Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo nueve #2
32%

Capítulo nueve #2

—Todo lo segura que puedo estar —dijo, y luego frunció el ceño—. No creerás que Furman sería capaz de llegar al asesinato para quedarse con mi propiedad, ¿verdad?

—No sé hasta dónde sería capaz de llegar ese imbécil para conseguir lo que quiere —dije—, pero pienso averiguarlo. ¿Por qué los Morgan quieren verte muerta?

Negó con la cabeza. —Esa pregunta no estoy dispuesta a contestarla.

—¿Por qué no?

—Porque saber la respuesta sería letal para ti.

Menuda respuesta directa. No quería decirme por qué los Morgan querían matarla, para protegerme. Era algo tierno. Imprudente, pero tierno.

O tal vez no estaba lista para contármelo todavía porque, aunque se había acostado conmigo, no confiaba en mí ni en mis habilidades.

Se me hizo un nudo en las tripas. Esa terrible sensación de fracaso que me había invadido el día que Martin desapareció volvía ahora para torturarme. Para colmo, le había hablado de Martin. ¿En qué demonios estaba pensando?

Necesitaba que confiara en mí para mantenerla a salvo, pero era más que eso. Después de lo de anoche, quería que confiara en mí, que se pusiera en mis manos, para volver a hacer lo que mejor se me daba antes de Martin: cuidar de mi gente.

—Ya tienes tus respuestas —dijo ella—. Mi turno.

Mujer obstinada. Si me ocultaba secretos, acabarían matándola. Reuní la poca paciencia que tenía y decidí que tenía que esforzarme más en esto de la confianza. Necesitaba más de mí antes de poder confiarse a mí.

—Dispara.

—Si tú y tu equipo sois soldados de primera, entonces ¿por qué estáis aquí, haciendo este trabajo? —Sus cejas oscuras se arquearon—. ¿Por qué estás tú aquí?

Sí, era típico de ella centrarse en las discrepancias y controlar la conversación, apartándome de mi línea de interrogatorio.

—Te lo contaré —tomé una decisión sobre la marcha—. Pero agradecería tu discreción.

—Por supuesto.

Hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.

—Formamos parte de una organización de veteranos militares que nos exige desarrollar habilidades ajenas al combate —recé para que no pidiera nombres ni detalles—.

Es un programa especial basado en una amplia red que nos conecta con trabajos civiles por todo el país.

También nos permite mantener al día nuestras capacidades de combate trabajando en misiones sobre el terreno.

—¿Qué tipo de misiones?

—Sobre todo operaciones humanitarias —evité detalles que pudieran generar controversia—. Al mismo tiempo, nuestra organización nos anima a desarrollar y practicar nuestras habilidades civiles entre misiones.

—Vaya.

Frunció el ceño mientras procesaba todo aquello.

—¿Por qué?

—¿Por qué gente como nosotros se uniría al programa? —me encogí de hombros—. Ya sabes, para tender un puente.

—¿Un puente?

—Sí, un puente —dije—, una transición entre la vida de soldado y la vida civil.

—Ah, ya veo.

Pareció darle vueltas.

—¿Cuándo?

Fruncí el ceño.

—¿Cuándo qué?

—¿Cuándo completarás tu transición de soldado a civil?

Nunca, esperaba. No existía ningún escenario en el que dejara de luchar. Era lo que hacía, para lo que había nacido.

—No lo sé —intenté disimular el tono defensivo de mi voz—. Más adelante, supongo.

Esos ojos negros e implacables me taladraron.

—¿Más adelante cuándo?

—Cuando sea mayor —cuando ya no pudiera luchar, o mejor aún, cuando estuviera muerto.

—Así que prefieres luchar a construir.

Se acercó a las puertas correderas, apartó la cortina y observó a mi equipo trabajando abajo.

—Todos vosotros. ¿Me equivoco?

—No puedo hablar por todos los hombres y mujeres del equipo, pero puede que tengas razón.

—Tú y los demás hacéis esto porque forma parte de vuestro programa —dejó caer la cortina y se volvió hacia mí.

—¿Hay algo malo en eso?

—No, pero...

—Te lo juro por Dios, todos tenemos la experiencia y las credenciales necesarias para estar aquí.

Yo incluido. Antes de que mi padre muriera y yo me alistara, él tenía una empresa de construcción en Orlando.

Trabajé con él desde adolescente. No mentía cuando dije que soy contratista con licencia en Florida.

La Unidad de Élite también es muy buena protegiendo activos.

—¿Un activo?

—Tú.

Se sobresaltó al oírlo.

—No te contrataron para protegerme.

—Me contrataron para arreglar este desastre y todo lo que conlleva —estábamos dando vueltas en círculos—. Tu situación entra dentro de los parámetros de nuestra misión y ahora te has convertido en el activo que tenemos que proteger.

Ahí estaba otra vez, alzando la barbilla, el desafío más orgulloso e insolente que podía lanzar sin palabras.

—¿Y si no quiero que me protejas?

—No es decisión tuya —dije—. Es mía y ya la he tomado.

—¿Ni siquiera si el trabajo pone en peligro a tu equipo?

—Saben a lo que se apuntaron —dije—. Toda misión conlleva riesgos. Además, hemos tomado precauciones. No nos volverán a pillar desprevenidos.

Resopló.

—Entonces, diga lo que diga, ¿no te irás?

—He venido para quedarme —dije—. Un ataque como el de anoche no volverá a ocurrir.

Se detuvo a pensarlo.

—Hablando de anoche...

El mero sonido de sus palabras me devolvió a ese estado de incomodidad que un tipo con mis proporciones difícilmente podía ocultar. Si pretendía distraerme de conseguir las respuestas que necesitaba, casi lo logró cuando su mirada se deslizó hacia mi cremallera.

—Anoche te reté y cumpliste —me apresuré a decir antes de que ella tomara la iniciativa—. Besas de maravilla.

—Tú tampoco te quedas atrás —esbozó una leve sonrisa y, fingiendo no ver el efecto que tenía en mí, se acercó al mostrador y se sirvió más café—. Y preparas un café estupendo.

—Me alegra saber que tengo algo bueno.

—Tienes muchas cualidades buenas —se giró para mirarme y frunció ligeramente el ceño—. ¿Por qué necesitarías redención?

Por fallarle a mi equipo. Por dejar atrás a uno de los míos. Por volver a buscarlo una y otra vez sin encontrarlo. Se me revolvió el estómago. Ella no necesitaba saber nada de eso.

—Era solo una forma de hablar —dije al fin.

—¿Lo era? —dio un sorbo al café y me escrutó el rostro—. Entonces, ¿esto no tiene nada que ver con alguien llamado Martin?

No dije nada. Se me había escapado algo la noche anterior, pero no pensaba seguir hablando de Martin.

—Lo entiendo —dijo con suavidad, y por extraño que parezca, sentí su comprensión en lo más hondo—.

¿Qué te parece esto? Tú y tu equipo os quedáis y reconstruís Crescent Beach.

Tenéis carta blanca en este lugar, tal como os contrataron.

A cambio, no hacéis más preguntas y yo soy libre de ir y venir a mi antojo.

—Lo siento, señora, eso no va a poder ser —Martin estaba muerto, pero los Morgan seguían vivos y coleando, y por lo visto planeaban acabar con Gracie.

—¿Por qué no?

—A mí nadie me dispara —dije—. A ti ya te han disparado.

—Es problema mío —dijo, y lo decía en serio—. No tuyo.

—¿En serio? —me debatí entre el impulso de estrangularla por cabezota y el de besarla por valiente.

Empecé a hacerme una idea de lo que era capaz de pensar y hacer. Solo había una razón lógica para que quisiera libertad de movimiento. Pretendía hacer algo. Sola.

¿Venganza?

Se me heló la sangre. ¿De verdad creía que podía enfrentarse sola a quienes la habían encerrado?

—A ver si lo adivino —até cabos mentalmente, aplicando mi entrenamiento en inteligencia y analizando su lenguaje corporal, algo nada difícil dado que era transparente como el agua—. Creo que, en el momento del juicio, los Morgan te amenazaron. Fuiste a prisión para proteger algo o a alguien.

El estupor en su rostro expresivo confirmó que iba por buen camino.

—Para proteger a alguien —corregí, y aposté por lo más obvio—. Tu tía Betsy.

—¿Cómo puedes saber eso? —palideció tanto que temí que fuera a desmayarse.

—No lo sabía, hasta que tú misma lo has confirmado.

—Imbécil —apretó el puño en torno a la taza y me fulminó con una mirada capaz de fundir el acero—. ¿Te crees que puedes jugar así conmigo?

—No estoy jugando contigo —dije—. Solo consigo mis respuestas.

—Algo que se te da de maravilla —dijo con sorna.

En eso tenía razón.

—Me lo tomaré como un cumplido.

La manera en que apretó los labios hasta formar una línea recta confirmó mis sospechas. No estaba hecha para mentir ni engañar, y tenía poco control sobre cómo sus emociones se reflejaban en su rostro.

Viniendo de un mundo donde cada hijo de puta al que cazaba tenía más de una cara y se alimentaba de la malicia y el engaño, su incapacidad para mentir me resultaba encantadora.

¿Encantadora?

«Estás perdiendo facultades, Orion. ¿Cómo demonios vas a estar a la altura de tu reputación si te derrites como un helado al sol cada vez que te enfrentas a esta mujer?»

—No eres tonta, Gracie —continué, reconstruyendo el escenario más probable—. Seguiste el juego a los Morgan en apariencia, fuiste a prisión y mantuviste un perfil bajo. ¿Me equivoco?

Se examinó las cutículas.

—A veces la seguridad se encuentra en los lugares más insospechados.

Era una admisión, pero no una respuesta.

—Pero ya no estás en prisión —dije—. El ataque de anoche me dice que ocultas algo. Lo que más me cuadra es que sabes algo que amenaza a los Morgan o que tienes algo contra ellos. Algo que quieren o temen.

El movimiento de su garganta al tragar la delató. Había dado en el blanco.

—Mientras tengas eso, sea lo que sea, estás en peligro —dije—. ¿Por qué no me cuentas qué es y dejas que yo me encargue del resto?

—Es demasiado peligroso —dijo en voz baja.

—El peligro es lo mío, siempre lo ha sido.

—Me niego a ponerte en peligro por mi culpa.

Este tiovivo tenía que parar.

—Quieres saberlo todo sobre mí —tamborileó con las uñas en la taza—. A mí me gustaría saber más de ti. ¿Qué tal si me cuentas más sobre Martin?

—Eso no va a pasar —¿estaba proponiendo un intercambio? ¿Martin a cambio de lo que tuviera contra los Morgan? No estaba seguro. ¿Sería capaz de hacerlo?

Su actitud cambió. Un destello animó sus ojos de obsidiana y su boca se curvó en una sonrisa triste.