Capítulo Catorce #2
—Francotiradora. —Sabía que era mejor no mostrar alarma—. Suena interesante. Cuéntame más.
—Fui francotiradora de los Marines. —Escrutó mi reacción con sus astutos ojos verdes—.
La primera de mi promoción. Ese sigue siendo mi papel principal en el campo de batalla.
Mi especialidad es matar gente a distancia.
Un disparo, un muerto. —Formó una pistola con los dedos y me apuntó—.
Pum. —Sopló el humo imaginario que se elevaba de su dedo índice y me miró con suficiencia, esperando sin duda mi conmoción.
—Suenas de puta madre.
—Lo soy —dijo—. También mato gente para ganarme la vida. ¿Tienes algún problema con eso?
Me lo pensé.
—Lo tendría si estuvieras matando inocentes.
Su voz se volvió hielo.
—Soy una profesional. No mato inocentes. Elimino hijos de puta.
—En ese caso, no oirás ni pío de mí. —Se me encendió la bombilla—. Oye, a lo mejor podrías enseñarme a disparar esas armas que lleváis todos.
—¿Por qué una rosa delicada como tú querría aprender a disparar?
—Para protegerme. —Y a los que me rodean si hacía falta. Para cumplir la regla número seis: que no muera nadie por mi culpa—. No soy tan delicada como parezco. Quiero ser una tía dura como tú.
Resopló.
—Ten cuidado con lo que deseas. —Se señaló de arriba abajo—. Esto no es precisamente el modelo de mujer más popular.
—A mí me gusta igual.
—Bueno, mierda. —Su sonrisa se ensanchó, y le quedaba preciosa—. Primrose tiene agallas y carácter, y no le asusta pasar el rato con una asesina jodida como yo.
Un coro de carcajadas estridentes se elevó desde la hoguera en la playa, donde la mayoría del equipo se había reunido para preparar la cena. A juzgar por lo que se oía, era puro humor de tíos: chistes de caca y pedos.
Hice un gesto con la cabeza hacia ellos.
—¿No es increíble cómo un grupo de hombres adultos puede rendir al máximo todo el día y luego convertirse en cavernícolas?
—Es el ADN de simio —dijo Karma con cara de póker—. Se activa cuando se pone el sol y los tíos se juntan alrededor de un fuego.
Volví a reírme. Esta mujer era la monda.
—No me malinterpretes, adoro a esos gorilas. —Los ojos de Karma reflejaban las llamas de la fogata—. Son mi tribu, ¿sabes?
—La única vez que tuve una tribu fue en prisión —confesé.
—Entonces sabes lo jodido que es pertenecer y a la vez no pertenecer.
—Lo sé. —Ella era tan diferente de su tribu como yo lo había sido de la mía, y aun así conseguía encajar.
Observé a la mujer que se erguía sobre mí.
Medía un metro ochenta de puro músculo esbelto y definido, con el pelo peinado hacia atrás y recogido en un moño tirante en la nuca, dejando a la vista un rostro ancho, pómulos marcados y lo que sin duda era ascendencia nórdica.
Era tan rubia que su pelo parecía blanco bajo la luz de la luna naciente.
Sus enormes ojos verdes eclipsaban una nariz recta y una boca ancha capaz de soltar las maldiciones más escandalosas. Allí de pie, observando a su clan de hombres, parecía tan poderosa y fuerte como ellos.
También parecía sola. Como yo.
—Knox me ha colado un pack de seis cervezas de las reservas del equipo —dije—. ¿Quieres una? Incluye carné del Club del Cromosoma Y y una subtribu de dos.
Abrió mucho los ojos y por un segundo pareció sorprendida, pero se recompuso enseguida.
—¿Segura que quieres pasar el rato conmigo?
—Aunque fueras la mismísima reina del infierno.
Su risa fue una sorprendente cascada de risitas de niña.
—Joder, sí —dijo, todavía riendo—. Me vendría bien una cerveza.
—Bien. —Me separé del remolque—. A mí me vendría bien una amiga.
***
Sebastian
Desde mi sitio junto a la hoguera, no le quité ojo a Gracie. Estaba sentada al lado de Karma, mordisqueando su perrito caliente mientras charlaba animadamente con algunos de los chicos que la rodeaban. Me empalmé solo de verla lamer el kétchup de la salchicha.
Sí, había pasado de la obsesión a la locura.
Knox —el maldito traidor— también estaba entre el pequeño grupo que rodeaba la silla de camping de Gracie. Tampoco podía culparlo por querer estar cerca de ella. Él y todos los demás de mi equipo parecían encantados de pasar el rato con Gracie.
El único idiota que no lo hacía era yo.
Me merecía mi castigo. Sentado solo, era un paria entre mi gente. Todos parecían saber que le estaba negando algo a Gracie, pero a nadie se le ocurría pensar que ella me estaba negando algo a mí.
No había justicia para un tipo como yo en este mundo.
Gracie Rose podía parecer frágil, pero estaba hecha de acero. Ahora que se había hecho amiga de todos en el campamento, parecía más fuerte, más segura, menos necesitada de mi ayuda o mi compañía con cada día que pasaba.
Ocho días después de que me echara de su casa, ella no cedía, y yo tampoco. Menuda cagada. La deseaba, pero no podía superar el fantasma que me perseguía ni mi maldito orgullo.
De ninguna manera podía ir a su casa y estar a solas con ella sin besarla hasta atontarla y recorrer con las manos todo su dulce cuerpo.
Estaba bastante seguro de que si subía esas escaleras y me plantaba delante de ella, iba a tirar mis cosas por la ventana, echarme de su vida, y quizá hasta exigir que me largara del lugar, algo que podría poner su vida en peligro y que era inaceptable para mí.
No iba a quitármela de encima. Ni de coña.
Crescent Beach ya estaba libre de escombros. La compañía eléctrica había tendido nuevo cableado y restaurado el suministro. Había costado lo suyo, pero un poco de labia por mi parte y un ligero ajuste en la lista de espera por parte de Trev habían conseguido que la compañía viniera hasta aquí.
El muelle ya era utilizable, se había instalado la fontanería y vertido una nueva solera de hormigón para los baños comunales, y las nuevas cabañas prefabricadas estaban encargadas.