Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3)
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Capítulo 1
Capítulo Uno
S i la vida fuera un partido de hockey, Penelope Clark sería el disco.
Se había dado cuenta de esto a la tierna edad de cinco años, que fue cuando la apartaron por primera vez sin preguntarle para que no tapara el trofeo de Banquero del Año de su padre en las fotos.
Su yo de cinco años no tenía ni la más remota idea de qué tenía de importante un aburrido bloque de cristal.
Así que, esa tarde, se coló en el despacho de su progenitor para averiguarlo, pero el premio —por desgracia— se cayó… y se partió en dos.
Su padre no hizo más que reírse y decir que conseguiría uno nuevo al año siguiente, pero su madre no dudó en mandarla de vuelta a su cuarto.
Y la cosa no se quedó ahí. No, en los años que siguieron, mandaron a Penny a su habitación tantas veces que la alfombra frente a su puerta se había desgastado por completo.
¿Manchó el sofá blanco del salón con salsa de tomate?
¡A su cuarto! ¿Empujó a su hermano al estanque de detrás de la casa porque la llamó idiota?
A su cuarto. ¿Que le dijo a su madre que ni de broma iba a debutar en sociedad con un vestido de tul? ¡A su habitación!
Cuando eso no fue suficiente, la enviaron a un internado de protocolo.
Y luego a otro. Penny se deslizó sin control por la pubertad, encajando cada golpe que se cruzaba en su camino.
A decir verdad, era un milagro que solo hubiera salido de allí con unos cuantos moratones y un par de expulsiones de colegios privados.
Aquel primer momento —la foto en el despacho de su padre— había ocurrido hacía ya veintidós años.
Los internados no eran más que un vago recuerdo.
Y Penny creía que, poco a poco, pero con paso firme, se había labrado su camino para pasar de ser el disco a ser una jugadora.
Sí, estaba claro que era una suplente, pero al menos ya no la empujaban de un lado a otro.
Al menos podía decidir por sí misma qué dirección quería tomar.
Apenas si escuchó las palabras hockey sobre hielo en los últimos y maravillosos años…
—…¡los New York Predators son sencillamente imparables! —tronó desde la televisión de la pared—. Esta noche, el hielo les pertenece. Los Bisons de Boston no tienen ninguna oportunidad…
Gimiendo, echó la cabeza hacia atrás, se bebió su whisky de un trago y apartó el vaso vacío. Ahora que volvía a tener suelo estadounidense bajo sus pies, no tenía escapatoria. Los recuerdos la presionaban como los delanteros rivales presionan la portería.
—¿Desea otro, señorita? —preguntó una voz masculina. ¿Sería el camarero?
Asintió.
—Sí, por favor.
Analogías de hockey sobre hielo y whisky: dos vestigios de su antigua vida, dos cosas persistentes que no había sido capaz de eliminar durante sus viajes de los últimos años.
Se frotó los ojos cansados mientras un anuncio metálico le recordaba que no dejara su equipaje sin vigilancia.
Por instinto buscó con el pie la bolsa que estaba bajo su taburete.
Allí dentro estaban unos documentos que podrían darle dolor de cabeza, pero que despertaban un interés ardiente en otros.
La bolsa de yute seguía donde la había puesto, gracias a Dios.
Su familia seguramente esperaba que perdiera esos papeles, desatando un caos y un drama de proporciones catastróficas incluso antes de llegar a Los Ángeles.
Suspirando, volvió a abrir los ojos y miró a la derecha a través del gran ventanal. Los aviones eran remolcados hacia sus puertas o rodaban por la pista y, de repente, sintió lástima por aquellos gigantes de metal. Ellos también eran empujados y tenían que obedecer.
«No quiero oírlo, Penny. Vas a volver a casa, ya has huido bastante… Además, ¿cuán lejos puedes llegar sin mi dinero?».
Hizo una mueca y desterró la voz de su cabeza. No tendría que lidiar con eso hasta dentro de otras cuarenta y ocho horas. Aún quedaba tiempo más que suficiente para emborracharse e ignorarlo por el momento.
Hizo rodar el cuello, que estaba tenso de estar tanto tiempo sentada.
La gente pasaba a toda prisa junto a ella con sus maletas de ruedas a los pies y sus teléfonos móviles en la oreja.
El personal del aeropuerto buscaba sus puertas de embarque, niños entusiasmados mordisqueaban chocolate del duty-free , hombres de negocios con traje mantenían sus portátiles en equilibrio sobre el regazo y ancianos vestían camisas hawaianas a pesar de las temperaturas bajo cero y el hielo en las ventanas, tal vez de camino al lugar que daba nombre a sus llamativas prendas.
El ajetreo y el bullicio que rodeaba a Penelope le resultaba familiar y extraño a la vez.
Empezaba a sentir que había pasado media vida en aeropuertos, aunque, en cuanto a cifras, no fuera cierto.
En los últimos cinco años, había visitado trece países diferentes, visto el interior de veintiséis aeropuertos distintos y pasado una media de tres horas en cada uno.
Eso sumaba ciento cincuenta y seis horas, ni siquiera siete días, y por lo tanto solo un cero punto cuatro por ciento de los últimos cinco años.
En el contexto de toda su vida, aquellas escalas apenas merecían mención.
Penny sabía que los números fríos eran lo único en lo que se podía confiar.
Su sensación de haber estado atrapada en aeropuertos durante la mayor parte de su vida carecía de fundamento.
Sin embargo, el cansancio en sus huesos y la sensación de tener la cabeza llena de algodón se sentían muy reales.
Un dolor punzante comenzó en sus sienes y volvió a cerrar los ojos.
Dios, si le estaba doliendo la cabeza solo por hacer cálculos, su cuerpo estaba más que agotado.
No le sorprendía. Acababa de realizar un vuelo de once horas desde Buenos Aires y estaba terminando una escala de cinco horas en Nueva York para seguir hacia su ciudad natal, Los Ángeles.
En circunstancias normales, habría volado desde Argentina a la Ciudad de los Ángeles, pero el profesor de la NYU para el que estuvo trabajando los últimos años era un paranoico y no se fiaba de internet, por lo que quería que le entregara los resultados de sus investigaciones en persona, en papel.
Penny estaba agotada, tenía jet lag y estaba preocupada por lo que le esperaba.
Y, por si fuera poco, sufría de un pequeño miedo a volar.
Bien, eso era mentira. Era un miedo a volar muy presente.
Resultaba absurdo, teniendo en cuenta cuántas veces había estado a decenas de miles de pies por encima de la tierra.
Pero había cosas que ni siquiera el whisky y las referencias de hockey podían curar. Aunque lo primero ayudaba.
Impulsada por ese pensamiento, respiró hondo, tomó su vaso, se lo llevó a los labios y dio un largo trago…
—Esa es mi bebida.
Penny se sobresaltó y devolvió el líquido al vaso de un solo golpe por la impresión.
—¿Qué? —Se giró en el taburete y se encontró mirando directo a unos ojos verdes. Enmarcados en un rostro cuadrado, pertenecían a un hombre rubio con vaqueros y sudadera con capucha. Por suerte, ya había escupido el whisky; de lo contrario, se habría atragantado con él.
Madre mía, era aterradoramente atractivo. Su rostro no era tradicionalmente hermoso. Por separado, sus labios eran demasiado carnosos, su pelo un pelín demasiado largo y sus ojos estaban un poco demasiado separados. Pero el conjunto…
—Esa es mi bebida —repitió el hombre, divertido, señalando el vaso que Penny tenía entre las manos.
Perpleja, su mirada se deslizó hacia la barra frente a ella… y tenía razón. Agarró el vaso equivocado.
—Mierda, perdón —soltó, con las mejillas ardiendo—. Este… toma. —Dejó la bebida y la empujó por la barra en dirección a él.
El tipo se quedó mirándola unos segundos con la boca abierta y luego empezó a reírse.
—Ay, Dios. —Se tapó los ojos con la mano, aunque las comisuras de su propia boca amenazaban con dibujar una sonrisa—. Escupí dentro.
—Con bastante entusiasmo, sí.
—Carajo. —Se frotó la cara—. Lo siento. Estoy un poco aturdida. Casi nunca regurgito las bebidas de los demás.
—Estoy convencido de que eso hace feliz a gente de todo el mundo.
Ahora fue ella quien se rio.
—Debería. Y te compraré una nueva, por supuesto.
No, ¿sabes qué? Quédate con la mía. Sabe mejor que esa cosa que pediste, de todos modos.
Tú… —y entonces vaciló. Dios santo. ¿Qué acababa de salir de su boca?
Gimió para sus adentros y se mordió la lengua—.
No es que esta bebida sea terrible —dijo, intentando salvarse.
Levantó el vaso en el que acababa de dejar su ADN—.
Pero… —Entornó los ojos y sacudió la cabeza—.
Maldita sea, estoy demasiado exhausta para mentir.
¡Sabe fatal! La verdad es que no tienes ni idea de whiskies.
El mío es mejor. —Asintió con firmeza y le tendió el vaso que era para ella.
La sonrisa del hombre se ensanchó.
—¿Es tu forma de pedir disculpas?
—No, es mi forma de sustituir tu terrible whisky por uno mejor —respondió con timidez—. Pruébalo.
El hombre que tenía enfrente suspiró, pero le hizo el favor y tomó un sorbo. Inclinó la cabeza, frunciendo el entrecejo.
—Mmm —dijo, y luego añadió en voz más baja—: Me gustaría decir que tienes razón, pero perdí el sentido del gusto en un accidente.
Impactada, la sonrisa se borró de su rostro.
—Ay, Dios mío. Lo siento, yo…
Él sonrió de oreja a oreja.
Ella se detuvo.
—Me estás tomando el pelo.
—Ajá —asintió él—. Quería que te sintieras tan incómoda como yo hace un momento, cuando no estaba seguro de si sería de mala educación rechazar la bebida con babas.
Riendo, Penny se frotó la frente.
—Bueno, lo conseguiste. Pero ¿qué me dices del whisky?
—Definitivamente es más sabroso.
—Eso es lo que vengo diciendo —asintió, satisfecha de sí misma—. Pues nada. Por el whisky bueno y por el malo —añadió, brindando con él y bebiendo de nuevo del vaso del desconocido.
—¿Aún vas a seguir bebiéndote eso? —preguntó su interlocutor, sorprendido.