Sebastian: Celos (Sebastian 2)
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Capítulo 1
Ava
La tensión se palpaba en el ambiente. Christine miraba a Ava con preocupación y disgusto, lanzando de vez en cuando una mirada a Sebastian para intentar comprender de qué iba todo aquello.
Sebastian no podía dejar de mirar a Ava, sorprendido por su descaro al pasarse por allí, sobre todo porque estaba seguro de que aquel repentino acercamiento se debía a que la noticia de su recién estrenada relación con la notable y preciosa Christine Pearl era un secreto a voces, muy a su pesar.
Ava miraba alternativamente a todos los presentes, con una sonrisa ladina dibujada en sus labios.
Estaba disfrutando del momento, sabía que causaría impresión con su aparición estelar e inesperada y, aunque no contaba con la presencia de Olivia y de aquella otra mujer de quien no sabía absolutamente nada, no se acobardó.
Ava no era una de esas mujeres que se achantan ante un desafío.
Olivia y Meredith contemplaban admiradas al bellísimo espécimen que había aparecido sin avisar en la puerta de Sebastian, tan asombradas como el resto, aunque en el caso de Olivia, contrariada además por el hecho de no saber quién era aquella mujer que había dejado a Sebastian tan consternado.
Olivia lo conocía hacía ya siete años, Sebastian le había presentado a toda su familia, incluidos sus abuelos y tíos menos allegados y, que ella supiera, no tenía ni había tenido relación con ninguna mujer hasta el punto de que conociese su dirección, mucho menos, de que tuviese la potestad de pedirle ayuda, alegando que no podía negarse.
¿Qué era lo que le debía Sebastian a aquella misteriosa mujer? ¿Y por qué había aparecido justo ahora para cobrárselo?
—Está bien, pasa y siéntate. Imagino que tendrás una muy buena historia que contar —aceptó Sebastian, mostrándole a la recién llegada el camino hacia el salón, ante la atenta mirada de Christine.
Esta miró a Sebastian de soslayo tal y como Ava empezó a caminar hacia la estancia contigua, su mirada plagada de preguntas que él no podría responder hasta que no estuviesen a solas.
Sebastian apretó la mandíbula en respuesta, negó con la cabeza suavemente y agarró a Christine por la cintura como gesto para que ella se sintiese reconfortada frente a aquella amenaza que acababa de presentarse entre ellos.
Una vez en el salón, Ava se sentó en el sofá sin esperar a que los demás eligiesen asiento, cruzó sus piernas con elegancia y se dispuso a explicar lo más concisamente posible el motivo de su inesperada visita.
Molesta ante su descaro, Christine tomó asiento en el sofá que quedaba justo frente al de Ava, presentando batalla con su postura, y Sebastian, consciente de la rivalidad que acababa de aparecer entre ambas mujeres, aun sin conocerse, se quedó de pie junto a Christine, mirando a Ava con incipiente preocupación.
—Te escucho —dijo en voz calmada, ocultando magistralmente lo nervioso que se sentía por la tensión que flotaba entre todo el grupo, de la cual, sin embargo, Ava estaba disfrutando, a juzgar por la sonrisa autocomplaciente que dibujaban sus labios.
—He venido para pedirte ayuda, pero también para ponerte sobre aviso —empezó Ava—. Verás, como sabes, tengo la pésima costumbre de portarme bastante mal, y al parecer me he extralimitado en una de mis últimas decisiones. No quiero aburrirte con los detalles, pero…
—No, por favor, “abúrreme” —la interrumpió Sebastian—. Si pretendes mantener mi atención, espero que lo que tengas que decirme sea más interesante que tus burdos intentos de deslumbrar a las mujeres de esta sala.
—No es a ellas a quienes pretendo deslumbrar —respondió Ava al punto.
—Pues, si era yo tu objetivo, me decepcionas. Creía que te había dejado bastante claro mi desinterés con respecto a ese tipo de asuntos —la cortó.
—Sí, así era…, hasta hace poco. —Ava fijó su mirada en Christine y sonrió—.
Si mis fuentes no me fallan, el incorruptible Sebastian Fairchild acaba de tirar por la borda su fama de hombre de piedra al “enredarse” amorosamente con una mujer, no una cualquiera, por supuesto, una mujer que, además de tener una inteligencia fuera de lo común, y de pertenecer a una de las familias más influyentes de Londres, es una rara belleza, una inspiración viviente para un hombre con tus cualidades —terminó, sin dejar de mirar a Christine de una manera tan sugerente como inquietante.
—Si no le importa, señorita Lutman, preferiría que no hablase de mí como si yo no estuviese presente. Soy consciente de cuáles son mis virtudes, no es necesario que las enumere para intentar explicar por qué Sebastian y yo hemos empezado una relación.
—¡Oh! ¡Pero sí que lo es! —respondió Ava al punto—.
Al menos, lo es para mí. Verá, señorita Pearl, además de ser una médico eminente en mi campo, soy una mujer muy pragmática, visceralmente racional, por lo que un cambio de actitud tan radical en un hombre al que conozco bien, solo puede explicarse a mis ojos mediante la suma de una serie de virtudes y circunstancias.
Es más, estoy segura de que Sebastian ha realizado esta misma disección de los hechos en más de una ocasión, simplemente para poder explicarse a sí mismo la razón de esa…
desazón que empezó a crecer en su interior cuando la conoció —terminó, desviando su mirada sobre Sebastian y paseándola a lo largo de su cuerpo, por si no había sido suficiente clara con la alusión.
—No pongas palabras en mi boca, Ava, sabes que no soy de ese tipo de hombres.
—No eras —corrigió.
—Señorita, le ruego que cese en sus apreciaciones sobre Sebastian o sobre mí —dijo Christine, alzando la voz—. No pienso tolerar que una desconocida venga a mi casa a poner en entredicho…
—¡Oh! ¿Su casa, señorita Pearl? —volvió a interrumpirla—. Creía que este apartamento era solo de Sebastian… ¿O es que se ha convertido usted en lady Fairchild? Porque lo dudo, de ser así, yo me habría enterado.
—¡Basta ya! —exclamó Olivia, indignada por el trato que sus dos amigos estaban recibiendo—.
Señorita Lutman, desconozco la razón por la cual Sebastian le ha permitido entrar en su casa, pero si lo único que tiene pensado soltar por esa boca son inconveniencias, creo que tengo la autoridad suficiente para mandarla a paseo ahora mismo.
—Olivia Abberline —empezó Ava, dirigiendo su atención sobre la inspectora—, la mujer más joven del cuerpo, al menos, en el centro de Londres. ¡Qué oportuno tener a alguien como Sebastian cerca! ¿No es así? —lanzó con veneno en su voz.
Olivia abrió mucho los ojos y a punto estuvo de responder con improperios a aquella insinuación, pero Meredith la sujetó del brazo y Sebastian saltó inmediatamente en su defensa.
—Olivia tiene capacidad suficiente por sí misma para ocupar el cargo que ostenta, no todos necesitamos estar relacionados con sujetos de dudosa reputación para medrar, Ava. Y ella tiene razón, ya basta. Di lo que tengas que decir y márchate, aquí no eres bienvenida.
Ava se levantó del sofá para enfrentar a Sebastian, mirándolo a los ojos con avaricia en los suyos.
Estuvo tentada de tocarle, llevaba años deseando volver a sentir su piel cerca, pero se contuvo; en su lugar, le regaló una sonrisa pérfida y, con las manos en la cintura, para alejar la tentación, comenzó a hablar.
—He participado en en la… reestructuración ósea de alguien muy importante, alguien que no puede permitirse bajo ningún concepto que dicha operación salga a la luz.
—¿Reestructuración osea? —inquirió Olivia en voz alta, recibiendo una mirada condescendiente de Ava y una de advertencia de Sebastian.
—Así es —se limitó a responder Ava, volviendo a dirigir su mirada sobre Sebastian una vez que dejó claro que no pensaba explicar a qué se refería con aquellas palabras.
—¿Has participado o has dirigido? —inquirió Sebastian, suspicaz. La mirada que recibió de Ava no dejó lugar a dudas.
—Digamos que un competidor directo del equipo de esa persona ha recibido el chivatazo de dicha intervención, alguien que sacaría una sustanciosa tajada si la noticia llegase a ver la luz, por lo que se ha dedicado a amenazarme para conseguir la prueba documental que certifica, no solo el detalle exacto de la intervención, sino el extenso tratamiento farmacológico y físico al que se ha tenido que someter dicha persona.
—Y tú no estás dispuesta a facilitársela —comentó Sebastian, señalando la obviedad.
—Evidentemente, no. Me debo al juramento hipocrático —añadió, alzando la comisura de los labios.
—Es decir, que te han pagado bien.
—Muy bien —confirmó Ava, sonriendo maliciosamente—. La razón por la que he venido a buscar tu ayuda, como supondrás, es que necesito protección. Mi vida corre peligro, Sebastian.
—Es lo que suele ocurrir cuando te mezclas con las personas inadecuadas —la zahirió—, y, sinceramente, no veo cómo puedo yo servirte de ayuda.
—Hablando con tu tío.
Sebastian frunció el ceño, sorprendido, pero inmediatamente, negó con la cabeza.
—¿Y por qué, si puede saberse, iba mi tío a protegerte a ti?
—Bueno, puede que yo tenga… cierta información que él no desee que salga a la luz —respondió Ava, coqueta.
Sebastian frunció aún más el ceño. Le extrañaba mucho que su tío andase metido en algún tipo de escándalo, pero con los años había aprendido que no debía presuponer nada sin basarse en hechos. Las personas, llevadas al límite, podían llegar a sorprender incluso a sus más allegados.
—No sé, puede que sea demasiado estúpido, pero sigo sin comprender qué pinto yo en todo esto.
Si tienes algo con lo que amenazar a Richard, no veo por qué no acudes directamente a él.
Te sería mucho más sencillo pedirle en persona lo que necesitas, y estoy seguro de que, si lo que dices es cierto, él encontraría rápidamente una solución ecuánime y satisfactoria para todos.
—¡Oh, vamos, Sebastian! ¡Contigo es mucho más divertido! ¿O es que ya has olvidado lo bien que lo pasábamos en la facultad?