de lana gruesa sobre nuestros cuerpos heridos, atrapándonos bajo el mismo patrón del tartán negro y verde pino de su clan.

El catalizador forzoso se activó de forma irreversible en mitad de la tormenta exterior.

En mi interior luchaba con desesperación por levantar los broqueles de los prejuicios de casta y recordar que este hombre era el tirano huraño que pretendía destruir a mi linaje para cobrar una deuda de sangre, pero la rigidez del frío hostil quebró mis barreras psicológicas.

Mi cuerpo respondió de un modo salvaje y pecaminoso a su cercanía física, buscando el refugio de su calor abrasador con una dependencia instintiva que me infundía más terror que las espadas de los MacDonald.

Ninguno de los dos volvió a hablar; las réplicas afiladas se ahogaron bajo la manta ruda.

La tensión erótica se volvió intolerable en la oscuridad absoluta de la cabaña, una soga invisible que se estrechaba con cada una de nuestras exhalaciones encadenadas.

Mi piel expuesta y humedecida por el aguanieve chocó de golpe contra la figura masiva y desnuda del Laird.

Un contraste térmico violento me sacudió las costillas heridas cuando mis miembros congelados presionaron el torso vendado de Alasdair, registrando la textura febril y rugosa de su piel callosa rozando mi lino.

Su brazo de hierro avanzó por mi flanco con una dominación ruda, posesiva y territorial, aprisionando mi cintura contra su pecho rústico con una inmovilidad granítica donde el vaho de nuestras respiraciones se fundió en un solo aliento febril, prometiendo que la roca de Skye sería nuestro lecho definitivo antes de que el orgullo lograra devolvernos la distancia política de nuestros apellidos.