Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo Uno
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Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6)

Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6)

Por Anna del Mar

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Capítulo Uno

Sebastian

—No, negativo —empujé el sobre y lo devolví al otro lado del escritorio—. Yo no firmé para esta mierda. Quiero combatir.

—Llevas años luchando sin parar —señaló Kass con ese tono severo de Delta Force—. Es hora de hacer algo diferente.

¿Algo diferente de luchar?

Solo pensarlo me revolvió el ácido del estómago.

Reprimí una réplica desagradable y clavé la mirada en los ojos azul glacial de Kass.

—¿De qué demonios hablas?

El director ejecutivo de Battle Brothers Inc.

me observó con su mirada fría y calculadora.

Estaba sentado frente a mí en una silla de cuero blanco, presidiendo su elegante oficina moderna.

Desde el piso cincuenta y nueve de la Torre BB, los ventanales de suelo a techo ofrecían vistas impresionantes de Denver y las Rocosas.

Las montañas dentadas enmarcaban los anchos hombros de Kass mientras soltaba un sonoro resoplido.

—Luchaste durante años, primero como Boina Verde, luego con Delta Force —comenzó el vikingo rubio—.

Después colgaste tu cartel, contrataste a tu equipo y seguiste luchando por tu cuenta en Sudamérica.

Desde que llegaste aquí, no has parado: misión tras misión para Battle Brothers. Es hora de bajar el ritmo.

Acababa de volver de una de esas misiones, una que había logrado liberar a los cooperantes tomados como rehenes. Estaba cansado y de mal humor, por no hablar de lo mucho que desconfiaba de los motivos de Kass para sacarme de la lista de combate.

¿Pensaba que era un vago?

—Mis misiones han ido según el manual —me removí en el asiento y desafié a Kass alzando la barbilla sin afeitar—. ¿O tienes alguna queja de mi trabajo?

—Sebastian Aguilar, deja ya esa actitud a la defensiva —Kass se reclinó en su silla y me atravesó con la mirada—. No tengo quejas. Ninguna. Como líder de la Unidad de Élite, has hecho un trabajo excelente. Pero luchar no es lo único que hacemos.

—Venga ya —incapaz de quedarme quieto, me levanté y empecé a dar vueltas frente al escritorio de cristal y acero—. Luchar es lo que hago. Lo que me encanta hacer. ¿Por qué me estás tocando las narices?

—¿Necesito recordártelo? —Kass juntó las manos sobre el regazo, con ese tono didáctico que me sacaba de quicio—.

Cuando te uniste a Battle Brothers, aceptaste hacer otras cosas además de dirigir misiones de combate.

Cosas como desarrollar y diversificar tus competencias civiles y hacer servicio comunitario. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo —respondí con un deje de rebeldía—. Ya haré esas cosas. Más adelante.

—Sebastian...

Desde detrás del escritorio, su mirada fulminante me atravesó. No era hombre de muchas palabras. El acero en sus ojos lo decía todo. Quería que hiciera esto.

Una mierda, porque era mi jefe.

Conocía a Kass Battleson desde hacía años. Había servido con él cuando los dos estábamos en activo en Delta Force. Por aquí lo llamaban Ice.

El año pasado lo había ayudado en una misión personal, y acabé oficiando su boda porque tuvo lugar en medio de un maldito campo de batalla.

Fue pura casualidad. Yo era el único soldado por allí con licencia de ministro online, y solo porque mi hermana, borde como ella sola, había insistido en que oficiara la suya el año anterior.

Sospechaba que haberlo ayudado a ganar la batalla y a casarse con el amor de su vida eran las verdaderas razones por las que me había invitado a formar parte de su exclusiva organización.

A la deriva, sin rumbo fijo, atormentado por un pasado del que no lograba librarme y con ganas de volver a formar parte de un equipo de guerreros afines, había pensado que era buena idea.

Hasta ahora.

Solté un largo suspiro y me obligué a preguntar:

—¿De qué va esta misión?

—Es una simple reconstrucción, un proyecto de obra.

—¿Construcción? —Había dejado esa parte de mi vida atrás hacía tiempo—. ¡Venga ya!

—Encaja perfectamente —Kass no apartó de mí su mirada implacable—.

Dirigirás la reconstrucción de una zona recreativa arrasada por un desastre natural.

El proyecto contará como servicio comunitario y como aplicación de competencias civiles, así que matas dos pájaros de un tiro.

Te necesitamos sobre el terreno en las próximas cuarenta y ocho horas. Te gustará Florida.

—¿Florida? —Entrecerré los ojos. ¿Sabría que me había criado y trabajado allí unos años antes de alistarme?

Pues claro que sí. A Ice no se le escapaba nada.

—Florida —asintió Kass—. El trabajo llevará entre unas semanas y tres meses. Preferiría que fuera decisión tuya, pero si tengo que ordenártelo, lo haré. ¿Queda claro?

Clarísimo.

Llevaba meses empeñado en integrarme del todo en el equipo de Battle Brothers. Ni mi turbia salida de Delta Force ni mi proyecto personal, a veces cuestionable, le habían impedido contratarme.

Me caía bien por eso.

También lo detestaba por darme oportunidades que no merecía. Por intentar «arreglarme».

Se me revolvieron las tripas. Nadie podía arreglarme. Ni siquiera Kass.

—Mira —empecé—, mi vida personal requiere...

—Aguilar —Kass me cortó—. Me importa un carajo tu vida personal. Tengo una misión para ti. Deberías aceptarla.

El éxito había vuelto a Kass más obstinado, más resuelto, pero yo también era Delta Force. Podía igualar su determinación, superarla incluso, y discutir hasta que las ranas criaran pelo.

Abrí la boca para hacerlo cuando la puerta de la oficina se abrió de golpe. La esposa de Kass irrumpió en la sala, un remolino de curvas seductoras, piel de caoba tersa y rizos vivaces que ocultaban a la mujer formidable que se escondía tras aquella apariencia tan hermosa.

Liberty Rose —conocida como Tee— era una exagente de la CIA y una tía dura de verdad que dirigía la División de Inteligencia de Battle Brothers.

Por aquí también la llamaban Titan, un apodo que se había ganado con creces.

Hoy llevaba un elegante traje pantalón color crema que realzaba su silueta y una sonrisa tan radiante que me entraron ganas de ponerme las gafas de sol.

—Sebastian.

Levantó los brazos y se abalanzó sobre mí.

—Cuánto me alegro de verte.

La atrapé, o quizás debería decir que ella me atrapó a mí. Me envolvió en uno de sus abrazos característicos y no me soltó. Con mi metro noventa y tres, le sacaba una cabeza, pero aun así logró transmitir esa dosis de amistad y calidez humana que era su sello personal.

Al soltarme, le dedicó una sonrisa a Kass.

—Hola, marido guapo.

Le guiñó un ojo.

—¿Me has echado de menos?

—Cada segundo de los últimos cinco minutos.

Él le devolvió el guiño.

—Fue la última vez que te vi, aquí mismo, en esta oficina.

La sonrisa que asomó en el rostro de Kass era de las que rara vez se veían, y para variar no era fría ni sarcástica. Tee era la única persona que yo conocía capaz de suavizar las aristas de Ice, sacarlo de su coraza de tipo duro y conseguir que sonriera de verdad.

Cómo lo había conseguido Tee, ni idea, pero había que reconocérselo. Había sacado lo mejor de Kass sin cambiar la esencia de quién era.

—Buena respuesta, esposo.

Tee le lanzó un beso a Kass, luego se apartó y me miró. Sus ojos dorados estudiaron mi rostro como si también me estuviera haciendo una radiografía del cráneo.

—¿Cómo has estado?

—Muy bien —mentí, porque total, qué más daba.

—Has estado trabajando demasiado otra vez.

Su sonrisa vaciló.

—Necesitas un cambio de aires.

—Algo así le dije yo.

Kass arqueó sus cejas claras, casi blancas, en mi dirección, como diciendo «te lo dije».

Tee se volvió hacia su esposo.

—¿Se lo preguntaste?

—Estábamos empezando a hablar de la misión.

Los labios de Kass se curvaron.

—Pero entonces has entrado como el 3.er Ejército de Patton y ahora no me cabe duda de quién va a llevar la voz cantante aquí.

Tee desestimó su leve reproche con un encogimiento de hombros y volvió su atención hacia mí.

—Sé que este no es tu tipo de trabajo, ¿verdad? Pero por favor, acepta la misión. Es mi prima y tengo que conseguir que esto funcione.

—¿Tu prima?

Me quedé de piedra, intentando procesar esa información vital que Kass convenientemente me había ocultado.

—Sí, mi prima —explicó Tee con su habitual rapidez—.

Es la hija del hermano de mi padre. Sus padres fallecieron hace tiempo, pero mi tía Betsy, la hermana mayor de mi padre, la acogió y antes de morir me pidió que cuidara de ella.

Nunca oirás a mi prima admitirlo, pero necesita ayuda desesperadamente. Nuestra ayuda.

—Si quieres ayudar a tu prima —gruñí, mientras intentaba digerir el árbol genealógico que Tee me había soltado sin ninguna consideración por mi cerebro sobrecargado—, ¿por qué no vas tú misma?

—Pésima idea.

Tee negó con la cabeza enérgicamente, lo que hizo que los rizos que enmarcaban su rostro cobraran vida.

—Mi padre y la tía Betsy se pelearon hace unos años, y desde entonces mi prima cortó relaciones con mi lado de la familia. Es orgullosa, terca y autosuficiente hasta la médula...

—Me suena de alguien que conozco.

Los ojos de Kass brillaron con picardía.

—¡Oye!

Tee entrecerró los ojos mirando a su esposo.

—Ella es mucho peor que yo.

—Cuesta creer que eso sea posible.

Kass me dirigió su sonrisa burlona.

—Si es verdad, estás jodido, hermano, pero bien jodido.

—Lo siento, chicos, pero paso.

Odiaba todo lo que había oído hasta ahora.

—Este no es mi tipo de trabajo. Suena a asunto personal.

—Oh, venga, Seb.

Tee hizo un puchero.

—Antes de que mi tía muriera, le prometí que ayudaría a mi prima. Necesito que hagas esto por mí.

Sofoqué un gemido. Era un cabrón duro de pelar la mayor parte del tiempo, pero me ablandaba cuando Tee hacía pucheros.

—¿Por qué debería hacerlo yo y no tú?

—Si aparezco yo, las rencillas entre las dos ramas de la familia lo arruinarán todo.

—Además —añadió Kass—, Tee y yo estaremos incomunicados en la Patagonia durante unas semanas.

Necesito a alguien que pueda hacerse cargo de este proyecto, alguien en quien pueda confiar para tomar todas las decisiones necesarias sin depender de nosotros.

Todos mis hermanos están ocupados, así que ese alguien eres tú.

Mierda.