Se ruega no enviar flores Capítulo 1
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Se ruega no enviar flores

Se ruega no enviar flores

Por Inma Lujambio

© inepub.com

Capítulo 1

— La Voz de la Ribera

El vestido verde tenía dieciocho botones forrados en la espalda, y eso era lo único que a mí me interesaba de aquel vestido.

—Se lo compró ella —dijo Chelo—. Fue a Tudela sola, en el autobús, y se lo compró para la comunión de Sofía. Con su dinero.

—Mi madre era de luto —dijo Ángel.

—Tu madre.

Llevaban así once minutos en el pasillo de abajo, delante de la puerta de la sala de tanatoestética, con la bolsa de El Corte Inglés colgando de la mano de Chelo como si fuera una prueba judicial.

Puri había asomado la cabeza dos veces y las dos veces la había vuelto a meter.

Puri lleva treinta años en la casa y sabe exactamente cuándo una discusión de pasillo es de las que se apagan solas y cuándo es de las que hay que apagar.

Esta era de las segundas. Ángel se había puesto en el sitio de la puerta, que es el sitio de quien manda, y Chelo tenía la barbilla de las mujeres que han conducido cien kilómetros para llegar tarde a todo.

—¿Se abrocha por detrás o lleva cremallera? —pregunté.

Los dos me miraron. Es lo que suele pasar. La gente se pelea durante cuarenta años y después alguien les hace una pregunta de mercería y se quedan callados como en misa.

—Botones —dijo Chelo.

—¿Forrados?

—Forrados.

Hice la cuenta. Puri tarda con los botones.

Puri tarda con los botones porque a partir de cierto momento la ropa hay que abrirla por detrás y volver a cerrarla, y ese trabajo no se ve, y por eso nadie lo cuenta.

Cuarenta minutos más, contando con que Chelo hubiera traído la ropa interior, que no la había traído.

El velatorio estaba anunciado a las seis. La familia de Zaragoza llegaba a las siete y media. Y el pasillo de abajo es el pasillo por donde entra todo lo que entra en esta casa, así que tener a dos hermanos de sesenta años bloqueándolo un martes por la tarde me costaba más caro que el vestido.

—Puede ser el verde —dije—. Pero entonces abrimos a las siete, no a las seis. Y alguien tiene que llamar a los primos de Cascante para decírselo, porque salen a las cinco y media.

—Yo los llamo —dijo Ángel, inmediatamente.

Claro que los llamaba él. Era lo que llevaba once minutos pidiendo sin pedirlo: seguir siendo el que informa a la familia. Chelo le miró de reojo, calculó, y decidió que un vestido valía más que una llamada.

—¿Y la ropa interior? —dijo.

—La tenemos nosotros.

—¿Eso no lo cobraréis aparte?

—No.

Sí lo cobramos aparte. Once euros. Pero eran las cinco menos veinte y yo tenía que sacarlos de allí.

Chelo me dio la bolsa. Pesaba lo que pesa un vestido de verano en octubre, es decir, nada, y yo la sostuve con las dos manos igual que se sostiene algo que pesa, porque a la gente le tranquiliza.

Ángel ya estaba en las escaleras con el móvil en la oreja, diciéndole a alguien que había habido un cambio, que se lo explicaba luego, que él se encargaba.

Cuando se fueron, Puri salió del todo.

—¿El verde?

—El verde.

—Pues me debes cuarenta minutos.

—Te debo más.

Le pasé la bolsa. Puri la abrió allí mismo, sacó el vestido, lo miró a contraluz y torció la boca.

—Es bonito —dijo—. Amparo tenía buen gusto y unos hijos horrorosos.

Bajé a por mi bata y no estaba, porque el lunes la había metido en la lavadora con las toallas y el lunes fue el lunes.

En el gancho de la pared hay tres perchas.

La primera es la de Puri, la segunda la de Unai y la tercera la usa quien la necesita.

Al fondo, contra la pared del cuarto de la caldera, está la bicicleta de mi abuela Felisa, de señora, negra, sin cadena desde antes de que yo naciera; se aparta cuando entra una camilla ancha y se vuelve a poner.

Cogí la de la tercera, me la puse y me remangué dos vueltas cada brazo, que son las dos vueltas de siempre, y entré a ayudarla con la ropa interior y con los pies, que es la parte que nadie quiere y que se hace en dos minutos si sois dos.

A las cinco y cuarto subí a mirar la sala.

El tanatorio tiene dos. La Ebro da a la calle y tiene doce sillas y una cristalera con estor; la Moncayo da al patio, tiene diez sillas y un aire acondicionado que desde agosto hace un ruido como de mosca grande y no enfría.

A Amparo la habíamos puesto en la Ebro porque venía mucha familia y porque la Moncayo, con ese ruido, no se la puedo dar a nadie sin avisar antes.

Chuchi había subido el ataúd a las cuatro.

Modelo Duero, roble macizo con herrajes de latón, mil seiscientos cuarenta euros más IVA.

Ángel había querido el Serenidad Premium, que son dos mil novecientos cuarenta, y yo había hecho lo que hago siempre: ponerle delante el papel de Providencia y leerle en voz alta que la póliza de su madre era de 1987 y que, actualizada, cubría mil cincuenta euros.

Ni un céntimo más. Después me callé y le dejé mirar el número, que es lo que hay que hacer.

Ángel eligió el Duero. Le dijo a su hermana que su madre era de pino y que lo otro era una horterada, y Chelo dijo que sí, que desde luego. Están de acuerdo en más cosas de las que creen.

Marisa había dejado sobre la mesa del despacho un sobre abierto con un pósit amarillo.

En el pósit ponía «Ferreiro, sept.» y debajo, entre paréntesis, «(2.

ª vez)». No lo saqué del sobre. Levanté el calendario de sobremesa, metí el sobre debajo y volví a poner el calendario encima.

El calendario es de Talleres Zunzarren, marmolistas, y tiene una foto de una lápida de granito rosa con el mes de octubre impreso en la esquina. Patxi los regala todas las Navidades.

A las seis menos cinco llamé a Bea.

—Dos centros —dije—. Belzunce. Para las siete.

—¿Grandes o de los otros?

—Uno grande y uno normal. Sin lirios.

—Nerea, lo que se lleva es el lirio.

—Ángel dice que su madre no los podía ver.

—Ángel dice —repitió Bea, y oí que arrastraba un cubo—. A las siete menos cuarto los tienes.

A las siete abrimos la Ebro.

Salió bien. Salió bien quiere decir que Amparo estaba con su vestido verde y sus dieciocho botones cerrados y que nadie miró la habitación buscando algo raro; que los primos de Cascante llegaron a las siete y veinte y encontraron sitio; que Ángel estuvo en la puerta recibiendo, que es donde tenía que estar, y que Chelo estuvo sentada en la primera fila con una foto de su madre en el regazo, que es donde tenía que estar ella.

Que la máquina de café funcionó. Que a las nueve y media alguien contó una cosa de Amparo con la playa de Salou en 1978 y hubo una risa, la primera, y se avergonzaron durante tres segundos y luego siguieron riéndose, y eso también forma parte del servicio aunque no venga en ningún presupuesto.

Cuando sale bien no se nota. Ese es el problema de mi oficio: la gente solo se acuerda de nosotros cuando lo hacemos mal.

A las diez y cuarto me quedé sola en el despacho con la persiana a media altura, poniendo horas en la hoja de mañana. Coche a las diez y cuarto para el funeral de las once. Chuchi conduce. Aitor no, que el jueves tiene lo del hijo.

Entonces sonó la línea.

Tenemos una sola línea de urgencias y contesta la centralita, que es del 2004 y hace un chasquido antes de arrancar. Después arranca el mensaje. Lo grabó mi padre en la cocina de casa, con la ventana abierta, y si te fijas mucho se oye un coche pasar por debajo.

Ha llamado usted a Funeraria Iribas e Hijos, de Olarza. Estamos disponibles las veinticuatro horas del día. No cuelgue, por favor: le atendemos enseguida.

Diecinueve segundos.

Los dejé pasar enteros, con la mano en el aparato, mirando la hoja de mañana. Después descolgué.

—Iribas, buenas noches.

Era una señora. Habló bajito, como se habla en las casas cuando hay alguien durmiendo.

—Perdone. ¿Esto es la funeraria?

—Sí, señora. Dígame.

—No, si no ha pasado nada —dijo enseguida—. Es que quería preguntar un precio. Para mí.

Cogí el bolígrafo.

—Claro.

—Lo de quemar. Incinerar, se dice, ¿verdad? Es que yo no quiero que mis hijos anden. ¿Cuánto es eso?

—Depende de si quiere velatorio o no. Con traslado a Pamplona, que es donde está el crematorio, y ceremonia sencilla, unos tres mil doscientos. Nosotros aquí no tenemos horno; son cincuenta y ocho kilómetros.

—Ah —dijo—. Tres mil doscientos.

—Si tiene póliza, se lo puedo mirar con calma un día que venga.

—Tengo de la Providencia, de toda la vida.

—Pues venga usted un día por la mañana, sin prisa, y lo miramos.

—Vale. Muchas gracias. Perdone la hora.

—No hay hora.

Colgó sin decir su nombre y yo no se lo pregunté, porque cuando la gente llama para preguntar por sí misma tarda dos o tres llamadas en dar el nombre, y hay que dejarles.

Apagué el flexo. Antes de subir escribí lo de mañana.

1. Confirmar coche a las 10:15.

2. Preguntar a Chuchi por el aire acondicionado de la Sala 2.

3. Avisar a Bea: dos centros, sin lirios.

4. Llamar al marmolista.

5. Facturar Belzunce. No hoy.