SEAL JUSTICE (Brotherhood Protectors nº 13) Capítulo 14
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Capítulo 14

Reggie siguió a Sam hasta su camioneta.

Él le sujetó la puerta a Reggie y luego a Grunt, y colocó la bolsa con el equipo en el suelo de la parte trasera. Una vez que estuvieron acomodados, se subió y condujo hasta Eagle Rock.

Al pasar por delante de la comisaría del sheriff, Reggie vio la camioneta de Hank aparcada allí. Si acababan necesitando ayuda, Hank estaba en el lugar adecuado para conseguirla. Era reconfortante en un día en el que podía pasar cualquier cosa. O no.

Reggie iba sentada en silencio en el asiento junto a Sam, retorciéndose los dedos en el regazo.

Cerca del extremo opuesto de la ciudad por el que habían entrado, una mujer que conducía un monovolumen estaba aparcada en un ángulo extraño frente a una tienda de antigüedades, con el portón trasero abierto y varias bolsas de la compra esparcidas por el suelo.

Reggie vio de inmediato que la rueda trasera izquierda del monovolumen estaba pinchada y que la mujer forcejeaba para sacar una rueda de repuesto de la parte de atrás.

—Tenemos tiempo —dijo Reggie—. Deberíamos parar a ayudar.

Sam ya había puesto el intermitente y se estaba deteniendo en el arcén.

—Mi padre se aseguró de que supiera cambiar una rueda pinchada en cuanto tuve edad para conducir sola. Decía que ninguna mujer debería quedarse tirada en una de estas carreteras de Montana por no saber cambiar un pinchazo. —Reggie miró a Sam—. ¿Quieres que lo haga yo?

Sam sonrió. —Seguro que se te da de maravilla, pero me quedaría más tranquilo si te quedaras en la camioneta con Grunt.

Reggie no protestó. Sam había accedido a llevarla a la misión para encontrar al Maestro. Si él quería que se quedara con Grunt, se quedaría con Grunt mientras él cambiaba la rueda.

Las tuercas de la rueda pinchada de la mujer resultaron ser un desafío.

Por lo que Reggie podía oír desde su ventanilla abierta, las habían apretado con una llave dinamométrica, lo que hacía casi imposible aflojarlas.

Quince minutos después de haber empezado a cambiar la rueda, Sam solo había quitado la mitad de las tuercas y estaba sudando la gota gorda.

Grunt se paseaba inquieto por el asiento trasero de la camioneta.

Reggie empezaba a inquietarse, pensando que los chicos ya podrían haber llegado al punto de encuentro y estarían montando en los quads para el siguiente tramo de su misión de reconocimiento.

Miró el teléfono por satélite, rezando para que sonara.

Cruzó los dedos, esperando que encontraran la casa e informaran pronto.

Entonces se pondrían en camino para liberar por fin a las otras mujeres.

Miró fijamente por la ventanilla el monovolumen, deseando con todas sus fuerzas que las tuercas se aflojaran de una vez.

Grunt gimió a su espalda y aceleró el paso, de un lado a otro del asiento de la camioneta.

—Ya lo sé. Están tardando demasiado. —Entonces se le ocurrió otra cosa—. ¿Necesitas salir?

El perro dejó de moverse y la miró fijamente. Luego ladró y se fue a la puerta, esperando a que lo dejara salir.

—Supongo que cuando hay que ir, hay que ir. —Reggie miró a Sam, que saltaba sobre la llave de cruz, esforzándose por aflojar las tuercas y progresando con lentitud y dificultad. No quería molestarlo. Necesitaba terminar de cambiar la rueda cuanto antes.

Lo que significaba que tendría que sacar a Grunt a pasear para que hiciera sus necesidades.

Cogió la correa, se colocó la peluca y se deslizó fuera del asiento del copiloto. En cuanto abrió la puerta trasera, se dio cuenta de su error.

Grunt saltó al suelo y salió disparado antes de que Reggie pudiera engancharle la correa al collar.

Sam acababa de dejar caer la llave de cruz y el estruendo ahogó el sonido de la maldición de Reggie.

Cerró la puerta de la camioneta con cuidado y corrió tras Grunt.

El animal se metió por un callejón entre la tienda de antigüedades y una agencia de seguros.

Probablemente había visto un gato y le seguía el rastro.

—¡Grunt! —gritó. ¿Cuál era la palabra que usaba Sam para que el perro se estuviera quieto?—. ¡Grunt, bleib!

Demasiado tarde, el perro había doblado la esquina trasera del edificio y había desaparecido de su vista y de su alcance auditivo.

Un agudo ladrido sonó desde la parte trasera del edificio.

Reggie corrió tras Grunt, temiendo que se hubiera enzarzado con el gato equivocado y se hubiera hecho daño. Corriendo tan rápido como pudo, apenas redujo la velocidad para doblar la esquina.

Al llegar a la parte trasera del edificio, vio a Grunt tendido en el suelo, inmóvil. —¿Grunt? —lo llamó y corrió hacia él, mientras la peluca se le resbalaba por la nuca.

Una figura se separó de las sombras, saltó y le echó una bolsa por la cabeza.

La oscuridad ocultó la luz del día. Reggie no podía ver nada, y sus brazos quedaron atrapados por la tela áspera de la bolsa y los fuertes brazos que la rodeaban.

Unas manos se metieron bajo su chaqueta y le quitaron la pistola del calibre 40.

Le palparon los costados y le quitaron también la táser.

Luego la levantaron del suelo, la llevaron varios metros y la arrojaron en lo que solo podía ser un maletero.

En cuanto los brazos que la rodeaban la soltaron, se incorporó de un salto e intentó salir rodando del maletero, gritando con todas sus fuerzas. El sonido quedó ahogado por el saco que tenía en la cabeza mientras luchaba por liberarse de la parte trasera del vehículo.

No. No. No. Esto no estaba pasando otra vez.

—No deberías haber huido —dijo una voz. El sonido se filtró a través del saco, pero no por ello era menos familiar. La empujó de nuevo al maletero e intentó cerrarlo.

Reggie luchó aún más fuerte, apoyando los pies en la tapa del maletero, empujando hacia arriba para evitar que bajara el pesado metal y la encerrara.

No podía dejar que se la llevara. Se había prometido a sí misma que volvería para liberar a las demás, no para volver a ser una prisionera.

—¡Eh, déjala en paz! —gritó una voz joven.

La esperanza espoleó a Reggie. Pateó la tapa del maletero y apuntó a ciegas a las manos que intentaban cerrarlo.

El Maestro se tambaleó como si lo hubieran golpeado de costado. Cerró el maletero de un portazo antes de que Reggie pudiera liberarse.

La oscuridad total la rodeó. Finalmente consiguió quitarse el saco de tela de la cabeza y lo apartó.

—¡Suéltala! —se oyó de nuevo la voz del joven.

Algo golpeó fuerte el maletero, y luego el sonido de fuertes pasos retumbó alrededor del vehículo. Una puerta se abrió y se cerró con un brusco portazo. El motor se revolucionó y el coche avanzó con una sacudida.

Reggie gritó tan fuerte como pudo y pateó la tapa del maletero, con la esperanza de llamar la atención de cualquiera que pasara junto al coche.

Al principio, el coche se movió despacio, luego cogió velocidad.

Reggie supuso que había llegado a las afueras de la ciudad y que ahora corría por la carretera, de vuelta a la casa grande, al sótano oscuro y húmedo y al fin de su libertad…

y probablemente de su vida. Porque, sin duda, no la dejaría marchar de nuevo. No viva.

No sentía tanta pena por sí misma como por las mujeres a las que no había conseguido liberar de este sociópata.

Cuando se detuviera y la sacara del maletero, tenía que aprovechar la oportunidad.

Le había quitado la táser y la pistola, pero se le había pasado el pequeño bote de gas pimienta.

Reggie tenía una oportunidad de escapar.

Necesitaba ser precisa y resuelta. Sobre todo, más le valía aprovecharla.

Si los Brotherhood Protectors estaban ahí fuera, rezó para que hubieran encontrado la casa del Maestro.

Tal vez pudiera ganar algo de tiempo, pero entre el Maestro y sus dos rottweilers, no sería mucho.

Reggie dudaba que pudiera llegar al río una segunda vez.

Apretó el pequeño bote de gas pimienta en una mano y el collar con el colgante GPS en la otra.

Vamos, Sam. Nunca te he necesitado tanto.

Aunque la habían violado y torturado, y podía volver a ocurrir, Reggie no estaba dispuesta a renunciar a la vida.

Sam le había demostrado que no era solo mercancía dañada. La encontraba atractiva, a pesar de que otro hombre había dejado su marca en ella mental y físicamente. Le había demostrado que no todos los hombres eran monstruos como el Maestro.

Aunque solo lo conocía desde hacía poco tiempo, Reggie sabía que Sam era especial.

Un hombre de honor e integridad. Nunca haría daño a una mujer ni se aprovecharía de ella cuando estuviera rota.

Quería tener la oportunidad de conocerlo mejor, de aprender a confiar de nuevo en los hombres, gracias a él.

Quería que un hombre le hiciera el amor… cuando estuviera preparada. Y quería que ese hombre fuera Sam.

Un sollozo le subió por la garganta.

Reggie tragó saliva, reprimiéndolo. Por ahora, estaba sola. No podía derrumbarse y revolcarse en el hedor del miedo. Tenía que mantener la calma y contraatacar de la única manera que sabía. Con cada fibra de su ser.

Sam había cambiado la rueda y estaba apretando las tuercas de la de repuesto cuando una voz familiar lo llamó a sus espaldas. —¡Sam!

—¿Abe? —Sam se giró y encontró a Abe, el adolescente, tambaleándose hacia él, con la mejilla amoratada y sangre corriéndole por la cara desde un corte sobre el ojo.

—Tienes que venir rápido. —Se tambaleó y cayó en los brazos de Sam—. Tu chica… Se la ha llevado.

La mirada de Sam se disparó hacia la camioneta donde había dejado a Reggie esperándolo con Grunt. La puerta trasera estaba abierta, y ni Reggie ni Grunt estaban en la camioneta.

Abe lo agarró del brazo y tiró de él hacia un callejón.

—Tu chica, se la ha llevado. Y tu perro…

—Sacudió la cabeza—. Creo que está muerto.

—Las lágrimas se mezclaron con la sangre en la cara del chico—.

Intenté detenerlo, pero era más grande. No pude…

—Sacudió la cabeza mientras cojeaba por el callejón, apresurándose hacia el otro extremo.