Saudade CAPÍTULO 5-El primer diario #2
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CAPÍTULO 5-El primer diario #2

Incapaz de detenerse, sabiendo que cada nueva página le arrancaría un pedazo más de su antigua cordura, Elena abrió otro volumen.

Este tenía las tapas rojas y correspondía a los años de su adolescencia tardía, esa época convulsa que en Madrid había vivido sumida en el aislamiento y las discusiones constantes con su madre biológica.

Buscó la fecha exacta de su decimoséptimo cumpleaños.

En su memoria real, aquel día había sido un desastre: Carmen le había regalado un curso intensivo de inglés para el verano y le había recordado la importancia de centrarse en un futuro útil, ignorando por completo su deseo de estudiar Bellas Artes.

Elena recordaba haberse encerrado en su cuarto a llorar de pura frustración.

Bajó la vista hacia el diario rojo. «Hoy mi niña cumple diecisiete años», había escrito Leonor con una letra ligeramente más temblorosa, como si el paso de los años también pesara sobre la pluma.

«Ha estado taciturna toda la semana. Sé que le aterra el futuro, que el mundo exterior le parece un lugar ruidoso y cruel para su alma de artista.

Esta mañana le he preparado su pastel favorito y he dejado sobre la mesa una caja de acuarelas profesionales.

Cuando las ha visto, se ha echado a llorar.

La he abrazado fuerte y le he susurrado al oído que su único deber en esta vida es buscar la belleza, incluso en las sombras.

No me importa si no gana dinero, no me importa si el mundo no la entiende.

Solo quiero que pinte. Que pinte hasta que el dolor se desvanezca».

Un sollozo brutal, ronco y animal, escapó de la garganta de Elena.

Se llevó el cuaderno al rostro, aspirando el olor a humedad y a vainilla rancia de las páginas antiguas, y lloró.

Lloró con una desesperación que nunca antes había experimentado.

Lloró por la caja de acuarelas que nunca recibió, por el abrazo que jamás la sostuvo y por las palabras de aliento que su alma había necesitado tan desesperadamente a los diecisiete años.

En aquel instante, la línea divisoria entre la Elena de Madrid y la Elena de Alfama se desintegró por completo.

La nostalgia, oscura y venenosa, se adueñó de sus sentidos.

Sentía saudade, una saudade tan profunda que le astillaba los huesos, por aquel cumpleaños imaginario, por el sabor del pastel que nunca probó y por el consuelo de una madre que nunca conoció.

Se arrastró por la alfombra hasta llegar al baúl abierto y metió las manos entre las decenas de diarios, acariciándolos como si acariciara a un ser vivo.

Aquella no era la obra de una desquiciada.

Era el testamento de un amor que había desafiado las leyes de la física.

Leonor había reescrito los vacíos emocionales de Elena.

Donde en Madrid había soledad e incomprensión, en Lisboa había refugio y devoción incondicional.

El diseño de su vida no estaba en los planos grises y perfectos de los despachos de arquitectura de sus padres; su auténtico yo latía aquí, en el vientre de madera de un baúl lisboeta.

«Tú eres mi madre», susurró Elena en la oscuridad, dirigiendo sus palabras a las paredes desconchadas del salón.

«Tú siempre fuiste mi madre». El sonido de su propia voz, cargada de una certeza letal, la asustó por un segundo, pero enseguida se dejó abrazar por el consuelo de esa revelación.

¿Qué importaba la biología? ¿Qué importaba que la mujer llamada Carmen la hubiera dado a luz a seiscientos kilómetros de distancia, si la esencia misma de su espíritu había sido forjada en las madrugadas en vela de Leonor Cardoso?

Guiada por un instinto febril, buscó entre los cuadernos hasta encontrar uno forrado en tela azul que, según la etiqueta, abarcaba el final de la década de los noventa.

Era la época de la bufanda granate, la época del desamor que había percibido en la habitación el día de su llegada.

Abrió el diario con manos sudorosas. «Ha vuelto a casa con los ojos hinchados y el corazón roto», leyó.

«Ese chico no la merecía, pero ella todavía es muy joven para comprender que el dolor del primer rechazo es solo un peaje, no un destino.

La he sentado en el sofá y le he tejido una bufanda granate mientras ella dormía con la cabeza apoyada en mi regazo.

He puesto a sonar ese viejo disco de fados que tanto la relaja.

Quiero tejer en esta lana todo el abrigo que el mundo va a negarle».

Elena sintió el calor en su regazo, la aspereza de la lana, el compás de la aguja de tejer, como si ella misma estuviera viviendo ambos lados de la historia simultáneamente.

Era la niña herida que lloraba y era la madre sabia que consolaba.

La experiencia sensorial era tan intensa que el salón pareció desvanecerse a su alrededor.

Estaba sumergida en un océano de recuerdos ajenos que, paradójicamente, le encajaban a la perfección, cubriendo las cicatrices invisibles de su biografía real.

Pasó la noche entera leyendo, devorando los años, las décadas, los miedos superados y los fracasos celebrados con ternura.

A través de las páginas, Elena vio crecer a su doble fantasma, descubriendo que aquella versión de sí misma era más valiente, más sosegada y, sobre todo, mucho más feliz.

Leonor había construido para ella un mundo a medida, un invernadero protector donde su sensibilidad no era una debilidad, sino un superpoder.

Y a medida que la madrugada avanzaba, trayendo consigo el frío húmedo del estuario del Tajo, la idea de volver a Madrid, a su apartamento blanco, impoluto y vacío, se volvió físicamente repugnante.

Al amanecer, con el cuerpo destrozado por la mala postura pero el alma extrañamente ligera, Elena cerró el último diario de los años noventa.

El sol despuntaba sobre los tejados de Alfama, tiñendo el cielo de un rosa pálido que se colaba por las rendijas de las persianas.

Se puso de pie con dificultad, sintiendo el crujido de sus articulaciones, y miró el baúl abierto.

Había decenas de cuadernos más por leer, la crónica de su etapa adulta, de los años que precedieron a la muerte de la anciana.

Pero ya no tenía prisa. Ya no era una tasadora intentando descubrir el valor de una propiedad ajena. Era la heredera de su propia memoria.

Caminó hacia la cocina y preparó café. Sus movimientos eran ahora lentos, ceremoniosos.

Tocó el picaporte, acarició la madera astillada de la encimera y sonrió débilmente al ver la taza con el borde desportillado.

Ya no había pánico, ni extrañeza. Había rendición.

Abrió la ventana de par en par, dejando que el olor a pan recién horneado y a ropa tendida inundara el apartamento.

Se apoyó en el alféizar, en el mismo lugar donde, según las fotografías, había visto llover en 1982.

Observó las calles empinadas de Lisboa, el trajín matutino de los vecinos, y sintió que las piezas rotas de su interior por fin encajaban.

No iba a vender el apartamento. Venderlo sería asesinar a Leonor por segunda vez, sería borrar la única prueba tangible de que alguna vez había sido amada con la intensidad que merecía.

Bebió un sorbo de café, dejando que el calor le bajara por el esófago, y tomó una decisión definitiva.

Renunciaría a su puesto en el estudio de diseño de Madrid.

Cancelaría sus compromisos, ignoraría las llamadas exasperadas de Carmen y se quedaría allí.

Habitaría la historia que había sido escrita para ella.

Dedicaría sus días a leer el resto de los diarios, a memorizar cada instante de aquella vida paralela hasta que no quedara ni un solo recuerdo de su existencia en España.

Se convertiría, por fin y para siempre, en la Elena Navarro que Leonor Cardoso había soñado.