Capítulo Diecinueve
Sebastian
Forcé a mis pulmones a inhalar una vez, y otra, luchando contra una mezcla de pánico, furia, alivio y asombro. Gracie estaba... increíble.
Nunca la había visto arreglada para una salida informal. Llevaba unos shorts vaqueros blancos y una blusa campesina blanca con los hombros al aire que reflejaba las lucecitas colgadas alrededor de la terraza y realzaba los tonos dorados de su piel bronceada.
Una fina diadema plateada con una pequeña estrella a un lado le apartaba el flequillo de la frente, y unos pendientes largos de araña centelleaban a lo lejos, enmarcándole el rostro y reflejando el brillo de sus iris oscuros cuando su mirada se posó en mí.
Cristo, ten piedad de mí.
¿Cómo podía estar tan furioso y a la vez tan feliz de verla?
Quería estrangularla por desobedecer mis órdenes. ¿Tenía idea del peligro que corría? Vale, estaba con Karma, que era un arma letal con piernas, pero le había dicho a Gracie que no se moviera de allí y me había desobedecido.
Al mismo tiempo, quería tirar de las borlas que colgaban de los cordones entre sus pechos, deshacer los lazos cruzados en el frente de su blusa y redescubrir la piel que ocultaba.
Si quería tener alguna oportunidad, tenía que apartarme del camino que mi ira prefería: ir hacia ella hecho una furia y sacarla a rastras de aquel lugar, gruñendo y bramando como un maldito cavernícola.
—¿Orion? —Knox me dio un codazo—. No hagas nada de lo que vayas a arrepentirte.
—Eso es lo que siempre te digo cuando estás a punto de abalanzarte sobre algún imbécil.
—Me toca a mí calmarte. Esta noche no vas a cazar capullos.
Cierto. No estaba cazando al enemigo esa noche. Pronto, pero todavía no. Aunque sí llevaba un tiempo persiguiendo a Gracie Rose.
Era hora de acabar con esta cacería.
—Ve a por dos vinos blancos y una jarra de cerveza —empujé a Knox hacia la barra—. Date prisa y mantén los ojos y los oídos bien abiertos.
—A la orden —Knox se dirigió a la barra y se perdió entre la multitud bulliciosa.
Hacía tiempo que no hacía esto, así que respiré hondo.
Allá vamos.
Fui directo a la mesa.
—Buenas noches, señoritas —apoyé una mano en la silla junto a Gracie—. ¿Me permiten?
—Depende —dijo Karma con su franqueza habitual—. ¿Vas a comportarte como un imbécil?
La ira me ardió en las entrañas y abrí la boca para soltar una réplica desagradable. Me contuve cuando Gracie intervino.
—Karma, por favor, intentemos llevarnos bien, ¿vale? —Gracie le lanzó a su amiga la mirada, y luego me indicó la silla con un gesto, invitándome a sentarme, lo cual me apaciguó.
—Intentaré ser amable —resopló Karma—. Pero solo si no me queda más remedio.
—No te queda otra, y es una orden —me acomodé en la silla, me incliné hacia el hombro de Gracie y casi pierdo la cabeza al captar su aroma—. Si querías salir una noche, podrías habérmelo pedido.
—Sí, bueno —hizo una pausa y carraspeó—. Fue un impulso, y tú no estabas.
Capté la acusación en su voz.
—Yo la arrastré hasta aquí —confesó Karma, para mi alivio—. Pensé que podríamos divertirnos un poco, desahogarnos, ya sabes, salir a buscar rabo.
Forcé las palabras a salir a pesar del nudo que me atenazaba la garganta.
—¿Buscar rabo?
Gracie se sonrojó y miró a Karma.
—¿De verdad tenías que decir eso?
—Es la verdad, ¿no? —miró de Gracie a mí, ajena a la vergüenza de Gracie pero muy consciente del golpe bajo que había asestado—. Si la montaña no va a Gracie, Gracie tendrá que buscarse otra montaña.
Gracie se tapó la cara con las manos y gimió.
—Dios mío.
—Si estás preocupado, no lo estés —añadió Karma con su franqueza habitual—. Se le da fatal buscar rabo. Si alguien es culpable de algo por aquí, soy yo, y quizá tú también, por ser tan imbécil.
—¿Culpable de qué? —Knox dejó caer una jarra de cerveza sobre la mesa y una copa de vino blanco delante de Gracie, lo que me dio unos segundos para aflojar la mandíbula y recomponerme.
La sola idea de que Gracie hubiera venido aquí a buscar precisamente lo que yo quería darle pero le había negado me volvía completamente loco.
—Culpable de sedición, supongo —Karma levantó la copa de vino vacía hacia Knox y la agitó en el aire—. ¿Qué pasa, es que yo no cuento?
—No me dispares, mujer —Knox levantó las manos y fingió rendirse—. El camarero ha tenido que abrir una botella nueva. Ahora vuelvo.
Volvió corriendo a la barra, arrancándole una sonrisa a Gracie con sus payasadas, una sonrisa que ojalá le hubiera provocado yo. Bueno, al menos estaba aquí, y a menos que quisiera invertir en mi cuerpo, no habría más búsqueda de rabo mientras yo estuviera presente.
Desastre evitado.
Me recosté en la silla. El nudo en las entrañas se me aflojó un poco y me recreé en la maravilla de su sonrisa.
Sigue así, Aguilar. Me permití relajarme. Ahora toca caldear el ambiente y hacer que se lo pase bien una mujer que lleva tiempo sin divertirse.
—¿Qué tal si pido unos aperitivos para la mesa? —llamé la atención de la camarera y le hice una seña—. Invito yo.
Gracie y Karma cruzaron miradas de sorpresa, pero cuando la camarera preguntó qué queríamos, fue Gracie quien dijo:
—¿Qué nos recomienda?
—Veamos. —Le eché un vistazo rápido al menú—. ¿Qué tal una ración de gambas al ajillo y dos docenas de ostras? Ah, y me gustaría una sopa de cebolla gratinada, por favor. Me muero de hambre. ¿Alguien más quiere?
Gracie y Karma cruzaron otra mirada de asombro y estallaron en carcajadas. Las risas bajas y sensuales de Gracie fueron como un bálsamo para mis heridas, pero calculé el nivel de vino que quedaba en su copa y entrecerré los ojos observando a las mujeres.
¿Qué les pasaba a estas dos?
La camarera se fue a hacer el pedido y se cruzó con Knox, que llegó con dos jarras de cerveza y el vino de Karma.
—Aquí tienes, mi víbora de lengua afilada. —Knox dejó la copa de Karma delante de ella y se dejó caer en su silla.
—Gracias, armadillo egocéntrico. —Levantó la copa y dio un largo trago.
—Egocéntrico, vale, ¿pero un armadillo? —Knox frunció el ceño mientras vertía la cerveza en las jarras—. La semana pasada dijiste que estaba más arriba en la cadena alimentaria.
—No por mucho. ¿Te acuerdas? —Karma deslizó hacia mí una jarra coronada de espuma—. Dije que eras un puto chimpancé tragamierda y lanzacacas.
—Madre mía. —Gracie se inclinó hacia mí—. ¿Siempre son así?
—Fuera del trabajo, sí. Cuando no están de servicio, siempre intentan superarse el uno al otro.
—¿Pero no en el campo de batalla?
—No. —Di un sorbo a mi cerveza—. En el campo de batalla son una pareja letal, el dúo más feroz de la Unidad de Élite, los operativos que quieres a tu lado cuando la cosa se pone fea.
—Ya veo. —Una leve sonrisa asomó en las comisuras de sus labios.
—¿En qué estás pensando?
—En que me gusta esa palabra «compañerismo». —Su sonrisa se ensanchó, provocándome un hormigueo que me erizó la piel.
—A mí también me gusta esa palabra. —Si supiera cuánto.
—No vas a despedir a Karma por insubordinación ni nada de eso, ¿verdad?
—Qué va. —Descarté la idea con un gesto—. Cuando no estamos trabajando, la cadena de mando queda en suspenso y todos somos iguales.
—Bien —dijo ella—. Me cae bien Karma.
—Es un incordio, pero a mí también me cae bien —admití.
Gracie volvió a centrar su atención en el intercambio entre los otros dos.
—Bruja cruel, escupefuego y de ojos verdes. —Knox hizo un puchero, fingiendo indignación—. ¿Por qué me han expulsado del árbol genealógico de los primates?
—¿No es obvio, troglodita sin cerebro? —Karma esbozó una sonrisa gélida—. Porque tú me rebajaste a mí a la especie reptiliana.
—Eh, espera un momento. —Knox dejó la jarra sobre la mesa—. De donde yo vengo, si se arrastra, tiene colmillos articulados y es venenosa, es una víbora.
—Bueno —contraatacó Karma—, de donde yo vengo, si lo encuentras atropellado en la carretera, lo más probable es que sea un armadillo.
—¿Están peleando ahora mismo? —me susurró Gracie al oído.
Me encogí de hombros mientras jugueteaba con la jarra.
—¿Quién diablos lo sabe?
Apareció la camarera y cubrió la pequeña mesa con la comida que había pedido. Las mujeres picotearon de los platos. Yo devoré la sopa en tres minutos y luego ataqué las gambas y las ostras como si no hubiera comido en doce horas, lo cual era cierto.
Al verme comer, Gracie y Karma cruzaron sonrisas cómplices. Me limpié la boca con la servilleta. ¿Tendría salsa chorreándome por la barbilla?
—¿Por qué no me pediste unas patatas fritas? —se quejó Knox—. Sabes que no como nada de esta mierda.
Al unísono, Gracie y Karma estallaron en carcajadas. Tanto Knox como yo nos quedamos mirándolas. ¿Habrían bebido demasiado?
Knox frunció el ceño.
—¿He dicho algo gracioso, señoritas?
—Gracioso, sí. —Karma esbozó una sonrisa enigmática—. Y triste. Muy triste.
Knox se volvió hacia Gracie.
—¿Un poco de ayuda por aquí?
—Lo siento, Knox. —Intentó contener un ataque de risa sin éxito—. Supongo que eres un hombre de gustos sencillos.
Más risas de Gracie y Karma, y ni una pista sobre el motivo de tanta diversión.
Mujeres. Quién las entiende.
Después de terminar con los platos, bajé la comida con una jarra de cerveza fría. Gracie no dejaba de mirarme. ¿Qué le pasaría por la cabeza?
Knox intervino:
—Estoy pensando en las once.
Karma frunció el ceño.
—¿Qué pasa con las once?
—La respuesta a la pregunta de tu camiseta —disparó Knox—. ¿Sobre esa idea horrible?
—En tus sueños, vaquero. —Karma le dedicó a Knox su mejor puesta en blanco de ojos.
Karma y Knox siguieron lanzándose pullas, y a estas alturas ya me estaban sacando de quicio. Gracie, en cambio, parecía pasárselo en grande con el intercambio. Lo que estaba claro era que esos dos no me estaban ayudando a crear el ambiente.
Cuando la banda arrancó con un reggae suave, miré a Gracie. —¿Quieres bailar?
Abrió los ojos de par en par y tragó saliva. —¿Tú bailas?
—Tendrás que juzgarlo tú misma —me puse de pie y le ofrecí la mano—. ¿Te atreves a probar?
***
Gracie