CAPITULO 34
Sin arrepentimientos, porque yo sabía que el vidrio cortaba y, aún así, lo agarré entre las manos.
Mario Benedetti.
Toronto, junio.
—Venga, Madds, deja de ser tan perezosa y despierta.
—Un ratito más, Red —farfullo entre sueños.
Noto una mano que me acaricia la frente, las mejillas y el pelo con gesto cariñoso, justo como lo hacía mi hermano antes de darme una colleja más fuerte para lograr despertarme.
—Ya es suficiente dormir, llevo demasiado tiempo esperando, Madds.
Me obligo a abrir los ojos, aunque no es lo que deseo, porque mi hermano desaparecerá de nuevo para siempre en cuanto lo haga.
Pero si hay una cosa que me ha enseñado el país de los sueños, en el que viví gran parte de mi vida, es que nunca quiero volver a quedarme atrapada en él, prefiero la realidad, por muy dura que se torne.
Me incorporo con desgana, confusa por tener un sueño tan vívido, me llevo las manos a la cara y me froto los ojos con las palmas.
—Ojalá fueras real, Red —farfullo.
—Soy real.
Giro la cabeza y, a mi derecha, hay una versión mayor y demasiado realista de mi hermano.
Oh, joder.
—¿Estoy muerta? ¿Lucien me devolvió el disparo? —pregunto al aire, pero él niega a la vez que sonríe.
¿Por qué contesta? Oh, joder, no, ya lo que me faltaba, tener visiones.
—Yo tampoco lo estoy, Maddox. Nunca lo estuve, en realidad —confiesa algo avergonzado.
No es verdad.
—¿De qué hablas? —Una presión dolorosa se instala en mi pecho. No sé si es temor, dolor o recelo, o un poco de todas ellas a la vez—. Te vi morir.
—Lo sé —solloza a la vez que asiente cabizbajo, me pellizco el brazo y siseo de dolor—. Lo fingí, Maddox y lo siento.
—¿Lo…? ¿Lo fingiste?
Se me llenan los ojos de lágrimas mientras me asaltan las imágenes de una versión pequeña y adormilada de mí llorando de rodillas delante de ese acantilado.
—Me aseguré de que me seguías, sabía que… —se le entrecorta la voz y solloza—. Sabía que mamá te había dado las pastillas esa noche y que sería fácil hacer que vieras lo que yo quería…
—No, te vi caer, Red, yo…
—Me viste tumbarme en el suelo con fuerza, Madds. Creíste que me caí, pero solo repté por el borde del acantilado.
—¿Reptaste?
No me lo puedo creer. Me falta el aire.
—Me utilizaste como coartada —reconozco en voz alta—. ¡Me abandonaste y me dejaste a mi suerte con ellos a pesar de que sabías lo que ella me hacía!
—No tengo perdón, Madds, yo…
—¡No, no lo tienes!
Siempre me he considerado una persona calmada, alguien que mide sus palabras, sus actos, que prefiere la calma, el silencio y la invisibilidad, pero desde ayer, yo... desde ayer hay un león en mi pecho que es incapaz de quedarse callado, un león que necesita que se le escuche rugir.
—Estuviste vivo todo este tiempo, incluso la noche de los asesinatos, ¿y no regresaste a por mí?
—Lo hice, volví a por ti esa noche, pero solo me encontré a Sterling —explica agitado—. Ese hombre, su empleado de confianza, dijo que te habías lanzado por el acantilado y nos enseñó una prenda de tu ropa que colgaba sobre una de las ramas.
—No —sollozo.
—Sterling casi se muere de pena, Maddox, lo vi. Casi se lanza pensando que habías acabado allí. Tuvimos que retenerlo entre los dos y, aún así, casi se nos escapa.
Niego.
—Él me ayudó, me ayudó a empezar de nuevo y dijo que lo hacía en tu nombre, porque era lo mínimo que podía hacer por ti…
—¡Cállate! No, ¿sabes qué? No sé si quiero escucharte, joder, ¡me abandonaste! ¡Te piraste, me mentiste y me dejaste sola con ellos! ¡¿Cómo pudiste hacerlo, Red?!
—No vi otra alternativa —musita con derrota y su cuerpo convulsiona debido al llanto.
Me pongo de pie y me tambaleo un poco, mareada, agotada, pero, sobre todo, ardiente de rabia.
¿Hay alguien que sea de fiar en el mundo?
Joseph, Lucien, mi propio hermano.
¡Joder!
Abro la puerta y veo a Declan y Martina salir corriendo escaleras abajo. Ella parece afectada.
Miro a la derecha y escucho la voz de Sterling junto a la de otros chicos.
Las ignoro por completo y bajo las escaleras para silenciar los pensamientos que me suplican que vaya a su encuentro y compruebe su estado.
En mitad de las escaleras me encuentro con un gran espejo, miro como se acerca mi reflejo, destrozado y roto, y no me reconozco.
Parezco… yo. La Maddox de antes, la que sufría porque sus padres eran malévolos y soñaba con tener otra vida, pero también la que corría entre la hierba y amaba las margaritas silvestres, la que usaba este tipo de vestidos, cortos, holgados y repletos de flores. Por cierto, ¿de dónde ha salido?
Ladeo el cuerpo y me inspecciono. Tengo algunos arañazos de la hierba en las pantorrillas, pero nada del otro mundo. Respiro profundo y, entonces, mi reflejo se transforma en el de una niña adormilada vestida con un camisón y con la almohada en forma de margarita entre las manos.
—Lo siento —me dice y se me humedecen los ojos—, nunca pude defendernos y ni siquiera sé lo que vi.
No.
Lloro lágrimas que no sabía que tenía y ese nivel de vulnerabilidad, de inocencia e indefensión, me destroza por dentro.
—Tú no tienes la culpa —sollozo y toco el espejo.
—¿En serio? —Parece confusa, pero a la vez aliviada.
—Te lo prometo. Siento muchísimo haberte hecho sentir que si la tenías, pero nada, absolutamente nada de esto, ha sido culpa tuya, ni nuestra, solo hemos sido víctimas de las circunstancias. Pero ahora somos libres, sabemos defendernos y podemos vivir en paz.
—¡Bien! ¿Podemos jugar en el parque como el resto de los niños?
—Asiento entre lágrimas y noto un malestar físico al recordar lo mucho que ella deseaba algo tan simple, tan sencillo como eso—.
¿Y estudiar? —Vuelvo a asentir—. ¿Y tomar un helado de mandarina?
—Me cubro la boca con la mano y digo que sí entre lágrimas—. ¿Somos felices, entonces?
La miro con seriedad, me pongo de rodillas, a su altura, y le contesto con decisión.
—Todavía no lo somos, pero lo seremos. Puedes conseguir todo lo que te propongas, y tú, solo tú, eres la única que puede asumir el control de eso y convertirlo en una realidad.
—¿Y ese chico?
Me giro y miro a Sterling vestido con ropa deportiva observando desde el fondo de la escalera.
—Es guapo, ojalá pudiera ser nuestro príncipe, como en los cuentos que Red nos traía desde la biblioteca y leíamos a escondidas de mamá. —Sonríe la niña en mi imaginación y, cuando miro al espejo, ya no está.
—Ojalá —concuerdo.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —escucho su voz en mi cabeza a pesar de que ya no la veo—. Puedo ser feliz junto a ti o seguir sufriendo contigo, todo depende de tu decisión.
Asiento porque lo he entendido todo.
—Madds…
Me giro y lo miro de forma intensa, a él se le frunce el ceño.
—Cinco segundos de ventaja, me importa una mierda que estés herido, Star, atrápame si puedes.
Salto escaleras abajo y lo escucho chillar de alegría un par de veces antes de cerrar la puerta de la entrada casi en sus narices.
Corro colina arriba y sonrío cuando, cinco segundos después, vuelvo a oír el sonido de la puerta.
Sé que él viene tras de mí. Y siento que es lo correcto, lo único que importa, lo que quiero.
Mi Star nunca me abandona.
Casi llego al claro, el acantilado está rodeado de hierba fresca y margaritas silvestres, casi estoy, pero una mano fuerte me rodea la cintura, me eleva en el aire y me hace sentir en casa cuando me acurruca en su pecho.
Aterrizo sobre la hierva, le rodeo el cuello con la mano y busco su boca. Jadeo cuando me hunde la lengua con profundidad en la garganta, le desabrocho la sudadera con cremallera y se la empujo por los hombros. Él me besa el cuello, me acaricia todo el cuerpo, me hace suspirar.
—Te amo, florecilla, nunca he dejado de amarte, joder, lo juro, Madds, ni siquiera un solo segundo.
—Logan es mi primo y no estamos casados —confieso, incapaz de esperar un segundo más.
—Lo sé —se burla.
—¿Cómo lo sabes? —le acuno el rostro con las manos y lo obligo a mirarme.
—Red me dijo que Reese es el apellido de soltera de tu madre, solo tuve que buscar en internet para ver que la madre de Logan era su hermana.
—Oh…
—Atrapé a Joseph.
Eso sí me preocupa, Joseph es como un padre para él, su única familia real, por decirlo de alguna manera, ¿qué quiere decir con qué lo atrapó?
—¿Sterling, estás bien? —Niega con la cabeza y hace un puchero que me desarma del todo.
—Necesito que me consueles, florecilla, que te quedes conmigo para siempre y no te apartes jamás de mí.
Me río por lo bajo.
—Eso es chantaje, pero vale —contesto y se le iluminan los ojos.
—Esta vez de verdad, Maddox, nada de confiar en la palabra de nadie más o pretender que podemos separarnos. Esta vez es para siempre, florecilla.
Asiento con convicción y me río despacio cuando sonríe y me acaricia la barbilla con su barba creciente. Se levanta, tira de mí, y me abraza antes de gritar al acantilado.
—¡Nunca me la quitaste, hijo de puta! ¡Ella al fin es mía!
—Siempre lo seré.
Recibo el ímpetu de sus labios cálidos sobre los míos y los saboreo.
—Te amo, Maddox.
—Y yo, pero quiero otro anillo, a poder ser. —Finjo pensarlo y le muestro la mano—. ¿Ya?
—Te compraré toda la puta joyería si nombras a Reese como tu padrino de bodas.
Me carcajeo ante su ocurrencia.
—Deja de meterte con él, solo quería ayudarme.
—Pues ese hijo de puta se metió demasiado en su papel.
—Suele ser muy intenso.
Asiento y me río junto a él hasta que la carcajada muere con el viento.
—¿Qué has hecho en estos siete años, amor de mi vida?
—Pensar en ti —contesto sin dudarlo—. Muchísimo, Star.
—No más de lo que yo, florecilla.
—Ahora ya no vamos a echarnos de menos. —Sonrío—. Vamos a disfrutarnos el uno al otro.
Me abraza con fuerza y une sus labios a los míos.
—¿Cumplirás tu promesa?
—Lo haré.
Entrelazamos los dedos y nos reímos mientras nos besamos.
—¡¿Has escuchado eso, hijo de puta?! ¡Voy a casarme con esta mujer, joder! ¡Me importa una mierda lo mucho que el maldito universo se esfuerce por sabotearnos!
—¡No nos separarás!
—¡Nunca! —sentencia mientras me mira a los ojos.
—¡Nunca!
FIN.