Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo seis #3
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Capítulo seis #3

—Multitarea, ¿recuerdas? Quería jugar en el equipo de fútbol americano, pero no me dejaron. Así que me metí en las animadoras.

Sus ojos brillaron con humor.

—Sin ánimo de ofender, pero no tienes exactamente el físico de un corredor.

—Era rápida —dije a la defensiva—. Podría haber sido receptora.

—Receptora quizás, aunque nunca abierta —me provocó con esa sonrisa pícara que me provocaba un cosquilleo en las entrañas. Giró el libro para mostrarme una foto mía a hombros de un grupo de chicos—. Me parece que el equipo de fútbol te apreciaba mucho.

—Eso no es nada —refunfuñé.

—¿En serio? —volvió a colocar el libro sobre su regazo y pasó el dedo por los garabatos del papel satinado—.

La chica más guapa del pueblo. La chica más simpática de la escuela.

Con más probabilidades de triunfar. Sí, de nuevo, no cuadra con toda esa mierda que dijiste sobre ser un desastre.

Y, vaya, mira esta —dio un golpecito en la foto donde yo atendía el puesto de recaudación del equipo—. La que mejor besa del planeta.

Se me encendió la cara. Debí de ponerme roja como un tomate.

—No es lo que piensas.

—¿Ah, no? —se echó hacia atrás, con los ojos brillantes—. ¿Y qué crees que pienso, Primrose?

—Lo hice por caridad.

—Qué noble —Seb ensanchó su sonrisa sexy—. A un dólar el beso, recaudaste un buen dinero para el equipo. Hmm. Me pregunto...

—¿Qué te preguntas?

—Si eres tan buena como dijeron estos chicos —su mirada brilló con un toque de picardía—. O mejor aún, si todavía te acuerdas de cómo se hace, si sigues siendo tan buena.

—¿Perdona? —aspiré indignada—. ¡Por supuesto que soy buena! No me gané mi reputación como la que mejor besaba de la escuela por nada. Los chicos hacían cola para que los besara. Recaudé mucho dinero ese día, y muchos repetían, además.

—¿Te importaría demostrar que aún conservas el don?

—¿Qué? —mi voz se quebró, como si estuviera furiosa, solo que no lo estaba. Estaba más bien sorprendida de lo mucho que deseaba hacer esto, de lo bien que encajaba su sugerencia con lo que mi cuerpo necesitaba y anhelaba, por no hablar de mi nuevo manual de supervivencia.

Y aun así, fue la mojigata quien habló.

—No tengo que demostrarte nada.

—Tienes razón, no tienes que hacerlo —cerró el anuario con un golpe sordo—. Pero pensé que, sintiéndote tan mal como te sientes, te vendría bien la oportunidad de demostrarte a ti misma que eres buena, muy buena en algo.

Hijo de mona. Lo conocía desde hacía solo unas horas y ya sabía cómo me sentía y quizás incluso lo que necesitaba.

Hacía unos minutos me había preguntado cómo sería tocarlo, besarlo, hacer...

eh... otras cosas con él. Aquí estaba mi oportunidad.

¿Y ahora me hacía la ofendida ante la misma proposición que llevaba deseando desde el momento en que conocí a Seb?

Señor, ayúdame. Estaba loca si dejaba pasar esto y demente si no lo hacía.

—No tienes que hacer nada que no quieras —repitió mientras giraba su linterna frontal hacia arriba, lo que creó una pequeña burbuja de luz en el techo—. Pero me has picado la curiosidad con tanta fanfarronería.

Intentaba provocarme.

—No estaba fanfarroneando.

—Sí que lo estabas —esbozó una sonrisa lobuna—. Pero oye, si no estás dispuesta a reclamar tu título, también está bien. No pasa nada si estás oxidada.

Me desafió con esa sonrisa sexy, consciente, arrogante que hizo que el corazón me diera un vuelco en el pecho.

Se quedó muy quieto, estudiándome el rostro, y el roce de su mirada ardiente me encendió la piel.

Chispas de emoción me recorrieron la columna, activaron cada una de mis terminaciones nerviosas y se fundieron en un calor líquido en lo profundo de mi vientre.

Oh. Dios. Mío. No lo hagas. No abras esta caja de Pandora.

Hazlo. Abre de par en par cada puerta prohibida en tu camino. O mejor aún, echa abajo la maldita puerta y consigue lo que quieres.

Ser buena no me había dado nada. Quizás ser mala era el camino a seguir.

Contemplé la hermosa boca de Seb y me lamí los labios. Mis ojos se deslizaron hacia abajo en un movimiento involuntario. ¿Era el bulto que se marcaba en sus pantalones de chándal la prueba de que sus deseos eran tan oscuros y poderosos como el anhelo que me hervía en la sangre?

Sé una cabrona. Sin culpa, sin arrepentimientos. Sé valiente y audaz.

Era hora de romper las viejas reglas y abrazar las nuevas.

Quién sabía adónde podría llevar esto si él estaba dispuesto.

Exactamente adonde yo quería que fuera.

Las olas lascivas de deseo que me recorrían el cuerpo, las ganas de sentir su lengua en mi boca y la audacia imprudente que todo aquello conllevaba encajaban con la nueva Gracie sin miedo en la que quería convertirme.

Elegí ser mala, tan mala como Sebastian me dejara serlo, empezando en ese mismo instante.

—¿Quieres pruebas? —Bajé la barbilla y lo miré con los ojos entornados—. Te daré pruebas.

El pulso se me aceleró mientras él dejaba el anuario a un lado, juntaba las manos sobre el regazo y alzaba la barbilla en un claro gesto de desafío.

—Adelante, Primrose —sus ojos chispearon, prendiéndome con la llama más abrasadora—. Dame con todo.