SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 15
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Capítulo 15

—¡Fuera! —dijo el Amo con un gruñido amenazador.

Reggie parpadeó ante el haz de la linterna que le apuntaba al maletero y a los ojos.

Apretando el bote de espray de pimienta en la palma de la mano, esperó, sin querer desperdiciar su única oportunidad por no poder verle la cara.

El espray tenía que darle de lleno en los ojos para cegarlo el tiempo suficiente como para que ella pudiera escapar.

Se incorporó y apoyó la mano libre en el borde del maletero.

—¡Fuera! —Metió una picana eléctrica en el maletero y la golpeó con el extremo cargado.

Una descarga de cincuenta mil voltios la atravesó, haciéndola caer hacia atrás mientras su cuerpo se convulsionaba. La mano que sostenía el bote se abrió automáticamente y el espray de pimienta rodó por el suelo.

—Date prisa, zorra, o te llevarás otra.

—No me puedo mover si me electrocutas con eso —dijo ella con los dientes apretados, mientras palpaba el suelo con la mano en busca del pequeño bote. Justo cuando pensaba que lo había perdido, sus dedos tocaron el metal liso. Aferrándolo con los dedos, se agarró al borde del maletero y se levantó.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, el Amo la agarró del pelo y tiró de ella hasta sacarla al suelo.

Aterrizó sobre las manos y las rodillas, golpeándose los nudillos contra la grava. Pero no soltó el pequeño bote. Y ahora que estaba fuera del maletero y sus ojos se habían acostumbrado a la tenue luz del cobertizo bajo el que había metido el coche, podía apuntar y poner en marcha su plan.

—¡Levántate! —gritó él. Levantó la picana eléctrica, dirigiéndola hacia ella.

Reggie se puso en pie de un salto, se giró y se enfrentó al cabrón. —No vuelvas a pegarme —dijo, con los dientes apretados.

—Haré lo que me dé la gana. Ya me has causado bastantes problemas. Ahora tendré que deshacerme de ti y de las demás.

Antes de que pudiera volver a golpearla con la punta de la picana eléctrica, Reggie levantó la mano y le roció el espray de pimienta directamente en los agujeros de los ojos del pasamontañas.

El hombre gritó y se llevó la mano libre a los ojos, mientras agitaba la picana en el aire en un intento desesperado por electrocutarla.

Por desgracia, para escapar, tenía que pasar a través de él para salir al exterior o entrar en la casa por la puerta que tenía detrás. Armado con la picana, aunque no pudiera ver con claridad, el Amo podía alcanzarla en uno de sus salvajes movimientos.

Arriesgándose con la casa, se abalanzó hacia la puerta y la abrió de un tirón.

Reggie se metió de cabeza en la cocina, se giró, cerró la puerta y echó el cerrojo.

Como la parte superior de la puerta era una ventana, no lo retendría mucho tiempo.

Reggie salió corriendo de la cocina y atravesó la vieja sala de estar.

El ladrido ahogado de unos perros provenía de algún otro lugar de la casa. Reggie rezó para que estuvieran encerrados en otra habitación y no pudieran salir a destrozarla.

La poca luz que se filtraba a través de las mugrientas ventanas proyectaba sombras sobre los muebles destartalados, lo que le dificultaba abrirse paso por lo que una vez había sido un hogar feliz, pero que ahora era una casa de los horrores.

Recordaba el sofá hundido y polvoriento, el descolorido sillón de orejas y la chimenea que echaba humo cada vez que él decidía encender un fuego en el hogar.

Recordaba el camino por el que la había llevado desde las escaleras del vestíbulo, a través de la sala de estar y hasta el dormitorio donde la había violado a ella y a las otras mujeres.

Su ira luchaba contra el miedo. Ahora no estaba drogada. Tenía la cabeza despejada y por nada del mundo iba a permitir que se saliera con la suya haciéndole daño nunca más.

Un cristal se hizo añicos y la puerta de la cocina se abrió de golpe.

Con el corazón en un puño, Reggie buscó un arma en la habitación.

Había gastado todo el espray de pimienta que había podido la primera vez.

Solo estaba pensado para usarlo una vez y que le diera tiempo a escapar.

La sala de estar no tenía puertas al exterior.

Reggie pasó a un pasillo que en su día había sido una entrada principal con una gran puerta de madera.

Corrió hacia la puerta, agarró el pomo y tiró con fuerza.

No se movió. Ni un ápice. Giró el cerrojo y volvió a tirar. Nada.

El sonido de unas botas sobre el suelo de madera la hizo cruzar el pasillo hacia otra habitación sin muebles, con cortinas apolilladas colgando de los largos ventanales, demasiado cubiertos de polvo y suciedad para ver a través de ellos.

Una silla de madera rota yacía de lado en un rincón, cubierta de telarañas.

Reggie corrió hacia la silla, la cogió y la lanzó contra la ventana más cercana.

El cristal se hizo añicos, dejando fragmentos afilados como cuchillas sobresaliendo del marco de la ventana. Con la silla, barrió los trozos, desprendiéndolos.

Las pisadas sonaron en la entrada, cruzando el pasillo. Con todo el ruido que estaba haciendo, él sabría en qué habitación encontrarla. Reggie tiró la silla, pasó una pierna por encima del alféizar y gritó.

Unos pinchazos agudos le atravesaron la espalda y unas descargas eléctricas le quemaron los nervios.

Cayó de espaldas al suelo, completamente incapaz de moverse para defenderse.

No. No. No.

El Amo entró en la habitación, sacó unas bridas del bolsillo trasero, la giró y le ató las muñecas a la espalda.

Reggie sabía, por haber sufrido una descarga eléctrica antes, que los efectos duraban entre cinco y treinta segundos.

Si no le ataba las piernas, todavía tendría una oportunidad de escapar.

Cualquier oportunidad era mejor que ninguna.

Siempre que no la llevara al sótano antes de que se le pasara la parálisis…

Mil uno. Mil dos.

El Amo la levantó, se la echó al hombro y la llevó al pasillo, donde abrió la puerta que conducía a la bodega de abajo.

Mil tres. Mil cuatro.

Reggie notaba que recuperaba algo de sensibilidad en las yemas de los dedos de las manos y de los pies, pero todavía no podía mover ni los brazos ni las piernas.

Bajó los escalones de uno en uno, ralentizado por el esfuerzo de cargar con el peso muerto de su cuerpo.

Mil cinco. Mil seis.

Vamos, músculos. ¡Funciona!

Mil siete. Mil ocho.

Al final de la escalera, se detuvo frente a una puerta de madera, buscando a tientas una llave en un llavero enganchado a la trabilla de su cinturón. Un farol a pilas colgaba de un gancho en la pared. Se oían sollozos detrás de otras puertas a lo largo del estrecho pasillo.

Seguían vivas. El alivio inundó a Reggie y la determinación creció en su pecho. Tenía que sacarlas de allí.

Mil nueve.

Reggie pudo mover un dedo del pie, y luego otro. Sus dedos hormiguearon y se movieron.

Mil diez. Mil once.

El Amo metió la llave en la cerradura y abrió de golpe la puerta de una celda de tierra, oscura y húmeda.

Como si un velo se levantara de sus músculos, Reggie sintió que la parálisis desaparecía y sus piernas respondían a la orden de su cerebro de moverse.

Dio una patada, golpeando el marco de la puerta con los pies.

Empujó con tanta fuerza que desequilibró al Amo.

El brazo que tenía sujeto alrededor de sus piernas se aflojó lo suficiente como para que ella se revolviera y se zafara de su agarre, cayendo al suelo.

El Amo se acercó a la puerta e intentó cerrarla de golpe.

Reggie rodó hasta ponerse de rodillas, flexionó las piernas bajo su cuerpo y embistió contra él como un linebacker yendo a por el quarterback.

Su hombro le golpeó en el estómago, lanzándolo hacia atrás.

Aterrizó pesadamente en el suelo. Sin poder usar los brazos ni las manos, Reggie no pudo frenar su impulso y se estrelló contra el suelo encima de él.

Él yació un momento, sin aliento, inmóvil.

Reggie rodó para quitárselo de encima, se puso en pie y subió corriendo las escaleras.

—¡Zorra! —gritó él y fue tras ella, subiendo las escaleras con sus botas.

Afortunadamente, la puerta seguía abierta.

Reggie corrió y fue directa hacia la ventana que había roto. Era su única esperanza. No le daría tiempo a recargar el táser. Si conseguía llegar a la ventana primero, lo lograría.

Voló por el pasillo, entró en la habitación vacía y cruzó el suelo de madera podrida.

No le importaba que fuera a salir por la ventana de cabeza o que no tuviera forma de amortiguar la caída.

Lo único que sabía era que tenía que alejarse de él, o moriría.

No aminoró la marcha, sino que siguió avanzando, usando todo su impulso para lanzarse a través del hueco.

Su cuerpo salió disparado. Y, como a cámara lenta, vio pasar el alféizar.

Su cabeza se abrió paso entre un arbusto crecido y sus piernas casi habían salido de la habitación.

Estaba casi libre cuando una mano se extendió y le agarró un tobillo.

Su huida se detuvo en seco y se estrelló contra el arbusto, con la mano en el tobillo sintiéndola como un grillete de hierro.

Reggie la pateó, pero otra mano le apresó el otro pie, haciendo imposible que pudiera luchar contra su agarre.

La arrastró lentamente por encima de las ramas y el alféizar, de vuelta hacia la casa y hacia la habitación.

Su única esperanza era que Sam y los Protectores de la Hermandad la encontraran.

Inspiró hondo y gritó tan largo y fuerte como pudo.

Sam llevaba las ventanillas bajadas en su camioneta mientras giraba por el camino lleno de baches que conducía al lugar que indicaba la luz verde del dispositivo de localización GPS. Cuando la casa destartalada apareció a la vista, oyó un grito desgarrador.