Saudade CAPÍTULO 6-Una infancia paralela
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CAPÍTULO 6-Una infancia paralela

El tiempo en el apartamento de Alfama dejó de medirse en horas o días para empezar a contarse en páginas.

Elena no recordaba con exactitud cuándo había dejado de salir a la calle, ni en qué momento el zumbido persistente de su teléfono móvil, que escupía llamadas perdidas de su madre y de su jefa en Madrid, se había apagado por falta de batería.

El mundo exterior se había reducido a un rumor intrascendente al otro lado de los ventanales.

La única realidad tangible, el único oxígeno que sus pulmones parecían aceptar, emanaba del interior del baúl de alcanfor y de las decenas de libretas que ahora tapizaban el suelo del salón como un intrincado mosaico de su propia existencia.

Completamente absorta, transitaba por su supuesta niñez con una avidez desesperada.

Leía sentada en la alfombra, apoyada contra el sofá, iluminada apenas por la luz natural que entraba a raudales por las mañanas y por una solitaria lámpara de pie durante las madrugadas.

Había organizado los diarios cronológicamente, trazando una línea temporal perfecta que abarcaba desde sus primeros balbuceos hasta sus tribulaciones universitarias.

Cada cuaderno era un universo de detalles deslumbrantes, una arquitectura emocional infinitamente superior a cualquier edificio que sus padres biológicos hubieran diseñado jamás.

El contraste era un veneno que le quemaba las entrañas.

Al comparar mentalmente ambas crianzas, el abismo emocional se reveló con una claridad aterradora.

En Madrid, su infancia había sido un proyecto más de sus padres, una obra regida por la eficiencia, la distancia y la corrección.

Carmen no curaba heridas; las solucionaba con tiritas de diseño y reprimendas sobre la falta de cuidado.

Arturo no leía cuentos; regalaba enciclopedias ilustradas y exigía resúmenes verbales en las cenas.

Nunca hubo magia. Nunca hubo paciencia. Nunca hubo un abrazo que no estuviera supeditado a un logro académico o a una muestra de buena conducta.

Aquí, en cambio, entre las desconchadas paredes de Alfama, una mujer sola había destilado la forma más pura e incondicional del amor.

Leonor había construido una crianza rebosante de asombro y devoción.

En los diarios, los fracasos escolares de Elena no eran tragedias, sino oportunidades para hornear galletas y hablar sobre las múltiples formas de ser inteligente.

Sus rodillas raspadas eran besadas como trofeos de valentía.

Sus fobias, como el miedo al mar o a las tormentas, no eran tratadas como defectos que corregir, sino como fragilidades que proteger con ternura infinita.

Elena se levantó despacio, dejando el cuaderno en el suelo, y caminó por el pasillo.

Rozó con las yemas de los dedos el papel pintado con motivos florales, descolorido por el paso de los años.

Sentía que cada fibra de la casa vibraba en resonancia con los textos.

Llegó al marco de la puerta del baño, donde, según un diario de 1989, Leonor solía medir su crecimiento.

El corazón de Elena dio un vuelco al descubrir unas tenues y casi borradas marcas de lápiz en la madera, acompañadas de fechas y números minúsculos.

Se arrodilló frente al marco. Allí estaba su nombre, escrito a la altura de un metro y treinta centímetros.

«Elena, 13 años». Trazó la marca con el dedo índice, temblando.

Comenzó a desear, con una intensidad que le nublaba el raciocinio, haber sido realmente esa niña.

El deseo era físico, doloroso, una fuerza centrípeta que amenazaba con desgarrar su identidad original.

Quería haber corrido por ese pasillo con calcetines desparejados.

Quería haber derramado el cacao caliente sobre esta misma alfombra y haber escuchado la risa indulgente de Leonor en lugar del suspiro exasperado de Carmen.

Quería aquella vida con una urgencia que rayaba en la locura.

Lamentaba cada día, cada hora y cada segundo de su verdadera historia.

Regresó al salón y tomó otro diario, este con tapas de cartón verde, que correspondía a la primavera de 1980.

«Hoy hemos celebrado su cuarto cumpleaños», leía la entrada del 5 de mayo, la fecha exacta del nacimiento de Elena.

«Le he cosido un vestido de algodón amarillo, porque dice que quiere parecerse al sol.

Hemos soplado las velas en un pastel de zanahoria, solo nosotras dos, y luego hemos puesto música en el tocadiscos.

Ha bailado por todo el salón hasta caer rendida.

Cuando la he acostado, me ha mirado con esos enormes ojos oscuros y me ha dicho que este era el mejor hogar del mundo.

He tenido que salir a la cocina para que no me viera llorar de pura gratitud».

Elena dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el borde del sillón.

Un gemido roto escapó de su garganta, seguido de otro, y de otro, hasta convertirse en un llanto incontrolable, convulsivo.

El dolor por la pérdida de esta madre desconocida mutó en algo mucho más oscuro y paralizante.

Era un sentimiento intraducible, una herida abierta en el tejido mismo del tiempo: saudade.

Estaba experimentando una profunda y devastadora saudade por cumpleaños que nunca había celebrado allí, por velas que sus pulmones jamás habían soplado, por un vestido amarillo de algodón que nunca había cubierto su piel.

Lloraba por los cuentos leídos antes de dormir, por las mañanas de domingo amasando pan, por las discusiones adolescentes que terminaban en reconciliaciones cálidas, por todo un universo de instantes preciosos que existían única y exclusivamente en la mente de una difunta y en la tinta de unos cuadernos amarillentos.

Era la forma más cruel de la nostalgia: añorar desesperadamente una vida que, objetiva y biológicamente, jamás había sido suya.

Las lágrimas empañaban su visión, pero se negaba a apartar la mirada de los libros.

Se aferró al diario verde contra su pecho, meciéndose ligeramente hacia adelante y hacia atrás en la semioscuridad del piso vacío.

Sentía el fantasma de las manos de Leonor acariciándole el pelo, tratando de calmarla.

Podía escuchar el crujido de los tablones de madera bajo los pies de la anciana, acercándose para consolarla por un dolor que la propia Leonor había profetizado sin saberlo.

El abismo entre la verdad y la ficción se había cerrado para siempre; la mujer que se marchitaba en llanto en el suelo del salón ya no era la arquitecta de su propio destino en Madrid, sino la obra cumbre, triste y hermosa, de Leonor Cardoso.

Las horas siguientes se disolvieron en una bruma de lágrimas y revelaciones.

El sol cruzó el firmamento lisboeta, transformando la luz del salón de un blanco cegador a un ámbar melancólico, pero Elena no se movió de la alfombra.

El agotamiento físico comenzaba a pasarle factura; le dolían las costillas de tanto sollozar y sentía la boca seca, pastosa, como si hubiera tragado polvo.

Sin embargo, su mente operaba a una velocidad vertiginosa, procesando el duelo de una pérdida que desafiaba cualquier lógica.

Estaba de luto. Un luto profundo, oscuro y asfixiante por una mujer que no conocía y por una versión de sí misma que se había evaporado antes siquiera de tomar forma en el mundo real.

Con las manos aún temblorosas, agarró otro de los cuadernos, un volumen de tapas rojas y gastadas.

Quería embriagarse más de aquella ficción perfecta, necesitaba que el veneno de la nostalgia terminara de hacer efecto.

Lo abrió por la mitad. «Esta noche le ha costado dormir», leyó, pasando las yemas de los dedos sobre la tinta azul, casi borrada en los márgenes.

«El viento soplaba fuerte desde el Atlántico y golpeaba las contraventanas.

Se ha colado en mi cama, con su camisón blanco, arrastrando a su osito de peluche.

Le he preparado leche caliente con miel y le he acariciado el pelo mientras le contaba la historia de la ciudad sumergida bajo el Tajo.

Se ha dormido con la cabeza en mi hombro.

A veces me pregunto si sabe cuánto me salva la vida simplemente respirando a mi lado».

Elena cerró los ojos con fuerza, intentando contener una nueva oleada de llanto, pero fue inútil.

Las lágrimas volvieron a brotar, calientes y silenciosas, resbalando por sus mejillas hasta manchar el cuello de su camisa.

Aquel recuerdo implantado era tan vívido que podía sentir el sabor dulzón de la miel en la lengua y el roce del algodón gastado del camisón contra su piel.

Podía escuchar el silbido del viento colándose por las rendijas de las ventanas de madera, y, sobre todo, podía sentir el peso reconfortante de la mano de Leonor sobre su cabeza.

Era una memoria fantasma, un espejismo emocional diseñado a medida para llenar los abismos de su verdadera infancia.

En su memoria biológica, las noches de insomnio en Madrid se solucionaban con pastillas de valeriana dejadas sobre la mesilla por la interna de turno, o con la voz impaciente de Carmen desde el pasillo, exigiéndole que cerrara los ojos y dejara de llamar la atención.

Esa discrepancia brutal entre lo que vivió y lo que debería haber vivido, entre la orfandad emocional de su realidad y la sobreabundancia de amor de aquella fantasía lisboeta, fue lo que terminó de quebrar sus defensas.

Elena comprendió por fin el verdadero significado de la saudade.

No era simplemente echar de menos algo que se había tenido y perdido.

Era la añoranza punzante y venenosa por la posibilidad misma, por el universo paralelo que había transcurrido en aquella casa de Alfama sin que ella pudiera habitarlo.

Sentía saudade por los desayunos en la cocina con la taza desportillada, saudade por los veranos imaginarios persiguiendo gaviotas en la Praça do Comércio, saudade por los cuentos leídos a media voz y por los cumpleaños celebrados con pasteles caseros y vestidos amarillos.

Poco a poco, con un esfuerzo titánico, logró incorporarse.

Dejó los diarios sobre la mesa de centro con una reverencia casi religiosa y caminó por el pasillo hacia el que había sido el dormitorio principal.

La casa, sumida ahora en las sombras del atardecer, parecía respirar con ella.

El crujido de los tablones bajo sus pies ya no era un ruido desconocido, sino el latido familiar de un hogar que la reconocía.

Entró en la habitación, observó la cama matrimonial perfectamente hecha y se acercó a la pequeña mesilla de noche donde reposaba el tocadiscos y la caja de metal vacía.

Se sentó en el borde del colchón, acariciando la colcha de ganchillo que, sin duda, Leonor había tejido a mano durante esas largas madrugadas en las que vigilaba su sueño imaginario.

«Mamá», susurró Elena en la penumbra. La palabra flotó en el aire denso del apartamento, extraña y a la vez perfecta, cargada de una devoción que nunca había sentido por Carmen.

«Mamá, estoy aquí. He vuelto». Pronunciar esa mentira en voz alta le proporcionó un alivio físico, como si al verbalizar su rendición, la barrera entre ambas realidades terminara de colapsar.

Se descalzó lentamente y se tumbó en la cama, encogiéndose en posición fetal.

El olor a lavanda seca y a madera vieja de la almohada actuó como un sedante inmediato.

Elena imaginó que no tenía treinta y tantos años, sino apenas siete.

Imaginó que fuera llovía y que la puerta de la habitación estaba a punto de abrirse para dejar paso a una mujer de sonrisa cansada pero infinitamente tierna, portando un vaso de leche caliente.

Y mientras la ciudad de Lisboa encendía sus farolas al otro lado del cristal, trazando caminos de luz sobre las calles empinadas de Alfama, Elena Navarro se dejó arrastrar por el sueño, llorando con una sonrisa rota por la belleza inalcanzable de su propia vida inventada.