Capítulo Dieciocho
Sebastian
—Knox, Knox.
Un golpe en la lona de la tienda captó mi atención.
—Es tu maldita tienda —grité desde mi catre en la esquina, encorvado sobre el portátil—. ¿Por qué demonios llamas a la puerta?
—Porque me aterroriza entrar y pillarte haciéndote una paja, por eso.
El zumbido de la cremallera resonó justo antes de que Knox entrara, cerrara la abertura y se girara hacia mí.
—No es que no crea que te vendría bien desahogarte, pero entre colegas, hay cosas que no quiero tener que borrar de mi retina.
—Por suerte para ti, no estoy de humor —gruñí, revisando los informes de Trev.
Nada nuevo por ahora, aunque tenía la impresión de que estaba en movimiento.
Y lo más importante: ninguna indicación de que Gracie hubiera sorteado los bloqueos informáticos de Trev, descifrado la encriptación o intentado filtrar la información explosiva que tenía.
Bien.
Mientras no hubiera hecho eso, teníamos algo de tiempo para resolver las cosas.
Acababa de volver de una reunión de dos días en la sede de Battle Brothers.
Había revisado a fondo lo que contenía la memoria USB de Gracie y me cagué de miedo.
Lo primero que hice al volver fue reforzar la seguridad.
Entre los Battleson, Trev y yo, habíamos trazado una estrategia.
Si Gracie aceptaba.
Según los demás, convencer a Gracie de que colaborara era cosa mía.
Claro.
Se acabó esperar. Tenía que hablar con ella ya.
—¿Dónde está Gracie? —pregunté, tras haber pasado por su casa y no encontrarla.
Knox carraspeó.
—Sí, sobre eso.
—No seas dramático —levanté la cabeza de golpe y vi a Knox cambiando el peso de un pie a otro—. ¿Qué pasa?
—Me ordenaste que cuidara de ella, que me asegurara de que todas sus necesidades y deseos estuvieran cubiertos.
—Sí, ¿y?
—Quería ir al pueblo esta noche con Karma y se lo permití.
El corazón se me paró en seco.
Gracie ya no estaba en Crescent Beach.
No pierdas los nervios. No pierdas los nervios. No pierdas los nervios.
—¿Que qué? —espeté—. ¿Por qué?
—Gracie no es nuestra prisionera.
—Tienes razón, no lo es.
Cerré el portátil de golpe.
—Pero dados los peligros, debería serlo.
—Está con Karma —dijo Knox—. Karma protegerá a Gracie mejor que si la hubiera encerrado en un búnker rodeada de toda la cuadrilla. Además, Karma pasa más desapercibida que yo o cualquiera de los otros tíos.
Knox tenía razón.
Gracie no era mi prisionera y Karma había tramitado la salida por la cadena de mando.
Karma era letal, sabía cómo manejar las cosas y no dejaría que le pasara nada malo a Gracie.
Entonces, ¿por qué seguía con el ácido hirviéndome en las tripas?
—Gracie necesitaba largarse de aquí y despejarse —continuó Knox—. Estuvo encerrada en prisión dos años y medio. Y en cierto modo, todavía lo está. Salvo un par de excepciones que luego te encargaste de joder, la has ignorado las últimas dos semanas. Quiere y necesita divertirse un poco.
—¿Diversión? —gruñí—. ¿Qué quieres decir con diversión?
—Diversión —dijo—. Como en Las Chicas Solo Quieren Divertirse.
Gracie todavía no había tenido ningún encontronazo con los Morgan y no había habido nuevos ataques.
Estaba a salvo con Karma, casi tan segura como si estuviera conmigo.
Si Furman aparecía, Karma lo haría pedazos y se lo daría de comer a las gaviotas.
Gracie y Karma eran como el perro y el gato, pero se llevaban bien.
Por muy rara y espinosa que fuera Karma, a Gracie le vendría bien una amiga, y a Karma también.
Gracie no tenía a nadie más, y eso era culpa mía por ser un imbécil.
Por otro lado, acababa de pasar dos días descubriendo lo peligrosa que era la situación de Gracie.
La información de su memoria USB no había salido todavía, pero aun así, estaba en alerta máxima.
Las tripas me decían que no la soltara por nada del mundo.
Knox y Karma habían seguido mis órdenes y, sin embargo, algo no cuadraba.
Dejé el portátil a un lado y me puse de pie.
—¿Quién está de guardia en la calzada?
—Mac y Devon —dijo Knox—. En mi vida he conocido a nadie que disfrute tanto haciendo guardia como Devon. Es prácticamente lo único que sabe hacer bien en este proyecto.
—Contáctalos por radio —ordené, cogiendo las llaves—. Pregunta adónde fueron Karma y Gracie. Deberían haber apuntado su destino.
—No hace falta —dijo Knox—. Sé adónde fueron.
—¿Adónde?
—A un lugar llamado The Happy Clam.
—¿The Happy Clam? —dije con voz ahogada.
Había hecho un reconocimiento exhaustivo del pueblo.
The Happy Clam era el bar-restaurante del pueblo.
También era el mercado de carne local.
Ya era bastante malo que Gracie estuviera fuera de la fortaleza que había construido para ella.
Ahora tenía una nueva preocupación.
La advertencia de Knox volvió para atormentarme.
Tal vez Gracie consiga lo que quiere de otra manera, había soltado hacía un tiempo.
Joder.
—Vamos. —Agarré el Stetson de Knox y se lo planté en el estómago—. Tenemos que irnos.
***
Gracie
Hacía una eternidad que no pisaba un bar.
The Happy Clam estaba a reventar. Huyendo del gentío del interior, me senté en una silla de rejilla en la esquina más alejada y discreta de la terraza exterior, que daba a las aguas estancadas de un canal fangoso.
Incluso con la barandilla a mi espalda y la mesa redonda como barrera entre el mundo y yo, me sentía expuesta, como si tuviera una diana pintada en la frente.
Hundí las yemas de los dedos en la malla metálica y apreté. La ansiedad se estaba apoderando de mí. ¿Por qué, por qué había aceptado esto?
Sentada allí sola, sabía perfectamente cómo se sentía un pez fuera del agua.
Los rostros se difuminaban ante mis ojos.
De pie junto a las puertas correderas, un tipo con bigote, sonrisa espeluznante y camisa manchada de kétchup no dejaba de mirarme las tetas.
Con Karma perdida entre la multitud, lo único que podía hacer era evitar sus ojos sórdidos y respirar, solo respirar.
Esto había sido una mala idea.
Había entrado en sobrecarga sensorial en cuanto pusimos un pie en el local.
Era irracional, pero había empezado a añorar las paredes monocromáticas de la penitenciaría y la uniformidad de los monos que llevaban todas las reclusas.
Abrumada, me había dado media vuelta y había echado a correr hacia la camioneta.
Karma me había agarrado de los hombros, me había mirado a los ojos y había negado con la cabeza.
Regla número cinco. Sé valiente y audaz. Así que eso intentaba.
El olor a pescado frito, cerveza rancia y pantano húmedo me asaltaba las fosas nasales.
El hedor a cigarrillos llegaba flotando desde la mesa de al lado.
La gente bebía a litros, y el estruendo de la banda que tocaba al otro lado de la terraza aumentaba el ruido.
La risa estridente de una mujer me hizo dar un respingo.
—Tranquila. —Karma apareció de la nada con dos copas de vino blanco y plantó una delante de mí—. Dale un poco de tiempo, ¿vale?
Asentí, pero lo único que quería era largarme de allí.
Karma tomó asiento y levantó la copa en el aire.
—Por la polla de tus sueños.
Con las mejillas ardiendo, choqué la copa contra la suya y di un sorbo de vino. No era nada elegante, pero estaba fresco y me calmó los nervios.
El Tipo del Bigote Espeluznante salió pavoneándose de la esquina y se plantó delante de nosotras.
—Hola. —Me repasó brevemente con la mirada y luego levantó el vaso hacia Karma—. Me gusta tu camiseta.
Miré. Karma llevaba una camiseta blanca ajustada que dejaba ver el sujetador de encaje debajo. Las letras bajo los pechos decían: Esa es una idea horrible. ¿A qué hora?
Karma miró del Tipo Espeluznante a mí y de vuelta a él. Esbozó una sonrisa gélida que realzaba la mirada asesina que le clavó, y luego agitó la mano como si espantara un mosquito.
—Lárgate.
—Quizá tu amiga tenga una opinión diferente. —Miró en mi dirección, pero cuando negué con la cabeza, se le retorció el rostro de furia y descargó su ira contra Karma—. ¿Quién coño te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?
Uy. Mala idea, tío.
—Soy la mujer que puede hacerte un nudo en la polla y metértela por el culo.
—Karma esbozó una sonrisa ártica capaz de congelar los trópicos—.
También puedo abrirte otro agujero en el culo si quieres.
Así que elige, capullo. Vete con tus partes intactas o sal cojeando de aquí con la polla reventada.
—Zorra —gruñó el hombre, pero afortunadamente se largó dando pisotones.
El vino me sabía agrio en la boca.
—¿Tenías que ser tan borde?
—¿Querías follártelo? —contraatacó Karma, sacando la barbilla.
—No.
—Entonces sí, tenía que ser tan borde, o el cabrón se habría quedado pegado a ti como una mosca en papel matamoscas el resto de la noche.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Podía olerte la debilidad desde la otra punta del bar y estaba más que listo para aprovecharse de ella, de ti, si se lo hubieras permitido. El objetivo de este ejercicio es que tú elijas a un tío, no al revés. Nunca, jamás muestres debilidad ante imbéciles como él. ¿Entendido?
—Entendido. —Tragué saliva—. ¿Cómo lo supiste?
—Tengo un sexto sentido con los hombres. Reconozco a un gilipollas en cuanto lo veo. No quieres ni mirar a ese cabrón. Ahora, sigamos. —Bebió de su vino y se fijó en otro tipo que también nos estaba mirando—. ¿Qué tal ese?
—Oh, por favor. —Me aferré a la copa de vino—. ¿Te refieres al del pelo grasiento?
—Quizá sea solo un poco de acondicionador de más —especuló Karma.
—Puaj. —Negué con la cabeza—. Ni muerta.
—No tiene nada de malo ser exigente. —Karma apoyó el codo en la mesa y se sostuvo la barbilla con la palma—. ¿Qué tal el de la corbata?
—La corbata es roja —señalé.
Karma arqueó una ceja.
—¿Y?
—El rojo es el color de advertencia de la naturaleza. Significa: tóxico, sal corriendo.
—Ah, por eso me gusta tanto llevar rojo. —Karma se tamborileó con los dedos en la mejilla.
—Tú no eres tóxica —dije—. Y nunca te he visto de rojo.
—Pero sí hago que la gente salga corriendo. —Su sonrisa era tan neutra que no pude distinguir si era amarga o burlona. Sus ojos astutos escrutaron la multitud.
—¿Qué tal el de la mesa del fondo? —sugirió—. Parece majo.
Seguí la mirada de Karma y localicé a un tipo que estaba devorando un plato. De piel morena, bien afeitado y guapo. Cuando me pilló mirándolo, me dedicó una sonrisa de dientes perfectos. Una oleada de calor me subió a la cara y habría jurado que se me quemaron las mejillas hasta chamuscarse.
—Oh, sí. —Karma me arqueó las cejas—. Le gustas. Es guapo, bien arreglado, y no tiene ni una pizca de rojo encima. ¿Ves lo que está comiendo?
—¿Buñuelos de maíz? —ofrecí, esperanzada.
—Uh-uh. —Sonrió—. Ostras. Ha pasado esa prueba. Está sentado junto a una ventana y, por lo que veo, no se ha mirado ni una sola vez. Solo tienes que pedirle que baile. Entonces lo sabremos.
Cumplía los requisitos de Karma, pero no era para mí. Ansiaba a Seb. A nadie más. Era como si ya hubiera elegido, como si mi corazón estuviera reservado para él y ningún otro sirviera.
Lástima que Seb no estuviera por aquí. O que no quisiera saber nada de mí.
El arrepentimiento me alcanzó. No lograba quitarme de encima la sensación de que Sebastian había mejorado mi vida. ¿Y cómo le había agradecido sus esfuerzos?
Enfadándome con él y luego quedándome con sus cosas para chantajearlo, para conseguir una oportunidad de seducirlo, de meterlo de nuevo en mi cama, de usarlo para mi propia satisfacción, aunque sabía que aquello no llevaría a ninguna parte porque, seamos sinceros, en el momento en que desafiara a los Morgan, no tenía futuro.
Dios, Gracie. Menuda arpía estás hecha. No es de extrañar que Sebastian no quiera saber nada de ti. ¿Qué has hecho?
Aunque iba en contra de mis instintos, me había dejado llevar por la fantasía que Knox había plantado en mi cabeza: seguir adelante con el plan.
No era culpa de Knox. Era mía, y allí sentada en The Happy Clam, asumía toda la responsabilidad.
Mi arrogancia —y quizás también la de Sebastian— nos había llevado a este punto muerto infernal.
Ya había sufrido injusticias antes, sabía lo mal que se pasaba, lo devastador que era. No quería infligir eso a nadie más. Necesitaba ser justa con Sebastian.
Si mi agente inmobiliario tenía razón y surgía una oferta por la playa y la aceptaba, tendría listo mi fondo de escape. Eso, junto con la perspectiva de contratar a un especialista en descifrado mañana, me acercaba un paso más a poner en marcha mi plan.
Después de eso, nunca volvería a ver a Sebastian.
El pensamiento me quemó una marca en forma de lágrima en el corazón. ¿Quería separarme de Sebastian y dejarlo con el sabor amargo de mis actos y mi arrogancia?
Me mordí el labio. Ojalá supiera cómo arreglar esto.
—¿Karma? —Me decidí—. No quiero parecer una cobarde, pero quiero irme a casa. No creo que pueda ir de compras de pollas aquí. —¿Acababa de decir eso en voz alta?—. No creo que pueda ir de compras de pollas en ningún sitio. —Sí, lo había dicho, dos veces—. Ni esta noche. Ni nunca.
—Solo necesitas un poco de práctica, eso es todo.
—Me dio una palmadita en la mano, algo muy poco propio de Karma, y me di cuenta de que estaba siendo amable conmigo—.
Si quieres irte, nos vamos. Pero... —Se quedó muy quieta y sus ojos esmeralda brillaron—.
A las tres. Mira lo que ha traído la marea.
Tardé un momento en darme cuenta de que las tres significaba que mirara a mi derecha.
De pie junto a las puertas correderas de cristal, vi a Knox, inconfundible con sus botas de piel de serpiente y su Stetson.
Junto a él, diez centímetros más alto, Sebastian estaba plantado con los brazos cruzados sobre el pecho, su mirada recorriendo la multitud como si inspeccionara un campo de batalla.
Se me estrechó la visión. El pulso se me disparó y las manos se me pusieron sudorosas.
Estaba para comérselo, con una camisa negra de manga corta y unos vaqueros.
Verlo hizo que todos los demás desaparecieran.
Cuando nuestras miradas se encontraron, apretó la mandíbula, sus cejas pobladas casi se juntaron sobre la nariz y sus ojos azules echaron chispas.
Tragué en seco y me pasé los dientes por el labio inferior. Sebastian estaba aquí. Y estaba cabreado.